Capítulo 51
Nevan
Aria salió de la cabaña hacía apenas veinte minutos y el silencio que dejó atrás pesaba más de lo que debería. Empecé a recoger nuestras cosas, o más bien las mías, porque las suyas parecen todavía imbuidas de su esencia y, moverlas me duele como si estuviera arrancando un pedazo de mi piel.
La realidad tiene fecha y hora: esa tarde teníamos que entregar las llaves. Era el fin de la escapada, el fin de la burbuja. Fuera de estas cuatro paredes, el mundo real estaba esperando, agazapado como una fiera, listo para engullirnos en cuanto cruzaramos el umbral.
Doblé una de sus camisetas, la que se dejó olvidada en una silla y me quedé con ella entre las manos.
Olí el algodón; olía a ella, a ese aroma suave que siempre me calmaba, pero ese día solo me provocaba un nudo en la garganta.
Tenía miedo. Un miedo que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
No era miedo a que me hicieran daño si no miedo a una pelea o a una situación difícil. Era miedo a perderla.
La miraba y veía un pájaro que acaba de aprender que tenía alas, y me invadía un terror absoluto a que, en cuanto volviéramos a la ciudad, el peso de su vida, de las expectativas de su madre, de todo lo que la rodea, le cortara las plumas. ¿Y yo? ¿Qué iba a ser yo para ella ahí fuera?
Me daba pánico pensar que, en mi afán por protegerla, pudiera convertirme en lo mismo que ella intentaba dejar atrás.
No quería ser otra carga ni ser una persona más que le dijera qué debía hacer.
Otra asfixiante cadena. Ya había tenido suficiente de eso.
Si ella necesitaba espacio, se lo daría.
Si quería huir, la dejaría ir. Pero la idea de no tenerla, de despertar un día y que todo esto hubiera sido sólo un paréntesis, un momento idílico en un campamento de verano mientras ella volvía a hundirse en el pozo de su madre...
eso me dejaría vacío antes incluso de ocurrir.
Aquí dentro, con ella, las cosas eran simples, solo éramos Nevan y Aria. Pero ahí fuera había mucho ruido. Estaban los agentes, las coreografías, las exigencias, la vida que le habían diseñado a su medida. Me sentía como un intruso intentando robarle tiempo a una vida que no le pertenece.
Recogí su cepillo del baño, los trastos que había ido dejando por ahí, y los guardé con una delicadeza casi reverencial.
Si ella se iba, si esto explotaba, no sabía qué quedaría de mí.
Me había acostumbrado a estar solo, a no necesitar a nadie, a que nadie me importara lo suficiente como para quitarme el sueño.
Y ahora ella me tenía aquí, temblando por un futuro que ni siquiera me pertenecía.
« No la presiones, Nevan. No le exijas nada. » Pensé.
Repetí la lección como un mantra, pero el pecho me ardía. La quería demasiado como para dejarla ir, pero a la vez tanto, que dejarla ir podría ser la única forma de demostrarle que, por primera vez en su vida, alguien la amaba sin querer poseerla.
Suspiré, dejando la maleta a medio cerrar sobre la cama. La cabaña, que hacía un rato era nuestro refugio, ahora parecía una cárcel.
El chirrido de la puerta al abrirse me sobresaltó, cortando de raíz mis pensamientos oscuros. Me giré, con el corazón todavía acelerado por la angustia. Al verla, el aire se me quedó atascado en la garganta.
Aria entró en la cabaña y, por un segundo, me olvidé de cómo respirar.
No era la chica que se había ido hace poco más de una hora.
Estaba radiante, con una luz diferente brillando en sus ojos, una intensidad que no había visto ni siquiera en nuestros mejores momentos aquí.
Su piel, bañada por el sol de la mañana, parecía vibrar.
—Nevan... —dijo cerrando la puerta tras ella y apoyándose contra la madera, con una sonrisa que no podía ocultar—. No vas a creer lo que me ha pasado.
Dejé la maleta sobre la cama y me acerqué a ella, contagiado sin remedio por su energía.
—¿Qué pasa? —pregunté, con la voz algo ronca.
—He ido al salón de baile —empezó a explicar, gesticulando con una emoción que le desbordaba—. Me he puesto a bailar, de verdad, sin pensar en nada. Y de repente... han aparecido unas niñas. Unas niñas pequeñas, Nevan.
La escuché, cautivado, mientras narraba el encuentro. Sus ojos, cuando describió la ilusión de aquellas pequeñas, brillaban con una claridad que me heló el pecho. Era puro entusiasmo, una chispita de vida que creía haber visto extinguirse en ella semanas atrás.
—Hemos bailado juntas. Y ha sido... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada, con la mano puesta sobre su pecho—. Ha sido como volver a casa. Como si, por primera vez, el baile no me pesara. Me he dado cuenta de algo, Nevan. De algo muy importante.
Se acercó a mí, agarrándome como si mi camiseta tuviera solapas, con una determinación que nunca antes le vi.
—Cuando todo esto pase, cuando consiga solucionar lo de la foto, lo de la prensa y deje atrás toda esa mierda de la academia y de mi madre, voy a montar mi propia escuela.
Una academia de ballet para niñas. Pero no de esas donde las exprimen hasta que se rompen.
Una escuela donde puedan aprender a amar el baile, donde la felicidad sea lo primero.
La miré y, por un momento, el miedo que me carcomía hacía diez minutos se disolvió, dejando paso a algo mucho más grande: un orgullo que me golpeó como un mazazo.
—Aria... —susurré acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.
—Es mi sueño, Nevan. Y me acabo de dar cuenta de que es el único que quiero perseguir.
La miré con fijeza, viéndola tan segura, tan dueña de su destino.
Sentí un pinchazo en el pecho, un dolor dulce y agónico a la vez.
Ella tenía un futuro ahí, un propósito que le devolvía la vida.
Y en ese futuro, yo era un completo desconocido, una variable en una ecuación que ella estaba empezando a resolver sola.
« Te lo mereces », pensé, y supe que era verdad con cada fibra de mi ser.
Se merecía cada gramo de esa felicidad, conquistar cada sueño, que nadie volviera a apagar esa luz que ahora le iluminaba la cara.
Aunque para conseguirlo tuviera que dejarme atrás.
Aunque yo no formara parte de esa academia, de esa vida limpia y estable que tanto anhelaba.
—Lo harás —dije con una firmeza que intenté que no sonara a despedida—. Vas a ser la mejor, Aria. Porque tienes algo que ninguna de esas academias de élite podrá comprar: tienes corazón.
Ella me miró y, por un instante, su sonrisa se suavizó, volviéndose algo más íntimo, más frágil.
—¿Tú crees?
—Estoy convencido —respondí dándole un beso suave en la frente—. Estás lista para esto. Estás lista para todo.
La atraje hacia mí, abrazándola con fuerza, tratando de memorizar el tacto de su cuerpo contra el mío, el olor de su pelo.
Por fuera, seguía siendo su apoyo, su roca.
Por dentro, sin embargo, estaba empezando a aceptar la realidad: ella estaba despegando, y yo, por mucho que me doliera, solo podía desearle buenos vientos.
Aria no respondió con palabras. Solo apoyó la frente en el hueco de mi cuello y me abrazó con más fuerza, como si mi cuerpo fuera la única estructura capaz de sostenerla en ese momento.
Me aferré a ella, consciente de que ese abrazo tenía un peso diferente; era el silencio de quien entiende sin preguntar.
El sol seguía filtrándose por la ventana, bañando la cabaña con una luz dorada y tranquila. Ella estaba en mi regazo, con la cabeza reposando en mi hombro y mis brazos envolviéndola con una naturalidad que dolía.
Entonces, el puto móvil vibró sobre la mesa.
El sonido fue como un latigazo en medio del silencio. Bajé la vista con desgana, sin querer romper la burbuja, pero la pantalla iluminada con un nombre que llevaba días acosándome me obligó a soltar un suspiro cargado de veneno.
« Mamá »
Llevaba una semana insistiendo: llamadas, mensajes, notificaciones que se amontonaban como basura. No había querido contestar, no podía hacerlo, pero el teléfono seguía insistiendo como si tuviera vida propia. La llamada se cortó por sí sola, dejándonos en un silencio tenso.
Aria levantó la cabeza. Sus ojos verdes escanearon la pantalla y luego se clavaron en los míos. No hubo ni rastro de miedo o inseguridad; solo una tristeza empática que, joder, era lo que más me jodía de ella. Su capacidad para leer mi dolor sin invadir mi espacio.
Pero antes de que pudiera volver a relajarme, el móvil volvió a vibrar. Esta vez era John y mis nudillos se pusieron blancos de la tensión.
—¿Qué coño quieren estos dos ahora…? —masculle entre dientes, con el ceño fruncido.
No me molesté en contestar. Dejé el teléfono sobre la madera, pero la insistencia fue más rápida. Entraron tres mensajes seguidos, uno tras otro, como disparos.
Nevan, cariño. Necesito hablar contigo.
Sé que estás ocupado, pero por favor responde a la llamada, o ven a casa.
Es importante, cielo.
« Cielo ». La palabra me quemó los ojos.
¿Cómo se atrevía? ¿Después de años de frialdad, de culpa, de una negligencia que me obligó a aprender a vivir solo?
¿Ahora era importante? ¿Ahora que tenía una vida «perfecta» que ocultar bajo la alfombra?
La incomodidad me subió por la espalda, convirtiéndose en una rabia sorda.
Sentí cómo Aria se removía sobre mi regazo, alerta. Su voz llegó suave, casi como un susurro, tanteando un terreno que sabía minado.
—¿Estás bien?
—No es nada —solté seco, con un tono que no pude evitar que sonara más agresivo de lo que pretendía.
Ella asintió despacio, sin apartar la mirada. No se ofendió.
—Quizá… —comenzó con una delicadeza que me desarmó— quizá deberías contestar. Solo para saber qué es eso tan importante.
La miré de reojo. No con enfado, sino con esa resistencia visceral que surge cuando alguien intenta tocar una herida que has intentando cicatrizar a base de ignorarla.
—No necesito saber nada, Aria.