Capítulo 48 #3
Me dejé caer en la silla que arrastró al centro de la pista.
Cuando sonó la primera nota de Pony , el bajo no solo vibró en el suelo; vibró en mis huesos.
Nevan comenzó a moverse. No era baile si no una cacería.
Sus pasos fueron felinos, lentos, cargados de una intención que me hacía sentir desnuda bajo su mirada.
Se acercó, su torso a milímetros de mi cara, el aroma a tabaco y deseo puro envolviéndome. Se dejó caer sobre una rodilla, y su mano, grande y firme, se deslizó por el aire siguiendo el contorno de mi pierna sin tocarme, un juego cruel que me hizo apretar los muslos.
Se incorporó, colocándose a horcajadas sobre la silla, aprisionándome entre sus piernas. Sus caderas empezaron a moverse con una precisión rítmica, un control sobre su propio cuerpo que me hizo jadear. Se inclinó hacia mí, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron mi oreja.
Se apartó de golpe, giró sobre sí mismo y se inclinó hacia atrás, enseñándome la V de sus abdominales, moviéndose con una lascivia que me hizo perder el aliento. La gente gritaba, pero yo estaba sorda a todo lo que no fuera el sonido de su respiración agitada y el roce de su piel.
Al terminar, me obligó a levantarme, pegó su cuerpo al mío y movió su cadera contra mi pelvis, un roce directo y obsceno que dejó claro lo que estaba sintiendo. Me hizo una reverencia teatral y me besó la mano, pero sus ojos me decían que el premio real no era el concurso.
—Lo que sea que haya que ganar esta noche… ya lo tengo delante.
Bajamos de la pista en un estado de trance. Nevan me rodeó con un brazo, posesivo, como si quisiera marcarme.
—Creo que voy a abrir un club de striptease en Las Vegas —soltó, con esa arrogancia que tanto me excitaba.
—Solo si yo soy la dueña y me quedo con todo —le piqué, empujándolo.
Entonces, Mónica apareció. Se deslizó hacia nosotros como una víbora, con su vestido ceñido y esa actitud de quien cree que puede robar lo que no es suyo.
—Nevan… —su voz era melosa, ofensiva—. Después de ese numerito… ¿seguro que no tienes una canción para mí?
Nevan arqueó una ceja, mirándola como si fuera un insecto molesto.
—¿Una canción para ti?
Mónica le puso una mano en el pecho, arrastrando las uñas por su piel caliente.
—Bailemos. —Me miró con una suficiencia que me hizo hervir la sangre—. No te importa, ¿verdad, Aria? Sois solo amigos por lo que tengo entendido.
La astilla se me clavó bien hondo. La rabia, el alcohol y el deseo acumulado explotaron. Me interpuse entre ellos, cortando el contacto de Mónica con su piel, y miré a Nevan.
—Sí, claro —dije con una dulzura peligrosa—. Si los amigos hacen esto…
Lo agarré por la nuca y estrellé sus labios contra los míos.
El beso no tuvo nada de comedido. Fue una colisión, una batalla, un reclamo absoluto.
Mis dientes rozaron su labio inferior mientras mi lengua se adentraba en su boca con una urgencia salvaje.
Él gruñó contra mis labios, sus manos se cerraron en mi cintura, apretándome contra él hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros.
Nos devoramos allí, frente a todos, dejando claro quién le pertenecía a quién.
Cuando nos separamos jadeando, con los labios hinchados y el sabor de su deseo en mi boca, Nevan giró la cabeza hacia Mónica. Su voz era fría, cortante, un latigazo.
—Lo siento, Mónica. Estoy pillado.
La cara de ella se descompuso.
—Supongo que me equivoqué con lo de que solo erais amigos —contestó, intentando mantener la dignidad mientras su orgullo se hacía trizas.
—Suele pasar —respondí sin apartar la vista, apoyándome contra el pecho de Nevan como si fuera el dueño del lugar.
Mónica se esfumó. Nevan no esperó ni un segundo para bajar la cabeza, acercando su boca a mi oído. Su voz era un susurro denso, cargado de una lujuria oscura que me hizo vibrar.
—¿Sabes lo que acabas de hacerme, Aria?
—¿Salvarte?
—No —su mano bajó hasta mi cadera, hundiendo los dedos en mi carne, apretando—. Acabas de ponerme tan cachondo que me cuesta no tumbarte ahora mismo en cualquier rincón y hacerte gritar hasta que pierdas la voz.
El calor me golpeó en el bajo vientre con una fuerza brutal. Mis rodillas flaquearon.
—¿Ah, sí?
—Esa manera en la que me has marcado… —sus dedos tiraron del tejido de mi vestido, bajándolo apenas un milímetro—, me hace querer hundirme en ti, tan despacio y tan profundo, que no podrás hacer otra cosa que rogarme que no pare.
Te quiero contra la pared, con las piernas abiertas y mis manos agarrándote hasta que no puedas ni recordar tu nombre.
El aire me faltaba. La imagen era tan vívida, tan cruda, que me obligó a morder mi labio inferior para no soltar un gemido allí mismo. Nevan estaba jugando conmigo, y yo estaba encantada de caer en la trampa.
—Entonces… será mejor que ganemos ese premio —respondí, con una voz que apenas reconocí de lo oscura que sonaba—. Porque cuando estemos a solas, pienso obligarte a cumplir cada una de esas promesas y te aseguro que no voy a ser nada amable contigo.
Nevan sonrió, una sonrisa predadora, hambrienta. El mundo entero se disolvió. Solo quedaba el deseo, latiendo entre nosotros como un animal salvaje.