Caminos Opuestos Capítulo 32
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Capítulo 32

Aria

Apoyé las manos en la pared fría de la ducha y dejé que el agua, helada y cortante, me cayera con fuerza sobre la cabeza, intentando borrar lo imposible: la imagen de Nevan.

Su cuerpo firme contra el mío, sus manos ancladas en mi cintura, su aliento caliente rozando mis labios.

Y sus palabras, grabadas a fuego en mi memoria: «Estoy hecho cenizas desde que volviste» .

Nunca nadie me había dicho algo así. Y lo peor, lo que de verdad me aterraba, era que yo sentía lo mismo. Desde que Nevan había reaparecido, el suelo bajo mis pies había dejado de ser sólido.

Lo deseaba con una urgencia que me quemaba.

Necesitaba que me tocara, que me recorriera con esas manos grandes y seguras, que me besara hasta dejarme sin aliento.

Quería rendirme, quería olvidar todos mis miedos y dejar que me quitara la toalla con los dientes, sin preguntas.

Pero la situación no era tan simple. No podía permitirme ser otra herida en su lista. Ni dejar que él lo fuera en la mía.

Tragué saliva, sintiendo el corazón pesado, una sensación casi dolorosa. El deseo chocaba contra la incertidumbre. No quería hacerle daño, y mucho menos salir de esto rota otra vez. Pero, ¿cómo se le dice que no a algo que el alma pide a gritos?

Suspiré, apagando el agua con un gesto brusco. Cerré los ojos, intentando recomponerme. Extendí una mano fuera de la ducha, palpando el aire con torpeza en busca de la toalla, pero solo encontré el vacío.

Abrí los ojos de golpe.

—No. No, no, no… —murmuré, entrando en pánico.

Miré alrededor. Nada. La toalla no estaba. Me la dejé olvidada en mi estúpida carrera por escapar de todo. Respiré hondo, tratando de bajar las pulsaciones.

—Vale, Aria, respira. No es el fin del mundo —me dije, tratando de convencerme.

Justo entonces, como si el universo tuviera un sentido del humor retorcido, su voz resonó al otro lado de la puerta, grave y burlona.

—¿Bombón? ¿Estás bien ahí dentro o te has ahogado?

Me tragué un grito de pura vergüenza y contesté lo más rápido que pude:

—¡Estoy bien!

—Hmm… no suenas bien —insistió, y pude imaginarme la sonrisa que torcía sus labios—. ¿Te has resbalado? ¿Te has quedado atrapada con la cortina? ¿Necesitas asistencia médica o solo emocional?

Apreté los ojos, mordiéndome el labio para no gritarle que dejara de ser tan… él. Esa voz, ese tono, esa facilidad para meter el dedo en la llaga.

—Me he dejado la toalla fuera —confesé al final, con un hilo de voz.

Hubo un silencio. Y luego, su risa;  profunda, ronca, que en cualquier otro momento me habría hecho sonreír, pero que ahora solo encendía mis mejillas.

—¿Que te has dejado qué? —repitió, divertido, saboreando cada palabra.

—Nevan… pásamela y ya —gruñí, cruzando los brazos sobre el pecho, aunque no sirviera de nada.

—Ay, bombón —suspiró él, cargado de ironía—. Esto es mejor que una peli de domingo.

Me quería morir. No podía verlo, pero sabía que tenía esa sonrisita de cabrón dibujada en la cara.

—No me hagas suplicar, Nevan —advertí, ya sin paciencia.

—Mmm… no sé, me gusta esta situación —hizo una pausa, dándole tiempo a la imaginación—. Tú desnuda, atrapada en la ducha, dependiendo de mí… Es un gran día.

—Nevan —le corté con tono de advertencia.

—Vale, vale, no te pongas gruñona.

Lo escuché moverse, sus pasos resonaron en la madera, y después escuché un suave golpe en la puerta.

—Voy a entrar —anunció.

Mi corazón se paró en seco.

—¡No, no, no! —exclamé, entrando en pánico—. ¡Solo pásala por un lado de la puerta!

—¿Por qué? —preguntó él, con una falsa inocencia que me sacaba de quicio—. No voy a mirar.

Mis mejillas ardieron. Me crucé de brazos, moviendo los pies nerviosa.

—Nevan…

—Prometo que seré un caballero —aseguró, aunque no le creí ni una palabra—. O lo intentaré con todas mis fuerzas.

La puerta se abrió con cuidado. Lo vi entrar con una mano tapándose los ojos, el otro brazo estirado hacia mí, sosteniendo la toalla con dos dedos como si fuera un trofeo.

Ahí estaba. Nevan Grayson, medio desnudo, con los pantalones colgando bajos y la piel salpicada de tinta. Mi boca se secó al instante. Su torso era puro pecado y mis ojos, traicioneros, no tuvieron piedad. Sus músculos estaban tensos, su piel húmeda por la noche, su mandíbula apretada.

Extendí la mano con rapidez, agarré la toalla y me envolví con ella como si fuera un salvavidas.

—Ya está —dije tratando de sonar distante—. Puedes irte.

Nevan bajó la mano. Me miró, y su sonrisa burlona se desvaneció al instante.

Me vio de verdad, como si se le hubiera olvidado cómo fingir.

Como si mi cuerpo envuelto en esa simple toalla fuera lo más hipnotizante del planeta.

Sus pupilas se dilataron, su mandíbula se tensó aún más.

Su lengua asomó un segundo para humedecer sus labios y, entonces, me quemó.

No con palabras, sino con esa mirada: una cargada de intención, como si quisiera desnudarme centímetro a centímetro.

—Aria… —murmuró, su voz baja, quebrada, cargada de electricidad.

Me temblaron las piernas. Ese tono lo conocía: decía «te quiero encima de mí» sin necesidad de usar palabras.

Mi centro palpitó. El aliento se me quedó atrapado en la garganta.

Por un segundo, solo uno, pensé en soltar la toalla, en dar un paso, en besarle hasta borrar tanto miedo; hasta hacerle entender que, aunque me muriera de pánico, quería intentarlo.

Pero entonces, él cerró los ojos y dio un paso atrás, obligándose a romper el contacto.

—Joder —gruñó, una maldición que sonó a lucha interna.

Yo, envuelta en esa toalla, empapada y vulnerable, sentí que me partía un poco más por dentro. Lo deseaba tanto… Pero el miedo a que no hubiera vuelta atrás era una cadena demasiado pesada.

Su pecho subía y bajaba con fuerza, sus facciones endurecidas por la contención. Sin decir nada más, dio otro paso atrás, rápido, cortante, definitivo.

—Vístete, bombón —ordenó con voz ronca.

Antes de que pudiera responder, salió del baño y cerró la puerta tras él. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo mis piernas flaqueaban y mi corazón latía contra mis costillas, pidiendo a gritos que no se hubiera ido.

Joder. ¿Qué coño acababa de pasar?

Salí del baño, envuelta en la toalla, con el agua aún resbalando por mi piel, no podía aguantar aquello ni un segundo más.

El aire en la habitación parecía haberse vuelto denso, cargado de estática.

Cuando entré, mis ojos fueron directos a Nevan.

Estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y las manos cubriéndose el rostro, como si estuviera desesperado, luchando contra sus propios instintos.

Entonces, como si sintiera mi presencia, levantó la cabeza.

Su mirada azul me atrapó al instante, recorriéndome de arriba abajo con una intensidad que casi me hizo tropezar.

Se detuvo en mi cuello, en mis clavículas expuestas, bajando despacio hasta el nudo de la toalla, estudiando mi piel húmeda aún brillante por el agua.

Su mandíbula se tensó hasta marcarse, sus ojos se oscurecieron y, por una milésima de segundo, vi un hambre cruda y primitiva reflejada en ellos.

Pero, con un suspiro pesado, desvió la vista.

—Aria no juegues conmigo, cariño —dijo. Su voz salió profunda, tensa—. Estoy intentando ser un caballero pero soy humano, ¿vale?

Su confesión hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

No quería más autocontrol. No con él. Me acerqué un paso más, con la respiración contenida, mis ojos clavados en los suyos.

La necesidad era casi tangible; un hilo invisible que nos unía y que tiraba con fuerza de nosotros. Necesitaba tocarlo, besarlo. Sentirlo.

—Sé que he huído, Nevan —murmuré, tragando saliva mientras mi corazón martilleaba en mi pecho—. Lo sé, y joder… lo siento.

Su expresión se suavizó un poco, pero su mirada seguía ardiendo con una intensidad que me desarmaba.

—La mayor parte del tiempo ni siquiera sé qué pasa por mi cabeza —admití sintiéndome vulnerable.

Me detuve justo frente a él. Nevan se levantó, lento, imponente; su mano voló a mi mejilla con una suavidad que contrastaba con la tensión del ambiente. Su pulgar acarició mi piel en una caricia distraída que hizo que el aliento se me atascara en la garganta.

—Es evidente que me atraes —dije, mis palabras salieron temblorosas, pero firmes—. Y es evidente que te pasa lo mismo.

Nevan esbozó una sonrisa de lado, ladeando la cabeza con esa chispa de burla que siempre me ponía en guardia.

—¿No me digas? —preguntó con suficiencia—. ¿Te atraigo, bombón?

Entrecerré los ojos, intentando parecer intimidante, aunque sabía que mi sonrisa me delataba.

—Nevan... —protesté, sintiendo cómo el calor me subía por las mejillas.

—Vale, vale, continúa tu discurso, cariño —contestó volviendo a ponerse serio.

Solté un suspiro pesado, intentando reunir el valor suficiente para decir lo que de verdad tenía que explicar. Mi corazón latía a mil por hora.

—Lo que iba a decir es... —hice una pausa, tragándome la duda, el miedo— que no tenemos que hacerlo complicado.

Nevan frunció el ceño, confundido.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

Inspiré profundamente.

—Joder, quiero besarte, Nevan —confesé, y sus ojos brillaron con algo peligroso—. Necesito besarte. Necesito más. Pero sin compromisos —seguí, sintiendo cómo mi pulso martilleaba en mis oídos—. Sin complicaciones.

Él no apartó la mirada, se mantuvo expectante, analizando cada una de mis palabras.

—Tengo demasiadas cosas en mi vida que no sé cómo arreglar para complicarla aún más —expliqué.

Nevan me miró con mucha atención, como si buscara la verdad oculta—.

Pero ya no puedo seguir fingiendo que no quiero tus labios sobre los míos, tus manos tocándome…

—mi voz se volvió más suave, casi un susurro—. Así que por favor...

No llegué más lejos. En el segundo en el que las palabras escaparon de mi boca, los labios de Nevan aplastaron los míos. Fue un beso hambriento, voraz. Y yo respondí a ello como si mi vida dependiera de ese contacto.