Caminos Opuestos Capítulo 33
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Capítulo 33

Nevan

Recuerdo

El suelo de madera de la sala de baile crujía cada vez que Aria apoyaba el pie, pero ella ni se daba cuenta.

Estaba metida en su burbuja. Tenía once años y llevaba el pelo recogido en un moño alto que ya se estaba desarmando de tanto moverse.

Tenía la frente brillante por el sudor y las mejillas muy coloradas, concentrada al máximo en intentar hacer un paso raro, una especie de giro rápido con una parada en seco que su profesora le había mandado practicar.

Yo estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del fondo, con las piernas estiradas y mi libreta vieja sobre las rodillas.

Se suponía que estaba dibujando, pero la verdad es que llevaba un buen rato con el lápiz quieto, mirándola embobado.

Me parecía increíble cómo era capaz de moverse así.

Cuando bailaba, Aria no se parecía a ninguna de las niñas del colegio ni del campamento; parecía flotar, y tenía una fuerza en los ojos que me dejaba atontado. No podía apartar la vista de ella.

De repente, la puerta de la sala se abrió y asomó la cabeza Lucas, uno de mis amigos de la cabaña.

—¡Oye, Nevan! —me llamó en un susurro alto—. Vamos a las canchas a echar un partido de baloncesto, faltan dos para completar los equipos. Vente, anda.

Dejé el lápiz sobre el cuaderno y lo pensé un momento. Miré a Lucas y luego volví a mirar a Aria, que se había detenido en seco al escuchar la voz y nos observaba desde el centro de la pista.

—Vete si quieres, Nevan —dijo ella, encogiéndose de hombros mientras se secaba el sudor de la frente con la manga—. No quiero aburrirte aquí dentro. Al final solo me estás viendo fallar el mismo paso una y otra vez.

Me giré hacia la puerta y miré a Lucas, teniéndolo muy claro.

—Id vosotros —dije, haciéndole un gesto con la mano—. Jugamos en otro momento, es que ahora mismo no me apetece mucho correr.

Lucas arrugó la nariz, de menos humor, pero asintió y cerró la puerta de golpe. Me quedé a solas con ella otra vez. Aria dio un par de pasos hacia mí, mirándome con una expresión extrañada, a medio camino entre la sorpresa y la confusión.

—¿Por qué no has ido con ellos? —preguntó, ladeando la cabeza—. Te encanta el baloncesto. Te vas a aburrir como una ostra aquí metido viendo cómo me peleo con la música.

—Que no, pesada —respondí, soltando una risa floja y cruzándome de brazos—. Ya te lo he dicho un montón de veces: yo nunca, jamás de los jamases, me aburro contigo. Eres mi mejor amiga, Aria. Prefiero mil veces quedarme aquí.

Al escucharme, Aria abrió un poco más los ojos y sus mejillas se tiñeron de un color rosa todavía más intenso que el del cansancio. Desvió la mirada hacia el suelo, tímida, y caminó a pasos rápidos hacia el radiocasete para volver a encender la música.

El piano volvió a sonar por los altavoces de la sala. Aria se colocó en posición, respiró hondo e intentó de nuevo el dichoso giro. Pero, al llegar al final, el tobillo se le volvió a doblar un poco y perdió el equilibrio, teniendo que dar un pisotón feo contra el suelo para no acabar de rodillas.

—¡Uf! ¡Es imposible! —bufó con una frustración tremenda, tapándose la cara con las manos.

Me dio mucha pena verla así, tan agobiada por algo que se suponía que debía hacerla disfrutar. Dejé la libreta en el suelo de golpe, me levanté y caminé decidido hacia ella.

—A ver, Morgan, para ya —dije, apartándole las manos de la cara con cuidado—. No te comas la cabeza, que se te va a derretir el cerebro. Seguro que te saldrá genial pero, ahora mismo, estás tan enfadada que no vas a conseguir nada. Déjalo un rato.

Me acerqué al equipo de música, saqué el CD de música clásica aburrida que tenía puesta y busqué entre los discos del campamento uno que tuviera canciones mucho más movidas, algo de pop con mucho ritmo que ponían en las fiestas nocturnas.

Le di al play y la música empezó a retumbar con fuerza por toda la estancia.

Aria se dio la vuelta y me miró como si me hubiera vuelto loco, sin tener la más remota idea de qué narices estaba intentando hacer.

—¿Pero qué haces, Nevan? —preguntó, soltando una pequeña risa nerviosa.

—¡Enseñarte a bailar de verdad! —grité por encima de la música.

A mis doce años, tenía el ritmo justo para no caerme al caminar, pero me dio igual.

Empecé a saltar de un lado a otro, moviendo los brazos como un robot averiado, sacudiendo la cabeza y haciendo los pasos más ridículos e inventados que se me ocurrieron.

Aria se tapó la boca con las manos y soltó una carcajada enorme que llenó toda la sala.

—¡Venga, baila conmigo! —le pedí, dándole un tirón suave de las manos para meterla en mi bucle de locura—. ¡Desmelénate un poco, Morgan! ¡Olvídate del examen!

Aria dudó, solo un segundo, pero al final se rindió.

Se soltó por completo el moño, dejando que su pelo rubio le cayera libre por los hombros, y empezó a imitar mis pasos tontos.

Nos pusimos a saltar como locos por toda la pista de madera, dando vueltas sin sentido, empujándonos de broma y chocando los cinco en el aire, ahogados entre carcajadas salvajes.

Mientras saltaba a su lado, esquivando sus pasos y viéndola reír con los ojos brillantes de pura felicidad, sentí una certeza absoluta en mitad del pecho.

Me encantaban esos momentos con ella. Todos ellos.

Aria era la única chica en todo el planeta con la que jamás podría aburrirme, y la única a la que jamás, por muchos años que pasaran, podría cansarme de mirar haciendo cualquier cosa.