Caminos Opuestos Capítulo 45
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Capítulo 45

Aria

Me desperté en mitad de la madrugada sumergida en una calidez que me envolvía como una manta pesada. Estaba envuelta en calor, literalmente.

Tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Nevan, sintiendo el ritmo pausado y profundo de su respiración vibrando bajo mi mejilla, un latido constante que me servía de ancla.

Su mano, grande y pesada, descansaba con familiaridad sobre mi cintura, y nuestras piernas estaban entrelazadas, nudosas, como si nuestros cuerpos hubieran buscado por instinto el contacto durante la noche y se hubieran encontrado como si nada.

Pero no hubo sobresalto. No me aparté ni necesité fingir que dormía para escapar de la realidad del momento.

Me sentía… a gusto, tranquila, como si, en la inmensidad de esa habitación, hubiera encontrado un refugio que ni siquiera sabía que mi alma estaba reclamando.

Cerré los ojos un instante, dejando que el calor de su piel se filtrara a través de la mía, rindiéndome  por completo a a intensidad de la noche.

Mi mano, movida por un impulso silencioso, se deslizó despacio por su pecho.

La yema de mis dedos recorrió uno de sus tatuajes, el que tenía un par de dados cayendo sobre un fondo de cartas en blanco y negro, justo sobre su costado.

Nunca le había preguntado por la historia detrás de tanta tinta; siempre me parecieron narraciones visuales, algunas cargadas de rabia; otras, de una ironía oscura, intensas… como él.

Pero lo que me obligó a detener el movimiento no fue el diseño si no la textura. Un pequeño relieve que rompía la suavidad de la piel y no encajaba con la tinta.

Fruncí el ceño y acaricié la zona con una lentitud casi reverencial. Ahí, escondida bajo el arte, sentí lo que no había notado antes: una línea fina, irregular. Como si la piel hubiera sido abierta brutalmente tiempo atrás y sanara dejando una cicatriz que no quería ser vista.

Me incorporé con cautela, apoyándome sobre un codo para observar con atención.

A simple vista era imposible distinguirlas.

Los tatuajes estaban colocados allí con una intención clara: camuflar, ocultar, enterrar.

Tragué saliva, con un nudo formándose en mi garganta.

Ahora que mis dedos las habían encontrado, empezaba a verlas por todas partes.

Debajo de la calavera sonriente de su hombro, al borde de la serpiente enredada en su puñal, cruzando su antebrazo.

Cortes, pequeños círculos, líneas delgadas y pálidas.

Algunas profundas, otras apenas un rastro.

Si no fuera porque las estaba tocando, nunca habría sospechado que estaban ahí.

Mi pecho se encogió.  «Joder, Nevan… »

No dije nada. No podía. Él seguía dormido con el rostro relajado, ajeno a mi escrutinio.

Y de repente, sentí una presión en el pecho, una punzada de dolor puro.

Porque este hombre que se pasaba el día bromeando, que me besaba con una intensidad que borraba mi mundo, que se cubría con esa máscara de tipo duro y despreocupado, cargaba con todo aquello bajo la piel.

No me lo contó ni tenía porqué hacerlo. Pero me dolía. Me dolía como si ese dolor suyo, viejo, oculto y silenciado, hubiera encontrado la forma de filtrarse dentro de mí.

Volví a recostarme con extrema delicadeza, sin hacer ni un ápice de ruido.

Y esta vez, no me acurruqué por simple placer, lo hice porque quería protegerlo.

De querer cuidar lo que alguien, en algún momento, fue incapaz de valorar.

Apoyé la frente en su cuello, dejando que su respiración calmara el caos que empezaba a formarse en mi cabeza.

Sin pensarlo, mis labios buscaron su hombro, justo sobre la piel rugosa de la cicatriz.

Lo besé. Un roce suave, tierno, una promesa silenciosa.

Como si con ese pequeño gesto pudiera borrar una mínima parte de la crueldad que lo había marcado.

Mis dedos recorrieron su cuerpo, acariciando las marcas ocultas.

Ya no podía dejar de verlas; eran parte de su historia, estaban en todas partes…

y no me daban miedo. No me asustaban, me partían el alma.

Pasé los dedos por su clavícula, por sus brazos, descubriendo más rastros.

Algunas eran circulares, antiguas quemaduras que me hicieron estremecer.

Cada caricia era un acto involuntario de aceptación, de cuidado.

—Aria… —Su voz, ronca y cargada de sueño, me sobresaltó.

Me quedé helada. Levanté la mirada con lentitud, encontrándome con sus ojos azules abiertos, fijos en los míos. No había sorpresa en ellos, solo una calma inquietante.

—¿Estás despierto desde hace mucho? —pregunté, con un hilo de voz.

Él asintió despacio, su pecho subiendo y bajando bajo mi mano.

—Desde que has empezado a acariciarme como si fuera de cristal —murmuró, con un leve atisbo de sonrisa en la comisura de sus labios, pero sin rastro de burla.

—No eres de cristal —respondí, negando con la cabeza, mis ojos brillando por la emoción contenida—. Pero eres importante. Y esto, —volví a trazar una de las cicatrices con el pulgar,— esto no debería de estar ahí.

Nevan guardó silencio. Parecía estar librando una batalla interna, sus dedos apretando mi cintura con fuerza, como si necesitara anclarse a mi calor.

—Mi padre —dijo por fin, con una frialdad que me caló los huesos—. La mayoría… fueron por su culpa.

Me tensé, pero me obligué a quedarme quieta. Solo quería escuchar.

—Cuando era crío, cualquier excusa le bastaba para estallar.

Un jarrón roto, una mirada que no le gustaba, un silencio...

—Soltó una risa amarga, sin humor—. A veces ni siquiera necesitaba un motivo.

Llegaba borracho, hecho una mierda, y se desquitaba con nosotros.

Mi madre intentaba protegerme, interponerse, pero al final…

—hizo una pausa, su mandíbula se tensó hasta marcarse—.

La golpeaba a ella también. Hasta que empezó a escapar como podía, drogándose para no sentir nada.

Y entonces… entonces ya no quedaba nadie entre él y yo.

Cada palabra era un golpe. Cada silencio entre frase y frase, una herida abierta.

—Los cortes más finos son de un cuchillo de cocina. Un día me lanzó contra la encimera porque no había cerrado bien la puerta del congelador —se encogió de hombros, con una indiferencia que me hizo querer llorar—. Las marcas redondas, son quemaduras. Cigarrillos. Velas.

—Nevan… —mi voz salió rota, ahogada.

—No lo cuento para que sientas pena por mí —me cortó, mirándome con una intensidad que me inmovilizó—. Solo que estás tocando partes que nadie más toca. Y no quería que te inventaras una historia heroica en tu cabeza. Prefiero que sepas la verdad.

Mis dedos temblaron contra su piel, pero no los aparté. Jamás lo haría.

Me incliné y besé otra marca, esta vez sobre su clavícula, sintiendo cómo se tensaba bajo mis labios. No se apartó. No dijo nada. Solo respiró hondo, como si ese gesto hubiera tocado algo enterrado demasiado profundo.

Me separé apenas unos centímetros, mi mano firme sobre su pecho.

—Sí me duele, Nevan —susurré. Mis ojos buscaron los suyos, asegurándome de que viera que no había ni una pizca de mentira en lo que decía—. Me duele en el alma saber que pasaste por eso. Me duele imaginar al niño que fuiste… tan solo. Con tanto miedo.

—Aria… —intentó frenarme, pero le apreté la mano, obligándolo a escucharme.

—Pero no te miro con lástima —negué con fuerza, decidida—.

Te miro con orgullo. Porque sobreviviste.

Porque estás aquí. Porque, joder, después de todo eso, podrías haberte convertido en cualquier monstruo…

y sin embargo, aquí estás, siendo un buen hombre.

—Tragué saliva, con la garganta apretada—.

Sigues sonriendo, sigues sintiendo. No sé cómo lo haces, pero es increíble.

Nevan cerró los ojos, como si mis palabras fueran demasiado pesadas, como si le dolieran.

—No digas eso, Aria… —murmuró, su voz cargada de una aspereza que ocultaba algo más—. No soy un buen hombre.

Sus palabras me arañaron por dentro. Lo miré con fijeza, sin retirar la mano de su rostro.

—Eso es una puta mentira —mi voz salió firme, sin dejar espacio a la duda—.

Sí que lo eres. Lo has sido conmigo desde el primer segundo.

No ha habido ni un instante en que me haya sentido insegura a tu lado.

Ni uno solo. —Él negó, pero siguió escuchando—.

Me haces sentir segura, protegida, escuchada.

Deseada… —me detuve un segundo, tragando saliva—.

Me haces sentir viva, Nevan. Y eso no puede hacerlo un mal hombre.

Nevan tembló. No fue un movimiento leve; un estremecimiento recorrió cada músculo de su cuerpo, como si mis palabras hubieran perforado su armadura. Abrió los ojos y me miró como si me estuviera viendo de verdad por primera vez, desarmado.

—Eso… —su voz se quebró, pero se obligó a continuar—. Eso solo es contigo, Aria.

Mis labios se entreabrieron, aturdida por su confesión.

—Me he portado mal con muchas mujeres —admitió, con esfuerzo, como si cada palabra fuera un cristal roto—.

Nunca las he lastimado, jamás sería capaz de ponerle una mano encima a una mujer, pero sí las he usado.

Las dejaba entrar solo hasta donde me convenía, y luego desaparecía.

Nunca permití que nadie viera más allá. Nadie.

Hizo una pausa, buscándome en la oscuridad de la habitación.

—No sé cómo abrirme. No sé cómo se hace eso de dejarse ver, de verdad.

Así que, por defecto, levanto muros. Me protejo.

Y termino alejando a todos. Pero contigo, no sé qué coño tienes — dijo con una risa amarga, cargada de frustración—, pero cada día me cuesta más mantener esas putas murallas en pie.

Sentí el pecho tan lleno que apenas pude respirar. Me acerqué cerrando el espacio que quedaba entre nosotros. Mis dedos acariciaban su rostro, mis piernas entrelazadas con las suyas.

—No tienes que saber cómo hacerlo, Nevan —susurré—. Solo tienes que dejarme estar aquí.

Él cerró los ojos, aferrándose a mi cintura, y soltó un suspiro largo. Sus pestañas temblaban, expuesto como nunca antes. Y, a pesar de todo, no se alejó. No me soltó. No huyó.

Apoyé la frente contra la suya y susurré, con el corazón en un puño:

—Te veo, Nevan Grayson. —Mis labios rozaron los suyos, apenas—. Y todo lo que veo… me gusta.

Sus ojos se abrieron de golpe. Azules, límpidos, cargados de una mezcla devastadora de asombro, deseo y ese miedo atroz a sentirse visto.

No le di tiempo a responder. Fui yo quien lo besó primero.

Despacio, con una ternura que dolía. Mis labios sobre los suyos, suaves, temblorosos.

Fue un beso íntimo, como si estuviera poniendo un vendaje invisible sobre cada una de sus grietas.

Pero luego, él respondió. Y no fue una respuesta vacía, sino una entrega total.

Nevan deslizó sus manos por mi espalda, no para atraparme, sino para sostenerme, para anclarme a él como si temiera que, al soltarme, pudiera desvanecerme.

Su boca se encontró con la mía, un beso que ya no buscaba urgencia, sino reconocimiento.

Era un beso que decía:  «aquí estoy, finalmente te dejo entrar».

Me aferré a sus hombros, sintiendo su calor, el ritmo pausado de su corazón bajo mi pecho, y la vibración de una paz que ninguno de los dos se había permitido sentir hasta ahora.

No había prisa. Solo la necesidad de fundirnos, de borrar las distancias, de decirnos todo sin pronunciar una sola palabra.

Me acomodé poco a poco sobre él, buscando su mirada.

Cuando nuestras piernas se entrelazaron y sentí su cercanía, no fue una sensación de posesión, sino de hogar.

Sus manos viajaron por mis costados, trazando mi silueta con una reverencia que me hizo cerrar los ojos.

Era un toque que pedía permiso, un toque que me hacía sentir cuidada.

Apoyé mis manos en su pecho, sintiendo la tensión que aún persistía, como si hubiera una parte de él que todavía esperara el golpe, el rechazo.

Y entonces, con una lentitud cargada de significado, mis dedos se deslizaron sobre sus tatuajes y las cicatrices que los ocultaban.

No eran marcas de dolor para mí en ese momento; eran su historia, su mapa, la prueba de todo lo que había superado para llegar hasta aquí, hasta mis brazos.

Nevan contuvo el aliento. Sus ojos, fijos en los míos, se oscurecieron con una vulnerabilidad que no intentó ocultar.

—No tienes que esconderte de mí —susurré, con la voz suave, mientras mi pulgar acariciaba una de las cicatrices cerca de su clavícula—. Ni esto, ni tu pasado, ni lo que te duele. Todo en ti es parte de quien eres, y todo en ti me parece digno de ser amado.

Me incliné y besé la piel donde la cicatriz se unía a la tinta, un beso que fue una promesa.  «Estoy aquí. Estás a salvo».

Nevan no respondió con palabras, pero su reacción fue un temblor que le recorrió el cuerpo entero.

Me atrajo hacia él con una suavidad extrema, como si fuera de cristal, como si temiera romper lo único puro que le quedaba.

Cuando me moví sobre él, fue con una intención distinta, un ritmo compartido, un baile de dos almas que por fin se encontraban.

Cada movimiento era una conversación, una forma de decirse que, después de tanta oscuridad, por fin estábamos viendo la luz.

—No sé cómo haces esto —susurró contra mi cuello, su voz quebrada por la emoción, no solo por el deseo—. No sé cómo me haces sentir… así.

—Solo déjate llevar —le pedí, entrelazando mis dedos con los suyos—. Solo mírame.

Y lo hizo. Me miró como si fuera el centro de su universo.

Nuestros cuerpos se movieron en una sincronía perfecta, piel contra piel, suspiros que se mezclaban en el aire como si estuviéramos creando nuestro propio refugio.

Ya no había máscaras, ni muros, ni dudas.

Solo dos personas, desnudas y honestas, encontrando en el otro la redención que no sabían que buscaban.

Cada roce, cada caricia, era una afirmación.  «Eres tú. Siempre fuiste tú» , pensé.

El placer no llegó como una tormenta violenta, sino como una marea cálida que nos envolvió a ambos, llevándonos a un lugar donde el tiempo no existía. Cuando al fin nos dejamos caer, rendidos, entrelazados, y su corazón latía con fuerza contra mis dedos, supe que algo había cambiado para siempre.

Nos quedamos allí, en silencio, respirando el mismo aire, dejando que el mundo exterior se desvaneciera. Nevan me envolvió en sus brazos, apretándome contra él con una intensidad que ya no necesitaba palabras. Sus tatuajes, sus cicatrices, su piel, todo bajo mis manos se sentía familiar.

Por fin, estábamos completos. Por fin, estábamos en casa.