Capítulo 49 #2
Negué con la cabeza buscando un respiro y me acerqué al pie de la cama para coger la manta. La cubrí con suavidad, ajustando el tejido y apartando un mechón rebelde que le caía sobre la cara. Aria me siguió con la mirada; sus párpados pesaban, pero la chispa en sus ojos seguía ahí, incombustible.
—Porque… —bostezó, luchando contra el sueño— …me gustas demasiado.
El golpe me impactó de lleno. Fue directo al pecho, derritiendo algo que creía congelado desde hacía años. Me senté al borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas, atrapado por su mirada mientras se acomodaba como si yo fuera parte de su mundo.
—Duerme, Aria —logré decir, mi voz sonando suave—. Mañana… ya veremos qué pasa mañana.
Cerró los ojos, pero antes de rendirse por completo, murmuró algo tan bajo que casi se pierde en la penumbra.
—No es solo que me gustes, Nevan… es que… —se tocó el pecho con torpeza, con esa sonrisa boba que me desarmaba—. Aquí… siento muchas cosas.
Se me quedó mirando, con las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos, sin ser consciente del terremoto que acababa de provocar en mí. Me golpeó como una bala en el centro del pecho.
—Ven aquí, bombón… —murmuré intentando que mi voz sonara ligera, aunque me costaba respirar.
Fui hasta la mochila y saqué un par de toallitas.
Me senté junto a ella, que seguía recostada boca arriba con su melena dorada esparcida sobre la almohada como un halo.
Se mordía el labio medio sonriendo, con esa expresión brillante y pesada.
Me incliné despacio, acercándome e invadiendo ese espacio privado que tanto me tentaba.
—Mírame —le pedí.
En cuanto levantó la barbilla, empecé a desmaquillarla. Movimientos lentos, precisos. La tela suave recorrió sus mejillas, sus párpados, el contorno de sus labios… Ella no apartó la vista ni un milisegundo; me observaba como si fuera lo único que existía en el universo.
—Eres muy guapo… —susurró como si estuviera revelando un secreto prohibido.
—Tú eres preciosa —respondí sin dejar de limpiar los últimos restos de sombra y delineador.
La toallita se tiñó de negro y dorado, eliminando las capas de la noche, pero yo solo veía cómo que su rostro se limpiaba, volviéndose más auténtico, más real. Más ella. Cuando terminé, dejé la toallita a un lado y acaricié su mejilla con el pulgar, sintiendo la suavidad de su piel bajo mi yema.
—Lista para dormir —murmuré obligándome a no quedarme ahí, atrapado en su calor, sintiéndome más tentado de lo que jamás había estado en toda mi puta vida.
Aria sonrió, un gesto pequeño y privado, y se inclinó hasta que su frente descansó en la mía. Su piel estaba caliente, viva, un ancla en medio de la embriaguez que nos rodeaba.
—Me gusta cuando me cuidas —susurró rompiendo el aire—. Nadie lo ha hecho antes.
Sus palabras me golpearon con una fuerza física, un impacto sordo en el centro del pecho. No había drama en su tono, ni rastro de lástima hacia sí misma; era una verdad cruda, guardada bajo llave durante demasiado tiempo, que ahora dejaba escapar con la guardia baja.
—Pues acostúmbrate —respondí, sin pensarlo siquiera. Mi voz sonó baja, áspera, cargada con una firmeza que no me dio tiempo a cuestionar—. Porque voy a seguir haciéndolo.
Sus ojos se entreabrieron apenas, lo justo para que pudiera ver ese brillo húmedo que no tenía nada que ver con el alcohol. Era algo más crudo, más profundo. Tragué saliva, sintiendo un nudo que se me clavaba en la garganta, impidiéndome respirar con normalidad.
—Aunque no me lo pidas —añadí, apartándole con el pulgar un mechón de pelo de la frente—. Aunque te empeñes en hacerte la dura y me empujes lejos.
La acomodé sobre la almohada con una delicadeza que no reconocí como mía, asegurándome de que la manta la protegiera hasta los hombros.
Ella sonrió con los ojos casi cerrados, esa mueca floja y vulnerable que se le escapaba cuando el cansancio —o la borrachera— le desarmaba las defensas.
Me quedé allí observándola un momento, grabando cada detalle a fuego en mi memoria: la curva suave de sus labios, el compás lento de su respiración, la serenidad que, por un segundo, parecía haberse instalado en su rostro.
Me quité la camiseta y apagué la luz, dejando que la penumbra cálida de la mesilla envolviera la habitación. No iba a dejarla sola, no después de lo que acababa de confesarme. Me tumbé a su lado de costado, apoyando la cabeza en la mano para verla caer en un sueño profundo.
—Tu también me haces sentir muchas cosas, bombón —susurré sabiendo que ya no podía oírme.
Me quedé mirándola en silencio, escuchando cómo el calor de su cuerpo se filtraba bajo las mantas. Poseía una paz que yo nunca supe conservar, una calma que me era ajena. Ahí estaba, acostada a mi lado como si nada de lo que yo había hecho, de lo que era, tuviera importancia.
Pero sí la tenía porque sabía quién era yo.
Sabía lo que arrastraba conmigo. Y, por más que mi cabeza quisiera convencerse de que esta vez podía ser diferente, ser el hombre que la protegiera y la hiciera feliz, la vida se encargaba de recordarme la misma lección de siempre: las personas como yo no son más que tormentas temporales. La gente no se queda. Nunca se quedan.
Ella merecía algo limpio, estable, una base sólida. Algo que yo, por definición, no podía ofrecerle. Y aunque cada día aquí, a su lado, me hacía olvidar ese detalle, cada vez que la miraba así, tan de cerca, me dolía en el alma recordar que este momento tenía fecha de caducidad.
Apreté la mandíbula y forcé una sonrisa en la oscuridad, una mentira piadosa que solo me servía a mí.
No iba a dejar que viera lo que se gestaba en mi cabeza.
Ni que sospechara lo jodido que estaba por dentro.
Esta noche, la última que nos quedaba, iba a ser nuestra.
Iba a verla reír, a asegurarme de que se sintiera a salvo, de que creyera que, conmigo, podía permitirse respirar tranquila.
Porque si había una sola cosa que podría hacer bien en esta vida, aunque fuera la última, era asegurarme de que, cuando llegara el día de irse, recordara que aquí, en este campamento, en esta cabaña, al menos una vez, fue feliz.