Caminos Opuestos Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Mi pulso, que apenas empezaba a calmarse, volvió a dispararse. Sentí la polla latir con una fuerza bruta, presionando contra la tela húmeda de mis boxers hasta doler.

—No tienes por qué hacerlo si no quieres, bombón —dije, intentando sonar bajo control, mientras mi orgullo y mi instinto protector peleaban salvajemente contra el deseo de sentir su boca—. No me debes nada.

Ella sostuvo mi mirada, seria, firme, sin un solo pestañeo.

—Quiero hacerlo, Nevan. Te deseo tanto que me quema.

Una sonrisa torcida se me dibujó en la cara.

—¿Sí? —murmuré, apretando la mandíbula—. Entonces ponte de rodillas.

Aria obedeció sin dudar un solo segundo.

Se deslizó sobre la piedra húmeda y se arrodilló entre mis piernas.

La imagen que me ofreció me noqueó todos los sentidos: sus pechos erguidos y al aire, su piel brillando con las salpicaduras de la cascada, su melena rubia y empapada pegándose a su cuello.

Era una visión tan erótica que tuve que apretar los dientes para no agarrarla de la cabeza y metérsela entera de golpe.

Me incliné un poco, deslicé el pulgar por su labio inferior y presioné con suavidad hasta que su boca se entreabrió.

—Abre la boca, bombón… —ordené en un murmullo bajo, manteniendo un contacto visual inquebrantable.

Metí dos dedos en su cavidad cálida, sintiendo cómo su lengua blanda y húmeda los envolvía de inmediato, succionándolos con un ritmo lento y deliberado.

La forma en que me miraba desde abajo, con esa devoción, entrega y hambre, destruyó lo poco que me quedaba de paciencia.

Saqué los dedos despacio de su boca y me los llevé a los míos para lamer la humedad que había dejado en mi piel.

Un rubor intenso le encendió las mejillas, pero no apartó los ojos de los míos.

—Manos atrás —ordené con la voz rota.

Llevé las manos a la goma de mis bóxers y los bajé de un tirón, liberando mi erección.

Mi polla saltó libre, gruesa, erguida, latiendo a escasos centímetros de su rostro.

Vi cómo los ojos de Aria se abrían de par en par.

La pequeña sacudida de sorpresa al verme se transformó en cuestión de segundos en un deseo devorador.

Tragó saliva y esa transición me echó un bidón entero de gasolina al fuego.

—Mírame —dije, sujetando su barbilla con firmeza—. No bajes esos ojos verdes de los míos ni un segundo.

Enredé una de mis manos en su pelo húmedo, sujetándole la nuca, atrayéndola despacio.

Aria avanzó con cautela. Rozó el glande con la punta de la lengua, probando el sabor de mi piel y la gota de saliva de preseminal que asomaba por la hendidura.

Un escalofrío brutal me recorrió la espalda y me arrancó un gemido sordo.

Entonces se abrió de verdad.

Aria me envolvió con sus labios húmedos y cálidos, engullendo la cabeza de mi polla sin miramientos.

El choque del aire frío de la cueva con el calor abrasador de su boca fue un estallido de placer.

Empezó a lamer la corona con un movimiento circular de su lengua, jugando con la zona más sensible, antes de deslizar la boca hacia abajo, tragándome poco a poco.

—Joder, Aria —gruñí, echando la cabeza un milímetro hacia atrás antes de obligarme a mantener los ojos fijos en ella.

Su técnica al principio era precavida, pero aprendió a una velocidad escalofriante.

Empezó a succionar con fuerza, creando un vacío húmedo y apretado alrededor de mi tronco mientras su lengua trabajaba la parte inferior.

El sonido de su succión, ahogado por el ruido constante de la cascada, resonaba en mis oídos como la música más sucia del mundo.

—Más… —exigí, empujando con suavidad mis caderas hacia adelante hasta golpear el fondo de su garganta.

Aria dio una pequeña arcada, pero no se echó atrás. Acomodó la garganta, abrió más la boca y me acogió hasta la base. Sentir sus labios apretándose contra mí y su garganta contrayéndose alrededor de mi cabeza me hizo soltar un jadeo entre dientes.

—Eso es… que buena chica… —alabé con un gruñido cavernoso, empezando a marcarle un ritmo lento pero firme con la mano que tenía metida en su melena.

Una de sus brazos salió de su espalda para agarrarme la polla desde la base, ayudando a masajear el tronco que no cabía del todo,  mientras sus labios subían y bajaban.

Entraba y salía de su boca con un chasquido húmedo y constante.

Podía ver cómo sus mejillas se hundían con cada succión y cómo el brillo de su propia saliva embadurnaba toda mi piel, facilitando el movimiento.

Sus ojos verdes seguían fijos en los míos, brillando con una luz desafiante, disfrutando de ver cómo me desarmaba ante ella.

—Te gusta tenerme así, ¿verdad? —pregunté, perdiendo la poca cordura que me quedaba, empezando a embestir contra su boca con una urgencia que ya no podía contener.

Ella asintió frenéticamente, soltando un gemido ahogado contra mi. La vibración de su voz retumbó, enviándome una descarga que me hizo temblar las rodillas.

El ritmo se volvió salvaje. Mis caderas empezaron a chocar contra su rostro en un vaivén rápido y profundo.

La cabeza me daba vueltas. La imagen de Aria Morgan, la chica refinada, perfecta y distante, arrodillada en la piedra, con la cara llena de mi saliva, tragándose mi polla con devoción, me llevó directo al abismo.

El calor en mi vientre se convirtió en una bomba a punto de estallar. Mi pulso era un martillo neumático.

—Voy a correrme, bombón —advertí, apretando su pelo con la fuerza justa para fijarla de frente: avisando antes de perder el control del todo.

En lugar de apartarse o frenar, Aria apretó las mejillas, intensificó la succión y empezó a mover la lengua en frenéticos lametones contra mi frenillo. Y ese acto fue el tiro de gracia.

Un rugido salvaje brotó de lo más profundo de mi pecho, chocando contra las paredes de la gruta.

El placer estalló en mi pelvis en una serie de espasmos violentos y dolorosos, y me derramé de golpe en su boca.

Mi cuerpo se tensó como un arco mientras lanzaba chorro tras chorro espeso y caliente directo contra su garganta.

Aria no se apartó. No cerró los ojos. Mantuvo la mirada clavada en mí mientras yo convulsionaba; y la vi tragar. Una, dos, tres veces, encajando cada descarga de mi orgasmo, tragándose todo hasta no dejar ni una sola gota, antes de lamer con cuidado el glande para limpiar lo que quedaba.

Cuando me soltó, se retiró despacio. Tenía los labios hinchados, brillantes de saliva y semen, y la boca entreabierta para tomar aire. Una sonrisa de pura satisfacción y descaro se le dibujó en el rostro. Se pasó la lengua por el labio inferior, saboreándome.

—Mmm… no pensé que fuera a gustarme tanto —confesó, con una voz ronca que me puso los pelos de punta.

Nuestra mirada se cruzó y solté una risa baja, todavía jadeando, impresionado y rendido. La tomé de la barbilla con suavidad y la obligué a ponerse en pie.

—Bombón… eres jodidamente perfecta —murmuré contra su boca.

La atraje hacia mi pecho y la envolví entre mis brazos con una fuerza casi desesperada.

La pegué a mí, sintiendo su cuerpo desnudo y húmedo temblar contra el mío.

La besé. Un beso lento, profundo, donde saboreé mi propio sabor mezclado con la dulzura de su saliva.

No había prisa, ni voracidad depredadora en ese contacto; era un beso cargado de una ternura tan brutal que me dejó desnudo por dentro.

Y ahí, con el agua de la cascada resonando a nuestro alrededor y su corazón latiendo a ras del mío, me golpeó la verdad.

Esto no era solo sexo. No era solo la adrenalina de la gruta, ni las ganas acumuladas, ni la lujuria salvaje de dos cuerpos buscando alivio.

Había algo más. Un peso en el pecho, un nudo en la garganta, una necesidad enferma de protegerla y de no soltarla jamás.

Algo que se sentía demasiado real y profundo.

Y ese algo me aterraba.

Porque no vine a este lugar para no sentir nada.

Yo era un desastre, una tormenta que lo rompía todo.

Y sin embargo, cada vez que la tenía así, entregada y vulnerable entre mis brazos, el resto del mundo dejaba de existir.

No era la lujuria lo que me estaba atrapando, era ella.

Aria. Me odié a mí mismo en ese instante, porque sabía que si me dejaba caer del todo en sus redes, si le entregaba el control, ya no habría vuelta atrás. Si ella me dejaba, me destruía.

Pero no la solté. No pude. Apreté el agarre alrededor de su cintura, hundiendo el rostro en su cuello mojado, jugando con fuego. Sabiendo con certeza que ya me estaba quemando vivo, pero siendo incapaz de huir.