Caminos Opuestos Capítulo 49
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Capítulo 49

Nevan

Ganamos el concurso de baile, por supuesto.

¿Cómo no íbamos a hacerlo? El premio: un oso de peluche rosa gigante, tan grande que apenas cabía en los brazos de Aria; pero ella lo abrazaba contra su pecho como si fuera un trofeo de guerra, con un orgullo que me hacía sonreír como un idiota cada vez que la miraba.

Ahora estábamos sentados en uno de los troncos que rodeaban la hoguera, con el peluche reposando junto a ella como si fuera su escolta personal.

La llama ardía alta, escupiendo chispas que subían hacia el cielo negro, salpicado de estrellas.

El calor del fuego nos golpeaba la piel, mezclándose con el olor a madera quemada y el sonido constante de risas y conversaciones que se filtraban por el campamento.

Los monitores más adultos se habían retirado hacía media hora, dejándonos a los jóvenes el control de la noche.

El ambiente estaba relajado, pero cargado de esa electricidad que solo tienen las noches de verano cuando sabes que no hay que rendir cuentas a nadie.

Un grupo cantaba un tema de rock noventero a pleno pulmón, otros reían contando anécdotas exageradas, y más allá, dos se peleaban por quién tenía que ir a por más cerveza.

Yo tenía mi botella en la mano, fría y medio vacía.

Aria, en cambio, sostenía un vaso con una mezcla dulce que no había querido identificar, pero que olía sospechosamente a ron barato y azúcar.

La luz de la hoguera le pintaba la piel en tonos dorados, suavizando sus facciones y haciendo que el pelo, un poco revuelto tras el baile, le cayera sobre un hombro mientras sonreía de oreja a oreja.

—No, no, no… —se reía Santi, el monitor de escalada, doblado hacia adelante mientras gesticulaba—. Eso no pasó así, Nevan, cuéntalo bien, dile la verdad.

Le di un trago a mi cerveza y sonreí mirando a Aria, que esperaba mi veredicto con los ojos brillantes.

—Lo siento, tío, pero Aria tiene razón. Fue justo como ella dice.

—¡Ja! —Aria alzó su vaso como si fuera una copa de champán en una gala—. Lo sabía. No puedes engañarme, Santi, tengo un radar infalible para las mentiras.

—Sí, claro… —murmuré sin apartar la vista de ella—, radar para las mentiras activado por el ron con coca-cola, supongo.

Me miró con los ojos entrecerrados, pero la sonrisa la delataba. Estaba en su mundo, un lugar al que pocas veces le permitían entrar.

—¿Estás insinuando que estoy borracha?

—No. —Me encogí de hombros, divertido—. Estoy afirmando que si sigues bebiendo a ese ritmo, acabarás cantando Let It Go subida encima de ese tronco de ahí.

Las carcajadas estallaron alrededor, y ella negó con la cabeza, riéndose de una forma que me encendió algo en el pecho.

—No voy a hacer eso.

—No por falta de ganas —contesté guiñandole un ojo.

Aria estaba radiante. No era solo el alcohol si no  la forma en la que se inclinaba hacia adelante para escuchar a los demás, en la risa que le sacudía los hombros, en cómo abrazaba el peluche gigante con un cariño absurdo.

Sí, ya había pasado su límite, pero no hacía el ridículo.

Solo estaba más libre. Más… ella. Y yo, sentado a su lado, mirando como el fuego se reflejaba en sus pupilas, no podía dejar de pensar en lo adictivo que era verla así, sin máscara.

—Nevan, lo he decidido —dijo de repente, girándose hacia mí con la seriedad absoluta de alguien que está a punto de dictar una ley universal—. Cuando vuelva a la ciudad, voy a abrir… una tienda de peluches gigantes.

Parpadeé, procesando la información mientras me miraba con una intensidad que me hizo soltar una risa seca.

—¿De peluches?

—Gigantes —repitió, alzando el dedo para enfatizar—. Y que sean sólo rosas. Nada de osos marrones aburridos. Rosas. Como este —abrazó al pobre oso con tanta fuerza que parecía que le iba a saltar un ojo.

Dio un sorbo más a su vaso, ajena al mundo.

—Además, como ya no estoy en la academia, voy a tener que buscar un hobby… y he decidido que va a ser ese.

—¿Esa es tu mejor idea?

—Sí. Y yo voy a ser la jefa. —Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal con esa sonrisa traviesa y un poco torpe que solo salía cuando las defensas bajaban—. Y tú… tú vas a ser mi socio.

—¿Ah, sí? ¿Y qué haría yo en este negocio revolucionario, jefa?

—Fácil —dijo como si estuviera exponiendo la teoría de la relatividad—. Tú dibujas los bocetos de los próximos peluches. Con tus manos mágicas.

—¿Manos mágicas? —me reí, mirándola de reojo, sintiendo que me derretía—. ¿Es un piropo encubierto o te has tomado una copa de más?

—Es la verdad.

Me quedé viéndola, abrazada a su oso rosa, los ojos brillando por la luz del fuego y el efecto de las copas, hablando con una seguridad pasmosa de un negocio absurdo y, aun así, parecía tan segura, tan feliz, que no pude hacer otra cosa que asentir, rendido ante el absurdo momento.

—Vale, bombón. Yo hago los bocetos y tú vendes la felicidad.

—Exacto —sonrió satisfecha, acomodándose en mi brazo—. Seremos imparables.

Ahí estaba yo, con una cerveza a medio terminar en la mano, el calor de la hoguera lamiéndome la piel y una mujer borracha, preciosa y decidida a conquistar el mundo con una tienda de peluches rosas. Y, maldita sea, no podía imaginarme en ningún otro lugar.

—Vale, bombón… se acabó.

Le arrebaté el vaso con suavidad, evitando que le diera otro trago.

—¿Qué haces? —me miró indignada, como si le hubiera negado el aire—. Pero si estoy perfecta.

—Perfecta estás siempre —le contesté, esbozando una sonrisa de lado que apenas podía sostener—. Pero en cuanto a equilibrio… digamos que el alcohol no está siendo tu mejor amigo. Vámonos a la cabaña antes de que decidas que este oso necesita un hermano.

Se levantó del tronco intentando mantener la dignidad.

Fue un esfuerzo loable, pero al dar el primer paso, sus pies se cruzaron y se fue de cabeza hacia la arena.

Reaccioné por puro instinto, atrapándola por la cintura justo antes de que impactara.

Se quedó pegada a mí, y al sentir mis manos, estalló en esa risa limpia y contagiosa que me desarmaba las defensas.

—Te lo dije —susurré negando con la cabeza.

—Shhh… estoy bien… —soltó entre risas, sin hacer el menor esfuerzo por despegarse.

—Claro que sí, campeona.

Me agaché y, antes de que pudiera protestar, la levanté en brazos. Su cuerpo contra el mío fue un golpe directo a mi autocontrol. Me rodeó el cuello con los brazos al instante, acercándose tanto que su aliento, impregnado de ese combinado dulce, me rozó la mandíbula.

—¡Nevan! —exclamó con una sonrisa tonta—. Mmm… hueles de maravilla.

—Y tú hueles a problemas. Mojito y problemas.

—Problemas de los buenos… —murmuró, bajando el tono hasta convertirlo en un ronroneo meloso—. Y tú… tú estás tan… bueno.

—Bombón… —advertí, apretando el agarre—. No empieces.

—¿Por qué no? —sus labios rozaron la curva de mi cuello, un roce torpe, involuntario, pero cargado de una intención eléctrica—. Me encantas… ¿lo sabes? Y esos brazos… —apretó los hombros, tensando mis músculos—. Podría quedarme mirándolos toda la noche.

—Eso suena a obsesión, ¿eh? —la provoqué mientras caminábamos hacia la oscuridad, alejándonos del ruido de la fiesta.

—Me da igual… —susurró contra mi piel—. Además, no es culpa mía que seas… —hizo una pausa, buscando la palabra con esa lentitud típica de quien lleva un par de copas de más— …irresistible.

Reí bajo, aunque sentía que me quemaba por dentro. El calor de su cuerpo, su olor, la forma en que se pegaba a mí… todo me estaba llevando hasta el límite. Pero no. No iba a ser así. No con ella en ese estado, no siendo yo quien se aprovechara de su vulnerabilidad.

Llegamos a la cabaña y empujé la puerta con el pie, cerrándola tras nosotros. Caminé directo al dormitorio y la dejé sentada en el borde de la cama, inclinándome para asegurarme de que no se tambaleara.

—Venga, bombón. Hora de dormir. Ponte algo cómodo.

Pero ella no se movió. En lugar de eso, sus dedos buscaron el dobladillo de su vestido rosa. Lo subió despacio, con esa sonrisa depredadora que, borracha o no, sabía muy bienlo que provocaba.

—¿Qué haces? —pregunté, sintiendo cómo el calor me subía por la espalda, directo a la cabeza.

—¿Qué te parece? —susurró. Cada movimiento fue una tortura deliberada; un videoclip lento diseñado para volverme loco.

Me pasé una mano por la cara, respirando hondo.

—Aria… para. Estás borracha.

Ella ignoró mi advertencia. El vestido cayó sobre la cama y se quedó allí, en lencería. Y no era cualquier lencería; era una pieza que parecía diseñada para torturarme. Se puso de rodillas sobre el colchón, inclinándose hacia mí con una fluidez que me cortó la respiración.

—Nevan… —arrastró mi nombre, un suspiro que me golpeó el pecho—. Te deseo.

—No, Aria. —Di un paso atrás, obligándome a mantener la distancia—. No así.

Su expresión cambió. La embriaguez seguía ahí, pero detrás de sus ojos algo se volvió más serio, más crudo.

—Lo quiero sobria también —dijo con una firmeza que me heló la sangre—. Siempre.

Me quedé helado. Tragué saliva con la garganta seca como el desierto. No mentía,  lo veía en la profundidad de su mirada. Ese deseo no era efecto del ron, era real.

—Y mañana… —continuó con la voz más suave, un hilo que me atravesó— te lo diré igualmente.

Respiré hondo, forzándome a ignorar lo preciosa que estaba: el pelo revuelto, las mejillas encendidas por el alcohol y esa mirada, esa tan cargada de honestidad que me quemaba.

—Pues… me lo dirás mañana, bombón —contesté, con la voz más firme que pude articular—. Cuando el ron no esté hablando por ti.

Ella puso los ojos en blanco, como si mi autocontrol le pareciera la mayor estupidez del mundo, y se dejó caer de espaldas sobre la cama, soltando un suspiro exagerado.

—Aburrido… —murmuró, aunque esa sonrisita traviesa no abandonó sus labios.