Caminos Opuestos Capítulo 36
48%

Capítulo 36

Nevan

—¿Nos metemos? —pregunté, quitándome la camiseta de un tirón y lanzándola sobre una roca mojada.

Aria ya se había deshecho de las mallas y el body, quedando solo con su conjunto de encaje, dos piezas diminutas que se le pegaban a la piel como una segunda capa.

No necesitaba provocar; solo existía y el deseo me golpeaba en el estómago como un puñetazo.

Me miró con esa sonrisa socarrona, ese desafío silencioso, antes de zambullirse sin pensárselo dos veces.

El grito que soltó al tocar el agua fría me hizo reír, un sonido que se perdió bajo el estruendo de la cascada.

—¡Está congelada! —chilló, salpicando agua hacia mí con energía.

Grité antes de lanzarme detrás de ella, sumergiéndome hasta el fondo.

El impacto del agua fue un choque brutal, un frío que me recorrió la columna y me reinició por dentro.

Nadamos, bromeamos, y la vi relajarse, dejarse llevar por la corriente y por la complicidad que empezaba a arder entre nosotros.

Me acerqué a ella, nadando hasta quedar a escasos centímetros, con el agua hasta el pecho y el pulso disparado.

—Ven conmigo. Quiero enseñarte algo —dije, con la voz cargada de una intención que no intenté ocultar.

Me miró con esa mezcla de desconfianza divertida y curiosidad que tanto me gustaba.

—¿Y si me estás llevando a mi muerte?

—Entonces será una muerte bonita —le guiñé un ojo, ofreciéndole la mano, la única forma de anclarme a la realidad.

La tomó sin dudar. Nadamos hasta quedar justo debajo de la cortina de agua. El estruendo era ensordecedor, una barrera líquida que nos aislaba del resto del mundo. Apreté su mano y la guié al otro lado. Traspasar la cascada fue como atravesar una frontera.

La gruta se abría ante nosotros como un secreto guardado durante siglos. El agua en calma reflejaba los haces de luz dorada y azulada que atravesaban las grietas del techo, bañando la piedra húmeda y creando un ambiente casi sagrado. Pero lo único que para mí tenía valor en ese lugar era ella.

—Nevan… —susurró sin aliento, con los ojos bien abiertos contemplando el refugio.

Me quedé mirándola. Dios, era una visión perfecta.

El agua helada resbalaba por su piel, empapando su ropa interior hasta volverla transparente, pegándose a cada una de sus curvas y marcando la línea firme de sus caderas, el contorno tenso de sus pezones endurecidos por el frío.

Y yo no había olvidado ni una sola de las promesas que nos dejamos a medias.

Me acerqué despacio, cortando la distancia hasta que su aliento cálido chocó contra mi pecho. Mis manos, ardiendo de impaciencia, encontraron su cintura. Ella no retrocedió, dio un paso al frente, apretando su cuerpo contra el mío en una entrega silenciosa que me borró los esquemas.

—Aria… —murmuré, con la voz rota, la garganta seca—. No he dejado de pensar en tu boca, en tus gemidos, en cómo te deshiciste en mis manos. Y ahora que no hay nadie que pueda oírnos, voy a terminar lo que empezamos.

Se mordió el labio inferior, un gesto provocador que destruyó el último hilo de mi cordura.

—Entonces no me hagas esperar —susurró, mirándome directo a los ojos.

No necesité más. La atraje hacia mí con un tirón firme y aplasté mis labios contra los suyos.

El beso no fue suave, fue una colisión de deseo retenido.

Su respuesta fue inmediata, feroz, enredando las manos en mi pelo mojado para pegarme más a ella, abriendo la boca para dejarme entrar.

El agua alrededor de nuestros cuerpos parecía hervir con el calor que desprendíamos.

La levanté en brazos sin romper el beso.

Aria rodeó mi cintura con sus muslos y el roce directo de su entrepierna contra la mía, contenida apenas por la tela mojada de mis boxers, envió una descarga eléctrica directo a mi pelvis.

La llevé hasta una roca plana y alta que sobresalía del agua y la senté con cuidado, aunque sin dejar de acosar sus labios, devorándola.

Deslicé los pulgares por el borde de su braga de encaje empapada.

Sentí cómo su abdomen se contraía bajo mi tacto, cómo sus muslos se tensaban anticipando lo que venía.

No fui delicado con la tela: la bajé con un movimiento firme y fluido, arrastrándola por sus piernas hasta dejarla caer al agua, dejándola expuesta ante mí.

Abrí sus piernas despacio, apoyando mis manos en la parte interna de sus rodillas para obligarla a hacerlo del todo. Estaba preciosa. Temblando, erizada por el contraste del aire fresco y el fuego que la consumía por dentro.

—Mírame —ordené en un gruñido bajo.

Aria obedeció, con los ojos nublados por el deseo.

Deslicé la mano entre sus piernas, buscando su centro.

Su humedad era líquida, abrasadora, una mezcla de agua y su propio deseo acumulado.

Cuando mi pulgar rozó su clítoris, hinchado y sensible, un gemido agudo y ahogado rebotó contra las paredes de la cueva.

—Joder, Aria… estás ardiendo —murmuré, acariciándola con círculos lentos y precisos.

—Nevan, por favor… —suplicó, clavando las uñas en mis hombros, echando la cabeza hacia atrás mientras su espalda se arqueaba sobre la piedra.

No quise apresurarme. Necesitaba que lo sintiera todo, que cada segundo se le grabara en la memoria.

Bajé la cabeza y atrapé uno de sus pezones entre mis labios, succionando a través de la tela mojada de su sujetador antes de apartarla con la boca para probar su piel desnuda.

Mordisqueé la aureola con suavidad mientras mi mano abajo aumentaba la presión.

Introduje un solo dedo en su interior, despacio, sintiendo la estrechez deliciosa que me oprimía. Aria soltó un jadeo sordo y apretó sus muslos alrededor de mi mano.

—Eso es… —le dije contra su cuello, besando el punto donde su pulso martilleaba como un loco.

Empecé a mover ese dedo dentro de ella, entrando y saliendo con un ritmo constante, hondo, mientras mi pulgar no dejaba de presionar ese pequeño bulto que la hacía temblar. Sentía cómo su interior se contraía en oleadas alrededor de mi, reclamando más espacio, más fuerza.

Deslicé un segundo dedo, abriéndola un poco más. Aria soltó un grito que se perdió en el rugido constante de la cascada a nuestro lado. Sus caderas empezaron a buscar mi mano con desesperación, empujando hacia abajo, exigiendo una velocidad que estaba ansioso por darle.

—Más… no pares, Nevan, más…

Me aparté de su pecho y bajé por su cuerpo. Besé su vientre plano, lamiendo las gotas de agua que reposaban en su ombligo, sintiendo los espasmos involuntarios de sus músculos bajo mi boca. Me acomodé entre sus piernas abiertas y hundí el rostro en su entrepierna.

El olor a ella, mezclado con la humedad de la gruta, me volvió completamente loco.

Puse las manos en la parte posterior de sus muslos, sujetándola con firmeza para que no pudiera escapar, y pegué la lengua justo sobre su clítoris.

Aria dio un brinco en la roca, un temblor que le recorrió desde los pies hasta la cabeza.

Empecé a lamerla con pasadas largas y hambrientas, desde abajo hacia arriba, saboreando cada gota de su excitación.

Al mismo tiempo, mis dos dedos reanudaron su camino dentro de ella, buscando un ritmo frenético, curvándolos con delicadeza hacia arriba para llegar a ese punto interno que la hacía perder el juicio.

—¡Nevan! —gritó, con la voz rota, enredando los dedos en mi pelo no para alejarme, sino para aplastarme más contra ella.

Aumenté la velocidad. Mi lengua trabajaba sobre su punto más sensible con una precisión voraz, alternando succión fuerte con lametones rápidos, mientras mis dedos entraban y salían hondo, marcando un compás salvaje.

Podía sentir el pulso de su sexo latir contra mi boca, la tensión acumulada en sus muslos que apretaban mi cabeza con una fuerza brutal.

Estaba al límite, a punto de romperse en mil pedazos.

—Tan perfecta para mí —gruñí contra su piel húmeda, aumentando el ritmo de mi boca hasta volverlo implacable.

El cuerpo de Aria se tensó como una cuerda a punto de quebrarse. Sus gemidos ya no eran frases, eran jadeos cortados, llantos de placer. Se arqueó tanto sobre la roca que solo sus hombros y sus caderas tocaban la piedra.

Y entonces estalló.

Los músculos de su vagina se contrajeron alrededor de mis dedos, aprisionándolos con una serie de espasmos intensos y continuos.

Un grito desgarrador, lleno de rendición y éxtasis, resonó por toda la gruta.

Sus piernas me apretaron el cuello con una fuerza casi salvaje mientras las olas de su clímax la sacudían una y otra vez, derramando su calor en mi boca.

No me retiré. Me quedé allí, tragándome cada uno de sus espasmos, lamiendo despacio la zona sensible, mientras su orgasmo se iba apagando poco a poco y su respiración volvía a ser una serie de inhalaciones convulsivas.

Cuando sus muslos finalmente cedieron y cayeron relajados a los lados, saqué los dedos muy despacio y me erguí.

Tenía el rostro húmedo, el pecho agitado y los ojos fijos en ella.

Aria estaba tumbada sobre la roca, con los ojos entreabiertos y brillantes, los labios hinchados y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido millas.

Subí despacio sobre ella, dejando besos suaves en la cara interna de sus rodillas, en la ingle, en las costillas, hasta llegar a su rostro.

La tomé de las mejillas y la besé. Un beso lento, profundo, donde ella pudo saborearse a sí misma en mis labios.

No había prisa en ese contacto, solo una intimidad abrumadora que nos envolvía mientras el agua de la cascada seguía cayendo a nuestro alrededor, ajena por completo al incendio que acabábamos de desatar.

Aria se apartó apenas unos milímetros. Sus ojos verdes, oscuros y encendidos como dos brasas en medio de la penumbra de la gruta, se clavaron en los míos con un destello de pura malicia. Tenía los labios hinchados, rojos por mis besos, y el pecho agitado.

—Ahora me toca a mí… —susurró. Su voz, grave y raspada por el placer que acababa de sentir, me atravesó la columna como una corriente eléctrica.