Caminos Opuestos Capítulo 42
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Capítulo 42

Aria

Lo primero que hice al despertar fue girarme hacia el otro lado de la cama.

Y ahí estaba Nevan. Dormido como un crío después de un día entero corriendo por el bosque, con una pierna colgando fuera del edredón, los mechones rubios revueltos, una mano apoyada sobre el estómago y la otra escondida bajo la almohada.

Su respiración era lenta, profunda, ajena al caos que me seguía hirviendo por dentro.

Me incorporé con cuidado de no despertarle y caminé hacia la pequeña cocina de la cabaña, buscando algo caliente que me ayudara a ordenar el desorden que tenía en la cabeza.

El silencio era cómodo, casi íntimo. Solo el susurro de los árboles mecía la mañana, y de vez en cuando, el crujir de la madera vieja al dilatarse con el calor.

El sol ya se filtraba por la ventana, atravesando las cortinas claras y pintando sombras suaves sobre la encimera, como si nada en el mundo pudiera alterar esa paz.

Llené la cafetera con agua y puse dos cucharadas colmadas de café molido. Encendí el fuego y apoyé las manos sobre la encimera, dejando que mis pensamientos fluyeran, peligrosos e imparables.

Ayer Nevan me dejó ver una parte de sí mismo que muy pocas personas, si es que alguien más, han visto.

Me dejó ver un poco de ese niño roto y solitario que creció entre gritos, golpes y abandono.

A ese Nevan que encontró un pequeño respiro en un campamento de verano, el mismo en el que nos conocimos.

Me apretó el pecho con solo recordarlo. Lo visualicé de pequeño, con esos ojos azules enormes, un poco más flaco, un poco más vulnerable, sin nadie a quien acudir, excepto ese tal Gus del que me habló.

¿Y su madre? ¿Qué clase de mujer puede mirar a su hijo y no verlo?

¿No protegerlo? Algo dentro de mí se removió con rabia y tristeza al pensar en ello.

Porque Nevan no hablaba con rencor, hablaba con resignación.

Como si lo tuviera tan asumido que ya no doliera.

Pero dolía. Joder, dolía. Y más aún ver que ese dolor seguía guardado bajo todas esas capas de sarcasmo, sonrisas canallas y comentarios cargados de picardía.

El silbido de la cafetera me sacó de mis pensamientos.

Apagué el fuego y preparé dos tazas, echando azúcar en la mía mientras removía despacio, viendo el líquido girar como si también pudiera arrastrar consigo mis emociones.

Le preparé a él su café como sabía que le gustaba y lo dejé en la encimera para que lo tuviera listo al despertar.

Mientras tomaba el mío, me giré para echarle un vistazo desde donde estaba. Estaba precioso. Sí, precioso. Tenía el rostro relajado, las pestañas oscuras contrastando con su piel bronceada, esa barba de dos días que me volvía loca y, como no, su cuerpo.

Los pantalones grises caían bajos, dejando a la vista el elástico negro de sus boxers.

No llevaba camiseta, así que podía admirar sin pudor todo su pecho tatuado.

Era un caos de tinta y color, dibujos sin sentido aparente, entrelazados entre sí como si cada uno contara una historia distinta, una versión de sí mismo que había ido dejando por el camino.

Cada trazo parecía tener un motivo, una emoción, aunque él dijera que se los hacía por capricho; sabía que era mentira.

Nevan se construía a base de símbolos. Y joder, era una maldita obra de arte.

Llevé la taza a mis labios, pero ni siquiera saboreé el café porque me descubrí pensando en él de nuevo.

En lo que acordamos: sin compromisos, sin complicaciones.

¿Y entonces por qué mi corazón se aceleraba cuando sonreía?

¿Por qué tenía la sensación de que si me besaba otra vez podría perder el control por completo?

Cada vez que se me acercaba, que me rozaba sin querer, que me sonreía, mi cuerpo reaccionaba como si lo necesitara para seguir respirando.

No es como si tuviera una gran experiencia en esto.

Antes de volver a ver a Nevan, solo había estado con unos pocos hombres y, siendo honesta, jamás lo disfruté.

Todo era tan frío, tan mecánico, tan… apagado, que llegué a pensar que quizá el sexo no era para mí.

Movimientos predecibles, manos sin prisa pero sin pasión, miradas vacías.

Nunca me hicieron sentir nada que me erizara la piel.

Hasta que Nevan me miró con esa intensidad que parece atravesarte por dentro.

Hasta que sus dedos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera descubriendo un mapa hecho solo para él.

Hasta que su boca me arrancó gemidos que ni sabía que podía emitir.

Y joder, la forma en que me sostuvo la mirada cuando su lengua jugaba conmigo, mientras sus manos me mantenían en su sitio, me dejó desarmada.

No pude dejar de pensar en cómo sería ir más allá, sentirlo por completo. Pero no quería que fuera solo deseo, ni  que se redujera a una simple descarga. Lo que más me asustaba era que, tal vez, para Nevan sí lo fuera. O peor, que él creyera que eso es lo que yo buscaba.

Bajé la mirada a mi taza, sintiendo el calor del café en mis dedos.

Quizá lo nuestro nunca pueda ser algo más.

Quizá solo seamos dos personas rotas yendo por caminos opuestos que en algún punto se cruzan e intentan respirar por un rato.

Pero si algo tenía claro era que, con él, respirar se sentía más fácil.

Y aunque lo sabía desde hacía tiempo, ahora lo sentía con más fuerza que nunca. Estaba perdida por él.

Unos golpes suaves sonaron en la puerta de la cabaña.

Fruncí el ceño, dejando mi taza a medio terminar en la encimera. No esperaba a nadie. Supuse que quizá sería alguien del personal, mantenimiento o alguna tontería así. Me limpié las manos en el pantalón corto de algodón que llevaba puesto y fui hacia la puerta, aún algo adormilada.

Al abrirla, me encontré con un hombre alto, de complexión fuerte, con una sonrisa amable y el cabello ya bastante canoso, aunque sus ojos irradiaban una energía joven.

Me resultaba vagamente familiar, como si mi memoria intentara desempolvar una imagen de hace años, algo borrosa, en la que él también estaba.

El hombre me miró con sorpresa y calidez, como si yo fuera alguien importante para él.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté, algo cautelosa, sujetando la puerta con una mano.

—¿Aria Morgan? ¿Eres tú, verdad?

Me tensé de inmediato. Ese tono... Lo conocía. Era ese que la gente usaba cuando creía saber más de tu vida que tú misma. ¿Un periodista? ¿Un admirador del ballet? ¿Alguien enviado por mi madre?

Pero su expresión no era de curiosidad morbosa. Era de genuina alegría.

—Soy yo, sí... —respondí, aún sin soltar la puerta del todo.

Entonces soltó una carcajada cálida, de esas que te contagian sin querer.

—¡Cómo has crecido! Claro que no me reconoces... Han pasado doce años. Soy Tom, fui uno de tus monitores en el campamento.

Su voz, su sonrisa, su energía, todo encajó de golpe. Como si una ficha acabara al fin el puzzle desordenado de mis recuerdos.

Abrí un poco más la puerta, sonriendo ya con verdadera calidez.

—¡Tom! Dios, claro… Perdona, no te había reconocido. Fue hace muchos años, pero fueron los mejores veranos de toda mi vida.

—Eso dicen muchos —respondió encogiéndose de hombros—. Algo debe tener este sitio. Aunque ahora, bueno, me tocó heredar el marrón. Soy el nuevo dueño.

Abrí los ojos sorprendida.

—¿En serio? Vaya, eso es genial.

—Sí, intento mantenerlo con el mismo espíritu de siempre.

Y justo por eso estoy aquí. —Se inclinó, en tono de confidencia—.

Mañana por la noche haremos una pequeña fiesta para los adultos.

Primero una hoguera como las de antes, y después, abriremos el bar con música y barra libre. Todo muy informal. Venía a invitaros.

—¿A nosotros? —pregunté con una sonrisa creciente—. ¿A mí y a…?

—¿Me estoy perdiendo algo? —la voz de Nevan sonó justo detrás de mí, ronca por el sueño, y me giré para verle aparecer en la puerta, sin camiseta aún, con su pelo despeinado y una expresión curiosa. Se frotaba el ojo con una mano mientras la otra se apoyaba contra el marco de la puerta.

Tom soltó una carcajada.

—¡Nevan! —dio una palmada—. Qué bien verte otra vez.

—Tom, tío —Nevan sonrió y salió del todo, tendiéndole la mano que acababa de frotarse los ojos—. Pensaba que esta zona no te tocaba a ti.

—He hecho una excepción. —Tom nos miró con picardía—. Tenía que invitaros personalmente.

—¿He oído fiesta? —Nevan me miró con una ceja levantada, divertido.

—Sí. Mañana por la noche. Pero esta tarde vamos a empezar a preparar todo: decoraciones, música, cargar la leña para la hoguera… ya sabéis. Si os apetece echar una mano, cualquier ayuda es bienvenida.

—¿Qué opinas, bombón? —dijo Nevan con una sonrisa ladeada—. ¿Nos apuntamos?

—Por supuesto —respondí sin pensarlo demasiado. No sabía por qué, pero la idea de una noche de hoguera y música aquí, en este lugar que me estaba devolviendo parte de mi alma, me parecía perfecta.

—Contad con nosotros, Tom —confirmó Nevan mientras apoyaba un brazo sobre el marco de la puerta—. Estamos dentro.

—Perfecto. Entonces os espero esta tarde junto al edificio principal. No hace falta que traigáis nada, solo energía y ganas de cargar cosas.

—Genial —sonreí—. Allí estaremos.

—Me alegro de volver a veros, de verdad —añadió Tom antes de marcharse, despidiéndose con un gesto de la mano.

Nevan se giró hacia mí cuando cerré la puerta.

—Fiesta, hoguera, barra libre… ¿Crees que podrás soportarme toda una noche?

Le lancé una mirada afilada por encima del hombro mientras volvía a la cocina.

—Depende. ¿Prometes comportarte?

Nevan soltó una risa ronca mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina, echando mano de su café ya preparado.

—Bombón, comportarme no es mi especialidad. Pero puedo intentarlo.

Rodé los ojos y sonreí.