Capítulo 38
Nevan
Caminé sin prisa por los senderos de tierra del campamento, sintiendo la brisa cálida de la mañana golpear mi piel.
Aria había desaparecido temprano, se fue a la sala de baile mientras yo aún estaba despertando.
Y, aunque me habría gustado despertar con ella enredada entre las sábanas, una parte de mí se alegraba.
Me gustaba verla así: tomando las riendas, decidiendo por sí misma cuándo y cómo quería bailar, sin que nadie le dictara una coreografía o una obligación.
Que ella eligiera su propio camino, aunque fuera solo dentro de esas cuatro paredes, era un paso más hacia la chica que yo quería redescubrir, la que no pedía permiso para brillar.
Era extraño estar aquí después de tanto tiempo.
El lugar no había cambiado demasiado. Los caminos seguían rodeados de árboles frondosos, las cabañas de madera se dispersaban entre la vegetación y el aire seguía oliendo a esa libertad que, de niño, me supo a salvación.
Porque cuando era un crío, este campamento fue lo único que se parecía un hogar.
Aquí no tenía que caminar sobre cáscaras de huevo para no provocar un estallido de ira en mi padre, ni vigilar cada palabra para evitar que todo volara por los aires.
Aquí no había olor a alcohol ni desesperación. Aquí, simplemente, no tenía miedo.
—¡Nevan Grayson!
Me giré al escuchar mi nombre y vi a un hombre acercarse con una sonrisa amplia. Me tomó un segundo encajar la pieza en mi memoria, pero cuando lo hice, solté una risa incrédula.
—¡Mierda, Tom!
Era uno de los monitores. Había envejecido, con canas en el pelo y arrugas que antes no estaban, pero seguía teniendo esa energía.
—Cuando vi tu nombre en el registro pensé que era una coincidencia —me dió una palmada fuerte en la espalda—. ¡El pequeño Nevan Grayson, de vuelta en casa!
Rodé los ojos.
—Sí, bueno… ya no soy tan pequeño, Tom.
—Ya lo veo. —Me escaneó con la mirada, cruzándose de brazos—. Joder, no puedo creerlo. ¿Sigues metiéndote en problemas?
Me reí con una mueca.
—Depende de a quién le preguntes.
—Siempre fuiste un caso, Grayson —dijo, negando con diversión—. Pero un caso con buen corazón. Me alegra verte de nuevo.
Ese comentario me dejó en silencio. No estaba acostumbrado a que nadie me dijera cosas así, y menos que alguien recordara al chaval que fui como alguien con « buen corazón » .
—¿Sigues trabajando aquí? —pregunté, desviando la atención.
—Ahora soy el director. Alguien tiene que mantener este circo en pie.
—Joder, felicidades.
—Gracias, chico. ¿Qué te trae de vuelta? ¿Un respiro?
—Algo así —respondí. « Y Aria » pero me guardé el nombre para mí.
Tom asintió, como si pudiera ver a través de mis evasivas.
—¿Y qué tal estás, chaval?
Solté una risa seca, sin alegría.
—Igual de jodido que siempre.
Tom me lanzó una mirada extraña, cargada de una comprensión que preferiría no haber visto. Al final, solo dio una palmada en mi hombro.
—Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos. No lo dudes.
Me alejé de él sintiéndome un poco más pesado.
Sin darme cuenta, mis pies me llevaron al pequeño claro donde solía esconderme de niño.
El césped seguía igual, salvaje y alto. Aquí pasé tardes enteras con una niña de ojos verdes y pecas que me hacía olvidar el infierno que me esperaba fuera.
Fue aquí, entre el crujido de las ramas, donde entendí por primera vez que no estaba solo.
Estaba de vuelta, con ella, y no tenía ni idea de qué demonios significaba eso.
Después de un rato, la necesidad de verla me empujó de nuevo hacia los edificios. Caminé por los pasillos hasta la sala de baile y, al asomarme por la puerta entreabierta, me quedé petrificado.
No estaba practicando una coreografía rígida.
Estaba bailando con una libertad que me cortó la respiración.
Sus piernas se elevaban con una elegancia que no parecía humana, pero era el conjunto lo que me tenía hipnotizado: el moño desordenado, los mechones escapando, la forma en que su cuerpo se fundía con la música.
No estaba ejecutando pasos; estaba contando una historia.
Me quedé allí, como un idiota, sin poder apartar la vista.
Esa era la Aria que recordaba, la que se escapaba conmigo a medianoche, la que no posaba para nadie.
Y, entonces, como si el aire le avisara, sus ojos se encontraron con los míos.
Se detuvo, su pecho subiendo y bajando del esfuerzo, y me dedicó una sonrisa suave.
—Menudo déjà vu —murmuró, intentando recuperar el aliento.
Me acerqué despacio, sintiendo un nudo en el estómago.
—Ha sido precioso, Aria —dije con la voz más grave de lo que pretendía.
Ella me miró con curiosidad, arqueando una ceja.
—¿Ah, sí?
—Hace unas semanas, cuando te vi bailar —hice una pausa, buscando las palabras—, eras impecable. Técnica pura. Pero muy fría. No había luz.
Sus labios se entreabrieron.
—¿Y ahora?
—Ahora sí estabas ahí —respondí sin dudar—. No he visto técnica. Te he visto a ti. Brillando.
Ella parpadeó, bajando la mirada un instante antes de volver a mis ojos, con un brillo intenso.
—No sé qué me pasa cuando bailo así, es como si todo desapareciera.
Me había olvidado de lo que se sentía —suspiró, y una sombra de nostalgia cruzó su rostro—.
Mi madre siempre quiso que cada movimiento fuera impecable, sin margen de error.
El ballet es disciplina, perfección, nunca me enseñó que también podía ser libertad.
Hoy… hoy me acordé de por qué me enamoré de esto. Lo necesitaba, Nevan.
No dije nada. Solo la miré, intentando que mis ojos le dijeran que no iba a dejar que se olvidara de esa sensación nunca más.
—Te entiendo —dije al final, acortando la distancia entre nosotros—. Cuando era crío, este campamento fue el único sitio donde podía respirar. En casa todo eran pasos medidos. Aquí podía equivocarme, reírme, ser yo.
Di un paso más, hasta que nuestras rodillas casi se rozaron.
—Por eso me jode tanto verte encerrada en lo que esperan de ti —continué, bajando la voz—.
Sé lo que es vivir bajo un guión ajeno y sé lo que es salir de ahí.
Lo que he visto ahora, Aria, esa forma en la que te movías, como si la música saliera de tu interior, es la versión de ti que quiero que el mundo vea siempre.
Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y vi cómo sus hombros, de normal tensos, se relajaban.
—Entonces no me dejes volver atrás —pidió.
—No pienso hacerlo —respondí sin un ápice de duda.
El silencio que quedó entre nosotros no fue incómodo, fue una promesa silenciosa, un acuerdo tácito que sabíamos que iba a marcar un antes y un después.