Caminos Opuestos Capítulo 44
58%

Capítulo 44

Aria

No recuerdo qué excusa pusimos. Algo rápido, improvisado; ni siquiera sé si alguien nos creyó o si les importó.

Lo único que sé es que, en cuanto salimos de ese almacén, mi corazón latía tan fuerte contra mis costillas que el aire me sabía a quemado.

Mis piernas se movían por instinto, arrastrándome hacia la cabaña con una urgencia que no me dio tiempo ni a procesar.

Cruzamos el campamento como si nos persiguieran los demonios. El aire entre nosotros era pura electricidad. Nevan me agarró de la mano con posesión tirando de mí y, cada vez que nuestros cuerpos chocaban al caminar, el roce me dejaba una quemadura en la piel.

En cuanto cruzamos el umbral y el golpe de la puerta al cerrarse retumbó en la cabaña, el control saltó por los aires.

Nevan me acorraló contra la madera sin darme tiempo ni a respirar.

Su boca cayó sobre la mía con un hambre feroz, devorándome en un beso salvaje, un choque directo de lenguas y dientes que me aceleró el pulso a mil por hora.

Mis manos se clavaron en sus hombros con desesperación.

Sin deshacer el beso, me agarró por los muslos con sus manos grandes y firmes y me alzó en vilo.

Por instinto, le rodeé la cintura con las piernas, pegando mi zona más sensible a la suya mientras sentía la dureza de su erección marcándose a través de la tela de su pantalón.

Nos movimos a trompicones, devorándonos a besos, hasta que me llevó a la gran mesa de madera rústica del salón y me sentó en el borde.

Allí rompió el beso apenas unos centímetros para mirarme. Tenía las pupilas tan dilatadas que sus ojos azules parecían dos pozos negros. Con manos temblorosas pero rápidas, me agarró la camiseta y me la tiró por la cabeza de un tirón. Acto seguido, desenganchó mi sujetador y lo lanzó lejos.

Se quedó inmóvil un segundo, deleitándose con las vistas. Su mirada recorrió mi piel desnuda con una mezcla de ansia desmedida y una devoción que me puso la piel de gallina.

—Eres una obra de arte, Morgan —murmuró con la voz rota.

Sus labios bajaron por mi mandíbula, dejando un reguero de besos húmedos y ardientes por mi cuello que provocaron  un gemido agudo.

Bajó hasta mis pechos, tomándolos con sus manos para alzarlos hacia él.

Rodeó uno de mis pezones con la lengua, saboreándolo, dándole lametones lentos y circulares antes de succionarlo con fuerza.

Me arqueé hacia atrás sobre la mesa, clavando los dedos en su pelo fuera de mí, mientras él pasaba al otro pecho, mordiéndome con una ternura salvaje que me hacía arder por dentro.

Bajó sus besos por mi abdomen hasta llegar al botón de mis pantalones. Los desabrochó con urgencia, tirando de ellos y de mi ropa interior hacia abajo hasta dejarlos a la altura de los tobillos. Me quedé desnuda ante él, expuesta, abierta y empapada de deseo.

Fue en ese instante cuando Nevan, al ir a desabrocharse su propio pantalón, se detuvo de golpe. Se tocó los bolsillos, miró a su alrededor y luego fijó sus ojos en la mesa vacía.

—Mierda… —soltó un gruñido bajo lleno de frustración, apretando la mandíbula—. No tengo condones aquí, Aria. No pensaba que terminaríamos así y jamás te pondría en riesgo.

Verlo luchar contra su propio instinto por cuidarme me derritió. Sonreí despacio, incorporándome un poco para tomar su rostro entre mis manos.

—Tranquilo… Tomo la píldora desde hace años, Nevan. Estoy más que protegida.

Nevan se quedó quieto, asimilando mis palabras mientras la tensión de sus hombros se relajaba.

—Estoy limpio, bombón —dijo con voz grave y sincera—. Siempre me cuido pero, si tú estás segura, no hay nada en este mundo que desee más que sentirte así. Piel con piel.

—Confío en ti —susurré devolviéndole la mirada con total certeza.

Eso rompió cualquier freno que le quedara. Nevan volvió a lanzarse sobre mi boca en un beso hambriento, desesperado. Se deshizo de sus pantalones de un manotazo, liberando su miembro rígido y palpitante.

Su mano bajó por mi vientre hasta colarse entre mis muslos abiertos.

Sus dedos, húmedos por mi propio deseo, empezaron a acariciar mis labios, abriéndome con lentitud.

Hundió un dedo dentro de mí, provocándome un gemido sordo contra su boca, mientras su pulgar encontraba mi clítoris hinchado y empezaba a masajearlo en círculos rápidos.

—Mira cómo estás… estás chorreando por mí —susurró contra mis labios, disfrutando del sonido húmedo de sus dedos moviéndose en mi interior.

No me quedé atrás. Necesitaba tocarlo también.

Deslicé mi mano hacia abajo hasta envolver su erección con los dedos.

Estaba hirviendo, duro como la piedra y cubierto por una gota de líquido preseminal en la punta.

Empecé a masturbarlo de arriba a abajo con un ritmo lento y firme, sintiendo cómo se tensaba bajo mi tacto.

Nevan echó la cabeza hacia atrás y soltó un taco entre dientes, perdiendo el aliento.

—Joder, Aria… vas a hacer que me vaya a la mierda antes de empezar —dijo agarrándome la muñeca para frenar mi mano.

—Pues follame ya —le provoqué rozando mi boca con la suya—. Deja de hablar.

Nevan sonrió con esa chispa canalla. No me dio tiempo a reaccionar.

En lugar de tumbarme sobre la mesa, pasó sus brazos por debajo de mis nalgas, me enganchó con fuerza y me levantó en vilo de la madera, sacándome en brazos.

Rodeé su cintura con las piernas, suspendida en el aire, aferrándome a sus hombros.

Nevan me alineó de pie, colocó la cabeza de su miembro justo en mi entrada y, sosteniendo todo mi peso con sus brazos musculosos, empujó las caderas hacia delante.

Me penetró de un solo golpe, hundiéndose hasta la base en el aire.

Grité al techo de la cabaña, sintiendo cómo su grosor me estiraba y me llenaba por completo mientras colgaba de él.

Sin salir de mí ni un solo milímetro, Nevan caminó los dos pasos que nos separaban de la pared más cercana y me estampó con fuerza contenida contra la madera sólida.

El golpe de mi espalda contra la pared fijó mi posición.

Tenía mis piernas cruzadas con firmeza tras su espalda y sus manos me sujetaban con una fuerza abrumadora por debajo de los muslos, manteniéndome elevada a la altura perfecta para él.

Empezó a follarme ahí mismo, de pie contra la pared, con un ritmo desenfrenado y salvaje.

Cada embestida desde abajo era aplastante, profunda, directa a mi centro.

El sonido de su pelvis chocando con la mía retumbaba por toda la estancia, mezclado con nuestros jadeos entrecortados.

Mis paredes internas se amoldaban a él, apretándolo en cada embestida mientras el roce continuo de nuestras pieles sudorosas elevaba la temperatura a niveles insoportables.

—Mírame, Morgan —ordenó con la voz raspada, manteniendo sus acometidas firmes e implacables—. Mírame mientras te follo.

Le obedecí, clavando mis ojos en los suyos mientras sentía cómo me levantaba y me dejaba caer sobre su miembro una y otra vez. La sensación de estar atrapada entre su cuerpo y la pared, suspendida en el aire por su fuerza, me estaba llevando al límite.

—Soy tuyo, Aria… —gruñó, inclinándose para morder con ligereza la unión entre mi cuello y mi hombro, arrancándome un escalofrío eléctrico—. Y tú eres toda mía.

—Sí… Nevan… no pares… —supliqué sintiendo cómo un nudo de placer insoportable se apretaba en mi bajo vientre.

Nevan aceleró el ritmo, convirtiendo las embestidas en un martilleo rápido, brutal y certero. Apoyó mi espalda aún más fuerte contra la madera y desvió una de sus manos de mi muslo para presionar su pulgar contra mi clítoris mientras continuaba penetrándome sin piedad.

Ese doble estímulo fue el detonante definitivo.

El orgasmo me golpeó como una descarga eléctrica.

Mi vagina comenzó a contraerse en espasmos violentos, apretando su miembro mientras un grito de placer se me escapaba de la garganta.

Clavé las uñas en su espalda, temblando entera mientras me deshacía en sus brazos.

Nevan sintió mis contracciones apretándolo por dentro y perdió el último resquicio de autocontrol.

—Joder, me voy… —siseó entre dientes.

Dio dos estocadas finales, brutales y profundas, hundiéndose hasta el fondo.

Se pegó a mí con todo su peso, sepultando su cara en mi cuello mientras soltaba un rugido gutural.

Sentí los latidos violentos de su erección dentro de mí mientras se derramaba en chorros densos y calientes, llenándome por completo mientras la tormenta llegaba a su fin.

Nos quedamos así durante un largo rato, pegados a la pared. Nevan no me soltaba, sosteniendo mi peso con los brazos mientras nuestras respiraciones desbocadas buscaban estabilizarse. Sentía el latido frenético de su corazón contra mi pecho y el calor de su semen dentro de mí.

Poco a poco, con una lentitud casi dolorosa, Nevan se deslizó fuera y me bajó despacio hasta que mis pies tocaron el suelo. Mis piernas estaban tan temblorosas que casi colapsé, pero me rodeó la cintura con sus brazos para sostenerme.

Tenía el pelo revuelto, el pecho sudoroso subiendo y bajando y una sonrisa exhausta en los labios.

Sintiendo que mis piernas aún temblaban y que apenas me mantenía en pie, Nevan me pasó un brazo por la espalda y el otro por debajo de las rodillas, tomándome con una delicadeza infinita.

Me alzó en brazos con cuidado, como si de pronto fuera de cristal, y me llevó despacio hacia la cama.

Me depositó sobre el colchón con extrema suavidad y, sin perder el contacto ni un solo segundo, se acomodó encima de mí, cubriéndome con la calidez de su cuerpo desnudo.

Durante unos segundos, la habitación solo quedó poblada por nuestras respiraciones erráticas, un eco húmedo de lo que acababa de ocurrir y el calor pegajoso de nuestros cuerpos fundidos bajo el sudor.

Nevan mantenía su frente apoyada en la mía, su peso todavía sobre mí, negándose a dejar ni un centímetro de espacio.

Me miraba con esa intensidad oscura, una mezcla de posesión absoluta y algo más profundo que me provocaba un vértigo real al intentar descifrarlo.

—Mierda… —susurró su voz aún ronca, raspando contra mi piel antes de sellar sus labios con los míos en un beso que, a diferencia del anterior, era lento, hambriento y cargado de una ternura que me desarmó—. No tengo ni idea de cómo se supone que voy a dejarte ir después de esto.

La frase me arrancó una sonrisa débil. Lo atraje hacia mí, desesperada por mantener esa sensación de estar envuelta por él, de que el mundo exterior no existiera.

Nevan se separó con cuidado el aire frío colándose donde antes solo había calor. Su piel seguía ardiendo contra la mía, y el ritmo de su corazón, todavía acelerado, golpeaba con fuerza contra mi mejilla.

—Definitivamente… —susurró contra mi boca, dándome un beso suave, dulce y salado por el sudor—... esa pared es mi nuevo lugar favorito de la casa.

Me reí, aunque me faltaba el aliento, atrapada en esa estela de agotamiento y euforia que me hacía vibrar cada nervio de mi cuerpo.

—Preciosa. Eres perfecta, Aria —susurró contra mis labios, marcando cada palabra antes de volver a besarme, un beso profundo que me recordó que seguía siendo suya.

Era una sensación nueva, una desconexión total de la realidad. Me sentía flotando.

—Ha sido… —intenté recuperar el aliento, buscando las palabras, pero mi cerebro solo podía pensar en la intensidad del momento—. Joder, Nevan. Ha sido increíble.

Escuché su risa, grave y cargada de una satisfacción depredadora.

Mis terminaciones nerviosas aún estaban a flor de piel; cuando sus dedos descendieron con una lentitud deliberada por mi cintura desnuda, dibujando caminos invisibles sobre mi sudor, un escalofrío me recorrió la espalda.

Abrí los ojos, encontrándome con su sonrisa ladeada y ese brillo canalla en sus ojos azules.

Me observaba como si hubiera ganado el trofeo más valioso del mundo.

—¿Increíble, eh? —repitió con fingida modestia, pasando una mano por su pelo revuelto y húmedo—. Lo sé, bombón.

Rodé los ojos, sintiendo el calor subirme a las mejillas, pero no pude contener la sonrisa.

—¿Siempre eres tan insoportable después del sexo?

—Oh, cariño, no digas eso —se inclinó, dejando un beso perezoso, casi una marca, en mi clavícula—. Solo estoy disfrutando del momento en el que al fin admites que soy el mejor polvo de tu vida.

Le di un empujón suave en el pecho, un intento inútil de apartarlo. Nevan se rió, un sonido que me vibró en el pecho, y me atrapó la muñeca con una facilidad insultante, arrastrándome de vuelta hacia él. Su cuerpo, sólido y relajado, era un ancla que no tenía intención de soltar.

—Venga bombón, dilo otra vez. Me encanta cómo suena en tus labios.

—Eres un imbécil —murmuré, pero la risa se me escapó antes de poder evitarlo.

—Un imbécil «increíble» —corrigió con socarronería, mirándome como si fuera lo único importante en el mundo.

Me separé un poco buscando espacio, no porque quisiera irme, sino porque el miedo empezaba a filtrarse.

¿Qué venía ahora? ¿Tenía que vestirme? Me quedé allí, con las piernas dobladas, dudando.

Nevan me miraba con esa paciencia inusual, con una calma que me descolocaba.

Entonces, con un movimiento fluido y una sonrisa casi perezosa, abrió el brazo que tenía libre y murmuró:

—Ven aquí, bombón.

Dudé. Mi corazón dio un vuelco, golpeando mis costillas con una fuerza renovada.

—No tienes pinta de ser de los que se acurruca después —solté, intentando disfrazar el nerviosismo con un tono ligero.

Vi cómo su mandíbula se tensaba por una fracción de segundo. Una reacción mínima, casi imperceptible. Parpadeó, respiró hondo y, cuando me miró de nuevo, su voz había perdido todo rastro de arrogancia, volviéndose cruda y honesta.

—No lo soy —admitió, sin filtros—. Nunca me ha gustado. Después de hacerlo,  siempre he preferido estar solo. Que la puerta se cierre tras ellas.

Me giré hacia él, con el ceño fruncido, intentando procesar la confesión.

—¿Entonces por qué…?

—Porque contigo no quiero eso, Aria. —Su voz fue firme, un golpe directo a mi pecho—. No quiero que te vayas ni quiero que me dejes solo. Me importa una mierda el espacio, el silencio o lo que haga de normal después. Quiero estar aquí, contigo.

Sus palabras me cortaron la respiración, abriendo una grieta en la coraza que no sabía que tenía. Entendí, sin necesidad de que explicara nada más, que aquello era territorio virgen para él. Que le costaba, que le quemaba admitirlo, pero lo estaba haciendo. Por mí.

Sin decir una palabra, me deslicé hasta él y me enterré en su pecho, buscando refugio en sus brazos. Su olor, su calor, el ritmo pausado de su corazón bajo mi oído… era demasiado abrumador y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba exactamente donde debía estar. Sentí que estaba en casa.