Capítulo 32 #3
Mi pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de correr una maratón.
No podía dejar de pensar en su voz, en su boca sobre la mía, en cómo me había mirado justo antes de…
No. No era solo deseo. No podía serlo. Había algo más en la forma en que me tocaba, en cómo se contenía, en cómo murmuraba mi nombre como si le doliera. Y eso era lo que más me asustaba.
No éramos solo dos cuerpos buscando alivio.
Esto no era un desliz de una noche. No con Nevan.
Porque si todo terminaba ahora, si mañana él volvía a levantar su muro y fingía que nada había pasado, me rompería en mil pedazos.
¿Y si yo quería más y él no podía dármelo?
¿Y si solo había sido un escape? ¿Un capricho?
Mi estómago se retorció con la sola idea.
¿Y si era la única que había sentido que esto era importante?
Escuché sus pasos de vuelta y el aire de la habitación volvió a cambiar.
Volvió con una toalla pequeña y húmeda en la mano.
Se acomodó de nuevo en la cama, entre mis piernas, con una delicadeza infinita.
Sin prisa, comenzó a limpiarme con trazos suaves, cuidándome con una veneración silenciosa que hizo que se me anudara la garganta.
No había rastro de burla, de prisa, o de arrogancia.
Solo una intensidad tranquila que me relajó por completo.
Desplazó la toalla a un lado y alzó la mirada para clavarla en los míos.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz sonó baja, grave, pero sin rastro de urgencia.
Asentí, incapaz de confiar en mi voz.
Nevan caminó hacia mí con calma, como si temiera asustarme. Cuando se sentó en el borde de la cama, dejó una distancia prudente entre nosotros. No por frialdad, sino por cuidado.
—No tienes que decir nada —murmuró, mirándome a los ojos—. Solo quería que supieras que… esto no ha sido solo un desahogo para mí. Y no pienso hacer como si no hubiera pasado.
Sentía el corazón latiendo con fuerza, como si acabara de cometer un acto prohibido. En cierto modo, lo había hecho. Me había entregado a él, y no solo había sido mi cuerpo; algo más se había colado en el proceso. Algo que me aterraba nombrar.
Me aparté un poco, lo justo para tomar aire y recomponerme. Me arropé mejor con la sábana, como si eso pudiera ocultar no solo mi desnudez, sino todo lo que estaba sintiendo. Nevan me observó en silencio durante unos segundos, ladeando la cabeza con esa mezcla suya de ternura y descaro.
—No tienes por qué mirarme así —dijo bajando la voz aún más—. Como si hubieras hecho algo malo.
Fruncí el ceño, evitando su mirada. Estaba avergonzada, pero no por el acto en sí, sino por lo que había significado para mí. Porque no podía fingir que esto había sido solo físico. Cuando me tocó, cuando me miró, cuando dijo mi nombre… Para mí fue mucho más.
—No estoy… —intenté defenderme, pero él sonrió y negó con la cabeza, cortándome el paso.
—Aria, bombón… —su tono era paciente, casi divertido—.
Nos deseamos. ¿Y qué? ¿Desde cuándo eso es algo de lo que avergonzarse?
—Sus palabras se colaron dentro de mí, despacio, con ese ritmo suyo que siempre parecía saber cuándo apretar y cuándo soltar—.
No tienes que explicarte, ni justificarte.
No es ningún crimen dejarse llevar. No te estoy pidiendo promesas, ni etiquetas, ni nada que no quieras darme.
Solo quiero que sepas que no me arrepiento. Ni un poco.
Mis dedos jugaron nerviosos con la tela de la sábana.
Lo escuchaba, pesando cada palabra, cada pausa.
Aun así, el dolor en mi pecho persistía.
Me preguntaba si, para él, esto se quedaría solo en el deseo.
Un momento intenso y listo. Y lo peor era que, si así fuera, no podía culparlo.
Yo había puesto las reglas, fui la que dijo « sin complicaciones » .
Sin compromisos. Y Nevan solo estaba respetándolas.
Pero dentro de mí, algo temblaba. Porque aunque hubiera jurado que esto era simple… no lo era. No para mí.
Pero no se lo dije. No le confesé que me había hecho sentir viva de una forma que creía perdida desde hacía años. Así que tragué saliva, levanté la mirada hacia sus ojos azules —tan tranquilos, tan seguros— y, con una voz que apenas reconocí como mía, solté:
—Me parece bien.
Una respuesta simple. Neutral. Cómoda. Por fuera. Por dentro, mi mundo entero estaba girando.
Nevan esbozó esa media sonrisa que siempre me volvía un poco idiota. Luego se tumbó a mi lado, sin tocarme, dejando el espacio suficiente para no agobiarme, pero lo bastante cerca para que pudiera sentir su presencia.
—Duerme, bombón —murmuró, cerrando los ojos como si fuera lo más natural del mundo estar ahí, desnudos, rotos y a medio construir—. Mañana hablamos… o no. Pero esta noche, solo quiero esto.
Asentí en silencio y me dejé caer junto a él.
Sin tocarlo. Sin decir más. Mi cuerpo aún temblaba, mi mente no paraba, y mi pecho latía con una intensidad que no podía controlar.
Y lo peor de todo era que, aunque lo intentara con todas mis fuerzas, sabía que no podía apagar lo que acababa de encenderse.
No con él.