Caminos Opuestos Capítulo 35
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Capítulo 35

Nevan

El motor del coche rugía suave bajo nuestros pies mientras el paisaje se abría a ambos lados como una acuarela viva: colinas verdes, árboles en pleno esplendor y un cielo abierto que parecía no tener fin.

Las ventanas estaban bajadas y el aire fresco entraba con fuerza, despeinando todo a su paso.

Por un momento, el resto del mundo dejó de existir.

Aria tenía los pies descalzos sobre el salpicadero, con las uñas pintadas de un rosa suave que combinaba bien con su body y el lazo que aún sujetaba su moño desordenado.

Tenía el móvil en la mano, repasando playlists con el ceño fruncido.

Estaba concentrada, pero mantenía esa media sonrisa traviesa que me tenía jodido.

—Estás tardando demasiado en elegir —dije, sin quitar los ojos del camino—. El mundo necesita tu sabiduría musical, Morgan.

Ella soltó una carcajada suave.

—Estoy buscando algo que nos defina. Una canción que sea nuestra.

—¿Nuestra? ¿Tenemos un himno ya? —pregunté, arqueando una ceja con ironía—. Joder, esto va más rápido de lo que creía.

—Cállate —soltó, sin poder ocultar la sonrisilla que le curvaba la boca. De repente, la música empezó a sonar.

Reconocí la melodía al instante. Era Belong Together , de Mark Ambor.

—Mark Ambor —asentí con aprobación—. No está nada mal, bombón. Me sorprendes.

—¿Te gusta? —preguntó, observándome con curiosidad.

—Tiene ritmo. Y letra. Lo tiene todo —contesté encogiéndome de hombros—. Un nueve de diez. Le falta un solo de guitarra eléctrica para ser perfecta.

Aria rodó los ojos.

—Siempre tan rockero.

Subió el volumen y empezó a cantar. No de forma espectacular, no buscando impresionarme, si no con esa voz natural, libre, un poco ronca por la risa, pero dulce. Cantaba como si no hubiera nadie más en el mundo, dejando que el viento se llevara las notas.

Me giré apenas un segundo para mirarla. El pelo alborotado por el viento, las mejillas sonrosadas, los labios moviéndose con la letra. Joder, era guapísima. Pero más que eso, se la veía feliz. Libre.

—¿Sabes qué? —dijo, interrumpiendo su canto para mirarme con los ojos llenos de chispa—. Esta canción nos pega bastante.

—¿Ah, sí? —lancé una mirada divertida, sin dejar de prestar atención a la carretera.

—Sí —insistió, como si fuera lo más obvio del mundo—.

Porque es sencilla, pero lo dice todo. No hace falta complicarlo.

Habla de estar bien con alguien aunque no tengas mucho.

De que hay días grises, pero si estás con la persona adecuada, todo se siente bien igual.

Como el té helado en verano. Como... nosotros.

Me giré a mirarla un segundo, sin poder evitarlo. Tenía la mirada fija en la carretera que se desplegaba frente a nosotros, pero una sonrisa suave le curvaba los labios. Y en ese instante, lo entendí. No era una declaración grandilocuente. Era algo simple. Honesto. Real.

—¿Así que ya tenemos canción oficial? —pregunté con una sonrisa.

—Lo decreté hace cinco segundos. No se admiten réplicas —sentenció levantando un dedo.

—¿Y qué pasa si quiero renegociar el contrato?

—Lo siento, Grayson, ya está decidido —sentenció arrastrando las palabras con tono burlón.

Solté una carcajada, sin poder evitarlo. Nos miramos apenas un segundo, pero fue suficiente. No hacía falta decir más. Subimos el volumen y empezamos a cantar juntos, desafinando, riendo, interrumpiéndonos y chocando las manos en el aire como si fuéramos adolescentes en plena road trip veraniega.

El coche traqueteaba un poco al meterse por el camino de tierra.

Bajé la velocidad y busqué un sitio donde aparcar entre los árboles, al final de una pequeña curva rodeada de maleza.

El aire olía a pino y tierra húmeda. Cuando el motor se apagó, solo quedó el canto de los pájaros y el sonido lejano del agua corriendo. Me giré hacia ella.

—A partir de aquí, hay que seguir a pie —avisé.

—¿A pie? —Aria me miró con una ceja alzada, aunque ya estaba quitándose el cinturón.

—Sí, pero te prometo que valdrá la pena.

Sonrió, se bajó del coche descalza —por supuesto, seguía sin zapatos— y abrió el maletero para sacar nuestras mochilas. Se la colgó al hombro y me lanzó una mirada llena de expectación.

—¿Esto es rollo excursión romántica o aventura en plan supervivencia? —preguntó divertida.

—Depende de si te caes al río —dije empezando a andar.

—Tranquilo, Tarzán. Si me caigo, te arrastro conmigo —respondió riendo.

Durante todo el camino fue canturreando Belong Together .

A ratos la tarareaba bajito, otras veces improvisaba una coreografía ridícula entre los arbustos, y en un momento, subió a un tronco caído como si estuviera en un escenario.

Me reí en voz baja, negando con la cabeza.

Qué bien se sentía verla así. Como si el mundo fuera fácil por un rato.

Cada salto suyo, cada sonrisa que me lanzaba por encima del hombro, me removía algo muy dentro.

Esta Aria era la que solo algunos conocían. La real.

—Deberías venir más seguido por aquí —dije en un momento mientras esquivamos un arbusto bajo.

—¿Por qué? ¿Para practicar el parkour forestal? —bromeó.

—No —sonreí—. Porque me encanta verte feliz.

Ella se giró apenas, y vi cómo sus mejillas se encendían. No dijo nada, pero el ritmo de su canto bajó, como si mis palabras se le hubieran quedado grabadas.

Después de unos minutos más, el camino se abrió entre los árboles.

El sonido del agua se volvió más fuerte, más presente.

Le hice una seña para que avanzara primero.

Y cuando dio el último paso y se detuvo de golpe, supe que había acertado.

Frente a nosotros, se alzaba una cascada imponente.

El sol se colaba entre las hojas, haciendo que el agua brillara como si tuviera miles de cristales flotando.

—¡Pero qué…! —soltó un grito agudo de emoción, se llevó las manos a la cara y luego giró hacia mí—. ¡Nevan! ¡Esto es precioso!

Su cara, su expresión, su voz cargada de ilusión, todo en ella me enterneció.

—Te dije que valía la pena el paseo—dije cruzándome de brazos con una sonrisa satisfecha.

Aria no respondió de inmediato. Caminó unos pasos más, sin dejar de mirar la cascada. Luego se quitó la mochila y giró hacia mí..

—Vale, Grayson. Lo reconozco. Esto es mágico.

—Lo sé —le guiñé un ojo, dejando mi mochila en el suelo—. Como tú, bombón.

Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar la sonrisa. Y ahí estábamos. Dos idiotas en mitad del bosque. Sin cobertura. Sin distracciones. Solo naturaleza, agua, cielo y nosotros. Y, joder, no necesitaba nada más.