Capítulo 31 #2
Cada palabra era una piedra. Pesada. Dolorosa. De esas que no deberían tener lugar en la infancia de nadie.
—Así que aprendí a fingir que no me afectaba. Que me daba igual. Me convencí de que, si nadie me conocía del todo, nadie podría hacerme daño.
Quería abrazarlo, atravesar esa barrera de hielo y acero que se había construido y decirle que ya no estaba solo, que nadie volvería a lastimarlo. Pero sabía que eso no era lo que necesitaba. Nevan tenía que ser escuchado.
—Me prometí que nunca más volvería a sentirme así. Tan insignificante. Tan invisible —susurró.
Me giré, con el corazón apretado. Vi su rostro a contraluz. Sus ojos seguían fijos en el cielo, pero ya no lo veían, estaban atrapados en otro tiempo, en otra casa, en una versión más rota de sí mismo.
—Nevan… —susurré. Él giró el rostro hacia mí, con esos ojos azules brillando bajo la luz de las estrellas—. Nadie puede hacerte daño si no lo permites —dije, me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Pero tampoco pueden quererte si no los dejas acercarse.
Al fin me miró. Y en sus ojos había miedo, cansancio, una tristeza antigua. Pero también una chispa. Esperanza. Suspiró y volvió a alzar la vista al cielo.
—Hace muy poco que he oído esa frase —murmuró.
—¿De quién?
—Gus, un tipo de Windale. Lo conozco desde que era pequeño.
Ha pasado por el infierno, Aria. Y aun así, sigue sonriendo, creyendo.
El cabrón hasta se enamoró —dijo con una mezcla de incredulidad y respeto—.
Y no entiendo cómo lo hace. Cómo se deja ver por alguien.
Cómo permite que lo conozcan entero, con todo lo jodido que está por dentro.
Lo miré con el corazón latiendome en la garganta.
No hablaba solo de Gus, si no de sí mismo.
Y, de alguna forma, de nosotros. Estiré la mano con cuidado y la puse sobre la suya.
No dijo nada, pero giró la mano y entrelazó nuestros dedos.
Su pulgar comenzó a acariciar mi muñeca, como si ese contacto pudiera apaciguar la tormenta.
—A mí también me da miedo —confesé—. Porque si te ven, pueden romperte.
—¿Y tú? —susurró—. ¿Te sientes rota?
Tragué saliva y asentí. Solo una vez. Y fue suficiente. Él lo entendió. Lo sentí en la presión de su mano, en la forma en que me sostenía, como si fuera de cristal.
—¿Sabes qué me da más miedo de todo eso? —preguntó, conteniendo el aire.
Lo miré, esperando.
—Volver a perderte, Aria Morgan. No soportaría volver a perderte.
El corazón me dio un vuelco. No solo por sus palabras, si no por todo lo que implicaban.
Yo tampoco quería perderlo. Nunca. Nevan era mi persona; lo sabía desde que éramos niños.
Era quien encajaba conmigo aunque no tuviera sentido alguno.
El que me veía incluso cuando intentaba desaparecer.
Y, por primera vez en mi vida, deseé ser esa persona para él.
No por imagen, ni por obligación, si no porque se lo merecía.
—Yo tampoco quiero perderte, Nevan Grayson —susurré.
Y cuando creía que eso era todo, él soltó la última pieza.
—Te busqué.
Me giré, atónita.
—¿Qué?
—El otro día me dijiste que en esos doce años no te había buscado; que no aparecí. No dije nada porque no sabía cómo explicarlo. Pero no es verdad.
Me quedé helada, sin saber muy bien qué decir, así que lo deje continuar.
—Sí que te busqué, Aria —su mirada se clavó en la mía, intensa—.
Te encontré. Claro que lo hice. No fue difícil.
Bailabas en todos lados. Portadas, entrevistas, anuncios…
parecías feliz. Imparable —su voz se quebró al final, una pizca de resignación—.
Pensé que lo habías logrando todo. Que estabas donde querías estar.
Y yo… yo solo era un chaval de Windale con más traumas que certezas.
Nunca pensé que fuera a hacerte ilusión volver a verme. Pensé que solo sería un estorbo.
Mi garganta ardía. Nevan me había visto. Me había encontrado. Y se había alejado creyendo que era lo mejor para mí. Y yo, mientras tanto, creyendo que me había olvidado.
Me incorporé sin soltar su mano, y me giré para quedar de lado, frente a él.
—Te equivocabas —murmuré, firme—. Nunca hubieras sido un estorbo para mí. Nunca.
Él no dijo nada, pero su mandíbula se tensó. Continué, porque necesitaba que supiera la verdad.
—Durante años, te esperé —admití, sintiendo el escozor en los ojos—. Los primeros años fueron los peores. No entendía por qué no volvías a por mí. Y luego, intenté convencerme de que solo fue una historia de verano. Que lo había magnificado. Que habían sido cosas de críos.
Me encogí de hombros con una sonrisa rota.
—Pero nunca dejé de pensar en ti, Nevan. Aunque me dijera que ya no importaba. Aunque aprendiera a vivir sin ti… nunca dejé de pensar en ti.
Él cerró los ojos, como si mis palabras fueran un golpe y a la vez una caricia. Cuando los abrió, me miró como si acabara de romperlo y sanarlo al mismo tiempo. No hacían falta palabras, pero ambos sabíamos que nos debíamos la verdad, todo lo que habíamos callado.
Nevan Grayson nunca había sido un recuerdo pasajero. Había sido el eco constante en todo lo que había hecho desde que tenía doce años.