Caminos Opuestos Capítulo 53
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Capítulo 53

Nevan

El aire, al salir al exterior, me pareció denso.

Pesado. No era el calor, ni el humo del cigarro que encendí con manos temblorosas lo que me asfixiaba; era el pecho, que se me contrajo  hasta dejar apenas espacio para respirar.

Me apoyé contra la carrocería del coche, sintiendo cómo el metal frío contrastaba con el incendio que sentía ardiendo bajo mi piel.

Mis manos, cerradas en puños, no dejaban de vibrar.

Me invadió una mezcla sucia de rabia y vacío.

Un dolor que no se limpia con lágrimas, sino que se enquista.

Era antiguo, un veneno que llevaba años acumulándose en mis venas y que, por fin, había reventado.

« Embarazada » pensé. Esa palabra me había atravesado como una bala de plata en mitad del pecho.

¿Cómo podía decirlo con tanta calma? ¿Cómo podía soltar esa bomba con esa voz suave, como si estuviera anunciando el buen tiempo, como si no tuviera ni idea de lo que esa noticia significaba para mí?

En el momento en que sus labios formaron esa palabra, mi mundo entero —ese que tanto me costó mantener estable— se desmoronó.

Porque ahora, claro, ahora sí. Ahora todo encajaba.

Iba a tener un hijo al que iba a querer desde el primer suspiro.

Un bebé al que protegería, mimaría y escucharía.

Todo eso que conmigo fue incapaz de hacer.

Todo eso que me negó de manera sistemática.

Yo no fui un hijo, fui un error. Un accidente que ocurrió demasiado pronto.

El borrador. El fallo del sistema. Y ahora, por fin, iba a hacerlo bien. Con otro.

Me llevé la mano a la nuca, apretando los dedos contra la piel hasta hacerme daño.

El corazón me latía con tanta violencia que me golpeaba las costillas, como si necesitara escapar.

No sabía si quería gritar hasta romperme la garganta, correr hasta que los pulmones me ardieran o solo desaparecer de la faz de la tierra.

Entonces, la puerta se cerró.

El sonido me devolvió al presente. Sus pasos.

Su respiración. Me giré y allí estaba Aria.

Preciosa, incluso en medio de este desastre, con los ojos vidriosos y una preocupación que me partió el alma.

Me miraba desde la distancia, dudando, como si temiera que mi rabia la salpicara o como si no supiera cómo acercarse a un hombre que se estaba rompiendo en pedazos frente a ella.

No quería que me viera así. No tan roto.

No perdiendo el control. Pero ya era tarde; ya me había visto.

Y, contra todo pronóstico, no dio media vuelta.

No me juzgó. Tan solo se acercó, cruzó el espacio que nos separaba y me envolvió en un abrazo.

No pidió permiso. No dijo nada que intentara arreglar lo irreparable.

Solo me sostuvo, como si supiera que yo era incapaz de mantenerme en pie.

Y joder, la abracé de vuelta. Con desesperación.

Con los ojos cerrados, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, aferrándome a ella como si fuera lo único sólido en un universo que se deshacía.

No dije nada; no podía. Las palabras eran inútiles.

Solo me apoyé en ella, en su calor, en su existencia.

Aria era eso. Mi ancla. Mi refugio en mitad de la tormenta.

Fue lo único que evitó que me convirtiera en ese niño de mierda, solo, abandonado y olvidado en la parte trasera de una caravana.

Mis dedos se clavaron en su camiseta mientras respiraba su olor, intentando absorber su calma.

Porque si había alguien, una sola persona en este mundo capaz de mantenerme entero, era ella.

***

El motor se apagó y el silencio invadió el coche, solo interrumpido por el leve crujido de la grava al enfriarse bajo los neumáticos.

El mirador se abría frente a nosotros como una herida abierta; el pueblo de Windale se extendía abajo, una postal de cuento que ahora me resultaba insultantemente bonita para la mierda que llevaba dentro.

Había venido aquí muchas veces, ya fuera solo o con Eiden, buscando aire cuando el peso de mis propios fantasmas se volvía insoportable.

Apoyé los antebrazos sobre el volante y dejé caer la frente, buscando un soporte que no fuera mi propia cabeza.

Me sentía vacío, como si alguien me hubiera abierto el pecho en canal y dejado todas mis miserias expuestas al frío del exterior.

Noté un movimiento suave; Aria no dijo nada, tan solo se desabrochó el cinturón, giró el cuerpo hacia mí, posando una mano en mi nuca.

Ese contacto, tan sencillo, me desarmó por completo.

No lloré, no todavía, pero la presión en mi pecho era tan asfixiante que me cortaba la respiración.

—¿Quieres hablar? —preguntó. Su voz era tan baja, tan tranquila, que funcionó como una manta térmica en medio de la nieve.

Asentí. No por cortesía, sino porque me estaba ahogando.

—Cuando ha dicho que está embarazada… He sentido que el suelo se abría y me tragaba —confesé, con la voz rota.

Aria no interrumpió. Solo bajó la mano por mi brazo, acariciando con el pulgar, esperando.

—No ha sido solo la sorpresa —continué—.

Fue ver cómo todo lo que me esforcé en enterrar volvía de golpe.

Y lo peor es saber que ahora, con este niño, sí lo va a hacer bien.

—Tragué saliva, sintiendo el escozor del ardor en la garganta—.

Ese crío va a tenerlo todo: amor, protección, una familia que funciona.

Y yo… yo crecí deseando que mi madre me dedicara una mirada.

Que me hablara. Que me cogiera la mano cuando el miedo me paralizaba.

Mis dedos se aferraron al volante, tensos, blancos, como si pudiera arrancar el pasado de cuajo.

—Durante años, cargué con la culpa. Pensé que si no me abrazaba, si no me cuidaba, si no me sacaba de ese infierno… era porque no era suficiente. Porque no valía la pena. Y ahora, viéndola allí… veo que no era que no pudiera. Es que conmigo no supo. Conmigo no quiso aprender a tiempo.

Aria se inclinó hacia mí sin decir una palabra. Me acarició el rostro con la yema de los dedos, un gesto tan suave que hablaba desde la piel, sin necesidad de verbos.

—Tú valías la pena entonces —dijo bajito—. La valías desde el primer aliento. Lo que pasó no fue tu culpa, Nevan. Nunca lo fue.

Cerré los ojos, sintiendo cómo me ardían.

—A veces… aún oigo su voz —murmuré, con la garganta cerrándose—.

La de él. Sueño que me grita. Que te grita a ti.

Me despierto empapado en sudor, con los dientes apretados y el corazón a mil.

Y ni siquiera está. Se fue hace años, pero sigue aquí.

—Me señalé el centro del pecho—. Sigue aquí, incrustado como una maldita sombra.

Aria se movió con parsimonia, deslizándose hasta sentarse de lado sobre mi regazo. Sus piernas se acomodaron entre el asiento y mi torso, y me envolvió con sus brazos, hundiendo la cara en mi cuello.

—Estoy aquí —susurró—. No me voy a ninguna parte.

Sentí cómo las barreras, esas que llevaba horas manteniendo en pie con un esfuerzo titánico, empezaban a ceder. Me apreté contra ella, buscando refugio en su pelo, en su calor.

—Tengo miedo —confesé, por fin, dejando que la voz se quebrara—. Miedo de no saber querer. De no saber tener una vida distinta a la miseria en la que crecí. Miedo de joderlo contigo. De romper algo bueno que nunca pensé que llegaría a tener.

Aria se separó apenas lo necesario para mirarme. Sus ojos brillaban tanto como los míos.

—¿Sabes qué veo cuando te miro? —preguntó, con la voz temblorosa—.

Veo a alguien que ha sobrevivido. Que ha luchado.

Que ama con todo, aunque todavía esté aprendiendo a ponerlo en palabras.

Que me hace sentir segura solo con estar cerca.

Que me ha hecho reír cuando había olvidado cómo hacerlo.

Sí… estás roto en partes, Nevan. Pero no estás perdido.

Ni estás solo. —Tocó mi pecho, justo ahí donde el dolor era más profundo—.

No necesito que seas perfecto. Solo necesito que estés. Y estás.

Y entonces, me rendí. Dejé que las lágrimas cayeran, sin esconderlas, sin contenerlas.

Dejé que me viera así: roto, abierto, humano.

Ella me sostuvo como nadie lo hizo jamás, soportando el peso de mi derrumbe sin tambalearse.

El viento soplaba suave, y su presencia, sus dedos dibujando líneas invisibles en mi nuca, empezaron a salvarme un poco.

Estuvimos así un rato, en silencio, escuchando su respiración fundirse con la mía. Nunca había permitido que nadie me viera de esta forma, pero con ella… no podía, ni quería evitarlo.

—¿Me enseñas dónde vives? —preguntó de pronto, suave, como si el momento lo exigiera.

Me separé apenas para mirarla, confundido. Ella me sostuvo la mirada con esa calma inquebrantable.

—Tu caravana. Quiero verla. Quiero conocer esa parte de ti. Preséntame a Gus, si quieres.

—No. —Mi respuesta salió disparada, instintiva.

—¿No?

—No es un sitio para ti, Aria.

—Nevan… —frunció el ceño, no con reproche, sino con una curiosidad honesta—. No te pido ir al Ritz. Solo quiero conocerte mejor. Todo lo que eres. No solo la parte que brilla bajo el sol.

—No lo entiendes —me pasé una mano por el pelo, tenso—. Es un sitio de mierda. Viejo, húmedo, gris. No tiene nada de bonito, ni de presentable.

—No necesito que sea bonito para que me importe.

—Tú vienes de otra vida —la miré sintiendo el pecho contraerse—. Lujo, luces, escenarios, hoteles de cinco estrellas. Y yo… crecí con las paredes manchadas y el techo goteando.

—¿Y?

—¿Y? —solté una risa amarga—. ¿Qué vas a pensar cuando veas dónde crecí? Cuando te sientes en ese sofá de patas cojas y huelas el moho que nunca se fue. ¿Qué vas a pensar al ver al crío que fui metido en esa basura?

—Voy a pensar que ese crío sobrevivió —dijo ella firme, sin dudar un segundo.

—Joder… —murmuré, bajando la mirada—. No quiero que me mires con lástima. Ni con esa ternura triste que la gente usa para las cosas rotas.

—Nunca te he mirado así —me cogió la cara con ambas manos, obligándome a sostener su mirada—. Y no voy a empezar ahora.

—No es solo por ti —tragué saliva—. Hay partes de mí que prefiero mantener lejos. Porque siento que, si las enseño… te vas a ir. O vas a dejar de mirarme así.

—No me voy a ir, Nevan.

—Eso creía de todo el mundo. Y mírame.

—No soy todo el mundo —susurró, con una sonrisa pequeña pero invencible.

—Aria… —negué con la cabeza—. No sabes lo que estás pidiendo.

—Sí que lo sé —respondió al instante—. Estoy pidiendo que me dejes estar contigo. En lo bueno, en lo malo, en lo que sea. Estoy pidiendo que confíes en mí. Que me dejes entrar no solo en tu cama, sino también en esos rincones que te dan vergüenza.

—No es vergüenza —murmuré, incapaz de mirarla—. Es miedo.

—Pues yo no tengo miedo —dijo acercándose más, sus manos firmes sobre mi pecho—. No de ti. No de tu historia. Solo me asusta que no me dejes ayudarte a cargar con ese peso.

Me quedé en silencio, sintiendo el pecho abierto de nuevo. Cada palabra suya era una caricia sobre una herida que aún supuraba.

—No voy a juzgarte —continuó, su voz temblando por la emoción—.

Jamás. ¿Sabes por qué? Porque tú me has visto en mis peores momentos, Nevan.

Y no me soltaste. Me abrazaste. Me hiciste reír.

Me devolviste piezas que no recordaba haber perdido.

Déjame estar ahí para ti. No me empujes fuera justo ahora.

Tragué saliva, sintiendo que estaba tomando una decisión que cambiaría el mapa de mi vida.

—Vale —dije al final. Bajito, desarmado, pero honesto—. Te lo enseñaré.

Ella sonrió. Fue una sonrisa rota, emocionada, de esas que te desmontan las defensas por completo. Y yo, aunque todavía no comprendía el alcance de lo que estaba haciendo, sentí que acababa de dar un paso sin retorno.