Caminos Opuestos Capítulo 56
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Capítulo 56

Aria

La noche cayó con suavidad sobre el parque de caravanas y, aunque el aire empezaba a refrescar, la terraza improvisada de Nevan se sentía como el sitio más cálido y protegido del mundo.

Las luces tenues de los faroles viejos bañaban todo con un tono dorado, iluminando las latas de cerveza abiertas, los restos de hamburguesas y las risas que llevábamos soltando desde hacía horas.

Gus y Martha nos acompañaban, rompiendo cualquier rastro de soledad.

Habíamos pasado a recoger comida después de salir de casa de Elara y Eiden, y Gus, al vernos aparecer, no tardó en sentenciar que no pensaba dejar que cenaramos solos si podía evitarlo, aunque fuera solo para arruinar nuestra paz.

Martha salió poco después con una sonrisa encantadora, descalza, luciendo un moño deshecho que le daba un aire de eterna juventud y portando un cuenco rebosante de patatas fritas.

Era la típica persona que te abrazaría con fuerza incluso antes de conocer tu nombre.

Nos sentamos los cuatro allí, sin prisas, con el manto de estrellas sobre nosotros y el suelo vibrando a ratos bajo el peso de nuestras carcajadas.

Gus se convirtió en el narrador oficial de la adolescencia de Nevan, y yo no podía parar de reír mientras desgranaba anécdotas de «cuando el chaval era más hueso que mala leche» y se intentaba colar en fiestas con una identidad falsa impresa en una caja de cereales.

—El muy idiota llevaba la fecha de nacimiento mal escrita —soltó Gus entre carcajadas que le hacían tambalear la barriga—. Decía que tenía veintiuno y la fecha ponía que había nacido en 2007. ¡¡Dos mil siete, por Dios!!

Nevan solo negaba con la cabeza, derrotado, con una media sonrisa mientras todos nos reíamos como si aquello fuera la tragedia más cómica de la historia.

Pero yo veía algo más en su mirada: un brillo especial.

Estaba tranquilo. Estaba feliz. Rodeado de cariño genuino, de gente que lo quería sin necesidad de ponerle etiquetas o palabras rimbombantes.

Gus y Martha eran como esos padres adoptivos que no firman papeles, pero que te cuidan el alma a escondidas.

Se notaba que, aunque nunca lo dijeran en voz alta, querían  a Nevan como si fuera suyo durante todos estos años.

Y verlo ahí, rodeado de ese afecto silencioso y constante, me rompía un poquito por dentro, de la manera más dulce posible.

Porque él no lo sabía o quizás no quería verlo, pero ya tenía una familia.

Después de muchas bromas, de muchas patatas robadas de platos ajenos y de una promesa forzada por parte de Gus de «no molestar al día siguiente antes del mediodía» —dicho con una mirada maliciosa que me hizo sonrojar sin motivo—, entramos en la caravana.

Entramos con los zapatos en la mano y la risa todavía temblando en los labios, dejando atrás el ruido del mundo.

El silencio dentro del vehículo contrastaba con la algarabía de fuera, pero era un silencio cómodo, de hogar.

Nos fuimos quitando la ropa con parsimonia, sin decir mucho más, disfrutando de la calma.

La camiseta cayó primero, seguida de los vaqueros.

Nevan abrió el cajón de la cómoda para sacar una prenda suya, una camiseta de algodón grande y desgastada, de esas que me encantaba robarle, y me la tendió sin mirarme, con una delicadeza que me apretó el pecho.

La cogí y sonreí. No por el gesto en sí, sino por todo lo que contenía. Nos íbamos a dormir. Juntos. En su mundo. En su cama. Y yo, mientras la tela rozaba mi piel, supe con certeza que estaba justo donde quería estar.

La camiseta de algodón de Nevan me quedaba grande, rozando mis muslos con una suavidad que contrastaba con la tensión que flotaba en el aire.

Me quedé allí, plantada en el pasillo estrecho, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en los oídos.

Nevan me observaba desde el borde de la cama, inmóvil, con la mirada clavada en mí; no era una mirada tierna, era una de hambre, la de un hombre que ha aguantado demasiado tiempo y al que se le están acabando las reservas de autocontrol.

Caminé hacia él. Cada crujido de la madera vieja bajo mis pies descalzos sonaba como una cuenta atrás.

Me detuve justo entre sus rodillas abiertas, obligándole a inclinar la cabeza hacia atrás para no perderme de vista.

Sus manos, grandes y ásperas, subieron poco a poco, aferrándose a mi cintura con una presión que me hizo soltar un jadeo ahogado.

No pedí permiso. Me incliné y aplasté mis labios contra los suyos en un beso sucio, cargado de urgencia, con sabor a tabaco y deseo puro.

Sus manos se tensaron en mis caderas, apretando con una desesperación que me incitó a más; mis dedos se hundieron en su pelo, tirando de él, guiándolo hasta que no hubo distancia entre nosotros.

Nevan soltó un gruñido gutural, un sonido que vibró en mi propio pecho, y me arrastró hacia él con un tirón brusco.

Me monté a horcajadas sobre su regazo, sintiendo la dureza de su cuerpo bajo la fina tela de mi ropa.

La madera de la cama protestó, gimiendo bajo nuestro peso, pero el sonido quedó sepultado por el choque de nuestra piel.

—Aria… —jadeó, rompiendo el beso para buscar el hueco de mi cuello, sus dientes rozando mi piel, enviando descargas eléctricas por toda mi columna—. Joder, no sabes las ganas que te tengo.

—Demuéstralo —le reté, sintiendo cómo su urgencia me contagiaba.

Nevan no esperó. Me despojó de la camiseta con una brusquedad que dejó mis pechos expuestos al aire fresco de la caravana, y sus ojos oscurecieron hasta volverse casi negros cuando vio cómo mi cuerpo reaccionaba a su mirada.

Me tumbó sobre el colchón de un solo movimiento, dominando el espacio, obligándome a mirar hacia el techo mientras él se colocaba entre mis piernas, abriéndolas con las rodillas.

Se adentró en mí de un solo golpe, firme y profundo. Un gemido me desgarró la garganta al sentir cómo me llenaba por completo, estirándome, reclamándome. Entonces, agarró mis caderas con fuerza bruta, sus pulgares hundiéndose en mis huesos mientras comenzaba a empujar.

No hubo delicadeza, solo una fricción constante y húmeda.

Cada vez que me penetraba, el choque de su pelvis contra la mía resonaba en la caravana como un tambor seco, un sonido visceral que se mezclaba con nuestra respiración agitada y el crujido de la madera vieja.

Podía sentir la dureza de su miembro rozando cada fibra sensible de mi interior, una presión eléctrica que me hacía convulsionar.

Nevan no se detuvo; sus ojos, fijos en los míos, seguían cada expresión de mi cara, disfrutando de cómo le pedía más a gritos.

Me golpeaba con una cadencia rítmica, imparable, estocada tras estocada, hasta que mi clítoris se volvió un punto de puro fuego bajo el roce constante de su cuerpo y el sudor que empezaba a resbalar por nuestros cuerpos.

—Mírame —ordenó, su voz bajando una octava, ronca y cargada de una autoridad que me hizo soltar el aire de golpe—. No quiero que mires a otro lado. Solo a mí.

No era delicado, pero sí muy preciso. Nevan estaba reclamando cada centímetro de mi piel, cada jadeo, cada espasmo. Era una danza de posesión; marcaba el ritmo, profundo, golpeando contra mí con una necesidad que nos dejó a ambos sin aire.

Cada estocada era un golpe contra el silencio de la caravana.

El roce, el sudor mezclándose, el sonido de nuestros cuerpos colisionando en el espacio reducido; era una sinfonía de placer crudo.

Él no dejaba de mirarme, observando cómo mi rostro se transformaba, cómo mi control se desmoronaba bajo su ritmo implacable.

—Dime de quién eres —gruñó golpeando más fuerte, más profundo, obligándome a sentir cada ángulo de él, cada centímetro de su cuerpo ocupando el mío.

—Tuya —gemí mis palabras se perdieron entre jadeos, la cabeza echada hacia atrás mientras mis uñas se clavaban en sus hombros—. Soy tuya, Nevan.

—Dilo más fuerte —demandó, sus manos subiendo a mi garganta, acariciándola antes de volver a bajar con urgencia, acelerando el paso—. Que se entere todo el maldito parque de caravanas.

—¡Soy tuya! —grité, ahogando el resto del sonido contra el colchón, justo cuando el clímax me golpeó como un rayo, una ola de placer tan intensa que me dejó sin sentido.

—Y yo soy todo tuyo, bombón —susurró contra mis labios, mientras me daba un beso lento, casi saboreando el momento, como si necesitara dejar su marca en mí una vez más.

Me sujetó por las caderas, marcando el ritmo con fiera desesperación, hasta que un rugido ahogado escapó de su garganta y su cuerpo se tensó contra el mío, liberándose por fin . Nos dejamos caer, enredados, jadeando en la penumbra.

El silencio volvió, denso y cargado. Nevan se dejó caer sobre mí, con el corazón martillando en su pecho contra el mío.

Se apartó lo justo para ver mi cara, su pelo revuelto, su expresión una mezcla de agotamiento y adoración feroz.

Me apartó un mechón empapado en sudor de la cara con el pulgar y, en ese momento, el aura de dominación se suavizó, dejando ver a un hombre que acababa de encontrar su paz.

—No vuelvas a dudarlo nunca —susurró besándome la frente con una ternura que contrastaba con lo que acababamos de hacer—. Todo lo que soy es tuyo. Y tú… tú me has salvado.

Me abracé a él, sintiendo su calor, la madera vieja bajo nosotros, y supe que este lugar, este refugio lleno de sombras y recuerdos, se había convertido en nuestra primera página, una que nunca iba a olvidar.

***

La luz de la mañana se filtraba perezosa a través de la pequeña ventana, dibujando motas de polvo en suspensión que bailaban sobre las sábanas revueltas.

Me desperté antes que él, pero no me moví.

No quería romper el hechizo. El peso del brazo de Nevan sobre mi cintura, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda y el calor que desprendía su piel eran el refugio más seguro en el que había estado nunca.

Sentí cómo se removía, soltando un gruñido bajo y profundo, de esos que te hacen vibrar los huesos. Sus dedos se cerraron sobre mi cadera, atrayéndome un poco más hacia él hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nuestros cuerpos.

—¿Estás despierta? —murmuró con la voz tan ronca que me puso la piel de gallina.

Me giré poco a poco, encontrándome con sus ojos claros, medio cerrados por el sueño. Me dedicó una sonrisa pequeña, algo torpe, que me hizo sentir que el corazón se me derretía.

—Buenos días —respondí pasando la mano por su pelo revuelto.

—Buenos días —repitió trazando la línea de mi mandíbula con la punta de los dedos antes de besarme con cuidado la nariz—. Podría acostumbrarme a esto. A despertarme así.

Le acaricié la mejilla, donde empezaba a asomar la barba de un par de días, disfrutando de la calma que nos rodeaba. Era un contraste absoluto con la intensidad de la noche anterior, una paz que no sabía que necesitábamos.

—Yo también —admití sintiendo cómo se me llenaban los ojos de una emoción que preferí no analizar demasiado—. Pero tenemos que volver a la superficie, Nevan.

Él suspiró, cerrando los ojos un segundo antes de dejar caer la cabeza sobre la almohada, sin soltarme.

—Lo sé. ¿Qué planes tienes para hoy?

—Voy a ir a casa de Elara —dije, apoyando la mano en su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón—.

He estado pensando en todo el tema de la prensa.

No puedo dejar que esto siga así, van a terminar sacando cualquier cosa por vender un titular y no quiero que esto nos explote en la cara.

Elara ya ha lidiado con esto mil veces, sabe muy bien cómo cerrarles la boca y cómo gestionar a esos buitres.

Si alguien puede enseñarme a zanjar el asunto, es ella.

Nevan se quedó callado un momento, procesando la información. Su mano subió para apartarme un mechón de pelo de la frente, y su expresión se tornó protectora.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, prefiero ir sola y hablarlo con ella con tranquilidad. Además... —le miré con picardía—, me dijiste que tenías que ayudar a Gus hoy, ¿no?

Él soltó una carcajada sorda.

—Me has pillado. Sí, Gus se pasó todo el día con la chapa de que tiene que organizar unos materiales en la parte trasera y, si no le ayudo, no dejará de darme la turra en todo el mes.

Se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y extendió la mano hacia la mesa para agarrar las llaves de su coche, dejándolas caer sobre la cama entre los dos.

—Coge mi coche —dijo con voz seria pero suave—. No quiero que vayas en transporte público ni caminando por ahí sola. Te sentirás más segura.

Lo miré, conmovida por el gesto, y le di un beso lento cargado de gratitud.

—Gracias, Nevan.

—No me des las gracias —respondió dándome un último apretón antes de soltarme—. Solo ten cuidado, ¿vale? Avísame en cuanto termines con Elara.

Me levanté, sintiendo la mirada de Nevan sobre mí mientras buscaba mi ropa. La atmósfera seguía cargada de esa intimidad única de la mañana. Me vestí despacio, consciente de que cada movimiento era observado, y cuando estuve lista, volví a la cama para darle un último beso antes de irme.

Se acercó a mí, rodeándome el cuello con las manos, y unió nuestras frentes.

—Hasta luego, Aria —susurró con un deje de impaciencia por volver a verme.

—Hasta luego, Nevan —respondí sonriendo antes de separarme.

Salí de la caravana con el aire fresco de la mañana golpeándome la cara.

Puse el motor en marcha y el rugido familiar llenó el ambiente, dándome un impulso de seguridad.

Mientras me alejaba por la carretera, vi por el retrovisor cómo la caravana se quedaba atrás, pero sabía que en cuanto terminara con este lío, mi camino me llevaría de vuelta a ese refugio. Y a él.