Capítulo 48 #2
—Tú más —replicó, acercando su frente a la mía. Su mirada era intensa, pesada, como si en ese momento no hubiera nadie más en el mundo.
Y entonces, el caos volvió:
—¡El karaoke está abierto! —anunció la voz de Tom por el micrófono—. ¡Así que vayan eligiendo su canción porque esto no ha hecho más que empezar!
Una ovación general estalló. Nevan me miró con esa expresión de «ni se te ocurra decir que no».
—No —dije automáticamente.
—Sí —respondió divertido.
Y así, terminamos en la fila del escenario. La lista de canciones era un viaje al pasado. Sin discusión alguna, nos lanzamos a por Wannabe de las Spice Girls. Nevan empezó a bailar como si hubiera nacido para eso, y yo, llorando de risa, le seguí el juego.
Pero la cosa cambió cuando sonó 03’ Bonnie él marcaba el ritmo con un gesto de la mano y yo me perdía en su juego, imitando a una diva.
En el estribillo, me tomó de la mano, me hizo girar y, al quedar frente a frente, me mantuvo cerca, mirándome con una intensidad que me erizó la piel.
Entre canción y canción, la adrenalina nos mantenía a flote. Pero nada superó el momento en que sonaron los primeros acordes de Riptide .
Nevan me miró de reojo, entornando los ojos.
—Esta va a ser la nuestra —dijo con voz grave, casi como una promesa—. ¿Lista para el show?
Le respondí con una reverencia exagerada.
Cantamos a dúo, turnándonos estrofa a estrofa, él con ese toque grave y rasgado que me fascinaba, yo intentando afinar mientras me perdía en sus ojos.
Se movía por el escenario como si fuera suyo, a veces frente al público, otras detrás de mí, cantando cerca de mi oído y poniéndome la piel de gallina.
Le seguí la corriente, acercándome hasta que nuestras caras quedaban a centímetros cuando cantábamos al unísono. Improvisé una coreografía absurda y él la imitó con un sufrimiento dramático exagerado que hizo que toda la sala estallara en carcajadas.
En el estribillo final, Nevan dio un paso hacia mí, inclinó la cabeza y, sin dejar de cantar, me señaló con el dedo como si la canción entera fuera una declaración. Me reí tanto que casi pierdo el ritmo, pero terminamos la última nota con las voces un poco rotas y la respiración entrecortada.
El público aplaudió y silbó, pero apenas los escuchaba.
Nos miramos, jadeando, con las mejillas encendidas.
No importaba si habíamos desafinado o si habíamos hecho el ridículo.
Estábamos vivos. Muy vivos. Y, por un segundo, tuve la certeza de que esa conexión, ese «tú me sigues y yo te sigo», era lo único real en mi mundo.
—¡Y ahora, lo que muchos estaban esperando! —gritó el presentador, con esa voz estridente que solo tienen los animadores que disfrutan viendo el caos—. ¡Empieza el concurso de baile! El premio, como ya saben, lo elige la pareja ganadora… y créanme, esta noche vale la pena.
La pista estalló en un rugido de silbidos, gritos y una energía sucia y excitante.
Algunos se lanzaron al centro con una urgencia patética, intentando impresionar como si les fuera la vida en ello; mientras otros, ya lo suficientemente ebrios, se movían con una falta de ritmo que solo provocaba carcajadas.
Nevan me miró, ladeando la cabeza. Ese brillo en sus ojos no era simple diversión; era una promesa oscura, algo que me hizo tensar el abdomen.
—¿Preparada para dejarles claro quién manda aquí?
—¿Tú crees que están listos para nosotros? —le reté, sintiendo un calor denso en la boca del estómago.
Varias parejas pasaron antes que nosotros. Fue un desfile de mediocridad: intentos fallidos de acrobacias, roces torpes y mucha desesperación. Nevan y yo observábamos desde la sombra de la barra, con la tensión entre nosotros acumulándose como electricidad estática.
—Si alguien más intenta levantar a su novia a lo Dirty Dancing , voy a llorar de la vergüenza —murmuré, viendo cómo un tipo casi se parte la espalda intentando un giro.
—¡Siguiente pareja! ¡Nevan y Aria, al escenario!
Nos abrimos paso entre la multitud, sintiendo cómo las miradas se clavaban en nosotros. El presentador, con una sonrisa maliciosa, nos soltó el reto:
—Su reto… —la pausa fue agonizante—. ¡Un baile sensual para su pareja!
El público aulló. Nevan no esperó. En un solo movimiento fluido y arrogante, se llevó las manos al dobladillo de su camiseta blanca y, con un tirón, la arrancó por encima de su cabeza, dejándola caer al suelo.
Su torso quedó expuesto: piel bronceada, músculos que se tensaban con cada respiración, y los tatuajes de sus brazos y su torso bajando hacia unas caderas que prometían problemas.
Un suspiro colectivo, pesado y lleno de deseo, barrió la sala.
Pero él solo me miraba a mí.
—Siéntate —ordenó. No era una sugerencia.