Caminos Opuestos Capítulo 52
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Capítulo 52

Aria

Llegamos a Windale en poco más de dos horas.

Después de cerrar la cabaña, de despedirnos de Tom y dejar atrás ese rincón que había sido nuestro pequeño paraíso durante la última semana; el viaje transcurrió en un silencio denso.

Para mí fue un silencio reflexivo, pero para Nevan parecía un muro.

Mantenía las manos férreas sobre el volante y la mirada clavada en la carretera, lejos, muy lejos.

Estaba tenso, cerrado, como si el simple hecho de volver a este pueblo fuera suficiente para resquebrajar la armadura que tanto le había costado construir.

Windale era precioso, un lugar de cuento de hadas;entendía por qué Elara lo eligió para empezar de cero.

Pero cuando el coche se detuvo frente a la casa de su madre, me quedé sin palabras.

Era una construcción de revista: blanca, con ventanales inmensos, un jardín impoluto y una estructura imponente que gritaba estabilidad y éxito.

Nevan me contó que esta mansión era el resultado de la llegada de John, aquel hombre de negocios amable que se enamoró de su madre un año después de que detuvieran a su padre, cuando Nevan tenía dieciséis años.

John la rescató del pozo del alcoholismo y compró esta casa, intentando construir un nuevo comienzo.

Su madre, en un intento desesperado por enmendar sus errores, quiso darle a Nevan «lo mejor», pero él nunca percibió que ese lugar fuera un hogar.

Se sintió solo y vacío entre tanto lujo, rodeado de una vida que le era ajena.

Miré a Nevan de reojo. Él no miraba la casa con nostalgia, si no con una frialdad que me estremeció.

Sabía que sus verdaderos fantasmas no vivían entre estas paredes de diseño.

Sus peores recuerdos estaban guardados a fuego en la caravana donde pasó su terrible infancia, el lugar al que regresó a los dieciocho años huyendo de esta mansión.

Una caravana llena de dolor, pero donde también estaba Gus.

Aquel hombre que sospechaba que había sido su verdadero salvavidas, la figura paterna que su padre biológico nunca supo ser cuando él más lo necesitaba.

Sentí la tensión en su brazo incluso antes de cogerle la mano, así que lo hice con suavidad. Quería ser su ancla. Nevan apretó mis dedos un poco más fuerte, un gesto mudo que me confirmó que, entre todos esos recuerdos que le atormentaban, yo era en ese momento su única certeza.

Avanzamos hasta el porche impoluto. Nevan levantó la mano y llamó a la puerta con dos golpes firmes. Su respiración se volvió pesada, cargada de una historia que yo solo alcanzaba a vislumbrar.

No tardaron mucho en abrir.

Y entonces la vi. Era como mirar a Nevan.

Tenía el mismo tono de piel, el mismo cabello rubio ceniza, los mismos ojos azul claro que en él eran hielo y en ella mar.

Iba vestida con una elegancia discreta, como alguien que había aprendido a esconder lo roto bajo telas caras y modales pulidos.

Era guapa, casi etérea. Pero sus ojos contaban una historia de naufragio.

Había un eco en ellos, una herida que nunca terminó de cerrarse del todo.

Cuando vio a Nevan, sus ojos se abrieron con una sorpresa genuina, como si la imagen de su hijo en esa puerta fuera una rareza que apenas ocurría. Después, pasaron de él a mí. Su expresión cambió, la sorpresa se transformó en confusión, hasta que su mirada bajó y vio nuestras manos entrelazadas.

Y entonces se enterneció. Apenas un gesto. Un destello de algo parecido a la esperanza o al alivio.

—Nevan… —su voz fue un susurro quebradizo, como si tuviera miedo de que, al pronunciar su nombre, el aire que nos separaba se rompiera—. Has venido.

Nevan no contestó. Sus dedos seguían entrelazados con los míos con una fuerza casi dolorosa y, su cuerpo estaba tan rígido que parecía tallado en piedra.

Si no mantenía esa postura firme, temí que se desplomara allí mismo.

Ella, al notar mi presencia, alzó la vista hacia mí; su sonrisa era tímida, casi una súplica de aceptación.

—Hola —dijo, intentando recuperar la compostura—. Soy Maeve. La madre de Nevan.

—Aria —respondí, ofreciendo mi otra mano en un gesto automático, un escudo de cortesía para protegernos a ambos—. Encantada.

Maeve me la estrechó con delicadeza, analizando en mis ojos qué significaba yo para él, qué lugar ocupaba en ese rompecabezas de años de silencio.

—Igualmente —contestó, antes de apartarse—. ¿Queréis pasar?

Miró a su hijo con la cautela de quien espera un rechazo.

Pero Nevan solo asintió en silencio. Al cruzar el umbral, la atmósfera cambió de manera drástica.

El aire dentro olía a perfume caro, a madera encerada y a una limpieza estéril.

Era el aroma de una vida construida  para borrar los rastros de la anterior.

Nevan no me soltó, y yo me aferré a su mano como si fuera mi única brújula.

Nos condujo hasta el salón, un espacio diáfano, moderno y luminoso.

Sofás de tonos neutros, alfombras que no conocían el polvo y ventanales que dejaban entrar una luz tan perfecta que parecía artificial.

Nevan escaneaba la habitación con una mirada sombría, como si cada objeto de diseño, cada detalle costoso, fuera una ofensa directa a la miseria de aquella caravana donde pasó su infancia.

Él era un intruso en la mansión que John compró para limpiar el pasado de su madre.

Nos sentamos. Yo me pegué a él en el sofá, buscando ser su punto de apoyo. Maeve se quedó frente a nosotros, de pie, con las manos entrelazadas sobre su regazo de forma ansiosa.

—¿Os apetece algo? ¿Un café? ¿Té? —preguntó. Su tono era demasiado suave, casi temeroso.

—No —cortó Nevan, su voz sonando como un latigazo—. No vamos a quedarnos. Solo dinos qué es eso tan importante.

Maeve se tensó, bajando la cabeza como si hubiera recibido una bofetada. No parecía molesta; estaba acostumbrada a ese muro de Nevan.

Justo entonces, la puerta de la cocina se abrió y apareció John. Caminaba con la parsimonia de quien es dueño de todo lo que pisa, con la camisa blanca remangada y una taza en la mano.

Al vernos, esbozó una sonrisa cordial. No era fingida si no la sonrisa de un hombre que, a su manera, intentaba salvar a una familia que ya estaba rota cuando él llegó.

—Vaya —dijo con calma—. Mira quién ha venido. —Sus ojos se posaron en mí, amables y abiertos—. ¿Y tú quién eres, querida?

Nevan no se dignó ni a mirarlo. Yo forcé una sonrisa, tensa pero educada.

—Hola. Soy Aria.

Él asintió y volvió a centrarse en su hijastro, con esa actitud de padre que nunca terminó de cuajar.

—¿Todo bien?

—Depende —respondió, clavando por fin los ojos en su madre—. ¿Vas a hablar o vamos a seguir jugando a las adivinanzas?

Maeve respiró hondo, un suspiro largo que pareció desinflarla. Miró a John buscando una fortaleza que ella no encontraba en sí misma, y él le dedicó un asentimiento cómplice.

—Nevan… —empezó ella, con la voz apenas como un hilo—. Lo que quería contarte es que… —titubeó, cerrando los ojos un instante antes de soltar la noticia— estoy embarazada.

El silencio cayó en la sala como una losa.

Sentí cómo el cuerpo de Nevan se endurecía contra el mío; cada músculo, cada fibra se tensó, como si el aire se hubiera evaporado y él estuviera luchando por no asfixiarse.

No dijo nada. La miró, y en sus ojos vi una incredulidad que se transformaba a una velocidad aterradora en algo más oscuro: rabia.

—¿Qué? —susurró. Fue una sola palabra, baja, sorda, cargada de una desolación que me caló hasta los huesos.

Maeve asintió con una lentitud que le pesaba. Forzó una sonrisa, pero esta le tembló en los labios, negándose a cobrar forma.

—Estoy embarazada. De dos meses.

El impacto duró apenas un par de segundos antes de que se convirtiera en otra cosa. La rabia.

—Joder —masculló Nevan. Apartó la vista de ella y se llevó una mano a la boca, arrastrándola por su rostro con una furia silenciosa y destructiva—. Claro. Por supuesto que sí.

—Nevan, sé que es mucho que asimilar. Y quizás inesperado, pero...

—¿Pero qué? —la interrumpió. Su voz bajó una octava, volviéndose cruda—. ¿Que ahora sí sabes cómo cuidar de alguien? ¿Ahora sí estás lista para ser madre?

Maeve parpadeó, herida por la daga, pero no fue capaz de negarlo.

—No digas eso, por favor.

—¿Por qué no? —se levantó del sofá de un salto, como si estar sentado allí, rodeado de esa pulcritud artificial, le quemara la piel—. ¿Porque te duele la verdad? ¿Porque ahora tienes esta casa de revista, un marido perfecto, estabilidad, cariño, y puedes permitirte el lujo de hacer las cosas bien?

Su respiración era un fuelle pesado. Yo también me puse en pie, sin soltar su mano, aunque su adrenalina era tan alta que apenas parecía registrar mi presencia.

—Y yo, ¿qué fui? —continuó, mirando al vacío, a cualquier punto que no fuera ella—. ¿El error? ¿El intento fallido? ¿El borrador mal hecho que ahora puedes reemplazar con una puta vida nueva y perfecta?

—¡No es eso! —Maeve se levantó también, su rostro había perdido todo el color, volviéndose pálido como las paredes—. No es eso, Nevan…

—¿Ah, no? —se giró hacia ella, desafiante—. Pues es exactamente como se siente.

John dio un paso al frente, instintivo, pero se frenó. Sabía que no era el momento de intervenir. Nevan negaba con la cabeza, con el pecho subiendo y bajando, intentando contener un grito que amenazaba con destruirlo todo.

—Vas a cuidar de ese bebé —dijo señalando a Maeve sin ni siquiera mirarla—. Lo vas a proteger. Le vas a dar todo lo que a mí me negaste. Y lo vas a hacer porque ahora puedes. Porque ahora tienes los medios, el escenario y el reparto perfecto. Porque ahora sí sabes hacerlo.

Maeve temblaba. De forma incontrolable, visible. Pero no apartó la mirada.

—Lo siento… —murmuró, apenas un susurro, con los ojos anegados—. Cada día. Lo siento.

Nevan seguía allí, erguido, con mi mano apretada a la suya como si fuera lo único que lo mantenía anclado a este mundo, evitando que saliera volando en pedazos.