Caminos Opuestos Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Nevan me devoró; no había otra forma de describirlo.

Su boca se apoderó de la mía con una intensidad que me dejó sin aliento, un beso profundo que hablaba de todo lo que habíamos estado reprimiendo.

Su lengua se deslizó contra la mía con una desesperación contenida, como si quisiera memorizarme.

Mis manos se aferraron a sus hombros, sintiendo la tensión de sus músculos, la dureza de su cuerpo contra el mío.

Nevan gruñó contra mi boca y el sonido me recorrió la espina dorsal como un relámpago.

En un movimiento ágil, me inclinó hacia atrás sobre la cama y su peso me atrapó bajo él.

Un jadeo se escapó de mis labios cuando, en el forcejeo, la toalla se deslizó hasta el suelo, dejándome completamente expuesta.

El aire entre nosotros cambió, volviéndose denso, eléctrico.

Su mirada recorrió mi cuerpo con una devoción que me hizo arder por dentro.

Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en cada curva, en cada centímetro de mi piel.

Su mandíbula se tensó mientras contenía el aliento, controlándose para no lanzarse sobre mí sin freno.

—Preciosa… —susurró; su voz salió raspada, cargada de un deseo que me hizo estremecer.

Su boca volvió a la mía pero, esta vez, el beso fue pausado, profundo, con ese control tortuoso que solo él sabía manejar.

Me saboreaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, mientras sus manos empezaban a recorrer mi piel con una lentitud calculada.

Mis dedos se hundieron en su pelo, tirando un poco, arrancándole un gruñido grave que sentí vibrar contra mi pecho.

Sus labios se desviaron por mi mandíbula, descendiendo por mi cuello; su lengua trazando pequeños círculos hasta encontrar mi clavícula.

Allí, mordió con suavidad, justo antes de calmar el ardor con un beso.

Un gemido suave escapó de mi garganta y su cuerpo entero se tensó en respuesta.

—Dios, Aria… —gruñó presionandose contra mí.

Pude sentir su erección firme contra mi centro, separada solo por la fina tela de sus boxers.

El contacto me arrancó un jadeo tembloroso, y mis caderas se arquearon, buscando por instinto más.

Nevan apretó los dientes, luchando por mantener el control, y sus dedos encontraron mis pechos, acariciándolos con una mezcla de ternura y posesión.

—¿Sabes lo que me estás haciendo, bombón? —susurró contra mi piel, con un aliento cálido que me erizó cada poro.

No pude responder. No podía pensar. Todo mi mundo se redujo a su tacto, a su boca, a la necesidad apremiante que se arremolinaba en mi vientre como un fuego voraz. Sabía que esto era una locura, una imprudencia, pero no quería detenerme.

Nevan volvió a besarme, nuestras lenguas explorándose en un baile feroz. Su cuerpo se movía contra el mío, provocándome, tentándome, volviéndome loca con cada roce deliberado. Me estaba torturando despacio, jugando con mis sentidos, con un deseo creciente que ardía, imparable, como fuego líquido.

—Por favor… más… —mi voz salió como un suspiro roto, una súplica que no pude contener.

Nevan sonrió contra mis labios, una mueca lenta y canalla, cargada de una confianza arrolladora. Sus ojos, fijos en los míos, centelleaban con un calor oscuro y posesivo que me dejó sin aliento.

—No, cariño… todo a su tiempo —susurró con esa voz ronca, impregnada de un deseo que casi podía tocar—. Quiero saborearte, descubrir cada pequeño sonido que sale de esos preciosos labios tuyos, explorar cada centímetro de tu piel, pero despacio…

Sus palabras me atravesaron como una descarga eléctrica, arrancándome un gemido traicionero que apenas pude sofocar.

—Nevan… —logré articular, queriendo acortar la distancia.

—No seas avariciosa, bombón —murmuró con una provocación peligrosa mientras sus manos descendían por mi cintura con una posesión que me hizo sentir suya—. Primero quiero que estés muy, muy quieta. ¿Podrás hacerlo para mí?

Asentí de inmediato, incapaz de articular palabra alguna. La intensidad de su mirada, la gravedad de su tono, todo en él exigía una obediencia que mi cuerpo estaba más que dispuesto a entregar.

Nevan acarició mis muslos con una lentitud que rozaba la crueldad, su toque era tan suave que me arrancó un escalofrío involuntario.

—Abre esas preciosas piernas para mí, Morgan —ordenó, y su voz fue un mandato que me recorrió el alma.

Lo hice sin dudar. Mi piel ardía, mi respiración estaba desbocada y la anticipación me tenía al borde del abismo. Ver su expresión mientras me observaba allí, expuesta, con esa mirada devoradora, hizo que mi interior se tensara de puro deseo.

Su mano descendió por mi muslo con una parsimonia tortuosa, hasta llegar justo donde más lo necesitaba. Cuando sus dedos rozaron mi humedad, un estremecimiento sacudió mi cuerpo y me arqueé sin permiso.

—¿Qué te he dicho sobre moverte, bombón? —su tono era pura provocación, pura autoridad—. Quédate quieta.

Presionó su mano contra mi abdomen, inmovilizándome contra el colchón, dejándome del todo a su merced.

Sus dedos comenzaron a explorarme con una precisión exasperante, alternando caricias lentas con toques firmes, encendiendo cada fibra de mi ser.

Mi respiración se volvió errática y solté un gemido entrecortado cuando deslizó un dedo dentro de mí, buscando ese punto exacto que me hizo temblar.

—Joder… estás tan mojada para mí… —susurró, inclinándose hacia abajo.

Lo vi acomodarse entre mis piernas, sus manos sujetando mis muslos para mantenerme abierta. Su mirada subió, encontrando la mía.

—No apartes esos ojos verdes de mí —ordenó con esa voz que me hacía temblar—. Quiero verte mientras te saboreo.

Su lengua me tocó y un gemido se escapó de mi garganta, incontrolable. Comenzó despacio, explorando cada rincón, succionando mi clítoris con una presión deliciosa antes de alternar con lamidas largas y profundas.

—Dios, Nevan… —jadeé, aferrándome a las sábanas como si fueran mi única ancla en medio de la tormenta.

—Eso es… —murmuró contra mí, su voz vibrando con un placer que me encendía aún más—. Déjame oírte.

Uno de sus dedos se deslizó en mi interior curvándose con maestría, mientras su boca seguía trabajando mi punto más sensible. Luego, introdujo un segundo dedo, marcando un ritmo firme y rápido que me hizo arquear la espalda sin remedio.

—Mírame —ordenó con esa autoridad que me desarmaba—. Quiero ver como te corres para mí.

Su lengua, sus dedos, su voz… todo me llevaba al límite. Sentí cómo la presión en mi vientre crecía, acumulándose hasta estallar. Un grito ahogado se escapó de mis labios mientras me corría con fuerza, con las piernas temblando y sus manos sujetándome para que no pudiera escapar del placer.

Se quedó un momento más, lamiendome con lentitud hasta que mi respiración empezó a calmarse. Luego ascendió, dejando un rastro de besos por mi abdomen y pecho, hasta llegar a mis labios. Me besó despacio, dejándome saborear mi propio deseo en su boca.

—Perfecta… —murmuró, mirándome con esa mezcla de orgullo y deseo—. Joder, eres perfecta, Aria.

Se inclinó para dejar un último beso suave en mis labios antes de apartarse despacio. Rozó mi mejilla con el pulgar, con una ternura que me sacudió casi más que el propio orgasmo, y se puso en pie.

—Vuelvo en un segundo —susurró.

Lo vi caminar hacia el baño en penumbra, dejándome allí, deshecha, palpitante y sin aliento.

Me quedé ahí tumbada, con la respiración descontrolada y el cuerpo todavía temblando, como si cada célula de mi piel guardara el recuerdo vivo de su tacto.

Sentía el pulso martillando en mis muñecas, en mi cuello, en cada rincón de mi ser.

Todo mi cuerpo era un campo eléctrico que seguía vibrando con la energía que él había dejado a su paso.

No podía moverme. No quería hacerlo. Y, al mismo tiempo, una parte traicionera de mí reclamaba más. Quería ese calor, esa seguridad, esa forma suya tan intensa de tocarme como si yo fuera algo sagrado.

Escuché el agua del grifo correr durante unos segundos en el baño y cerré los ojos, intentando asimilarlo todo. Dios, ¿qué acabamos de hacer?