Caminos Opuestos Capítulo 43
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Capítulo 43

Nevan

Cargaba un par de cajas llenas de cables de luces y farolillos cuando mi espalda crujió como si tuviera ochenta años en lugar de veinticuatro. Llevábamos un rato ayudando con la organización de la fiesta para el día siguiente; Tom era un buen tipo y no nos importó echar una mano.

Aria estaba al otro lado de la zona común, junto a una chica llamada Mónica, organizando las botellas que acababan de llegar para la barra libre.

Me apoyé un momento en una mesa mientras fingía estirarme, solo para poder observarla con disimulo.

Llevaba una falda suelta que, joder, le hacía un culo perfecto.

Redondo, firme, provocador. El top rosa pastel le ceñía el pecho con delicadeza, con detalles de encaje que no ayudaban en nada a mi autocontrol.

Un lacito rosa le sujetaba la melena en una media coleta, dejando mechones sueltos que se mecían con la brisa.

Parecía salida de un anuncio de verano. O de una de mis fantasías más oscuras.

Cuando se agachó para sacar algo de una de las cajas… mierda. Mi cuerpo reaccionó al instante, traicionero como él solo. Sentí la erección despertar contra la tela de mis pantalones y tuve que cerrar los ojos un segundo para recuperar el control.

No ayudaba nada que aún tuviera clavada en la cabeza la imagen de la otra noche.

Su cuerpo debajo del mío, sus gemidos escapando entre sus labios hinchados, sus muslos temblando, su espalda arqueándose.

Todo por mis manos. Solo mis manos. Y lo peor era que no dejaba de pensar en cómo sería si me daba permiso para algo más .

Si pudiera tenerla de verdad. Toda. Pero no quería presionarla.

No con cómo estaba su vida, con todo lo que arrastraba.

Aria era una mujer de normas, de compromisos, de intentar hacer siempre lo correcto aunque eso la destrozara por dentro.

«Sin compromiso», dijo ella. Pero, joder, ¿lo decía en serio o fue solo el impulso del momento? ¿Un escape? ¿Una ilusión temporal nacida del calor, del lugar, de mí?

Luego recordé cómo me besó en la terraza.

No con hambre, ni como quien busca una descarga.

Me besó con ternura. Como si dijera «estoy aquí, contigo».

Me hizo sentir… jodido. Porque me gustó demasiado; me removió algo que llevo años enterrando.

Y después le conté lo de mi madre. Un poco.

Solo una grieta en el muro. Pero para mí, eso fue mucho.

Demasiado. Y no salió corriendo ni  me miró con lástima. Solo se quedó ahí. Conmigo.

Así que ahora la miraba, riéndose con Mónica mientras se recogía un mechón rebelde detrás de la oreja, y no sabía qué línea estábamos cruzando. O cuál no se podía cruzar. No sabía qué coño éramos. ¿Amigos?¿Algo más? ¿Algo menos? Algo peligroso. Pero sabía que no quería que esto se acabara.

Me ajusté la gorra hacia atrás, suspiré y me acerqué con una sonrisa ladeada y el corazón un poco más acelerado de lo que admitiría en voz alta.

—¿Todo listo por aquí o habéis decidido beberos las reservas? —pregunté, alzando una ceja.

—Lo estamos organizando todo muy bien, gracias —dijo Aria, con tono digno mientras me empujaba con la cadera para hacer sitio en la mesa.

—Y, de paso, estábamos probando un par de sabores nuevos —añadió Mónica con una risa suave—. Hay uno de maracuyá con ron que está de vicio… —me miró, mordiéndose apenas el labio inferior—. Si quieres luego te traigo un vasito. Para que lo pruebes tú también.

Noté la pausa. Ese «tú» tenía algo más detrás, algo dulce, insinuante.

Mónica era guapa, no cabía duda. Morena, ojos castaños brillantes, piel dorada por el sol, un cuerpo bonito en ese short blanco y el top corto que dejaba al descubierto su abdomen plano.

Pero yo solo asentí con una sonrisa educada.

—Suena bien —contesté sin más.

Mónica sonrió, coqueta, y pasó la mano por mi brazo de forma seductora antes de girarse y caminar hacia donde supongo estaría ese licor.

—«Oh, Nevan... ¿Te gustaría probar también este licor de maracuyá?» —Aria puso ojitos y batió muy deprisa las pestañas, imitando a Mónica mientras levantaba una botellita con dramatismo—. Acompañado de un abanico de frutas y con una sombrillita de colores, por supuesto.

—Wow —solté una carcajada, apoyándome contra la mesa—. ¿Eso ha sido tu imitación de coqueteo básico?

Aria giró hacia mí con una ceja alzada, su boca un poco curvada en una media sonrisa que intentaba ocultar la evidente ironía.

—¿No te ha parecido convincente? —preguntó con esa falsa inocencia que le salía demasiado bien—. Me he esforzado muchísimo, ¿sabes? Hasta le he puesto voz y todo.

—Estabas a un parpadeo lento de quitarte el sujetador y lanzármelo —me burlé bajando la voz solo para que ella me oyera.

Aria soltó una risa suave entre dientes y se mordió el labio. Joder. Esa maldita costumbre suya iba a llevarme a la tumba. Rodó los ojos y dio un paso hacia mí, dejando la botella sobre la mesa, pero con ese brillo en los ojos que delataba que estaba tramando algo.

—Solo estaba ayudando a crear ambiente —dijo alzando los hombros con falsa modestia—. No todos tenemos tus recursos naturales, Grayson.

—¿Recursos naturales? —solté otra carcajada, inclinándome un poco hacia ella—. ¿Te refieres a esta cara? —me señalé el rostro con una sonrisa de idiota—. Porque si es eso, deberías saber que es genética. No se entrena.

—Y egocentrismo nivel superior, por lo visto —murmuró, aunque la sonrisa seguía ahí, traicionándola.

Me acerqué un poco más, bajando la voz hasta que casi fue un susurro.

—¿Estás celosa, bombón?

Sus ojos verdes se clavaron en los míos, con ese destello que aparecía siempre que estaba a punto de soltar algo afilado.

—Yo no me pongo celosa —contestó muy digna.

—Ajá —asentí, fingiendo credulidad—. Claro. Por eso hiciste una imitación de voz de dibujo animado y me ofreciste un cóctel con «sombrillita».

Ella entrecerró los ojos con una expresión ofendida que no se creía ni ella.

—Quizá solo estoy tratando de evitar que una pobre chica inocente se enrede con un peligro como tú. Es servicio público, Grayson.

—¿Servicio público, eh? —reprimí una sonrisa mientras cruzaba los brazos—. No sabía que eras tan generosa.

—Bueno, alguien tiene que proteger a la humanidad —respondió con dramatismo,y luego volvió a mirar hacia donde Mónica se había ido, aunque el gesto no fue casual. Estaba chequeando. Verificando. Marcando territorio, aunque fuera con un gesto sutil.

Y joder, no podía gustarme más.

En ese momento, Mónica regresó con una pequeña botella en la mano y una sonrisa dulce, pero sus ojos se desviaron fugazmente hacia Aria, que ahora estaba más cerca de mí. Muy cerca. Lo suficiente como para que mi brazo rozara el suyo.

—Aquí tienes, Nevan. Pruébalo —dijo Mónica, extendiéndome la botellita.

Lo cogí con una sonrisa amable y, sin despegarme de Aria, me lo llevé a los labios y tomé un sorbo. Estaba dulce, fuerte e irrelevante comparado con la forma en que Aria me estaba mirando ahora, intentando aparentar total indiferencia mientras estaba pendiente de cada maldito detalle.

—¿Y? —preguntó Mónica.

—Está bueno —confirmé, con una sonrisa educada. Y después miré a Aria de reojo, ladeando la cabeza—. Pero tengo debilidad por otros sabores. Más intensos.

Aria bufó y negó con la cabeza, aunque su sonrisa era imposible de ocultar.

—Eres imbécil —susurró entre dientes.

Me incliné un poco más, con ese tono bajo que usaba solo para ella.

—Y tú estás celosa. Lo cual, por cierto, te sienta bien, bombón.

Me empujó con la cadera, justo como hizo al principio, pero esta vez con una risita traviesa escapando de sus labios.

—Sigue hablando y te echo encima una botella entera de ese licor.

—¿Promesa o amenaza?

—Sorpresa.

Mónica nos miró, alternando sus ojos de Aria a mí y de vuelta a Aria, aunque no pareció importarle mucho lo que vio.

—Mañana te veo, Nevan —se despidió Mónica cortando el aire entre Aria y yo como un cuchillo.

Su voz sonó forzada, incómoda, como si supiera a la perfección que estaba de más en esa batalla de dobles sentidos. Me giré hacia ella justo a tiempo para ver cómo se marchaba con prisa con la caja medio vacía en brazos.

—Si, de lejos… —murmuró Aria entre dientes, casi inaudible mientras cogía otra caja, la levantaba con esfuerzo y se metía en el pequeño almacén del bar.

Me pasé la lengua por los dientes, conteniendo una sonrisa. Joder, verla celosa era divertido. Esa chispa. Ese fuego que le nacía en la mirada. Esa forma tan suya de hacerse la dura cuando, en realidad, me quería para ella. Y ese pensamiento me encendió como gasolina.

Dejé la caja que tenía entre las manos y la seguí al almacén.

Cerré la puerta con un clic que sonó como un cerrojo mental: aquí no iba a entrar nadie.

Apoyé la espalda contra la madera un segundo, observándola mientras dejaba la caja en el suelo con cuidado, ajena —o no tanto— a que mis ojos la recorrían entera.

Cuando se giró, me encontró ya demasiado cerca, bloqueando la salida.

Sus hombros se tensaron, sus pupilas se dilataron y su respiración se volvió un hilo corto y errático. En sus ojos no había ni rastro de enfado; lo que ardía allí era hambre pura, una expectación que me hizo tensar cada músculo de mi cuerpo.

—¿Qué haces…? —jadeó, pero mi mano ya estaba en su nuca, enredando mis dedos en su pelo para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello.

—No tienes que estar celosa de nadie, bombón —murmuré, rozando mis labios contra los suyos, provocándola con el calor de mi aliento—. Solo tengo ojos para ti.

No esperé a que procesara la respuesta. La besé, y esta vez no hubo sutilezas.

Fue un choque salvaje, una declaración de intenciones.

Mis labios se estrellaron contra los suyos con una urgencia brutal, mi lengua reclamando la suya con una fuerza que la hizo gemir contra mi boca.

Sus manos volaron a mi camiseta, arrugándola, desesperadas por sentirme, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda.

La pegué a mi cuerpo con tal fuerza que sentí cómo sus pechos se aplastaron contra mi pecho, y la fricción de nuestros cuerpos encendió el aire entre nosotros.

Mis manos bajaron por su espalda, con una firmeza que rozaba el dolor, hasta dar con la curva de su culo.

La agarré y la atraje hacia mi pelvis, dejándole claro, con la dureza de mi erección, lo que estaba provocando.

El sonido que soltó, un gemido ronco y ahogado, fue el detonante que necesitaba para perder el control.

—Mmm… si… —susurró, con la voz rota.

La empujé hacia atrás, clavándola contra la estantería más cercana.

Las botellas tintinearon, una caja cayó al suelo con un golpe seco, pero mi mundo se redujo en exclusiva a ella.

Mis labios bajaron desde sus labios a su cuello, succionando su piel, marcándola con la presión exacta para que un estremecimiento violento le recorriera la columna.

Mi mano derecha se coló bajo su camiseta, subiendo hasta encontrar su piel caliente, mis dedos trazando la curva de su pecho antes de apretar.

Ella arqueó la espalda buscando más, y aproveché ese movimiento para deslizar mi otra mano por la parte interna de su muslo, subiendo la tela de su falda hasta el límite. Mis dedos, impacientes, acariciaron la parte más sensible de su interior, sintiendo cómo estaba empapada, cómo se abría para mí.

—Joder, estás ardiendo… —gruñí contra su oído, sintiendo sus espasmos contra mis dedos.

Aria se aferró a mis hombros, su cuerpo un manojo de tensión y deseo. Abrió más las piernas, invitándome a buscar el punto exacto donde perdería la cabeza y estaba a un segundo de levantarla, de quitarle la falda y hundirme en ella contra ese metal frío, cuando…

Voces. Risas. Pasos acercándose al almacén.

Nos separamos de golpe. El aire se nos quedó atascado en la garganta. La adrenalina golpeó mis venas como un martillazo. Miré la puerta, maldiciendo en voz baja mientras me alejaba un paso para intentar recuperar la compostura. No entraron. Se alejaron por el pasillo.

Me giré hacia ella. Estaba hecha un desastre, y era la visión más excitante que había tenido en años. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y húmedos, las mejillas encendidas y los ojos oscurecidos por el deseo no satisfecho. Su pecho subía y bajaba con una rapidez frenética.

Me incliné hasta su oreja, mi voz convertida en un gruñido ronco y cargado de frustración.

—Si no fuera porque pueden entrar en cualquier momento, te follaba aquí mismo, bombón. Contra esa estantería, hasta que no pudieras ni caminar.

Un estremecimiento brutal sacudió su cuerpo. Retrocedí un paso, dedicándole una sonrisa cargada de la tensión que nos quemaba vivos, y dije, intentando recuperar el tono normal:

—Pero supongo que te toca seguir organizando botellas.

Me sostuvo la mirada, sin moverse, respirando con dificultad. Entonces, una sonrisa dulce y envenenada curvó sus labios.

—Qué pena… —susurró con una picardía que me heló la sangre—. Hubiera sido un sitio interesante.

Me giré tan rápido que casi me tropiezo con una caja.

—¿Cómo dices? —pregunté con la voz más rota que nunca.

—Nada, nada. Solo pensaba en voz alta —se encogió de hombros, descarada, como si no acabara de lanzar una granada en medio de nuestra conversación—. Aunque, ya que me has dejado a medias, voy a necesitar que me compense, ¿no crees?

Me tomó un segundo procesar el reto, para que la sangre bajara de golpe y la urgencia me dominara por completo. Agarré su muñeca con firmeza, tirando de ella hacia mí.

—Nos vamos a la cabaña. Ahora.

No se resistió. Asintió con una sonrisa que fue la sentencia de muerte para mi autocontrol, y salimos de ese almacén como si estuviéramos huyendo de un incendio que ya nos había quemado la piel.