Capítulo 41
Nevan
Recuerdo
Dentro de la caravana olía muy mal, a esa cerveza caliente que tomaba papá, a cosas oxidadas y a ese humo gris y espeso que me hacía toser un montón cuando jugaba en el suelo.
Siempre estaba pegajoso. Cuando oí las ruedas de su camioneta grande frenar fuera en las piedras, la tripa se me puso muy dura y me costó respirar.
Luego se oyeron sus botas pesadas subiendo los escalones de metal. Pum, pum, pum.
Yo ya sabía lo que tenía que hacer cuando sonaba eso: hacerme chiquitito.
Me escondí corriendo en la esquina oscura que había entre la nevera vieja y el mueble donde mami guardaba los platos.
Encogí las piernas y me crucé de brazos, como si fuera un ratón.
Si papá no me veía, no se enfadaría conmigo.
Si no hacía ningún ruido, a lo mejor pensaba que no había nadie en casa y se iba.
Pero hoy la puerta se abrió tan fuerte que chocó contra la pared, haciendo un ruido fuerte.
Papá entró gritando palabras prohibidas, de esas malas que mami no me dejaba decir.
Estaba muy enfadado con su jefe del trabajo.
Tenía los ojos muy grandes, rojos y feos, de esos que dan mucho miedo porque sabes que va a pasar algo malo.
Tiró su chaqueta pesada, llena de barro, justo encima de donde yo estaba pintando.
Mis lápices de colores rodaron por todas partes, debajo de la mesa.
Cometí el error de estirar el brazo rápido para salvar el lápiz azul, que era mi favorito porque estaba ya muy cortito.
Y entonces me vió.
—¿Qué coño haces ahí escondido, estorbo? —rugió. Su voz era tan fuerte que me retumbó en el pecho.
No me dió un empujón flojo. Me agarró de la camiseta por detrás, levantándome del suelo como si fuera un muñeco de trapo, y me lanzó con todas sus fuerzas contra la esquina de la mesa de la cocina.
¡Pum! El golpe en la espalda me dejó sin aire y me entró mucha tos.
Caí de rodillas al suelo, pero papá no había terminado.
Me agarró del pelo, tirando hacia atrás para obligarme a mirarle, y me dió un bofetón enorme en la cara con la mano abierta.
¡Zas! Oí un pitido en mi oreja y me salió un agua roja y caliente de la boca que sabía a monedas.
—¡Levántate! —gritó, dándole una patada a una silla que chocó contra la pared—. ¡Mírame cuando te hablo!
Luego me dió dos patadas seguidas en las costillas con sus botas duras de trabajar.
Fueron unos golpes fuertes, de los que se sienten muy dentro de los huesos.
Me dolió tanto, tanto, que quería llorar a gritos y pedir socorro.
Pero me mordí los labios muy fuerte para no hacer ningún ruido.
Ya sabía las reglas de esta casa: si lloraba, papá se enfadaba más; si gritaba, me pegaba más fuerte.
Así que me hice una bola perfecta en el suelo, tapandome la cabeza con los brazos y encogiendo las rodillas para que no me diera en la tripa.
Cerré los ojos esperando a que sus botas se cansaran de mí.
En mitad de los golpes, cuando casi no podía ni respirar, giré un poco la cabeza por debajo del codo. Miré hacia el sofá; buscaba a mami.
—Mami... —dije muy bajito. Una súplica para que me salvara—. Mami, por favor, dile que pare. Dile que he sido bueno.
Pero mami estaba congelada. Estaba sentada en el borde del sofá, sosteniendo su taza de café llena de flores entre las manos.
Tenía la mirada clavada en la pantalla de la televisión, pero estaba apagada, negra.
Ni siquiera parpadeaba. Tenía los dedos blancos de tanto apretar la taza, pero su cara era como la de una muñeca de plástico. No se movía. No lloraba. No decía nada.
Era como si su mente se hubiera ido a jugar a un sitio muy lejano, a un parque bonito donde no hubiera gritos, y dejado allí su cuerpo vacío, hecho de cartón, para que se quedara en el sofá.
Estaba super cerca de mí. Si estiraba mi mano, podía llegar a tocarle el pie.
Podía obligarla a volver. Pero ella no me miraba.
Escuchaba cómo mi cabeza golpeaba contra el suelo, mis huesos crujir y mis quejidos. No movió ni un solo dedo.
Prefería no mirar, salvarse dentro de su cabeza y dejarme a mí solo aquí abajo, recibiendo toda la tormenta de papá.
El dolor de las patadas en las costillas me dolía, pero ver a mami mirándome sin hacer nada me dejó un frío horrible dentro del pecho.
Tirado en el suelo pegajoso, aprendí que estoy solo en el mundo.
Que mami no me quiere de verdad, porque si me quisiera, se levantaría a defenderme del monstruo.
Sentí una rabia muy grande y muy caliente quemándome por dentro.
Nunca, jamás en la vida se lo voy a perdonar.
Cuando sea grande, me acordaré de este día y de su taza de flores.
Al final, papá soltó un gruñido feo, cogió otra cerveza de la nevera y salió de la caravana dando un portazo tan salvaje que una de las ventanas pequeñas del fondo se rompió con un ruido fuerte. ¡Clinc!
La caravana se quedó muy callada. Solo se oía el goteo del grifo y mis pucheritos ahogados.
Me costó un siglo moverme. Cada vez que intentaba arrastrarme por el suelo, un pinchazo espantoso me corría por el costado y me hacía llorar de rabia.
Gateé como pude, despacito, arrastrando las piernas por el pasillo estrecho hasta llegar a mi rincón.
Me metí en el hueco oscuro y lleno de pelusas que hay debajo de mi cama, porque ahí nadie puede verme.
Abracé mis rodillas, temblando de puro miedo y de frío, y cerré los ojos superfuerte, apretandolos tanto que veía luces de colores en la oscuridad. No quería estar en esta casa ni ver a mami congelada, ni a papá enfadado.
Así que me puse a pensar en Aria.
La veía en mi cabeza, apareciendo en mi escondite con su vestido de color rosa que parece una nube de azúcar y con todos esos lazos de colores que se le mueven en el pelo cuando salta.
Me acordé de cuando se puso a dar vueltas en mitad de la sala de baile y me pilló mirándola por el agujero de la puerta trasera.
«¡Venga, Nevan, que es súper fácil!», me decía en mi mente, con esa voz suya que parece una musiquita alegre de juguete.
Recordé cuando me puse a su lado para imitarla, abrí los brazos para girar, me mareé un montón y me caí de culo contra el suelo de madera.
Y de cómo ella, se tapó la boca con las manos y se rio un montón; pero una risa de las buenas, de las que no te hacen sentir tonto, de las que te dan ganas de reír a ti también.
Nos lo pasamos tan bien aquella tarde que al final nos dolió la tripa, pero de felicidad, no por culpa de las botas de nadie.
Pensé en sus ojos verdes tan grandes y en lo buena que era conmigo siempre, mirándome como si yo fuera alguien importante.
Pensando en Aria, mis manos dejaron de temblar.
El dolor de las costillas se volvió un poco más flojo, como si estuviera más lejos.
El olor feo a cerveza de la caravana desapareció y me quedé dormido allí abajo, en el suelo duro, abrazando mis piernas.
Sabía que, mientras pudiera cerrar los ojos y pensar en ella, nadie en esta casa podría romperme de verdad.