Caminos Opuestos Capítulo 40
54%

Capítulo 40

Nevan

Bufé, dejando que la vibración se convirtiera en un zumbido sordo sobre la madera hasta que se apagó. Tiré el teléfono boca abajo, con un movimiento brusco, como si así pudiera borrar el rastro de mi madre de mi sistema.

Aria, que había seguido el movimiento con la mirada, arqueó una ceja.

—¿No vas a contestar?

Intenté relajar la mandíbula, pero sentí cómo se me tensaba hasta dolerme.

—No tengo nada que decirle.

—Pero es tu madre —replicó ella. Su voz tenía esa mezcla de curiosidad y suavidad que era capaz de desarmarme más rápido que cualquier provocación.

Y ahí estaba. La irritación subiendo, un calor sucio que me recorría el pecho.

Pasar de tenerla jadeando entre mis manos, con la piel húmeda y el aliento corto, a hablar de mi madre era como un jarro de agua helada.

Era irritante, joder, como si el pasado siempre esperara  la oportunidad de colarse en mi presente para recordarme quién soy y de dónde vengo.

Me encogí de hombros, fingiendo una indiferencia que me costaba mantener.

—Eso no significa nada.

Ella no apartó la mirada. Podía sentir cómo analizaba cada gesto, cada reacción que intentaba esconder la verdad.

—Nevan…

—Déjalo, bombón —intenté zanjar, forzando una sonrisa torcida que no llegó a mis ojos—. No es nada importante.

Pero sabía que no iba a dejarlo estar tan fácil. Aria no era de las que soltaban una presa cuando intuía que había sangre debajo.

—Si no es importante, ¿por qué te has tensado así? —insistió.

Respiré hondo, contando hasta tres, como si eso pudiera aflojar el nudo que se me estaba formando en la garganta.

—Porque es un tema del que no me apetece hablar, Morgan.

Inclinó la cabeza, apoyando la barbilla en la mano. Sus ojos verdes estaban clavados en mí, analíticos, como bisturís suaves que diseccionaban mis defensas. No era juicio, era atención pura.

—No tienes por qué contarme nada si no quieres —dijo bajando el tono—. Pero, Nevan… ¿Qué pasó con tu madre?

Cerré los ojos. La vibración fantasma del móvil todavía me retumbaba en las costillas. Odiaba esto, que viera más de lo que quería mostrar, sentir que el suelo, que hasta hace un momento era firme, empezaba a ceder bajo mis pies.

Me recoloqué en la silla, incómodo, tratando de encontrar una postura que no me hiciera sentir tan expuesto.

—No hay mucho que contar.

Aria no parpadeó. Solo esperó, paciente, tranquila.

Resoplé, derrotado y me incliné hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

¿Por qué coño tenía ese efecto en mí? ¿Por qué no podía soltar un chiste, una ironía, y desviar la atención como hacía con todo el mundo?

—Mira… —murmuré, mirando mis manos en lugar de enfrentarme a ella—. No es un tema bonito. No es como si ella hubiera sido la madre del año, ¿vale?

Silencio. Del tipo que no empuja, si no que solo está ahí, esperando.

—¿Te hizo daño? —preguntó con voz suave.

Mis ojos se encontraron con los suyos. Busqué lástima, pero no la encontré. Había algo más, algo más profundo. Negué con la cabeza casi de inmediato.

—No. Ella no.

Aria frunció el ceño, procesando mi respuesta. Vi el momento exacto en que ató los cabos sueltos, la revelación deslizándose por su mirada.

—Pero lo permitió —concluyó.

El pecho se me encogió. Aparté la mirada hacia las tablas de la terraza, hacia una astilla, hacia cualquier sombra que no fuera ella. Como si mirar algo concreto pudiera blindarme de la mierda abstracta que me ahogaba.

—No era tan sencillo.

—Lo era para ti cuando eras un niño, ¿verdad? —susurró.

Tragué saliva, sintiendo la presión en la garganta. No quería abrir esa puerta, esa puta caja de metal oxidado que llevaba años soldada. Pero Aria estaba ahí, mirándome con esos ojos que atravesaban mis muros, y por primera vez, no me sentí con el control.

Solté una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de humor.

—¿Por qué coño quieres saber esto, Morgan?

—Porque quiero conocerte, Nevan —respondió con firmeza—. No la versión canalla y bromista que muestras al mundo. Quiero conocer al chico que fuiste. El que sigues siendo en el fondo.

Me quedé en silencio, sintiendo cómo el nudo en mi pecho se apretaba más.

El chico que fui. El niño que esperaba cada noche a que su madre lo sacara de aquel infierno.

El que veía cómo ella se perdía en sus demonios mientras yo aprendía a hacerme invisible, a no hacer ruido, a tragarme la voz hasta que el silencio se volvió mi única armadura.

Apreté los puños, forzándome a respirar.

—No quiero hablar de eso.

El ambiente se cargó de una electricidad pesada. Yo seguía mirando a otro lado, incapaz de mirarla, porque sabía que si lo hacía, vería lástima. Y eso era lo único que no podía soportar.

Aria no insistió. No intentó colarse por la rendija. Se levantó. Sus pasos fueron suaves sobre la madera mientras se acercaba.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Qué haces?

No respondió. Se acercó hasta estar justo frente a mí y, antes de que pudiera procesarlo, se subió a mi regazo. Mis manos volaron por instinto a su cintura para estabilizarla, pero ya estaba ahí, a horcajadas, encajando de manera perfecta contra mí.

—Aria…

Ella no respondió. Sus ojos estaban fijos en los míos, brillando con una intensidad que hizo que mi pecho se apretara. No había burla, ni juego. Solo estaba ella. Sus pupilas bajaron hasta mis labios y, sin previo aviso, me besó.

No fue un beso hambriento. Fue suave. Dulce.

Una caricia que me decía sin palabras: « estoy aquí » .

Mis dedos se aferraron a su cintura, no para atraerla más, sino para anclarme a algo real, porque me sentía a la deriva.

Esto era nuevo, no era físico; algo que me aterraba y me salvaba al mismo tiempo.

Se separó despacio, sus manos quedaron en mi cara, sus pulgares trazando círculos sobre mi piel.

—Tú tampoco tienes que huir de mí, Nevan Grayson.

El nudo en mi garganta se cerró. Desvié la mirada, sintiendo que me resquebrajaba, pero ella no se alejó. Se acurrucó en mi pecho, dejando que su cabeza descansara contra mi clavícula. Su olor a vainilla me envolvió, su respiración tranquila contra mi piel fue el único sonido en la terraza.

Me quedé inmóvil, con el corazón galopando contra mis costillas. Y entonces, por primera vez, el peso dejó de ser insoportable.

—Mi madre me enviaba al campamento todos los veranos —dije en voz baja, con una voz que no reconocí—. Siempre pensé que era porque le estorbaba. Pero ahora… creo que intentaba protegerme.

Aria se tensó un poco, pero no me interrumpió.

—Apenas había dinero para comer —continué con la mandíbula apretada—. Pero el día antes de mandarme aquí, siempre desaparecía. Volvía por la mañana con la mirada perdida… Y, al día siguiente, como por arte de magia, había dinero.

Mi pecho se tensó. El eco de lo que eso significaba golpeó el silencio.

—No me importaba —solté con una risa sin humor—. Porque este sitio era lo más parecido a un hogar. No había gritos. No había golpes. No había adultos drogados.

Mis propias palabras se sentían como golpes de nudillos contra el metal.

—Había días en los que ni siquiera hablaba con nadie. Solo me tumbaba en el césped, respiraba aire limpio y, por primera vez, no tenía miedo.

Silencio, uno espeso, cargado de verdades.

—No quiero tu compasión —dije cortante, antes de que pudiera decir nada.

Pero ella levantó la mirada. Sus ojos eran dos llamas encendidas.

—No iba a decir eso —respondió con una firmeza que me golpeó el alma—. Iba a decir, que no importa cómo empezó tu historia, ni cuántas veces intentaron joderte o hacerte sentir que no valías nada. No eres lo que ellos hicieron contigo, Nevan.

La voz se le quebró, y el aire se quedó atascado en mis pulmones.

—Eres lo que elegiste ser a pesar de ellos.

Sus palabras me atravesaron como una bala. Nadie. « Nadie » me había dicho algo así nunca. Ella no me miraba con lástima, ni intentaba arreglar mis partes rotas. Solo me veía. Y joder, eso significaba más de lo que jamás, en toda mi maldita vida, me atrevería a admitir.