Caminos Opuestos Capítulo 57
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Capítulo 57

Nevan

El metal pesaba, pero mi cabeza pesaba mucho más.

Había pasado la mañana moviendo vigas y organizando trastos con Gus en la parte trasera del terreno, intentando que el esfuerzo físico silenciara el ruido que tenía dentro.

Pero no funcionaba. Cada vez que levantaba una caja, mi mente se iba al mismo momento: la noche anterior, a la piel de Aria, a su risa, y a esa maldita noticia sobre mi madre que todavía me escocía como una quemadura mal curada.

Pero, sobre todo, no podía dejar de pensar en Aria.

Sentía unas ganas violentas de decirle que la quería.

Así, sin más, sin rodeos. Me quemaba la lengua, un secreto a gritos que me pedía salir.

Pero luego me frenaba. Me daba pánico. ¿Y si se lo decía y la asustaba?

¿Y si ella se sentía atada, obligada a quedarse en este agujero conmigo solo porque le he soltado un «te quiero» que pesa demasiado?

No quería ser eso ni ser un lastre que la encadenara.

La amaba tanto que, incluso si ella decidía que su vida no estaba aquí, la dejaría ir sin una queja.

Ese pensamiento me dolía, pero era la verdad.

Así que guardé el sentimiento en el lugar de siempre: bajo llave, en algún rincón oscuro de mi pecho.

Al mediodía, el sonido de un motor conocido me sacó de mis pensamientos. Levanté la vista y vi mi coche entrando en el parque de caravanas. Se detuvo frente a la puerta, levantando una nube de polvo que el sol de mediodía iluminó como si fuera oro.

Cuando ella bajó, olvidé cómo respirar.

Llevaba una falda de vuelo blanca que le bailaba alrededor de las piernas y una camiseta de tirantes amarilla, ajustada, que le quedaba como si se la hubieran pintado sobre la piel.

El viento le enmarañaba el pelo dorado dejándolo salvaje y, cuando sus ojos verdes me encontraron, su sonrisa se ensanchó hasta iluminar todo el puto parque.

Me quedé ahí, de pie, con la frente sudada y las manos sucias de grasa, embobado, incapaz de apartar la vista de esa mujer radiante que solo me miraba a mí.

No esperó a que fuera a su encuentro. Eché a correr en cuanto vi que ella lo hacía, y cuando nos encontramos, no hubo espacio para las dudas.

La atrapé en el aire, rodeándola por la cintura y levantándola del suelo en un giro.

Ella soltó una carcajada limpia, como una niña pequeña, aferrándose a mis hombros mientras sus piernas se enredaban en mi cintura.

La dejé en el suelo, pero no la solté. Me quedé mirándola, recuperando el aire, intentando grabarme esa imagen en la memoria.

—Te he echado de menos —gruñí contra su cuello, aspirando su olor.

—Yo también —dijo separándose apenas para mirarme con esa intensidad suya—. Pero he hecho lo que tenía que hacer.

—¿La prensa? —pregunté frunciendo el ceño—. ¿Has podido zanjarlo?

Ella asintió, su expresión se volvió un poco más seria, aunque orgullosa.

—Elara ha sido una genia. No se puede negar que sabe cómo funciona este juego.

Ha llamado a su agente y hemos redactado un comunicado corto, directo y sin dar lugar a interpretaciones.

Hemos dejado claro que cualquier intento de seguir acosándonos será tratado a través de abogados.

Elara ha movido un par de hilos con algunos periodistas de confianza para que difundan el comunicado y entierren cualquier rumor falso antes de que empiece.

—¿Y ha colado? —pregunté incrédulo.

—Ha colado —sonrió dándome un beso rápido en la barbilla—.

Les hemos dado la información justa para que dejen de buscar donde no hay nada.

Elara ha sido tajante: «Aria no es un personaje público en este momento, dejadla en paz».

Y parece que, por una vez, decidieron escuchar.

Ya no habrá más cámaras escondidas en cada esquina.

Solté un suspiro de alivio tan largo que sentí cómo se me vaciaban los pulmones. Aria me miraba con una seguridad que me hacía sentir pequeño, pero a la vez, el hombre más afortunado del mundo.

La tarde se convirtió en un borrón de piel, jadeos y una intensidad que no sabía que éramos capaces de sostener.

La caravana, ese lugar que antes me parecía pequeño y asfixiante, se convirtió en nuestro mundo.

No nos importó la luz que entraba por las ventanas, ni el paso de las horas.

Celebramos su libertad de la forma más visceral que supimos: devorándonos.

Apenas entramos el hambre no fue de comida, sino el uno del otro.

La puse sobre la mesa de madera, con una urgencia que no me dio tiempo ni de pensar.

La lamí de arriba a abajo, sintiendo cómo se arqueaba y gritaba mi nombre contra el techo de la caravana, reclamándome con una fuerza que me encendía la sangre.

Luego, ella se encargó de destruirme. Se arrodilló entre mis piernas y me miró con esos ojos verdes, fijos en los míos mientras me tomaba con una habilidad que me hizo perder el juicio.

Con ella arrodillada, mirándome así y sintiendo su boca, no hubo fuerza en la tierra que me hiciera aguantar.

Me corrí casi al instante, con un gruñido que salió de lo más profundo de mi pecho.

Pero no terminó ahí. Aria se había transformado.

Había descubierto que el sexo no era solo algo que hacíamos sin más, sino algo que podíamos explorar , y era una fiera imparable.

Nos movimos por cada rincón: en la encimera de la cocina, con la espalda apoyada en los armarios, bajo el chorro de agua fría de la ducha que apenas nos servía para bajar la temperatura de nuestros cuerpos y, luego, de nuevo en el pequeño sofá, donde ella tomó el control.

Me encantaba verla así, soltándose el pelo, quitándose las inseguridades con la misma facilidad con la que se quitaba la ropa.

Cada vez que le enseñaba un ángulo nuevo, o le demostraba que no había límites, ella respondía con una entrega que me dejaba fuera de juego.

Cuando el sol empezó a descender y las sombras se alargaron por el suelo de la caravana, estábamos agotados, sudorosos y enredados en las sábanas, con la piel marcada por nuestras caricias. Estábamos en ese estado de calma eléctrica que queda después de un día de excesos.

Entonces, el teléfono de Aria vibró sobre la mesa.

Lo cogió, con el pelo hecho un desastre y la sonrisa más tranquila que le había visto nunca. Era Elara. La escuché reír al otro lado, y por la forma en que Aria se iluminó, supe que el plan era bueno.

—Es Elara —dijo dejándose caer de nuevo sobre mi pecho—. Dice que esta noche hay sesión doble en el autocine. Que van todos.

—¿Todos? —pregunté acariciándole la espalda desnuda, disfrutando de la paz del momento.

—Sí, Elara, Eiden… e Ivelle y Jack también.

Me tensé un segundo al oír el nombre de Jack.

Hacía meses que no sabía nada de él; se metió de lleno en la finca de sus padres a las afueras, intentando sacar adelante el negocio familiar, y apenas habíamos hablado.

Y sobre Ivelle… bueno, Ivelle era un terremoto con piernas.

Si ella estaba en el grupo, la noche prometía ser cualquier cosa menos tranquila.

—¿Jack va a salir de su cueva? —bromeé, aunque por dentro me alegraba. Echaba de menos a ese cabrón.

—Eso parece. Dicen que necesita aire fresco después de tanto tractor y tanto campo —Aria me miró, con los ojos brillando—. ¿Vamos? Creo que nos vendría bien salir un poco, ¿no? Después de todo el día… encerrados.

La miré, viendo cómo se le erizaba el vello con solo recordarlo. Me reí bajo, atrayéndola para darle un beso corto, cargado de todo lo que habíamos vivido en esas paredes apenas unas horas antes.

—Vamos —dije sintiendo que por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de ver a mis amigos, de enseñarles, aunque fuera sin palabras, que ella era mía y yo, joder, yo era suyo—. Pero como Ivelle empiece con sus historias raras, no me hago responsable.

Aria rió, una risa que sonó a victoria, y se levantó para empezar a buscar ropa.

Mientras me quedé un segundo más en la cama, pensando en lo irreal que era que, hace apenas veinticuatro horas, mi mayor problema fuera que ella se alejara y, ahora nos preparábamos para ir a ver una película como si fuéramos una pareja normal.

Una pareja que, por fin, tenía toda la noche por delante.

***

El autocine de Windale tenía ese encanto nostálgico, con la pantalla gigante alzándose bajo el cielo nocturno de junio. Cuando aparqué el coche, vi que los demás ya estaban allí, desplegados como una tribu alrededor del vehículo de Eiden.

Apenas bajamos, Ivelle fue la primera en saltar hacia nosotros. Esa chica tenía más energía que una central eléctrica.

—¡Por fin llegáis! —exclamó sin dar tiempo a que cerráramos las puertas. Me dio un empujón en el hombro al estilo hermano y luego le lanzó una sonrisa radiante a Aria—. Aria, bienvenida al club de los marginados. Estábamos a punto de apostar cuánto tardaríais en… bueno, ya sabes.

—Ivelle, ni una palabra —dije riendo mientras negaba con la cabeza.

Aria, que había recuperado esa sonrisa dulce y natural, saludó a Elara con un abrazo largo. Eiden me dio un choque de manos, intercambiando una mirada cómplice, y luego me acerqué a Jack.

Estaba un poco apartado, apoyado contra el capó, con las manos en los bolsillos. Era el tipo de hombre que no necesitaba hablar para marcar territorio. Nos dimos un apretón de manos firme, un gesto sencillo que decía más que mil palabras.

—Me alegra verte, hermano —dije.

—Igualmente, tio. Se os ve bien —respondió, con su voz grave y escueta.

A mi lado, Aria saludó a Ivelle con educación, aunque era evidente que la energía de la pelirroja la dejaba un poco descolocada.

Mientras el grupo charlaba, me fijé en un detalle que, de ser otro momento, quizá se me habría escapado.

Ivelle, que no paraba de moverse, se quedó quieta al lado de Jack.

Le estaba contando algo con mucha intensidad y él la escuchaba con la mirada fija en sus labios, no en sus ojos.

Ivelle le tocó el brazo, un roce casual que duró apenas un segundo de más, y Jack reaccionó inclinando la cabeza, en una postura de protección que no aplicaba con nadie más.

Fue apenas un segundo, un intercambio de miradas que me hizo fruncir el ceño, pero antes de que pudiera darle vueltas, Elara gritó que era hora de ir a por comida.

El camino al puesto de snacks fue un caos organizado. Entre risas, palomitas que se caían y el constante parloteo de Ivelle, que parecía estar en tres conversaciones a la vez, llegamos a la zona de comida.

Allí, el grupo se dispersó un poco de forma natural.

Aria se quedó con Elara hablando de «cosas de chicas», Eiden intentaba convencer a Jack de que probara un tipo de refresco raro, e Ivelle…

bueno, Ivelle estaba cerca de Jack otra vez, riéndose de algo que él le había susurrado al oído, demasiado bajo para que pudiera escucharlo.

Vi cómo Jack se separaba un poco de la masa, buscando un segundo de calma, e Ivelle lo siguió sin dudar, como un imán.

—¿Vamos? —me susurró Aria, tocándome la mano—. Empieza la peli.

Asentí, disfrutando de la sensación de su piel contra la mía. El grupo se empezó a disolver hacia los vehículos.

—Nos vemos al salir —lanzó Ivelle, dándole un último toque juguetón en el hombro a Jack antes de subir al coche de este.

Eiden y Elara se metieron en el suyo, dejando que el resto del grupo se alejara.

Yo rodeé el coche y abrí la puerta para Aria, que subió con una sonrisa radiante.

Cuando cerré mi puerta y nos quedamos solos en el habitáculo, con el sonido ambiente del autocine rodeándonos, sentí que por fin podíamos respirar.

—Tus amigos son… intensos —dijo, soltando una pequeña risita mientras se acomodaba el asiento.

—Ya te acostumbrarás —respondí, encendiendo el motor para poner el aire acondicionado—. Sobre todo con Ivelle. Aunque… —miré hacia el coche de Jack, que estaba a un par de filas, viendo cómo Ivelle gesticulaba animadamente mientras él la escuchaba—. ¿No te ha parecido raro lo de Jack e Ivelle?

Aria me miró, con los ojos verdes muy abiertos.

—¿Raro? ¿Por qué?

—No sé… Jack es como un muro de hormigón. Y ella es un huracán. Es… complicado.

Aria sonrió restándole importancia, pero vi cómo se volvía a mirar en esa dirección.

—Quizá lo complicado es justo lo que les gusta —respondió, encogiéndose de hombros.

No dije nada más. Puse la radio en la frecuencia del autocine y, mientras la pantalla grande empezaba a cobrar vida, me acomodé en el asiento con la mano de Aria buscando la mía enseguida.

El resto del mundo, Jack, Ivelle y sus secretos, se quedó fuera, tras los cristales, mientras nosotros empezábamos nuestra propia película.