Capítulo 48
Aria
Al final elegí un vestido rosa que nunca me atrevería a llevar fuera de este lugar.
Era sencillo, con un escote en V que dejaba ver lo justo y una falda ligera que se ajustaba a mi cintura antes de soltarse en un movimiento suave.
No era el tutú de la academia ni la ropa impecable que mi madre elegía para las galas, si no algo que me hacía sentir libre.
Al salir de la cabaña, el aire fresco de la noche me golpeó la cara.
Nevan estaba allí, apoyado contra un árbol, con un cigarrillo entre los dedos y esa presencia que parecía ocupar todo el espacio a su alrededor.
Llevaba unos tejanos negros desgastados y una camiseta blanca que se ceñía a su cuerpo, resaltando la definición de sus brazos y la tinta oscura de sus tatuajes.
Tenía el pelo revuelto, como si la noche ya le hubiera despeinado, y el humo se elevaba frente a él.
Parecía sacado de una fantasía.
Sus ojos azules, fríos hasta ese momento, se fijaron en mí y recorrieron mi figura con una intensidad que casi pude sentir físicamente. El cigarro quedó olvidado en su mano; su mandíbula se tensó. Durante unos segundos, el único sonido fue el del bosque.
—Joder… —su voz sonó ronca, casi un susurro—. Estás… preciosa.
No fue un cumplido vacío. Lo dijo como si me viera por primera vez, como si el resto del mundo se desvaneciera.
Sentí el calor subirme a las mejillas y tuve que desviar la mirada para no perderme en la suya.
Él apagó el cigarro contra la corteza del árbol con un movimiento decidido y se acercó con esa calma que siempre me aceleraba el pulso.
Cuando estuvo frente a mí, su mano rozó mi cintura en un gesto fugaz, un toque eléctrico que me recorrió la espalda.
—Ese vestido… —murmuró, inclinándose hacia mi oído—. No sé si voy a dejar que lleguemos a la fiesta.
Solté una risa nerviosa, intentando mantener la compostura mientras mi corazón latía desbocado.
—Pues si me has sacado de la cabaña para secuestrarme, avísame… al menos me quito los tacones.
Él sonrió, esa sonrisa ladina que me desarmaba por completo, y me ofreció la mano. Dudé un instante, solo un segundo, antes de entrelazar mis dedos con los suyos. El calor de su piel era el ancla que necesitaba.
—Vamos —dijo guiándome—. Esta noche nos toca divertirnos.
A medida que nos acercábamos al claro principal, la música veraniega y alegre fue envolviéndonos.
Al girar la curva, el escenario era casi mágico: farolillos de colores colgaban como estrellas sobre el área del bar, creando un techo luminoso que bailaba con el viento.
En el centro, una hoguera rugía, rodeada de gente que reía, charlaba y disfrutaba sin preocuparse por el mañana.
—Wow… —susurré, hipnotizada por la escena.
—No está mal, ¿eh? —comentó, rodeando mi cintura con el brazo; un gesto posesivo que no me hizo sentir atrapada, sino protegida.
Tom apareció de la nada, con una camisa de palmeras abierta y una cerveza en la mano. Nos dedicó una sonrisa cómplice.
—¡Hey, pareja! —saludó, acercándose con paso relajado—. Qué bueno veros. La barra está abierta y en nada empieza el karaoke. Hay premios: desde cestas locales hasta peluches.
Nevan se giró hacia mí, fingiendo una seriedad absoluta.
—¿Peluches? Bombón, me veo ganando un oso de peluche para ti. Sería un detalle precioso. Hasta le podemos poner nombre.
Le di un codazo suave, riendo, mientras Tom sacudía la cabeza, divirtiéndose con nuestra dinámica.
—Sois un espectáculo —dijo Tom, guiñándonos un ojo—. Disfrutad. Buena música, buena gente y, probablemente, alguien desafinando en un rato. ¿Qué más se puede pedir?
—Una copa bien servida y un micro —respondió Nevan, devolviéndole el gesto—. Lo demás viene solo.
Cuando Tom se alejó, Nevan arqueó una ceja, mirándome con picardía.
—¿Pareja, eh?
—No te emociones, Nevan —le advertí, aunque mi sonrisa me delataba.
—Demasiado tarde —respondió, atrayéndome más hacia él mientras caminábamos hacia la barra—. Ahora ven, tenemos bebidas que pedir y un peluche que ganar.
—Lo del peluche no va a pasar.
—Tú déjamelo a mí.
Nos moviamos entre la gente, rodeados por el olor a madera quemada, azúcar tostado y esa mezcla embriagadora de libertad. Nevan pidió una cerveza y yo un cóctel, sonriendo al ver que el voluntario detrás de la barra se había excedido con el ron.
—Como sigamos así, nos van a emborrachar antes de que empiece el concurso —comenté con una sonrisa, girándome hacia él.
Fue en ese momento cuando la vi aparecer.
Monica. Llevaba un vestido de flores corto, con un escote profundo que dejaba poco a la imaginación y el maquillaje un poco corrido, como si ya llevara un par de copas de más.
Caminaba con una determinación que me hizo enderezar la espalda al instante.
Se acercó a Nevan, ignorando mi existencia con una habilidad pasmosa.
—Nevan —dijo su nombre en un tono que pretendía sonar como un secreto—. Estás increíble esta noche.
Nevan esbozó una sonrisa cortés y asintió. Yo, sintiendo un pinchazo de irritación, me dediqué a remover el hielo de mi coctel con la pajita, observándola con una mirada gélida.
—Gracias, Monica —respondió él cortante, sin darle la más mínima oportunidad de seguir la conversación.
Pero ella no parecía tener intención de retirarse. Dio un paso más, apoyando los codos en la barra, y dejó que su brazo rozara «accidentalmente» el de Nevan.
—Estaba pensando en apuntarme al karaoke —preguntó, ladeando la cabeza mientras fijaba sus ojos en él—. ¿Qué vas a cantar tú?
Antes de que él pudiera articular palabra mi voz salió, sorprendiéndome incluso a mí, con una firmeza que no sabía que tenía:
—Nevan y yo vamos a hacer un dúo —solté, girándome hacia él y dándole un pequeño codazo, fingiendo un entusiasmo que probablemente me delataba—. ¿Verdad?
Nevan parpadeó, sorprendido por un segundo, pero enseguida captó el juego. Su rostro se iluminó con esa media sonrisa ladina que me volvía loca.
—Exacto —confirmó, mirándome con una complicidad que me revolvió el estómago—. De hecho, lo hemos estado ensayando todo el día. Vas a flipar, Monica.
La expresión de ella se tensó. Su sonrisa se volvió rígida, casi mecánica. Recogió su copa de vino blanco, molesta al ver que no había brecha por donde entrar.
—Vaya… qué compenetrados estáis —murmuró, forzando un tono despreocupado antes de girarse—. Bueno, os veo por ahí. Suerte con el dúo.
En cuanto se alejó, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Nevan me miró, con una ceja arqueada y una chispa de diversión bailando en sus ojos azules.
—¿Dúo, eh? —se burló en voz baja.
—No quería que la pobre se sintiera rechazada… —respondí, mirando hacia el frente mientras le daba un sorbo largo a mi mojito, intentando recuperar la dignidad.
Él se echó a reír, un sonido grave y cálido que vibró en mi pecho.
—Claro, bombón. Muy generosa por tu parte.
No le contesté, pero no hizo falta. Su mano se deslizó por encima de la barra hasta encontrar la mía, entrelazando nuestros dedos con una firmeza que me calmó al instante.
Nos quedamos así, en silencio, mirando hacia la hoguera mientras la música seguía sonando a nuestro alrededor.
En aquel contacto, en ese gesto silencioso, supe que no necesitaba marcar territorio ni inventar dúos inexistentes.
Él ya era mío. Aunque ninguno de los dos se atreviera a gritarlo todavía.
***
Unos cuantos mojitos después, perdí la noción de si el suelo temblaba por culpa de la música, del alcohol o de la risa que me subía por la garganta sin control.
Seguro que era una mezcla explosiva de todo.
El aire dentro del bar improvisado del campamento estaba viciado, cargado de calor, voces y esa energía eléctrica que te envolvía y te prohibía quedarte quieta.
Nevan estaba allí, en medio de la improvisada pista, dándolo todo mientras Shut Up and Dance retumbaba a un volumen que hacía vibrar el pecho. Y yo, que hasta hace dos días me preocupaba por mantener la compostura, me dejé arrastrar por su ritmo.
—¡Vamos, Aria! ¡No me digas que no sabes esta! —me gritó por encima de la música, levantando una ceja con esa sonrisa depredadora que me hacía perder el norte.
—¡Obvio que sí! ¡No me han criado los lobos! —respondí entre carcajadas, intentando imitar esos pasos ridículos que recordaba del videoclip.
Nevan levantó los brazos, giró sobre sí mismo y, sin previo aviso, me rodeó la cintura y me levantó en el aire, girándome como si estuviéramos en medio de un musical de Broadway.
—¡WOAH! —grité, aferrándome a sus hombros mientras el mundo daba vueltas—. ¡Estás loco!
—¡Solo por ti! —replicó, con el pelo rubio revuelto y los ojos brillando de pura diversión, esa que solo aparecía cuando decidía soltar sus propias cadenas.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, se agachó un poco, con esa mirada traviesa que siempre anunciaba una locura.
—Aria… súbete.
—¿Perdón? ¿Subirme dónde? Ni de coña.
—¡Confía en mí!
No esperó a que le diera permiso. Sus manos se cerraron con firmeza en mis caderas y, en un movimiento fluido, me levantó como si no pesara nada.
—¡DIOS MÍO! —exclamé, entre el vértigo y la risa, mientras me giraba en el aire. La gente alrededor empezó a palmear, convirtiendo nuestro pequeño caos en un espectáculo improvisado.
Cuando me bajó, mis piernas temblaban, no solo por el alcohol sino por la adrenalina. Me incliné hacia él para recuperar el aliento y me encontré con esa sonrisa de niño malo que siempre me desarmaba.
—Estás fatal —dije con la voz entrecortada.
—Pero te estás divirtiendo —contestó con un descaro absoluto.
—Como una cría —admití, pasando los brazos por su cuello y acercándome a él sin pensar.
La siguiente canción fue un cambio drástico: un tema lento, suave, que apenas se abría paso entre el bullicio. Él mantuvo sus manos en mi cintura y me dejé llevar, balanceándome en un vaivén lento, con nuestros cuerpos tan pegados que podía sentir el latido acelerado de su corazón contra el mío.
—Eres peligroso —murmuré, sintiendo el calor de la risa aún en mis mejillas.