Capítulo 31
Aria
El agua del lago estaba más templada de lo que recordaba, como si la noche entera decidiera abrazarnos en lugar de rechazarnos.
Nevan ya estaba dentro, claro. Haciendo trampa, como siempre.
Se lanzó al lago con ese grito de guerra suyo, espantando a media fauna local y salpicando con una alegría tan infantil que me dolió el pecho.
Yo lo seguí más despacio, intentando ignorar cómo mi cuerpo reaccionaba desde que se había quitado la camiseta.
Pero en cuanto el agua me cubrió hasta las caderas, mi cerebro dejó de funcionar como debía.
El frescor me ayudó a calmar el vértigo, pero no a apagar la electricidad que chispeaba bajo mi piel.
Era esa intensidad con la que me miraba, sin vergüenza, como si no le importara que lo pillara observándome.
Una parte de mí quería esa atención, que me deseara de esa forma tan descarnada. Pero por otra parte, la que todavía guardaba los restos de mi vida en Los Ángeles, temblaba. Porque yo también lo deseaba y eso era lo que más miedo me daba.
Le lancé un buen chorro de agua, más por la necesidad de controlar la situación que por jugar.
Su cara de sorpresa fue tan perfecta que no pude evitar soltar una carcajada; una de esas que salen desde lo más hondo, donde por un instante me olvidé del apellido Morgan, de los focos, de las expectativas…
Pero no se quedó quieto. Se lanzó hacia mí como una criatura del lago, un depredador encantador con los brazos tatuados, y me atrapó entre risas, salpicaduras y cosquillas. Me sostuvo en brazos y me lanzó al agua como si no pesara nada. Grité, reí, luché por respirar. Por un momento, fui libre.
—¡Nevan, no! —grité cuando lo vi acercarse otra vez con esa mirada peligrosa.
—Muy tarde, bombón —dijo justo antes de engancharme por la cintura y girarme en el agua, haciendo que mis piernas se enredaran con las suyas sin querer.
Entonces ocurrió. Mis piernas quedaron atrapadas contra su cuerpo, sus manos se clavaron en mi cintura y el juego cambió de golpe.
Nos quedamos quietos, suspendidos en ese segundo interminable.
Su respiración acariciaba mi rostro. Sus ojos, fijos en los míos, estaban llenos de algo que no supe descifrar al principio. Era deseo, sí, pero también ternura.
Su boca estaba a centímetros. Mis labios, entreabiertos.
El agua nos rodeaba, pero el calor no venía del lago; venía de él, de su piel, de esa forma suya de mirarme como si pudiera desnudarme el alma.
Mis labios rozaron los suyos. Un suspiro de distancia.
Sentí cómo su pecho subía y bajaba, cómo la tensión vibraba en el aire como una cuerda a punto de romperse.
—Esto es una mala idea —murmuré, con la voz apenas audible.
Él no se apartó. Solo me sostuvo más cerca, como si entendiera que yo estaba atrapada entre lo que quería y lo que temía.
—Entonces apártate, Aria —susurró con la voz ronca, cargada de fuego contenido.
No lo hice. No podía. Porque lo quería. Porque mi cuerpo ya se había rendido, aunque mi mente gritara que retrocediera. Estar así, con él, bajo esa luna, era como volver a una casa que nunca había tenido.
—Joder… —murmuró Nevan, con voz rasgada—. No tienes ni idea de lo difícil que es no besarte ahora mismo.
Sus palabras me atravesaron como fuego líquido. Sentí cómo me temblaban los muslos bajo el agua, cómo mi cuerpo se tensaba en una súplica silenciosa.
—Pues hazlo —dije sorprendida de que las palabras escaparan de mis labios sin permiso de mi cerebro.
Nevan cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, su mirada era puro deseo, parecía hasta dolorido.
—No —dijo con una sonrisa suave—. No así. No cuando estás temblando porque sabes que quieres y no sabes si deberías. Quiero que me beses porque te mueres por hacerlo. Cuando ya no te importe que sea buena o mala idea. Porque estés a punto de arder.
Mi pecho subía y bajaba rápido.
—¿Y tú? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Estás ardiendo?
Nevan soltó una risa grave, cargada de intención.
—Aria… —susurró mi nombre como una promesa mientras su pulgar acariciaba mi piel bajo el agua—. Estoy hecho cenizas desde que volviste a entrar en mi vida.
Me rendí. Me lancé. Lo besé.
Su boca atrapó la mía con una voracidad que no pedía permiso.
Era hambre, necesidad; fue todo lo que habíamos callado hecho carne.
Su mano me sostuvo firme por la cintura mientras la otra se enredó en mi pelo, guiándome.
Por un momento, fui suya. El mundo se redujo a su lengua, a sus gemidos roncos, a mi cuerpo temblando contra el suyo.
Sentí cómo sus dedos se clavaban en mi piel, cómo mis piernas se apretaban contra las suyas buscando más.
Y eso fue lo que me asustó. Porque no era solo deseo, era algo más profundo.
Cuando me separé, sentí el vacío al instante. El miedo volvió, el pensamiento de que algo tan perfecto no podía ser para mí. Me alejé, sintiendo que su ausencia pesaba más que su cuerpo.
—¿Estás bien, bombón? —preguntó Nevan, con una preocupación que me arañó por dentro.
Lo miré. Sus ojos eran puro calor y ternura, y eso me rompió un poco más.
—Sí. No. Joder, no lo sé —dije, con la voz rota por la confusión—. Necesito… necesito salir de aquí.
Caminé hacia la orilla con el corazón desbocado. Al salir, me abracé a mí misma, sintiendo el aire frío como una despedida. Entonces llegaron los pensamientos, como cuchillas. ¿Qué pasaría si me enamoraba de él? ¿Y si no se quedaba? ¿Y si solo era otra historia bonita que terminaría en nada?
Pero Nevan no me presionó ni me exigió. Solo vino a mi lado, despacio, como si supiera que mi estabilidad mental pendía de un hilo.
—Aria —dijo mi nombre como una oración—. Háblame.
Mis pensamientos iban a mil por hora. No quería arrastrar a Nevan a mi mundo, meterlo en ese laberinto de presión, de focos, de rumores, de expectativas imposibles.
Dudaba mucho que él deseara vivir así, atrapado en las falsas apariencias.
Y además, él tenía su vida en Windale, y yo la mía en Los Ángeles.
¿Cómo diablos íbamos a hacer que esto funcionara?
Podía decirlo. Debería dejarlo salir. Pero, si lo hacía real, ya no podría esconderme detrás de « solo fue un beso » .
Nevan me tomó el rostro con ambas manos.
Me tocó como nadie me había tocado nunca, como si no fuera un trofeo ni una carga. Como si solo fuera yo.
—No es nada —mentí, con la voz débil.
—Aria —murmuró, su voz ronca y baja—. No te escondas. No huyas. Y mucho menos de mí.
—Yo… —intenté decir, pero las palabras se quedaron atascadas—. No lo sé, Nevan.
Él me miró en silencio, tratando de entenderme.
—No quiero que hagas nada que no quieras hacer —dijo al fin, tan firme y honesto que me dejó como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies—. Es evidente que me atraes. Muchísimo, bombón. Y créeme, si fuera por mí, ahí dentro ya hubieras perdido ese conjunto rosa y yo, la cabeza.
Me ardieron las mejillas. Sentí ese pulso cálido, esa electricidad que él sabía bien que provocaba en mí. Nevan sonrió de lado, lento, atrevido. Su mirada era puro deseo. Lo deseaba, tanto que dolía y, por eso, me quedé callada. Si hablaba, me lanzaría al vacío.
Nevan lo notó en mi suspiro. Retiró las manos de mi rostro con suavidad, sin reproches. Pero entonces, como si supiera que estaba al borde del colapso, tomó mi mano con calma, entrelazando sus dedos con los míos.
—Ven. Vamos a mirar las estrellas —murmuró—. Como cuando éramos críos, ¿te acuerdas?
Asentí. No dije nada. Solo lo seguí. Porque si algo sabía de Nevan, era que siempre sabía cuándo frenar. Y esta vez, me había salvado de mí misma.
Cuando llegamos al claro, el cielo ya estaba teñido de un azul profundo casi negro, con las primeras estrellas salpicando la inmensidad con una luz fría y distante.
El aire olía a pino, a tierra húmeda y a ese silencio que, lejos de asustar, envolvía.
Era el tipo de lugar donde uno podía respirar sin sentir que el pecho iba a estallar.
Y, por alguna razón, estar allí con él lo hacía todo más real.
Nevan se dejó caer sobre la hierba con esa soltura que le caracterizaba, dando un par de palmaditas en el suelo a su lado, como si hubiera esperado ese momento toda su vida.
Me mordí el labio, dudando un segundo, antes de extender mi toalla y tumbarme junto a él.
El frescor del suelo me recorrió la espalda a través de la tela fina del bañador.
Podía sentir su presencia a escasos centímetros, como una llamarada silenciosa. Estaba tan cerca que podía percibir el rastro de su gel, de la noche, de él. Me daba miedo mirarlo de frente, porque sabía que si lo hacía, me perdería otra vez en ese abismo que eran sus ojos.
—¿Sabes? —dijo de pronto con la voz más baja de lo habitual, casi como si temiera romper la calma—. Siempre me ha gustado mirar las estrellas.
Giré la cabeza con cautela. Él seguía mirando hacia arriba, con el perfil marcado contra la oscuridad. Eso me dio una tregua para observarlo sin filtros. Su expresión era tranquila, pero en su mandíbula apretada había una tensión que no cuadraba con la serenidad de sus palabras.
—Cuando me siento perdido... como si no supiera a dónde ir —continuó—, me tumbo en un lugar como este y finjo que todo está bien. Solo por un rato. Como si ahí arriba, en ese caos brillante, hubiera una respuesta para todo.
Sentí que algo se removía dentro de mí. Una ternura amarga. Porque Nevan, con toda su fachada de chico invencible, estaba confesando algo que solo los que han tenido que sobrevivir entienden: a veces, el mundo es demasiado grande para saber qué hacer con él.
—De niño, odiaba sentirme débil —añadió tras una pausa.
Su voz era apenas un susurro que el viento se habría llevado de no haber estado yo tan cerca—.
Mi padre era de esos hombres que creen que la fuerza se demuestra con gritos o con golpes.
Pensaba que si me dolía, aprendería más rápido, que si no lloraba, me haría hombre.