Caminos Opuestos Capítulo 39
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Capítulo 39

Nevan

Me acomodé en la silla de madera de la terraza, estirando las piernas mientras observaba a Aria.

Estaba sentada con las rodillas dobladas, una bolsa de patatas en el regazo, sacando una cada pocos segundos con gesto distraído.

El sol del atardecer le daba de lleno en la cara, iluminando sus pecas y la suavidad de sus labios mientras masticaba.

Su melena dorada caía en ondas desordenadas por su espalda, y, joder, solo pensaba en cómo se vería ese pelo enredado en mis dedos, o desparramado sobre mi almohada mientras la obligaba a mirarme a los ojos.

Tenía una necesidad física, casi dolorosa, de hundir las manos en sus mechones y besarle el cuello hasta arrancarle ese gemido que me volvía adicto.

Entonces me fijé en el libro que apoyaba contra sus muslos. Incliné la cabeza y, al ver la portada, sonreí como un cabrón. Era uno de esos libros cargados de escenas tan explícitas que harían sonrojar a cualquiera.

—Vaya… —dije estirandome hacia adelante, con el codo apoyado en la rodilla—. Así que de eso va tu cara tan concentrada.

Ella levantó la vista, frunciendo el ceño.

—¿De qué hablas?

—Del libro, bombón. —señalé la portada con la barbilla—. Tiene toda la pinta de tener más sexo que trama.

Se sonrojó al instante, cerrando un poco más las piernas como si eso pudiera ocultar su reacción.

—No es solo sexo, es romántico.

—Claro, romántico —contesté con una sonrisa socarrona—. Por eso llevas diez minutos mordiéndote el labio.

No me respondió, pero sus dedos se apretaron contra las páginas. Me incliné más, bajando la voz hasta que fue un ronquido.

—Si quieres practicar alguna de esas escenas solo tienes que decirlo. Prometo seguir las indicaciones al pie de la letra.

Rodó los ojos, pero no pudo evitar que sus labios se curvaran.

—Eres un idiota, Nevan.

—Sí, pero uno que sabe leer entre líneas —le lancé una mirada lenta de arriba abajo, rozando su piel con la vista antes de recostarme otra vez—. ¿Sabes qué pasa, bombón? Que cuando alguien lee esas cosas no puede evitar imaginarse cómo se sentirían de verdad.

—¿Y tú qué sabrás? —respondió, aunque su tono ya no era tan firme.

—Lo sé porque yo también lo haría —me incliné, apoyando el codo en el respaldo de su silla, invadiendo su espacio—. Pero en este caso no tendrías que usar la imaginación.

La vi tragar saliva. Sus pestañas bajaron un segundo, ocultando sus ojos verdes, antes de volver a clavarlos en mí con un desafío tembloroso.

—¿Y me vas a decir que lo harías mejor que lo que está escrito aquí?

—No. Voy a decirte que lo haría tan bien que no volverías a necesitar un libro para saber qué se siente.

Se quedó sin aire un instante.

—Estás demasiado seguro de ti mismo, Grayson.

—Solo soy consciente de mis capacidades. —Me recosté de nuevo, manteniéndole la mirada—. Y de lo fácil que sería hacerte cerrar ese libro y dejarlo caer al suelo ahora mismo.

Aria sonrió con picardía, alzando la barbilla en un intento desesperado por recuperar el control.

—Pues tendrás que esforzarte bastante más que diciendo un par de frases arrogantes.

—Oh, Morgan —mi voz bajó una octava, volviéndose oscura, rasposa—. No pienso gastar ni una sola palabra más. Voy a demostrártelo.

Me levanté despacio y rodeé la silla con la calma meditada de un depredador acorralando a su presa.

Me incliné sobre ella desde atrás, encajandola entre mi cuerpo y el respaldo.

Apoyé una mano en la madera y la otra, con una intención implacable, sobre su muslo desnudo.

Sentí el salto brusco de su pulso bajo mi palma y cómo se le cortaba la respiración, pero no se apartó. No quería hacerlo.

—Sigue leyendo —susurré contra la curva de su oreja, dejando que mi aliento caliente le erizara la piel del cuello—. A ver cuánto tardas en perder el hilo.

Aria cerró los ojos un instante. Sus dedos pasaban la página con un temblor delator; estaba claro que no estaba enterándose de una sola palabra.

—¿Qué pasa? —murmuré, empezando a deslizar la palma hacia arriba, por la cara interna de su muslo, saboreando el calor ascendente de su piel—. ¿Se te ha olvidado por dónde ibas?

—No… —su voz apenas fue un susurro frágil.

Mis labios rozaron el espacio entre su cuello y su hombro, mordisqueando la piel justo donde el pulso le martilleaba desbocado.

—Pues sigue leyendo, en voz alta —insistí en un gruñido, mientras mis dedos alcanzaban el borde de su ropa interior.

Metí la mano por debajo de la tela de su ropa interior. Estaba empapada. El contraste entre el aire fresco de la tarde y el calor hirviente de su piel me confirmó que estaba exactamente donde quería.

Aria lanzó una mirada rápida hacia el libro, intentando aferrarse a la lectura como a un salvavidas. Inspiró hondo, con el pecho agitado.

—Él… él deslizó sus manos por mi… mi cintura… y me… empujó contra la pared… —leyó, y su voz se quebró en la última vocal cuando aparté la tela de su braga y hundí el pulgar en su centro, húmedo y resbaladizo.

—Sigue —ordené, manteniendo la presión.

—Su… su boca bajó por mi cuello… y sus labios… —hizo una pausa dolorosa, ahogando un gemido agudo cuando empecé a acariciar su clítoris hinchado con círculos lentos, firmes y deliberados—. Sus labios quemaban… mi… piel…

Deslicé un dedo hacia abajo, buscando la apertura de su sexo, y lo introduje despacio. Estaba tan mojada que mi dedo entró hasta el fondo sin la menor resistencia, apretado por la estrechez abrasadora de sus paredes. Aria soltó un jadeo sordo, un sonido puro de rendición que murió en el viento.

—No te he dicho que dejes de leer, Aria —le recordé al oído, empezando a mover la mano con autoridad, entrando y saliendo de ella con un ritmo denso, sintiendo cómo sus músculos se contraían a mi alrededor.

Ella intentó seguir, pero las palabras se le atascaban en la garganta.

—Sus dedos… encontraron mi centro… —la frase se cortó por un gemido largo y rasgado mientras añadía un segundo dedo, abriéndola más, y mi pulgar reanudaba el masaje frenético sobre su punto sensible—. Y-y… me hizo… ah… me hizo perder… el aliento…

Aumenté la presión y la profundidad. El chasquido húmedo de mis dedos trabajando en su interior resonaba con una nitidez obscena en el silencio de la tarde.

Con cada embestida de mi mano, su espalda se arqueaba contra mi pecho, buscando más fricción, más fondo.

Ya no leía; solo balbuceaba sílabas entrecortadas mientras sus nudillos se volvían blancos apretando el papel.

—Me… me tomó… ah… tan fuerte… y… y yo…

—¿Y tú qué, bombón? —pregunté con voz ronca, pegando mi boca a su oído mientras apretaba el ritmo hasta volverlo implacable.

—Y yo… —intentó articular, pero los dedos le fallaron por completo.

El libro se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo, quedando abierto e ignorado.

No le di ni medio segundo para asimilarlo.

Metí mis dedos más profundo, curvandolos hacia arriba para golpear ese punto interno que la hacía perder el juicio, mientras la mano que tenía sobre el respaldo bajaba para sujetarle la barbilla y obligarla a girar el rostro hacia mí.

—Mírame —le ordené, apartando un mechón de su melena para clavar mis ojos en los suyos, oscuros y dilatados por la lujuria—. Ya no tienes nada que leer. Solo mírame a mí.

Sus labios entreabiertos eran incapaces de formar una frase coherente; solo expulsaban gemidos graves, húmedos y desesperados. Se apoyó con fuerza sobre la silla, abriendo más las piernas, empujando sus caderas contra mi mano en una búsqueda salvaje de liberación.

—Eso es… ábrete bien para mí —murmuré, devorando la visión de su rostro desarmado mientras mi mano se convertía en un martillo dentro de ella—. Quiero que te corras aquí mismo. Mirándome a los ojos.

—Nevan… —jadeó, clavando las uñas en mi muñeca, no para apartarme, sino para aplastarme con más fuerza contra su centro—. ¡No puedo…

—Sí que puedes. Estás a punto de romperte. Hazlo para mí, Aria.

Aceleré la velocidad hasta un punto frenético.

Mis dedos entraban y salían hondo, bañados por el líquido hirviente que brotaba de su interior, mientras mi pulgar aplastaba su clítoris en un movimiento frenético.

El cuerpo de Aria se tensó como una cuerda a punto de quebrarse; sus muslos empezaron a temblar con violencia convulsiva y se aferró al borde de la madera con todas sus fuerzas.

—¡Nevan, joder!

El grito brotó de lo más profundo de su garganta, una liberación absoluta y, su sexo estalló en un orgasmo.

Sus paredes se contrajeron en oleadas salvajes, aprisionando mis dedos con una fuerza increíble, mientras su cuerpo se sacudía en espasmos continuos.

Solté un gruñido sordo contra su cuello, manteniendo la presión, sintiendo la marea de su placer inundarme la mano entera hasta que su resistencia cedió por completo.

Aria se desplomó hacia atrás contra mi pecho, deshecha, con el aire saliendo de sus pulmones en inhalaciones erráticas y el rostro bañado en un rubor encendido.

Saqué los dedos de su interior muy despacio, saboreando los últimos temblores de su cuerpo.

Alcé la mano entre los dos, cubierta por el rastro espeso y brillante de su lubricación, y me llevé los dedos a la boca.

La miré sin pestañear mientras me los limpiaba con la lengua, tragándome su sabor frente a sus ojos.

Aria me observaba con la mirada perdida, los labios hinchados y los pechos subiendo y bajando a un ritmo caótico.

—Eso ha sido bastante mejor que cualquier historia de ese libro, ¿verdad? —susurré, inclinándome para dejar un beso lento y húmedo en la curva de su cuello—. Te ves preciosa cuando te desarmas así para mí…

Ella soltó una risa suave, rota, todavía temblando de pies a cabeza.

Enredé la mano en su pelo, dispuesto a inclinar su cabeza para besarla en la boca, para reclamarla de nuevo y llevarla directa a la mesa, cuando el puto teléfono vibró sobre la madera con un zumbido insistente que cortó el aire como un cuchillo.

Me giré, maldiciendo, y vi el nombre en la pantalla.

Mamá .