Capítulo 55
Nevan
Dejamos las mochilas tiradas en un rincón de la caravana y salimos, casi huyendo.
El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que me ponía los nervios de punta, y no podía quedarme allí dentro ni un minuto más.
No mientras mi cabeza seguía dando vueltas, como un bucle infinito de imágenes y palabras que me quemaban.
Aria sugirió pasar a ver a Elara y Eiden y accedí sin darle muchas vueltas. No porque tuviera ganas de socializar, Dios sabe que lo último que quería era fingir normalidad, pero Aria lo necesitaba. Y por alguna razón, si algo me salía natural era hacer lo que ella necesitaba.
El sol caía con lentitud cuando llegamos a su casa. Windale se sentía tranquilo, acogedor, una burbuja de paz que contrastaba con el desorden emocional que llevaba incrustado en el pecho.
Elara nos recibió en la puerta con esa sonrisa cálida que parece desarmar a cualquiera. Detrás apareció Eiden, con su habitual camiseta gris arrugada y el pelo como si acabara de salir de una pelea con la almohada. Parecía recién levantado o como si llevara días sin dormir.
—Mira quién ha vuelto de entre los muertos —soltó, con esa voz grave cargada de una ironía que disimulaba bien el alivio.
—Hola, cabrón —respondí. Nos dimos ese abrazo rápido, un choque de hombros y un apretón, nuestro saludo de siempre.
Pero al separarme, lo vi. Me estaba mirando de verdad.
No era el saludo automático de un amigo; tenía el ceño fruncido, analizando cada fisura de mi expresión.
Eiden me conocía demasiado bien. Aria me dio un beso en la mejilla y él arqueó las cejas al instante, dedicándome una sonrisa cargada de preguntas que preferí ignorar.
—Voy a acompañar a Elara a que me enseñe sus cuadros —anunció Aria, rozándome el brazo con los dedos antes de alejarse.
En cuanto las chicas desaparecieron dentro de la casa, Eiden me lanzó esa mirada que lo decía todo sin necesidad de abrir la boca.
—¿Un cigarro?
Asentí. Fuimos al jardín en silencio. El césped estaba recién regado, soltando ese olor a tierra mojada que, por un segundo, me trajo una calma rara. Eiden sacó la cajetilla, me tendió uno y el encendedor pasó de su mano a la mía sin ceremonia.
Fumé en silencio, dejando que el humo se deslizara entre los dientes, buscando algún tipo de ancla.
—¿Y bien? —soltó por fin Eiden, mirando al frente—. ¿Me vas a contar qué coño ha pasado o tengo que empezar a adivinar?
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé —se encogió de hombros con exageración—. Que la chica con la que llevabas años obsesionado en silencio está ahora cogida de tu mano y dándote besos en la mejilla. Que alguien me explique cómo ha ocurrido este milagro sin que sufra un infarto.
—Fue Elara y su cumpleaños. Ya lo sabes.
—Sí, pero no sabía que te iba a salir tan bien la jugada —me miró de reojo, entornando los ojos—. ¿O sí?
No respondí. La verdad es que ni yo me lo esperaba. Ni de lejos.
—¿Va en serio? —preguntó, bajando el tono.
—Joder, Eiden… —solté el aire por la nariz, largo, como si me pesara—. No lo sé.
—¿Cómo que no?
—Sí —me corregí rápido, frotándome la cara con frustración—. Sí, va en serio. Y es eso lo que me jode.
Él se quedó callado, dándome el espacio que necesitaba.
—Estoy acojonado, tío. De verdad. No… no sé cómo se hace esto. Estar con alguien. Dejar que te vean de verdad. Y encima ella… ¡Es Aria!.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que no es cualquiera. No es una tía de una noche a la que le da igual si mañana me largo.
Es Aria. La jodida Aria. Desde que tengo ocho años está grabada aquí —me golpeé el pecho con dos dedos—.
Como una deuda pendiente. Y ahora que está, ahora que la tengo, no sé si voy a saber hacerlo bien.
—¿Y qué demonios significa «hacerlo bien»?
—No romperla —tragué saliva, mirando al suelo—. No decepcionarla. No convertirme en otro puto peso muerto que arrastrar.
—Nevan…
—Tengo miedo de parecerme a mi padre, Eiden. De llevar esta mierda dentro y no darme cuenta hasta que ya sea tarde. De joderlo todo con mis traumas, con mis silencios, con mi puta tendencia a cerrarme en banda.
Eiden suspiró y apagó el cigarro en una maceta seca.
—Tienes miedo porque te importa —dijo cortante—. Y porque estás haciendo algo que jamás has hecho antes: dejar que alguien entre de verdad. Pero escúchame bien: tú no eres tu padre. No lo has sido nunca. ¿Sabes por qué?
—Ilumíname.
—Porque a ti te duele. Porque te cuestionas si estás haciendo daño. Él ni siquiera se lo planteaba. Él no sentía nada —se inclinó hacia adelante—. Tú miras a Aria como si fuera lo más valioso que tienes en tu vida. Y eso, colega, ya te pone en otro lugar.
No dije nada. El nudo en la garganta empezaba a apretar.
—¿Te da miedo amar? —preguntó, sin rodeos.
—Claro que me da miedo. Me da pánico.
—Entonces vas por buen camino. Amar sin miedo sería señal de que no te importa una mierda.
Y por alguna razón, esas palabras tan simples me golpearon con la fuerza de un tren. Porque me entendió. Como siempre. Pero esta vez, no me juzgó; solo me sostuvo.
—Estás enamorado de ella —concluyó.
No respondí. Pero mi silencio… mi silencio lo gritaba a los cuatro vientos. Y yo, joder, yo lo sentía hasta en los huesos. Me llevé el cigarro a los labios de nuevo, pero estaba apagado. Lo aplasté junto a la maceta, como queriendo enterrar con él todo lo que me removía por dentro.
—¿Y tú? —pregunté, con la voz más baja—. ¿Estás bien?
Eiden me miró con la ceja arqueada, pillando el cambio de tema al vuelo.
—Suéltalo Nevan, sé que hay algo más. ¿Qué me estás ocultando?
Tragué saliva, pasándome la mano por la nuca.
—Fui a verla. A mi madre —solté sin más.
Su cara cambió al instante. La relajación se esfumó, reemplazada por una tensión cargada de preocupación.
—¿Y? —preguntó con cautela.
—Fue una puta mierda —me eché hacia atrás, dejando caer la cabeza sobre el respaldo—. John también estaba. Entré… y entonces me lo soltó.
—¿Qué? —dijo anticipándose a cualquier desgracia.
Lo miré, sin filtros.
—Está embarazada.
Eiden se quedó helado. Parpadeó una vez. Luego dos.
—Hostia puta…
—Sí —asentí—. Hostia puta, justo eso.
—¿Y tú…?
—Me rompió —no adorné nada—. No fue la noticia en sí. Fue el cómo. El cuándo. El que ahora sí. Ahora, con otro, sí va a tener una familia perfecta. Un hijo al que va a cuidar, al que va a querer. Y yo… —me encogí de hombros con una sonrisa vacía— yo solo fui el borrador con el que se equivocó.
—Tú no fuiste ningún borrador, Nevan —su voz sonó firme, innegociable.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque mírate, joder. Has salido de ese infierno y aun así sabes querer. Aunque te cueste, aunque te tiemblen las manos. No te has rendido. Y eso… eso no es algo que haga alguien descartable.
Cerré los ojos, dejando que sus palabras se asentaran. Me dolían, no porque fueran mentira, sino porque eran demasiado ciertas y todavía no sabía cómo sostener esa verdad.
—No sé si puedo perdonarla —confesé.
—No tienes que hacerlo ahora. Ni por ella, ni por nadie —hizo una pausa, dándome tiempo—. Pero sí necesitas perdonarte a ti mismo por seguir cargando con todo eso como si todavía fueras ese niño al que nadie salvó.
Me quedé callado. Las palabras se me atascaron en la garganta. Eiden no dijo más, no hacía falta. El silencio entre nosotros se estiró, pero esta vez no pesaba. Él sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio hiciera el trabajo sucio.
Me incliné hacia adelante, con los codos en las rodillas, y le di un leve empujón con el hombro.
—Gracias —murmuré—. Por estar ahí. Por no irte nunca. Por ser como un hermano, incluso cuando era un imbécil.
Eiden me miró de reojo, con esa sonrisa de lado que apenas se levantaba.
—Siempre vas a ser un imbécil —dio una calada lenta—. Pero eres mi imbécil. Así que, lo que necesites… aquí estaré. Siempre.
Tragué saliva. No dije nada más, sería estropearlo.
Justo entonces, una risa suave llegó desde la entrada de la casa.
Levantamos la vista. Aria y Elara aparecieron caminando juntas, descalzas, con restos de pintura en los dedos, riendo como si el mundo fuera un lugar sencillo.
Elara tenía un pincel en la oreja y Aria me buscó con la mirada, regalándome esa sonrisa pequeña que siempre lograba desarmarme.
—¿Estáis arreglando el mundo sin nosotras? —preguntó Elara fingiendo indignación.
—No, solo compartiendo traumas y cigarros —respondió Eiden sin inmutarse.
Aria se acercó a mí y me tocó la mano al pasar, un gesto fugaz pero eléctrico. Y yo… respiré. Solo eso. Porque verla después de todo era como volver a sentir el suelo bajo mis pies. Como volver a casa.