Caminos Opuestos Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

—No lo digo por ella, Nevan —insistió bajando la mirada para elegir con cuidado sus palabras—.

Lo digo por ti. A veces, cerrar la puerta por completo duele más que dejarla entornada.

Solo… —me acarició el brazo, un roce ligero que intentaba calmar la tormenta que se estaba gestando dentro de mí—, solo para asegurarte de que no hay nada ahí dentro que aún te esté quemando.

Me tensé. La rabia, antes dirigida a mi madre, empezó a volverse hacia el recuerdo de lo que significaba estar en aquella casa.

—¿Y si sí quema? —le pregunté, con la voz rota—.

¿Y si me acerco y vuelve a doler como antes?

¿Y si tengo que sentarme en ese salón de mierda, rodeado de sus cuadros nuevos, con su vajilla blanca y su marido perfecto, y tengo que tragarme que ella ahora sí sabe ser madre porque alguien se lo ha ordenado?

No era justo soltarle esto a ella, pero las palabras salieron como un vómito. Aria no se encogió. No puso distancia. Solo respiró hondo, como si estuviera absorbiendo mi carga para hacérmela más ligera.

—Puedo ir contigo —susurró, y aquella oferta me golpeó con más fuerza que cualquier llamada—. Si eso hace que sea más fácil, si te hace sentir menos solo.

Me quedé en silencio mirando hacia la nada, con el interior de la mejilla sangrando por la fuerza con la que la estaba mordiendo.

No pude contestar. No encontré las palabras.

Y Aria, bendita sea, no insistió. No necesitó una respuesta.

Solo dejó su mano sobre la mía, firme y presente.

Y joder, en medio de todo ese caos, eso fue más que suficiente.

La mañana siguió su curso, o al menos eso intentó, pero me quedé clavado en aquel instante.

Aria volvió a sumergirse en su libro, cambiando de postura, moviéndose por la cabaña, poniendo música suave con la esperanza de no agitar mi cabeza pero, para mí,  el silencio se volvió sólido, insoportable, machacándome las sienes.

Me levanté, caminé por la cabaña como un animal enjaulado, encendí un cigarro y lo aplasté a medio consumir, con el sabor amargo aún en la boca.

Me senté, me volví a levantar. El teléfono, guardado en el bolsillo de mi pantalón, pesaba como si fuera plomo fundido.

Cada mensaje sin leer, cada notificación de mi madre, era una piedra más que me ataba los tobillos, arrastrándome hacia un fondo que me había costado años esquivar.

¿Por qué ahora? ¿Por qué esa insistencia desesperada después de tanto tiempo de silencio?

¿Qué demonios podía ser tan «importante»?

John, que siempre mantenía una distancia prudente, también se había sumado al acoso telefónico.

Y lo peor de todo no era la curiosidad, era el miedo.

El miedo a que todo lo que había construido, el hombre que había intentado ser, se desmoronara con una sola frase de ella.

Me senté en los escalones de madera frente a la cabaña, con las manos entrelazadas y la vista perdida en la espesura de los árboles.

Tenía ese nudo en el estómago, el que solo aparece cuando te ves obligado a afrontar lo que te empeñas en enterrar.

Le conté a Aria las líneas generales: cuando detuvieron a  mi padre cuando yo tenía dieciséis, el abismo de alcohol en el que se perdió mi madre.

Pero nunca le había hablado de mis demonios, los que se despertaban conmigo cada madrugada y me susurraban al oído que, por mucho que intentara limpiarme la piel, la suciedad seguía ahí, impregnada en los cimientos.

¿Cómo iba a meterla en esto? Ella no se merecía cargar con mi oscuridad. Tenía luz, tenía futuro, y yo solo era una sombra que se negaba a desaparecer.

La puerta crujió y Aria salió al porche con una taza en la mano. Se quedó allí, mirándome desde arriba, con esa capacidad suya de leer mi silencio sin decir ni una palabra.

—¿Puedo sentarme?

Asentí, y se acomodó a mi lado, dándome el espacio necesario para dejar salir el veneno.

—Llevo toda la mañana dándole vueltas —admití al fin, sin mirarla—. No sé si quiero saber. No sé si estoy preparado para esto.

No me interrumpió. Solo esperó, dándome el oxígeno que necesitaba para continuar.

—He aprendido a vivir con este peso —dije sintiendo cómo la voz me fallaba—.

No lo he superado. Solo... lo he domesticado.

Es una sombra que me acompaña a todas partes.

Cada vez que veo algo que me recuerda a ella, a todo lo que pasó, el dolor vuelve a golpearme sin avisar.

Y si voy a esa casa, si la miro a los ojos...

tengo miedo de que esa sombra se vuelva gigante.

De que me arrastre otra vez al agujero. Y tú...

—Me giré hacia ella, encontrando sus ojos, los únicos que no me juzgaban.

— Tú no tienes por qué ver eso. No tienes que ser testigo de cómo me rompo.

Aria frunció el ceño con una suavidad que me desarmó, como si le doliera que pudiera pensar algo así.

—Nevan… ya lo veo. Quizá no todo, no cada recoveco de tu dolor, pero sí lo suficiente como para saber que no me asusta. Lo que me asustaría sería que no confiaras en mí, que no me dejaras estar ahí cuando más lo necesitas.

Bajé la mirada, sintiendo una punzada de vergüenza. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo conseguía simplificar el caos en el que siempre estaba inmerso?

—Y además —añadió con una sonrisa pequeña y astuta—, así aprovecho para ver a Elara. Me dijo anoche que ya había vuelto a Windale con Eiden. Quiero despedirme antes de que volvamos a Los Ángeles.

La miré, sorprendido por su facilidad para normalizar lo que para mí era un campo de minas.

—¿Lo harías? —pregunté incapaz de ocultar mi asombro—. ¿Venir conmigo?

—Claro que sí. —Lo dijo con una sencillez absoluta, como si acompañarme al lugar donde mis fantasmas seguían vivos fuera tan natural como tomar café—. Pero solo si tú quieres.

Tragué saliva. No tenía claro si era una buena idea, no sabía si mis fuerzas aguantarían el escenario, pero sí tenía clara una cosa: si había alguien capaz de estar ahí sin que terminara de derrumbarme, era ella.

—Vale —dije al fin, dejando que el aire llenara mis pulmones—. Vamos.

Y, por primera vez en todo el día, respiré.