Caminos Opuestos Capítulo 37
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Capítulo 37

Aria

Salimos de la cueva como quien regresa de otro mundo.

El aire era más frío afuera, pero mi cuerpo seguía ardiendo, con la sangre todavía bombeando con urgencia.

Por dentro, todo estaba en ebullición. No solo por lo que había pasado —aunque, joder, eso ya era suficiente para tenerme flotando—, sino por cómo me sentía con él.

Todavía tenía grabado en la piel, en la boca y en los músculos la forma en que me había hecho sentir en ese lugar.

Nunca había disfrutado tanto dándole placer a alguien.

Antes, el sexo oral siempre había sido algo mecánico, una tarea que quería quitarme de encima.

Pero con Nevan fue diferente. Me dominó, sí; marcó el ritmo, me sujetó, me obligó a mirarlo…

y, aún así, jamás me había sentido con tanto control sobre alguien.

Saber que tenía a ese hombre temblando con mi boca, perdiendo el control era…

adictivo. Y sí, lo repetiría sin pensarlo.

Volvimos al estanque a nadar como si nada más existiera.

Él me hacía reír sin esfuerzo, con esa facilidad que me recordaba a cuando todo era más simple.

Me subí a su espalda, le salpiqué la cara, intenté hundirlo y fallé miserablemente porque era más fuerte y más ágil.

Pero, siendo honestas, yo solo quería una excusa para tocarlo.

Cada beso robado en el agua, cada mirada que se quedaba un segundo de más, era una promesa silenciosa. Me sentía viva. Luminosa. Como si, por fin, encajara en mi propia piel.

La tarde fue deslizándose poco a poco, el sol bajando en el cielo y tiñendo todo de dorado. El calor se volvió más suave y el agua se sentía como seda. Cuando salimos a recoger nuestras cosas, su mano buscó la mía. Y no la solté. No quería hacerlo.

En el coche, me acomodé en el asiento del copiloto, envuelta en su camiseta —que me llegaba a medio muslo y olía a él— y en mi toalla todavía húmeda.

El aire que entraba por las ventanas despeinaba mi cabello, y sentía la piel tibia.

El cuerpo me pesaba, el día entero me pesaba, pero de esa manera agradable que te deja el cansancio feliz.

No recuerdo en qué canción me dormí.

Solo sé que, cuando abrí los ojos, el cielo estaba oscuro y el coche ya se había detenido. Nevan estaba saliendo del asiento del conductor y, lo primero que sentí, fue  tranquilidad. Ni sobresalto, ni alerta, ni tensión. Solo esa seguridad extraña que me provocaba estar cerca de él.

—¿Ya estamos? —murmuré, con la voz ronca por el sueño.

—Sí, dormilona —contestó él, con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Me estiré como una gata perezosa y bajé del coche con pasos torpes. Mi estómago rugió como un animal.

—Estoy muerta de hambre —confesé.

—Eso lo puedo arreglar —dijo Nevan mientras cerraba la puerta—. Pero solo tengo dos opciones: pasta o pasta recalentada.

—Mmm… sorpresa —susurré con media sonrisa.

Mientras caminábamos hacia la cabaña, nuestras manos se rozaron.

Y sin pensarlo, enredé mis dedos con los suyos.

Fue tan natural que ni me detuve a cuestionarlo.

Él la apretó con suavidad, como si ya estuviéramos acostumbrados a hacerlo.

Como si fuera lo más lógico del mundo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo ni estaba anticipando el desastre; solo caminaba junto a él, bajo el cielo estrellado, con la piel húmeda y el corazón en calma.

Entramos dejando atrás la noche tibia, todavía con el eco del agua en la piel.

—Vale, chef —dije, dejando caer la mochila—. Ilústrame. ¿Cuál es el menú cinco estrellas de esta noche?

Nevan se giró hacia mí con los brazos cruzados, muy digno, como si estuviera a punto de revelarme una receta secreta de familia.

—Hoy, señorita Morgan, tendrá el privilegio de degustar la más excelsa pasta recalentada del universo.

—¿Eso incluye salsa o también me vas a dar los fideos secos?

—Eh, hay salsa —levantó un dedo, como si eso lo redimiera de inmediato—. De bote, pero con amor.

—Dios mío —me llevé una mano al pecho, fingiendo escándalo—. Y yo que pensaba que me habías traído aquí para seducirme con alta cocina

—No, te traje para seducirte con mi encanto natural —dijo mientras abría la nevera, todavía con esa sonrisa suya de sinvergüenza profesional.

Rodé los ojos y me subí al banco de la cocina, balanceando los pies.

—Pasta recalentada...

—Podría haberte hecho un sándwich, ¿eh? Pero no, he decidido subir la apuesta.

—¿Subirla hasta el microondas?

—Hasta el cielo, bombón —me guiñó un ojo mientras sacaba un tupper que claramente había visto mejores días—. Aunque… —me miró con falsa sospecha—, ¿por qué no cocinas tú?

—Porque quemé una ensalada una vez —admití, encogiéndome de hombros—. No preguntes cómo. Fue un día duro.

Nevan se rió, esa risa grave que le salía del pecho. Empezó a calentar la comida mientras me ocupaba de sacar dos platos, cubiertos y algo que más o menos parecía queso.

—¿Te ayudo a remover o prefieres disfrutar de mi brillante conversación?

—Prefiero lo segundo —dijo señalandome con la cuchara de madera—. Quédate ahí y mírame hacer magia.

—Si la pasta explota en el microondas, juro que no me voy a reír.

—Mentira —me apuntó con la cuchara de nuevo, salpicando un poco de salsa en el suelo.

—¡Nevan! ¡Estás dejando gotear la salsa!

—¿Qué? ¿Esto? —y, como buen desgraciado, me apuntó con ella.

—¡Ni se te ocurra!

Me bajé del banco, pero no fui lo suficientemente rápida. La cuchara con salsa voló y me cayó en el hombro.

—¡Estás muerto! —grité entre risas, agarrando un trapo para vengarme.

Nos enredamos como críos; él intentando mancharme con la cuchara y yo intentando golpearlo con el trapo, hasta que acabamos los dos jadeando de la risa, medio doblados y con el suelo hecho un campo de batalla gourmet.

—Esto ha sido una agresión con tomate —dije.

—Lo siento, bombón, la pasión me domina en la cocina.

—Estás enfermo.

—Pero irresistible, ¿no?

—Eso es lo peor —resoplé—. Que sí.

Cenamos sentados en la barra, compartiendo un vino que encontramos de milagro, sin abrir.

Hablamos de cosas tontas —unicornios frente a dragones, la probabilidad de que los mapaches formaran una banda organizada de ladrones— y me sorprendí a mí misma sonriendo como una idiota.

Era pasta recalentada, había salsa en el suelo y probablemente ninguno de los dos sabía lo que hacíamos.

Pero estábamos bien. Él me miraba como si me viera de verdad. Y yo me sentía, por fin, en casa.

Ya casi habíamos terminado pero Nevan, con una ceja levantada y esa sonrisa torcida que siempre me decía que se venía una tontería, agarró la botella de vino y sirvió un poco más.

—Ya que hemos abierto el vino… —empezó, alzando su copa—. Toca noche de película.

Levanté una ceja, recostandome contra la silla, escéptica.

—¿En serio? ¿ Netflix and chill ? —dije, ladeando la cabeza con sorna—. Todos sabemos que eso nunca es para ver la película, Grayson.

Él puso cara de escándalo absoluto y se llevó una mano al pecho como si acabara de acusarlo del peor crimen del planeta.

—¡Qué opinión más fea tienes de mí, bombón! —exclamó con fingido dolor.

Me reí llevándome el vaso a los labios para ocultar la carcajada. Era imposible tomárselo en serio cuando hacía esas cosas.

—Pues mira, para que veas lo civilizado que soy… —dijo desapareciendo por el pasillo con paso teatral.

Lo escuché abrir y cerrar cajones en el baño mientras recogía la cocina. Lo que fuera que estuviera planeando no podía ser normal. Era Nevan, después de todo.

Cuando volvió, me quedé congelada. Tenía en la mano dos mascarillas faciales: una verde chillón y otra morada con purpurina. Y una sonrisa de lo más satisfecha.

—Cambio de planes. Es noche de skincare —declaró con orgullo.

Me atraganté de la risa. Me doblé sobre la encimera sujetándome el estómago. Las lágrimas me salían de tanto reírme.

—No… no puedo con esto —logré decir—. ¿Nevan Grayson… usando mascarilla facial? ¡Dios mío!

—Oye —replicó, alzando una ceja como si se sintiera insultado—. Tener la piel hidratada no quita lo rudo, bombón. El autocuidado también es cosa de hombres.

Y eso,  me encantó. No el chiste en sí, sino su falta total de complejos. Ese desparpajo con el que sostenía la purpurina como si fuera una medalla al mérito.

Lo miré con la sonrisa aún temblando en los labios.

—Vale, venga. Dame la morada —dije, estirando la mano.

—Sabía que no podrías resistirte —sonrió guiñandome un ojo.

Diez minutos después, estábamos sentados en la cama con las mascarillas puestas: él con la verde fosforescente y yo brillando como una bola de discoteca. Nos miramos y rompimos a reír otra vez. Estábamos ridículos pero felices.

Había algo liberador en esos momentos absurdos. En reírse hasta que doliera la barriga. En ver a alguien como Nevan, que por fuera parecía todo intimidante y caótico, estar tan cómodo en su propia piel. Y dejarme ser igual de libre.

Puede que no pusiéramos la película. O puede que la pusiéramos y ni la escucháramos. Pero esa noche, entre purpurina, vino y risas, no podía dejar de pensar que si esto era no complicarse, entonces quería más noches así. Muchísimas más.