Capítulo 34
Nevan
El agua helada caía por mi cuerpo, recorriendo cada músculo en un intento desesperado por apagar el incendio que aún ardía en mi interior.
Pero era inútil. Cada gota se deslizaba por mi piel incapaz de alcanzar el calor que llevaba dentro.
Mi polla seguía erguida, latiendo con una fuerza que dolía, reclamando el alivio que le había negado en la cama.
Mi respiración era pesada, descontrolada, y mi cabeza no hacía más que proyectar imágenes de anoche.
Cerré los dedos alrededor de ella y empecé a masturbarme con brusquedad, apretando con la fuerza de quien intenta sacarse una obsesión del cuerpo.
Aria debajo de mí, con los labios entreabiertos, los ojos verdes nublados de placer, la respiración entrecortada.
Sus gemidos rompiendo el silencio cada vez que mi lengua encontraba su punto exacto, cada vez que mis dedos la empujaban más alto.
La forma en que se arqueaba contra mí, buscando más, suplicando sin decir palabra, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante.
La sentí llegar al clímax en mi boca, los muslos tensándose alrededor de mi cabeza, y todavía podía saborearla en mi lengua, dulce y adictiva, como un veneno.
Aceleré el ritmo de mi mano, friccionando mi piel con desesperación bajo el chorro de agua.
Verla perder el control, sentir cómo se estremecía mientras la sujetaba para que no se moviera fue demasiado.
No esperaba que saliera del baño con la toalla puesta, mirándome como si supiera con certeza el efecto que tenía sobre mí, y soltara esa bomba que me dejó sin palabras.
La deseaba de una forma desesperada. Cada célula de mi cuerpo parecía haberse alineado alrededor de ella, como si Aria Morgan fuese un imán y no tuviera más opción que caer de cabeza en su órbita una y otra vez.
La besé como si no hubiera un mañana, como si llevara años esperando poder hacerlo.
Y cuando me pidió más, cuando me rogó por más, tuve que contenerme para no meterme dentro de ella y follármela en ese mismo instante.
Pero no quería que con Aria fuera rápido, que fuera un polvo más.
Necesitaba explorarlo todo. Cada rincón.
Cada sonido que emitiera de su garganta.
Hacerla temblar de mil maneras diferentes. Y eso, no se hace en una sola noche.
Apreté los dientes y cerré los ojos con fuerza, aumentando la velocidad de mis embates hasta que los nudillos me dolieron.
Me imaginé empujando dentro de ella, sintiendo su estrechez abrazándome y su voz suplicando mi nombre.
Un gruñido sordo se me escapó del pecho justo cuando el clímax me golpeó de lleno, tensando mi abdomen y haciéndome temblar entero mientras me corría con fuerza.
Apoyé la frente contra la pared de azulejos, respirando a bocanadas, dejando que el agua helada siguiera cayendo sobre mi espalda mientras mi pulso intentaba volver a su sitio.
El agua seguía cayendo, pero la presión en mi pecho no terminaba de desaparecer.
Porque algo en mí sabía que esto no iba a quedarse solo en lo físico, y esa idea me asustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando por fin cerré el grifo y salí, estaba algo más tranquilo o, al menos, lo suficiente como para no volverme loco cada vez que la mirara.
Me pasé la toalla por el pelo, me puse una camiseta negra de tirantes que se pegaba a mi torso y unos pantalones de chándal grises.
Sí, eran parte de mi uniforme oficial a estas alturas. Y no, no pensaba cambiarlos.
Salí del baño y la vi. Aria estaba sentada en la cama, con las piernas dobladas bajo su cuerpo, mirando por la ventana que daba al lago.
La luz suave de la mañana acariciaba su perfil, resaltando la curva delicada de su nariz, la forma suave de sus labios, la piel lisa de su cuello.
Su melena rubia caía en ondas naturales y algo rebeldes por su espalda, sin planchar, sin moldear, sin toda esa perfección calculada con la que solía mostrarse.
Un pequeño lazo rosa sujetaba una media coleta, dejando su rostro despejado y exponiendo esas malditas pecas que siempre me parecían un mapa secreto.
Era preciosa. De una manera que ni ella entendía. Aria Morgan había pasado toda su vida intentando encajar en un molde que no le pertenecía: siempre maquillada, impecable, vestida según las exigencias de su madre, de la prensa, de esa jodida sociedad que la había puesto en una vitrina.
Pero esta Aria, la que tenía delante, con la piel limpia y radiante, las constelaciones de pecas sobre su nariz y mejillas, el cabello suelto y salvaje; era perfecta. Y lo peor es que no se valoraba ni la mitad de lo que debería.
Y aún así no podía mirarla sin querer mucho más que contemplarla.
Me imaginé cruzando la habitación y tirándola con suavidad sobre el colchón, viendo su melena dorada desparramarse por las sábanas mientras me miraba con esos ojos verdes que podían arrancarme el alma.
Imaginé sus labios, suaves y rosados, recorriéndome, soltando un gemido bajo cuando enredara los dedos en su pelo para marcarle el ritmo.
Quería sentirla así, arrodillada frente a mí, mirándome mientras me llevaba al borde. Quería apretar su melena entre mis manos y que no apartara esos malditos ojos verdes de mí mientras me devoraba entero.
La ternura y la lujuria me golpeaban al mismo tiempo, y era una combinación peligrosa. Porque no solo la quería en mi cama si no en cada rincón de mi vida, aunque eso fuera justo lo que me había prometido evitar.
—¿Vas a quedarte ahí babeando o vas a decir algo? —preguntó ella con una sonrisa divertida.
Su voz me sacó del trance. No me había dado cuenta de que se había girado hacia mí. Pero había algo más en su mirada. Algo más suave, más abierto.
Sonreí, apoyándome en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—Solo estoy disfrutando de la vista, Morgan —respondí con tono juguetón.
Ella rodó los ojos, pero sus mejillas se tiñeron de un leve rosa.
Punto para mí.
—Cállate, Grayson
Me reí y avancé hasta la cama, sentándome a su lado. Su perfume me envolvió al instante, esa mezcla dulce y suave que siempre la acompañaba. Vainilla, flores… y algo que era solo de ella.
—¿En qué piensas? —pregunté, inclinando la cabeza para mirarla de cerca.
Ella suspiró y su expresión cambió. Bajó la mirada a sus manos, que jugaban con un hilo suelto de la colcha.
—No lo sé —admitió—. Creo que en todo. En nada.
—Vaya, qué respuesta más elocuente—ironicé, recibiendo un codazo en las costillas a cambio. No me quejé, solo sonreí—. ¿Pensando en lo bien que estuve anoche? Porque te veo muy en tu mundo, bombón.
Ella bufó, girándose para mirarme con una mueca divertida.
—¿Siempre tienes que ser tan creído? —preguntó arqueando una ceja.
—Cuando es verdad, es verdad —me encogí de hombros.
Ella negó con la cabeza, riendo. Y joder, eso hizo que algo se asentara en mi pecho. Como si todo estuviera bien por un segundo.
Volvió a mirar por la ventana, su expresión suavizándose de nuevo.
—Gracias, Nevan —dijo de repente, en voz baja.
Fruncí el ceño, confundido.
—¿Por qué? —pregunté.
Sus ojos se encontraron con los míos, y por primera vez en mucho tiempo, parecía del todo tranquila.
—Por traerme aquí. Por hacerme recordar lo que se siente al ser yo —confesó.
Sentí un pequeño nudo en la garganta, pero lo disimulé.
—Esto solo acaba de empezar, Morgan —dije, sintiendo cómo me miraba con una curiosidad nueva, como si estuviera descubriendo quién era yo.
Desayunamos con calma, con el sonido del bosque y la luz de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la casa. Aria estaba pensativa mientras terminaba su café.
—Nevan —dijo al fin, mirándome con determinación y suavidad—, me apetece ir a la sala de baile. Sola. Necesito un momento conmigo misma, ¿sabes? Para despejar la cabeza.
Asentí, comprendiendo a la perfección lo que necesitaba.
—Claro —respondí, dedicándole una expresión tranquila—. Yo aprovecharé para dar una vuelta por los alrededores. Hace un día demasiado bueno para quedarse encerrado.
A lo largo de la mañana, mi teléfono sonó varias veces.
Siempre el mismo nombre en la pantalla: Mamá .
No contesté. No porque la odiara; no era eso.
Era más bien esa mezcla de resignación amarga que uno aprende a cargar con los años.
Porque cuando era un niño y la necesitaba, no estuvo.
No me abrazó cuando me rompía, no me escuchó cuando gritaba sin voz, no me vio y, ahora de adulto, ya no quería saber nada de su mundo.
Me había enseñado, a la fuerza, a vivir sin ella.
Y lo estaba haciendo bien. No necesitaba cenas ni disculpas vacías. Solo quería paz.
Después de mi paseo, fui a buscar a Aria.
La encontré en la sala de baile, con las ventanas abiertas y la brisa suave moviendo las cortinas.
Llevaba un body rosa claro y unas mallas ajustadas que abrazaban cada curva, marcando la forma perfecta de su cuerpo.
El moño alto, recogido deprisa, estaba sujeto con su habitual lazo rosa, y las mejillas sonrosadas por el esfuerzo hacían que sus pecas resaltas en todavía más sobre su piel algo húmeda.
Me acerqué sin que me oyera, despacio, hasta que, al girarse, la sujeté por la cintura y la atraje hacia mí. No dije nada. No lo pensé. Solo la besé.
Se tensó un segundo, sorprendida, pero se derritió casi al instante. El beso no fue suave; fue profundo, urgente. Mis manos bajaron por su espalda hasta su culo, apretando con fuerza mientras la atraía más contra mí.
Soltó un gemido ahogado contra mi boca, y ese sonido me hizo perder el poco control que me quedaba.
La agarré con más firmeza, mis dedos marcando su piel por encima de la tela, y en un movimiento rápido la alcé del suelo.
Sus piernas se enroscaron con naturalidad alrededor de mi cintura, y pude sentir el calor de su centro rozando contra mí, incluso a través de la ropa.
Caminé hacia la mesa sin dejar de besarla, y la senté sobre ella de un empujón suave, pero decidido.
Mis manos viajaron por sus caderas, su cintura, subiendo a sus costados para rozar la curva de sus pechos por encima del body.
Ella me tiraba del pelo, hundiendo la lengua en mi boca como si quisiera devorarme, y yo respondí con la misma hambre, sujetándola contra mí para que no se apartara ni un milímetro.
La presión de sus piernas apretadas alrededor de mi cintura, su respiración caliente en mi boca, sus manos recorriéndome… todo me pedía que la empujara sobre la mesa y la hiciera mía ahí mismo, sin remordimientos, sin pensar en nada más. Estuve a un suspiro de hacerlo. Pero me obligué a frenar.
Separé apenas mis labios de los suyos, nuestras frentes pegadas, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón.
—Si seguimos, no voy a poder parar, bombón —susurré con la voz rota, la mirada fija en esos ojos que me estaban matando.
Ella sonrió mordiéndose el labio y aflojó la presión de sus piernas, aunque sus manos siguieron en mi cuello, como si no quisiera soltarme del todo. Me aparté un paso, sabiendo que no era el final, sino solo una pausa y, que la próxima vez, no iba a contenerme.
—Vaya… no me lo esperaba —dijo con una risita, todavía un poco agitada.
Sonreí, acercándome lo suficiente para rozar su nariz con la mía.
—Eres bastante irresistible, bombón —aseguré.
Soltó una carcajada y me dio un empujón suave en el pecho.
—Venga ya, estoy sudada y tengo el pelo hecho un desastre —protestó.
—Y aun así eres la mujer más guapa que he visto en mi vida —repliqué sin apartar la mirada.
Se sonrojó. Esa tonalidad rosa que subía por su cuello y encendía sus mejillas me hizo apretar los dientes para no volver a besarla al momento. No dije nada más, solo la miré, como si tenerla delante bastara para todo.
—Esta tarde no tenemos planeado nada —dije en voz baja, apartándole un mechón de pelo que se había escapado del moño—. Así que estaba pensando en secuestrarte un rato.
Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—¿Y a dónde me vas a llevar, Grayson? —preguntó.
Me incliné un poco más, dejando mi voz casi en un susurro contra su oído.
—A un sitio donde nadie nos interrumpa y donde pueda seguir lo que acabamos de dejar a medias.
Ella me miró con esa sonrisa traviesa que me mataba.
—Suena tentador —admitió.
—Créeme, bombón… —murmuré, sintiendo cómo la anticipación me recorría el cuerpo— lo será.