Capítulo 54
Aria
Nevan condujo el resto del camino sumido en un silencio denso. No había música, ni palabras, solo el ronroneo constante del motor, el viento colándose por la ventanilla entreabierta y el perfil de su rostro, iluminado a medias por la luz mortecina de un atardecer que se desvanecía.
Sabía lo que le costaba cada kilómetro. Cada giro del volante era un paso más hacia un territorio que nunca había dejado que nadie viera.
Su casa. Su mundo. Sus ruinas y, al mismo tiempo, su único refugio.
Nevan estaba convencido de que al verme cruzar ese umbral, me quebraría; que, al conocer la parte que escondía con tanto recelo, saldría corriendo como todos los demás, abandonándolo a su suerte en cuanto cayera el telón del chico canalla, divertido y seguro de sí mismo.
Pero estaba tan lejos de la verdad…
Porque me estaba enamorando de él. Y no de una parte, sino de la totalidad de su caos. Aunque me diera miedo admitirlo, aunque el vértigo me recorriera la columna cada vez que pensaba en ello, no podía negármelo. No después de verle esa tarde: abierto, vulnerable, humano.
Para mí, Nevan era perfecto, en su desorden, en su dolor, en su lucha encarnizada por no ser devorado por sus fantasmas. Era perfecto porque, a pesar de todo lo que había sufrido, se convirtió en un hombre bueno. Fuerte. Leal. Con una luz propia que él mismo se negaba a reconocer.
Su miedo a no ser suficiente era una soga que le apretaba el cuello.
Ese terror a parecerse a su padre, a repetir los errores, a dañar a quien tocara, le perseguía como una sombra.
Pero yo lo veía. Lo veía de verdad, al hombre que se había hecho a sí mismo desde cero, con las manos rotas y la voluntad de hierro.
El que protegía a los suyos con uñas y dientes, sin saber siquiera que él mismo merecía el mundo entero.
Y yo quería dárselo. Con todas sus grietas, con su historia, con sus noches de insomnio y su presente marcado por el miedo.
Quería abrazarlo con tal fuerza que nada pudiera volver a romperlo. Porque Nevan se merecía un amor que no le exigiera cambiar, que no lo mirara con pena, ni con condiciones, ni con juicios. Un amor puro, inmenso, incondicional. Y para mí, en ese instante, ya no había otra opción.
No quería volver a Los Ángeles, ni los focos, ni las cámaras, ni las coreografías impuestas por otros.
Esa vida era un disfraz que ya no me quedaba bien.
La vida que me hacía feliz estaba aquí: reír con él, dormir sobre su pecho, escucharle hablar de sus sueños rotos, besarlo hasta quedarme sin aire y descubrir cada rincón de su alma que aún no había mostrado a nadie.
Quería que supiera que ya no tenía que luchar solo.
Que si se caía, estaría allí para sostenerlo.
Que podía descansar, apoyarse, respirar.
Porque Nevan no solo era mi ancla; era mi hogar.
Y lo supe desde hacía muchos años, cuando lo conocí en aquel campamento y su sonrisa descarada me atravesó sin previo aviso.
Aunque pasamos más de una década caminando por caminos opuestos, algo dentro de mí siempre supo que me faltaba él.
El camino cambió apenas dejamos atrás el centro del pueblo.
La carretera se llenó de baches y la vegetación se volvió salvaje, indómita.
No era un lugar hermoso en el sentido tradicional, pero sí uno que hablaba con una honestidad brutal: humildad, supervivencia, realidad.
Las señales de entrada al parque de caravanas eran escasas, oxidadas por el paso del tiempo, y el polvo suspendido en el aire bailaba con cada neumático que pasaba.
Al cruzar la entrada, sentí que estábamos cruzando un umbral hacia otro mundo.
Las caravanas estaban dispuestas en filas torcidas, sin orden aparente, como si hubieran sido instaladas con prisa o con resignación.
Algunas tenían las antenas dobladas, otras lucían cortinas de colores chillones que parecían gritar «aquí todavía vive alguien», en un intento casi tierno de maquillar la pobreza del metal gris.
Había ropa tendida entre los árboles, juguetes de plástico descoloridos olvidados en alguna esquina, y algún perro callejero que nos observaba con desgana desde la sombra.
Todo tenía un aire roto, sí, pero vivo. Como si nadie esperara que las cosas fueran perfectas, pero aun así se esforzaran en imprimirles un poco de alma.
Nevan no dijo una palabra. Mantenía la mirada fija en el camino, con los nudillos tan blancos que contrastaban con el volante oscuro.
Yo, en cambio, no podía apartar la vista de lo que nos rodeaba.
No lo hacía con juicio, ni con lástima. Lo hacía con un respeto profundo, con la sensación de estar, por fin, entrando en las páginas de su historia.
—Es aquí —murmuró aparcando junto a una caravana que, comparada con el resto del parque, parecía un poco menos castigada, aunque no por mucho.
La caravana de Nevan era de un blanco sucio, con la chapa desconchada, varias abolladuras que contaban historias de golpes olvidados y un escalón de metal oxidado como única entrada.
Las ventanas estaban cubiertas por cortinas viejas, sencillas y sin adornos.
El porche improvisado consistía en una tabla de madera asentada sobre bloques de cemento, con una silla plegable a un costado, como si a veces saliera a sentarse allí, solo, a mirar la nada.
Justo al lado, otra caravana rompía la monotonía con una nota de color.
Cortinas de cuadros naranjas colgaban tras sus ventanitas pequeñas, y una silla verde chillona ocupaba el centro de un porche aún más precario que el de Nevan.
En el parachoques de un coche viejo aparcado delante, una pegatina descolorida rezaba: « La vida es una carretera ».
Sonreí; tenía que ser la caravana de Gus.
Nevan bajó del coche en silencio y dio la vuelta para abrirme la puerta.
Su expresión era una máscara dura, cerrada, como si se preparara para el momento en que dijera algo que no quería escuchar.
Pero no lo hice. Solo lo miré y sonreí. Porque entendía.
Porque veía. Y porque no pensaba moverme de allí.
Me sostuvo la mirada un segundo, como si todavía no pudiera creer que siguiera en pie a su lado, como si aún temiera que, al ver todo aquello, saliera corriendo.
—¿Estás segura? —preguntó, sin adornos ni filtros. Era él, crudo y directo.
—Por completo —respondí, y lo dije con una sonrisa pequeña, pero real.
Él asintió apenas, con una duda que me partió el corazón, y me tendió la mano. La estreché. Subimos juntos los pocos escalones metálicos y Nevan abrió la puerta de su caravana como quien libera algo que ha estado encerrado bajo llave durante años.
El interior era un espacio reducido, estrecho, impregnado de un olor a madera vieja y café de filtro seco.
Había una cama deshecha al fondo, un rincón de cocina con una cafetera de otra época y una mesa con una única silla.
Todo era sencillo, desgastado por el tiempo.
El suelo crujía bajo mis pies, un sonido que delataba la soledad de tantas noches allí.
Nevan se quedó inmóvil, con la mano aún apoyada en el pomo y la espalda tensa, dividido entre el deseo de dejarme pasar y el impulso de pedirme que saliera huyendo.
No dije nada. Me acerqué despacio y, sin pensarlo demasiado, me puse de puntillas y le besé.
Fue un beso suave, sin urgencias. Un lenguaje propio que solo significaba una cosa: gracias .
—Gracias por dejarme entrar —susurré contra sus labios.
Nevan exhaló el aire que contenía en un suspiro largo. No respondió con palabras, pero apoyó su frente contra la mía con delicadeza. Y en ese gesto, lo supe: me lo estaba permitiendo. Aunque le costara. A pesar de su dolor.
Justo entonces, alguien aporreó la puerta con los nudillos, un golpe firme y rápido. Nevan frunció el ceño, giró el pomo con resignación y abrió.
—¡Coño! —rugió una voz grave al otro lado—. ¡El hijo pródigo ha vuelto y no se ha dignado a avisar!
Gus. Era tal cual Nevan me lo describió, pero con una presencia que lo llenaba todo: calvo, de barriga generosa, barba rala y una camiseta que rezaba: « Cuidado, puedo decir lo que pienso en voz alta ».
En una mano sostenía una lata de cerveza y en la otra, una caja de cartón de esas que nadie querría abrir.
Nos escaneó de arriba abajo: primero a Nevan, luego a mí, y después, bajó la vista a nuestras manos entrelazadas, con una ceja arqueada y una sonrisa de zorro viejo que lo decía todo.
—Pues mira tú… —dijo Gus, girándose hacia nosotros como si estuviera comentando el tiempo, aunque sus ojos no perdían detalle—.
Y yo aquí pensando que te habían secuestrado para vender tus órganos, y resulta que estabas ocupado encontrando a la única mujer con la paciencia suficiente para aguantar tu humor.
—Hola —dije aguantando la sonrisa mientras estiraba la mano—. Soy Aria.
Gus me escaneó de arriba abajo con un brillo travieso, casi divertido.
—¿Tú? —me miró con una ceja alzada—. ¿Eres esa Aria?
—¿Hay otra? —repliqué con una sonrisa pícara, siguiéndole el juego.
—¡Espero que no! —soltó una carcajada grave que retumbó en el pequeño porche—. Este idiota ya tiene bastante con una sola mujer que le mire como tú lo haces; si vienen dos, lo matamos de un infarto.
—Gus… —bufó Nevan, llevándose una mano a la cara mientras negaba—. ¿Tienes que ser así siempre?
—Siempre que respiro, hijo —replicó él, y me guiñó un ojo antes de darle un pequeño golpe con el codo a Nevan en el brazo—. Me tenías preocupado, chaval. Te fuiste sin decir ni mú. Llamé a Eiden, pero ese cabrón no me contestó.
—Estuve en Los Ángeles, necesitaba desconectar un poco —respondió Nevan, bajando la mirada un segundo—. Lo siento.
—Bah. —Gus agitó la mano, restándole importancia, como si espantara una mosca—. Pensé que te habías metido en alguna mierda otra vez. No sería la primera. Pero veo que estabas ocupado…
Nevan resopló, incómodo. Yo, sin embargo, no pude evitar sonreír con más fuerza. Ver a Gus provocarle ese tipo de incomodidad me hacía gracia; era como observar a Nevan enfrentarse a un espejo, a una versión suya de cuarenta años más.
—Me alegro de verte bien. De verdad —continuó Gus suavizando el tono, aunque sin perder del todo la ironía—. Aunque me parece injusto. Me has presentado a todas las locas con las que te has acostado y a esta la escondes como si fuera un secreto de Estado.
—Porque no es como las otras —murmuró Nevan, casi sin pensarlo.
Gus se quedó callado un segundo. Me miró de nuevo, esta vez con más atención, y asintió para sí mismo, como si descifrara un código.
—Ya. Lo noté en tu cara desde que abriste la puerta.
Luego me miró con una sonrisa ladeada.
—¿Sabes que este idiota no dejaba que nadie se le acercara a más de dos metros durante más de dos días seguidos? —me preguntó.
—Me siento honrada —respondí con sinceridad, sin soltar la mano de Nevan.
—Más te vale —dijo Gus, aunque esta vez su sonrisa tenía una calidez genuina—. Porque este chaval… tiene mucha mierda encima, sí. Pero también vale oro. Solo hay que saber escarbar.
—Lo sé —respondí.
Gus se quedó en silencio un momento, luego suspiró y levantó la lata de cerveza en un gesto de despedida.
—Bueno, me largo a mi silla antes de que os pongáis sentimentales y me entren ganas de vomitar. Si oigo la caravana temblar esta noche, pondré la radio bien alta.
—Gus —gruñó Nevan.
—¡Estoy bromeando! —dijo entre carcajadas mientras se alejaba—. Bueno… un poco.
La puerta se cerró con un chirrido metálico cuando Gus se fue, y la risa que me había provocado su entrada aún me temblaba en el pecho, aligerando el ambiente.
—Me cae bien Gus —concluí girándome hacia Nevan.
Él resopló, cruzándose de brazos con una mueca que intentaba parecer resignada, pero no le salía del todo.
—Sabía que os llevaríais bien —murmuró con esa media sonrisa que solo aparecía cuando se sentía, por fin, en casa.
—¿«Esa Aria»? —repetí, alzando una ceja mientras me sentaba en el borde de la cama estrecha—. Lo ha dicho como si hablaras de mí... mucho.
Nevan se frotó la nuca, como si le picara algo invisible, y se quedó callado un instante.
—¿Lo has hecho? —pregunté con un tono juguetón, apoyando los codos en las rodillas—. ¿Has hablado de mí con Gus?
—Pfff… —bufó, dándose media vuelta como si quisiera evitar el tema—. Igual, un poco.
—Nevan —le llamé con voz cantarina, divertida.
Se giró de nuevo hacia mí, apuntándome con el dedo.
—Vale. Que no se te suba a la cabeza, ¿eh?
—Demasiado tarde —reí estirándome para quitarle el dedo de encima con suavidad—. ¿Qué le has contado?
—Lo justo —dijo encogiéndose de hombros, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo sutil—. Que nos conocimos en el campamento. Que éramos críos. Que un verano me jodiste la vida.
—¿Jodí tu vida? —fingí indignación, abriendo los ojos como platos.
—Sí, la jodiste —respondió, ahora sonriendo de verdad—. Me enseñaste que existía algo más que esta mierda. Y luego te fuiste.
El tono había cambiado. No dolía, pero tampoco era broma. No del todo.
—¿Y desde entonces me has estado idealizando como un lunático? —bromeé intentando suavizar de nuevo el ambiente.
Nevan rió bajo la nariz, negando con la cabeza.
—No. —Me miró—. No fue eso.
—¿Entonces?
Se sentó a mi lado, despacio, sin mirarme al principio. Sus dedos jugaron un momento con el borde de la manta desordenada. Luego, alzó la vista y su mirada se encontró con la mía, directa y sin defensas.
—Es solo que nunca dejé de pensar en ti.
No lo dijo con dramatismo. No buscaba impresionarme si no como se dicen las cosas cuando son verdades absolutas, sin adornos.
—¿Nunca?
—Nunca.
Sentí cómo se me apretaba el pecho. No por pena, sino por la belleza de lo simple. Por esa confesión que llevaba años silenciada en el fondo de su garganta. Porque él había seguido pensando en mí durante todo ese tiempo, a pesar de todo.
—Yo tampoco —confesé, sin poder evitarlo.
Nevan sonrió. Una sonrisa pequeña, cargada de algo que, al principio, no supo cómo sostener.
—¿Y ahora qué? —susurró—. ¿Nos damos por jodidos los dos?
—Ya lo estábamos —respondí, acercándome más a él—. Solo que ahora lo estamos juntos.
Y entonces lo besé. No por impulso, ni por costumbre. Lo besé con la certeza absoluta de que aquel sitio, su caravana, su mundo... era donde quería estar.