Capítulo 47
Nevan
Aria llevaba con el teléfono pegado a la oreja un buen rato.
Primero habló con Elara y Sienna, intentando tranquilizarlas.
Las escuché reírse en algún momento, pero en su voz también había ese tono agotado que se le escapaba cuando bajaba la guardia.
Les contó lo de su madre, lo de la Academia…
y ellas, por lo que pude oír, le soltaron un par de cosas que me dieron ganas de invitarlas a unas cervezas.
Luego colgó y empezó con otras llamadas.
Gente que supongo serían agentes, managers…
no lo sé, pero su tono cambió. Más serio. Más medido. Más… profesional.
Y ahora estaba llamando a Ryan.
Ver su nombre en la pantalla me revolvió las tripas.
No porque creyera que ella sentía algo por él —sabía de sobra que para Aria no era más que ese producto publicitario que su madre le había impuesto—, sino porque Ryan representaba todo lo que yo no era.
Él era la estabilidad, el mundo ordenado, la «apuesta segura» que su madre quería para ella.
Ese tipo de vida que jamás podría darle.
Joder. Si ella quisiera seguir el juego de su madre, si decidiera que arreglar las cosas con Ryan era la única forma de salvar su carrera…
¿qué pintaba yo aquí? Si no hubiera estado ahí ese día, no existiría esa jodida foto.
Si no la hubiera arrastrado hasta aquí, ahora no estaría perdiendo todo por lo que hatrabajado.
Sabía que iba a arruinarle la vida. Lo supe desde el principio y, aun así, fui un puto egoísta. Sí, la hacía feliz pero, ¿cuánto duraría? ¿Hasta que se diera cuenta de que conmigo solo tiene caos, mientras que con él puede volver a ser la chica perfecta?
No podía escuchar lo que Ryan decía al otro lado, pero sí escuchaba a Aria. Y eso era suficiente para que algo se me retorciera en el estómago.
—No, Ryan escucha, no vamos a alimentar esto con más declaraciones —dijo ella. Su voz era firme, pero había suavidad en su tono, una forma de diplomacia que me mataba—. Tenemos que ser inteligentes. No podemos dejar que esto escale más.
¿Qué estaba planeando él? ¿La estaba presionando para salir a dar una explicación juntos? ¿Para limpiar sus imagenes?
—No, no me voy a exponer más ahora mismo —continuó ella, bajando el tono—. Confía en mí, lo manejaremos a puerta cerrada cuando todo se calme. Mantén la calma, ¿vale?
« Mantén la calma » . La escuché soltar un suspiro largo, cargado de esa paciencia que solo usas cuando estás tratando con alguien que no quieres decepcionar del todo, alguien a quien te sientes obligado a cuidar.
Mi garganta se cerró. La idea me golpeó sin pedir permiso: para el mundo y especialmente para su madre, Ryan era el futuro. Yo solo era el desastre. Y ella, al hablarle así, al intentar manejarlo con esa calma, demostraba que aún tenía un pie en ese mundo. Un mundo donde yo no encajaba.
—Claro que me importa lo que pase con la campaña, pero primero es mi salud mental —dijo, y me pareció notar un atisbo de cansancio en su voz—. No te preocupes Ryan, sé que tienes a los inversores encima. Lo arreglaremos.
« Lo arreglaremos » . Juntos. Esa palabra me arañó por dentro.
No porque creyera que había amor entre ellos, sino porque me recordaba que hiciera lo que hiciera, estaban unidos por un contrato, por una expectativa social, por una vida que yo no podía ofrecerle.
No podía «arreglar» nada para ella. Solo podía ofrecerme a mí, con todas mis cicatrices y mi pasado de mierda.
Cuando por fin colgó, se quedó mirando el teléfono unos segundos más, con la frente arrugada. Yo intentaba mantener la expresión neutral, aunque por dentro me estaba consumiendo.
—¿Todo bien? —pregunté, con ese tono forzado, seco, intentando ocultar que el ácido me subía por la garganta.
—Sí… —me sonrió, pero no era la sonrisa amplia y luminosa que me dedicaba a mí cuando nos olvidábamos del mundo.
Era una cansada—. Solo estaba intentando que Ryan entendiera que no voy a bailar al son que marquen los medios.
Está preocupado por la presión de los inversores, ya sabes…
la fachada que mi madre y los suyos montaron.
« Fachada » . Esa palabra debería haberme calmado, pero no lo hizo. Me recordó que, aunque fuera todo un montaje, seguía atada a ello.
—Parecías… —empecé, pero me callé. No quería sonar como un celoso de manual, aunque lo fuera—. Parecías muy paciente con él.
Ella me miró, extrañada por mi tono.
—Es un imbécil Nevan, pero forma parte del entramado que ha montado mi madre. Si corto por lo sano sin estrategia, solo empeorará las cosas. Solo estaba intentando que deje de presionarme.
Asentí, mirando hacia la ventana como si el lago pudiera responder todas mis preguntas. Pero lo único que sentía era ese maldito vacío. Quizá Ryan sea su hogar corporativo, su deber, su camino marcado… y yo… yo solo era el paréntesis que ella se había permitido abrir.
Aria dejó el móvil sobre la mesa y se acercó para acariciarme la nuca con la mano, como si no notara el huracán que me atravesaba. Sonreí de lado, fingiendo que todo estaba bien, que no me estaba rompiendo un poco más.
—¿Todo bien? —preguntó con esa voz suave, como si temiera que la respuesta fuera a quebrarla a ella también.
—Sí, bombón —mentí, apartando la mirada hacia cualquier sitio que no fueran esos ojos verdes—. Solo que… es una situación de mierda. Nada más.
Me estudió en silencio unos segundos, intentando decidir si creer en mi respuesta o arrancarme la verdad a la fuerza. Pero al final, suspiró y no insistió. Me dolió aún más que no insistiera porque sentí que, en el fondo, sabía por qué estaba callado.
—Vale… —dijo y, en ese instante, el tono de su voz dio un giro de ciento ochenta grados, como si decidiera cerrar la puerta a todo lo que acababa de ocurrir—.
Por cierto, esta noche es la fiesta del campamento.
Creo que me voy a poner el vestido blanco, ¿o será mejor el azul?
No sé… el blanco es más sencillo, pero el azul…
bueno, creo que me queda mejor para una noche de verano. Y además, tengo unos zapatos que…
Siguió parloteando con una ilusión que no le había escuchado en todo el día.
Mientras la oía, mi corazón se encogía. Era jodido.
Muy jodido. Porque la veía ahí, frente a mí; viva, luminosa, intentando reconstruirse con la sola idea de una fiesta, como si el mundo de afuera —ese mundo de exigencias, de contratos, de Ryan y de su madre— no estuviera intentando aplastarla.
Y sabía la verdad: yo era un espejismo. En unos días, cuando este campamento terminara y la realidad la reclamara, volvería a su vida, a lo seguro, a lo que se esperaba de ella.
Pero no iba a desaprovechar ni un solo segundo de lo que nos quedaba.
Me dediqué a observarla, grabando cada detalle en mi memoria como si fueran tatuajes invisibles que nadie más pudiera ver: el brillo en sus ojos, la forma en que sus manos gesticulaban al describir los zapatos, la curva exacta de sus labios cuando se permitía sonreír.
Cuando se fuera, eso sería lo único que me quedaría: el eco de su voz y esta sensación de haber tenido algo real, aunque fuera por un tiempo prestado.
« No te hundas ahora, Nevan », pensé.
No podía dejar que mi propia inseguridad me devorara.
No cuando ella estaba ahí, intentando buscar una brizna de aire puro en medio de toda esa mierda.
Si me dejaba llevar por mis demonios, por el miedo a que ella se diera cuenta de que Ryan y su mundo ordenado eran lo que de verdad le convenía, arruinaría lo único bueno que tenía entre las manos.
Así que, con un esfuerzo consciente, me puse la máscara. Esa que me salvaba tantas veces: el tipo despreocupado, el canalla con un punto de humor, el que nunca se toma nada demasiado en serio. Forcé una sonrisa ladina, me acomodé en la silla y le solté, con un brillo divertido en los ojos:
—El blanco es precioso, Aria, pero es un riesgo. Si alguien te derrama una copa de vino encima —dije arqueando una ceja —, la noche acaba. Aunque, pensándolo bien, si yo decido secuestrarte de la pista antes de que eso pase, igual el color no importa tanto.
Ella rodó los ojos, soltó una carcajada y me empujó con suavidad en el hombro.
Ese sonido, su risa, fue el detonante definitivo.
En ese instante decidí que esta noche iba a ser nuestra.
Aria se iba a olvidar de las fotos, de la academia, de su madre y de toda la presión que cargaba sobre sus hombros.
Yo no iba a ser quien le jodiera la velada.
Si esta era nuestra última fiesta antes de que el mundo volviera a reclamarla… joder, iba a hacer que fuera inolvidable.