Capítulo 46
Aria
Sienna💅🏼: ¿Sigue viva nuestra princesa de porcelana? ¿O Nevan ya ha terminado de convertirte en una chica mala? 👀
Elara🌸: Por favor, danos una señal de vida. Si no contestas en cinco minutos, voy a asumir que te ha secuestrado y ahora vivís en una cabaña sin wifi. 😮💨
Sienna💅🏼: O que estáis en Las Vegas casándoos por lo civil. Confiesa.
Aria: Calma, chicas. Estoy viva. Y muy, muy bien. No hay secuestros, ni bodas improvisadas. De momento. 😒
Elara🌸: ¿Y cómo va esa "escapada inofensiva"?
Aria: Va bien. Diferente. Creo que necesitaba esta calma más de lo que estaba dispuesta a admitir. Es... real.
Sienna💅🏼: "Real". Vale, esa palabra suena a algo mucho más grande que un viaje turístico. A ver, necesito un informe de daños: ¿Esa tensión sexual está resuelta o sigue en fase de combustión espontánea? Solo una palabra, Aria. No me hagas esto.
Aria: Sienna… Está más que resuelta. 🫠
Sienna💅🏼: ¡LO SABÍAAAAA! ¡Págame la botella de vino, Elara! Te dije que esa escapada no iba a ser solo para ver paisajes. 🍾
Elara🌸: ¡No he apostado nada! Pero me alegro tanto por ti, de verdad. 🥹
Aria: Por favor, no montéis una película. Las cosas están fluyendo... de una manera que ni yo misma esperaba. Sin etiquetas, sin presión, pero está siendo... diferente a todo.
Sienna💅🏼: Sí, claro. "Fluyendo". Como las mariposas en tu estómago, ¿no?
Elara🌸: O como tus ojitos cuando hablas de él. Sí, Aria, aunque estés escribiendo, te hemos visto. 🩷
Aria: Sois insoportables. Os quiero. Pero sois lo peor.
Sienna💅🏼: Y tú estás más feliz que nunca, me encanta. Disfruta. De todo. De él. De ti. Y si necesitas un rescate (o una botella de vino para celebrar), manda ubicación.
Aria: Gracias. Por todo. De verdad.
Dejé el móvil sobre la encimera justo cuando la cafetera soltaba su último bufido de vapor. Miré por la ventana; el sol se colaba entre los árboles, pintando rayas de luz en el suelo, y por primera vez en mucho tiempo, todo a mi alrededor —y dentro de mí— se sentía en absoluta calma.
Anoche, después de vaciarnos y llenarnos el uno al otro, nos quedamos dormidos abrazados, piel con piel.
Encajábamos. Su cuerpo envolvía el mío con una naturalidad pasmosa, como si lo hubiera hecho mil veces antes, como si estuviéramos diseñados para ese encastre perfecto.
Resultaba increíble que aquel niño que conocí con siete años, ahora convertido en este hombre complejo, fuera el único capaz de hacerme sentir, por fin, en casa.
Sin embargo, el corazón me dio un vuelco al recordar la textura de sus cicatrices bajo mis dedos.
Esas marcas de guerra ocultas bajo armaduras de tinta.
Me dolía su soledad pasada, su sufrimiento silencioso, pero me inundaba una gratitud profunda porque decidiera abrir esa grieta para mí.
Me había dejado ver las sombras que guardaba con tanto recelo, y eso significaba más que cualquier promesa.
Era surrealista estar aquí, doce años después, en el mismo campamento que nos vio encontrarnos por primera vez.
Como si el tiempo trazase una elipse perfecta solo para devolverme a él.
Seguía sin tener idea de qué éramos con exactitud.
No había etiquetas, ni compromisos, ni presiones, y yo no quería romper ese equilibrio.
Lo que teníamos ahora funcionaba: nos cuidábamos, nos reíamos y, sobre todo, nos respetábamos.
Doce años preguntándome por el paradero de aquel niño de ojos azules, y ahora estaba aquí, hecho un hombre que me permitía bajar los hombros.
Con él no tenía que estar a la altura de nada ni que ser la prima ballerina impecable.
Con Nevan, soy solo Aria, con todas mis luces y mis sombras.
Tenía razón Sienna; él hacía salir a mi niña interior, esa que tenía ganas de reírse a carcajadas, de correr descalza y de proponer locuras, sabiendo que no me juzgaría; sino que, se sumaría a la locura.
Respiré hondo, apoyada en el marco de la puerta de la terraza.
Llevaba puesta una camiseta enorme que le había robado, me llegaba a mitad del muslo y olía con intensidad a él: café, madera y ese aroma personal que ya empezaba a sopesar como mío.
Nevan se había levantado poco antes, murmurando algo sobre «hacer unas cosas», dejándome sola con el sonido suave del lago y el sol perezoso de la mañana.
Sonreí. Quizá estábamos un poco rotos y algo perdidos, pero estábamos juntos. Y por ahora, eso era más que suficiente.
Estaba tan perdida en mi propia burbuja que el roce de la puerta al abrirse me hizo girar la cabeza de golpe.
Y ahí estaba él. «Joder» . Llevaba el pelo rubio revuelto, como si acabara de pasarse la mano distraídamente un par de veces, y esos ojos azules brillaban con una intensidad descarada bajo la luz de la mañana.
Tenía dibujada esa sonrisa ladina, la que siempre parecía a un milímetro de meterse en un lío o de arrastrarme a mí con él.
Llevaba puesta una camiseta gris desgastada que se ajustaba a la perfección a la anchura de sus hombros y dejaba a la vista el caos oscuro de sus tatuajes.
Y, en una de sus manos, sostenía un pequeño ramo de lirios blancos. Mis favoritos.
Me quedé mirándolo, sintiendo cómo la sorpresa daba paso a una sonrisa que no pude ni quise contener.
—Buenos días, bombón —dijo, acercándose con ese paso tranquilo y seguro tan suyo. Me tendió el ramo con un gesto que pretendía ser despreocupado, pero sus ojos no me soltaban—. Para ti.
Lo tomé entre mis manos, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco traicionero contra las costillas. El aroma limpio y dulce de los lirios me golpeó de inmediato.
—Te… te acordabas… —susurré, con un repentino nudo formándose en mi garganta.
Nevan ladeó la cabeza, su sonrisa perdiendo todo rastro de arrogancia para volverse suave, y se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa. Pero lo era.
—Siempre me he acordado de cada cosa que dijiste que te gustaba, Aria —su voz bajó un tono, volviéndose grave, íntima—. No he olvidado ni una sola.
Me quedé mirándolo en silencio, abrazando los lirios contra el pecho.
Tuve la certeza absoluta de que esas flores no eran lo único que me estaba entregando en ese instante; me estaba regalando una parte de sí mismo que rara vez dejaba expuesta.
Era algo inmenso, un peso emocional que no sabía muy bien cómo atrapar con palabras.
Así que dejé de intentarlo. No lo dudé. Apoyé el ramo sobre la mesa con cuidado, acorté la distancia que nos separaba y me senté en su regazo con la mayor naturalidad del mundo.
Rodeé su cuello con los brazos mientras él, por puro instinto, acomodaba sus manos grandes y cálidas en mi cintura, aferrándome como si también hubiera estado esperando ese contacto desde que abrió los ojos.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuró, apoyando su frente contra la mía.
« Yo también » . Pero no lo dije en voz alta. Me limité a cerrar los ojos un segundo, respirando el olor de su piel, absorbiendo su calor, dejando que el mundo exterior se detuviera y guardara silencio.
O al menos, hasta que la vibración mecánica e insistente de mi móvil sobre la encimera destrozó el momento.
Abrí un ojo, molesta, y vi la pantalla encendiéndose una y otra vez.
No había mirado el móvil en días; casi no había cobertura aquí y esa desconexión había sido mi salvación, pero ahora, al parecer, el mundo real reclamaba su espacio.
Lo cogí con desgana, pero en cuanto vi las notificaciones, un peso gélido se me instaló en el pecho.
Varias llamadas perdidas de mi madre. Mensajes de la agencia. Y una avalancha de alertas de revistas digitales y redes sociales.
—¿Pasa algo? —preguntó Nevan, su voz captando al instante el cambio en mi atmósfera.
No respondí. Desbloqueé la pantalla y la primera imagen me golpeó como un mazazo.
Era una foto tomada a distancia, con teleobjetivo.
Aparecíamos Nevan y yo caminando por el pueblo cercano al campamento, hace un par de días, en un momento en que estábamos demasiado cerca, casi rozándonos, con nuestras cabezas inclinadas como si estuviéramos a punto de besarnos.
Alguien nos había seguido. Alguien nos había cazado.
El titular, en letras llamativas, no dejaba lugar a dudas: « Aria Morgan, la estrella de la danza, ¿pillada con un chico misterioso? La supuesta relación con Ryan Lancaster en el aire ».
Sentí cómo el corazón me martilleaba contra las costillas.
Los comentarios desfilaban a una velocidad vertiginosa.
Algunos me señalaban como si fuera una traidora por haber sido vista con alguien que no fuera Ryan, el chico «perfecto» que mi madre me obligaba a pasear en las galas para mantener las apariencias.
Otros solo babeaban por Nevan, llamándolo «el chico misterioso más sexy que han visto en años».
El primer mensaje, de Ryan, era frío, casi corporativo:
Ryan: “Aria, han publicado unas fotos. No sé quién te ha seguido, pero esto complica la narrativa que tu madre y la mía pactaron para la campaña. No te preocupes por mí, esto es solo un problema de imagen, pero mantente al margen de los medios hasta que hablemos.”
Leí las líneas varias veces. No había ni rastro de preocupación personal, solo una urgencia calculada por la «imagen» que debíamos proyectar.
—Aria… —La voz grave de Nevan me arrancó de la pantalla. Estaba ahí, mirándome, esa intensidad azul ya no tenía rastro de la ternura de hace un momento. Ya no sonreía.
—Nos han fotografiado —susurré, con el pecho apretado—. Alguien nos ha seguido estos días.
Nevan lo miró. Su expresión cambió, esa calma se convirtió en una tormenta contenida. Su mandíbula se endureció.
—Hijos de puta… —murmuró, con los dientes apretados.
El móvil vibró de nuevo sobre la mesa. Mamá.
Un espasmo recorrió mi estómago. Nevan hizo ademán de decir algo, pero le puse una mano en el pecho, pidiéndole silencio. Deslicé el dedo y me llevé el teléfono al oído.
—Hola…
—¡Aria Morgan! —la voz de mi madre explotó al otro lado, afilada como un cuchillo—. ¿Tienes idea del desastre que acabas de provocar?
—Yo…
—¡Ni se te ocurra excusarte! —me cortó—. Llevamos semanas cultivando esa imagen junto a Ryan para consolidar tu posición en la alta sociedad, para que los inversores de la academia vieran una unión estable y perfecta. ¡Y te dejas ver en público con ese… ese don nadie!
—No es mi novio, mamá, Ryan es solo un contacto que tú impusiste para una foto.
—¡Es tu imagen, Aria! —su voz subió de tono—.
Ryan es tu pasaporte al éxito, la pieza clave del tablero.
Y ahora, gracias a esas fotos, los directores de la academia están furiosos.
Dicen que el escándalo es una mancha que no pueden permitir.
Te han expulsado del elenco principal de la apertura.
Ya tienen a otra bailarina ocupando tu lugar.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, pero extrañamente, la rabia empezó a ganar terreno a la culpa.
—¿Para qué tanto sacrificio? —siguió ella—. ¿Para que lo tires todo por la borda por un capricho? Me has decepcionado.
—Basta, mamá.
El silencio al otro lado fue total.
—No voy a seguir soportando esto. Me da igual la academia, me da igual Ryan y me da igual lo que digan las redes.
—¡Era tu sueño, Aria! —gritó, intentando recuperar el control—. Has trabajado para esto desde niña, no puedes dejarlo todo por un hombre.
Cerré los ojos, sintiendo que la valentía, por fin, se apoderaba de mí.
—No, mamá. No es mi sueño. Es el tuyo. Llevas veintitrés años viviendo a través de mí, moldeándome para ser la pieza perfecta de tu tablero. Estoy agotada. Y no pienso seguir viviendo así.
—¿Y qué vas a hacer? —su voz sonó más baja, cargada de una amenaza que ya no me asustaba—. ¿Vas a elegir a ese chico antes que a tu carrera?
—Voy a elegirme a mí misma. Adiós, mamá.
Colgué. El silencio en la cabaña fue absoluto. Nevan estaba de pie frente a mí, con las manos cálidas sosteniendo mis mejillas, sus ojos azules escaneándome como si buscara las grietas que esperaba encontrar tras una llamada así.
—Bombón… —su voz era baja, cargada de una mezcla de orgullo y ternura que me desarmó—. Nunca te he visto así.
—¿Así cómo? —pregunté, con la respiración entrecortada.
—Dueña de ti misma. Intocable —su pulgar acarició mi pómulo, un gesto que se sentía como una caricia al alma—. Has peleado toda tu vida contra una corriente que no te dejaba respirar y acabas de romper el dique.
Sentí un nudo en la garganta, pero era de alivio.
—Tenía que hacerlo.
—No, Aria —negó con la cabeza, acercándose más hasta que nuestras frentes se tocaron—.
Lo has hecho porque por fin has entendido que mereces algo mejor.
Y déjame decirte… —su sonrisa se volvió ladina, pero sus ojos seguían cargados de cariño— …
eso te hace más sexy que cualquier cosa que hayas hecho antes.
Reí un poco temblorosa, y él aprovechó para besarme. No fue un beso urgente ni salvaje, sino lento, firme, como si me estuviera anclando a él, recordándome que no estaba sola.
—Estoy orgulloso de ti —susurró contra mis labios—. Mucho más de lo que te imaginas.
Me quedé un momento con los ojos cerrados, sintiendo cómo sus brazos me rodeaban, protegiéndome. Por primera vez en mucho tiempo, no me importaba lo que viniera después.