Capítulo 50
Aria
El pitido de la alarma me taladró el cráneo como si tuviera un martillo neumático instalado en la sien.
—Joder… —gruñí enterrando la cara en la almohada, intentando con desespero que la oscuridad me engullera y acabara con aquella resaca que me estaba matando.
Me quedé inmóvil, intentando reconstruir las piezas de la noche anterior.
¿En qué jodido momento pasé de gritar a los cuatro vientos que era la reina del karaoke a ser este despojo humano?
Lo curioso es que la memoria no me fallaba: recordaba el baile, el oso rosa gigante, el momento en que me puse en plan celosa con Mónica…
Pero había lagunas. Lagunas importantes.
Como, por ejemplo, ¿cómo cojones había acabado en la cama, limpia, desmaquillada y en ropa interior?
Eso era un misterio que me ponía los pelos de punta.
Me giré buscando calor, pero solo encontré el hueco vacío. Nevan no estaba.
Iba a entrar en pánico, pero entonces el olor a café recién hecho se coló por mis fosas nasales, directo al alma.
Mis células gritaron «¡busca el origen!».
Me incorporé con la lentitud de una tortuga herida y me encontré con la segunda pregunta del día: ¿por qué narices estaba solo en ropa interior?
Ni idea. Pero antes de ponerme a analizar el drama, mis ojos se posaron en unos pantalones cortos y una de sus camisetas negras.
Me la puse; me quedaba como un vestido; me llegaba a medio muslo y, lo más importante, olía a él.
Seguí el rastro del café como si fuera un dibujo animado hipnotizado por el aroma. Y ahí estaba. En la cocina.
La imagen me detuvo en seco. Pelo rubio revuelto, la camiseta negra tensando los hombros, los brazos tatuados que se movían con una precisión irritante mientras servía el café.
Llevaba unos pantalones grises caídos, bajos en la cadera, como si la gravedad no fuera con él.
Se movía con esa parsimonia letal, una mano en la cafetera, la otra en la taza…
y yo, ahí, con el pelo hecho un nido de pájaro y el corazón a mil, mirándolo como si fuera la última gota de agua en un desierto.
No sé si es normal que alguien te parezca más guapo de lo que recordabas —y mira que anoche estaba para comérselo—, pero era un insulto.
Era sexy, carismático y tenía esa forma de llenar el espacio que me dejaba sin aire.
Lo peor, o quizás lo mejor, es que ya estaba perdida.
Enamorada hasta las trancas, aunque mi cerebro me gritaba que era una locura.
Mientras lo observaba, con el pulso martillando en mis sienes por razones que no tenían nada que ver con la cafeína, fui consciente de mi realidad: estaba jodida.
—Buenos días, dormilona —dijo Nevan sin darse la vuelta, como si tuviera un radar. Seguía sirviendo el café con una calma que me ponía de los nervios.
—Buenos días… —logré articular, acercándome con pasos torpes porque mi cuerpo todavía no se había puesto de acuerdo con mi cerebro.
Me tendió una taza. Sus dedos rozaron los míos un milisegundo y sentí una descarga que me recorrió el espinazo.
—Toma. A ver si con esto resucitas —dijo dejándome espacio.
La cogí con ambas manos, aferrándome a la cerámica caliente como si fuera la única forma de mantenerme en pie.
—Gracias.
—Anoche llevabas la cuenta de tus copas al ritmo de «una más y me voy»... —rió, esa risa grave que me hacía vibrar las tripas—. Curiosamente, ese momento nunca llegó.
Me llevé la taza a los labios, escondiéndome tras el borde para ocultar la sonrisa que se me escapaba.
—No estuve tan mal.
—No, claro —asintió él, con ese tono de «voy a dejar que te creas tu propia mentira» que tanto me gustaba—. Solo intentaste convencerme de que montáramos un imperio empresarial de peluches y de que yo fuera tu diseñador jefe.
—Pues es una visión de negocio impecable —repliqué dándole un sorbo al café y encogiéndome de hombros—. Los peluches nunca decepcionan. A diferencia de algunas personas.
Él soltó una carcajada, directa al pecho, y esa maldita sonrisa fue suficiente para terminar de aflojarme las rodillas.
Terminé mi café bajo la atenta mirada de Nevan. Había una calidez en sus ojos que me hacía querer quedarme ahí, atrapada en esa cocina para siempre, pero algo en mi interior necesitaba un cierre antes de irnos.
—Voy a dar una vuelta —dije, dejando la taza vacía sobre la encimera—. Necesito... ya sabes, despedirme del lugar.
Él asintió, entendiendo sin necesidad de explicaciones. Me dio un beso rápido en la sien, un contacto que se quedó vibrando en mi piel mientras salía de la cabaña.
Caminé hacia el viejo salón de baile. Era un edificio de madera, aislado y tranquilo, con ventanales altos que dejaban pasar la luz del día, creando un baile propio de partículas de polvo en el aire.
Entré, cerré la puerta y me quedé sola. El suelo de madera crujió bajo mis pies, un sonido familiar que me devolvió miles de recuerdos.
Me quité las zapatillas, dejando que mis pies descalzos contactaran con la madera fresca. Puse música en mi móvil, algo que no fuera la estricta melodía clásica de las competiciones, algo que tuviera un alma más libre, más profunda.
Empecé a moverme. Al principio, fueron pasos vacilantes, como si estuviera recordando cómo ser yo misma sin una audiencia.
Pero pronto, el ritmo se apoderó de mis vértebras.
Me lancé a bailar. No busqué la perfección de mis extensiones, ni me preocupé por la altura de mi arabesque .
Me olvidé de los espejos, de mi madre, de sus correcciones constantes, de la frialdad de los escenarios donde solo eras un instrumento…
Sentí el ballet como nunca antes lo había sentido.
Fue una liberación. Cada giro era un grito silencioso; cada salto,una forma de deshacerme del peso que cargaba desde hacía años.
Bailaba para Aria, para esa niña que soñaba con volar, no para la bailarina que tenía que cumplir expectativas.
Me sentí ligera, libre, como si el baile volviera a ser, por fin, mi lenguaje y no mi cadena.
Estaba inmersa en un movimiento de brazos, con los ojos cerrados y el alma fuera de mi cuerpo, cuando el crujido de la puerta me sacó del trance.
—¿Es ella?
La voz era pequeña, llena de una mezcla de incredulidad y asombro.
Abrí los ojos y me detuve, respirando agitada.
En el umbral de la puerta había un grupo de cinco niñas, de unos ocho o nueve años, vestidas con sus maillots de ballet, sus moños algo despeinados y sus mochilas a la espalda.
Estaban paralizadas con los ojos como platos, mirándome como si fuera una aparición.
—¡Es Aria Morgan! —susurró una de ellas, tapándose la boca con las manos mientras sus compañeras daban un pequeño saltito de emoción—. ¡Es la de la tele!
Me quedé allí, de pie en medio de la sala, sintiendo una vulnerabilidad extraña. Pero al mirar sus rostros, no vi el escrutinio técnico ni la envidia profesional si no pura, cristalina y contagiosa ilusión. Estaban embobadas, mirándome como si fuera un hada que acababa de materializarse.
—Hola —dije suavizando mi postura y acercándome con una sonrisa tímida.
—¿Eres tú de verdad? —preguntó la niña más pequeña, dando un paso al frente mientras se agarraba a la mano de su amiga.
—Soy yo —respondí agachándome para quedar a su altura—. ¿Vosotras también bailáis?
—Estamos aprendiendo —confirmó una con una coleta alta—. Pero nuestra profesora es muy seria. Dice que si no tenemos el pie en punta perfecto, no servimos.
Aquella frase, tan simple y tan llena de la misma crueldad que yo había vivido, me encogió el corazón. Me vi a mí misma en ellas.
—¿Sabéis una cosa? —dije, sentándome en el suelo para estar al mismo nivel—. Lo más importante no es la punta perfecta si no que cuando bailéis, vuestro corazón se sienta feliz. Si el corazón está feliz, el baile siempre será bonito.
Las niñas me miraban atentas, absorbiendo cada palabra. Fue entonces cuando me nació esa chispa, esa idea que se sentía tan correcta que me asustó.
—¿Queréis que bailemos juntas? —propuse.
El salón estalló en pequeños gritos de alegría.
Durante los siguientes cuarenta minutos, no era Aria Morgan, la bailarina estrella.
Fui solo una chica que amaba el ballet, enseñando a otras pequeñas lo que significaba la libertad.
Les enseñé a dejar caer los brazos, a reírse cuando perdían el equilibrio, a usar la música para contar una historia propia…
Mientras las veía girar, tropezar y reírse con una inocencia que me resultaba curativa, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: un propósito.
Una academia. No una jaula de oro donde pulir diamantes hasta que se rompieran, sino un refugio.
Un lugar donde niñas como ellas pudieran crecer amando el baile, sin perderse a sí mismas en el proceso.
Me levanté y limpié una lágrima de emoción a una de ellas que se había sentido «mal» por no hacer un paso bien, y la abracé.
—Lo habéis hecho de maravilla — aseguré.
Me miraron con tal adoración que me hizo sentir más fuerte que cualquier aplauso que hubiera recibido en un teatro.
En ese momento, mientras el sol del mediodia se colaba por las ventanas, supe que mi futuro no estaba en los escenarios fríos de mi madre.
Estaba ahí, en la posibilidad de enseñar, de proteger esa chispita que ellas tenían y que yo casi pierdo.
Quizás, después de todo, el ballet era mi destino. Solo tenía que cambiar las reglas del juego.