Capítulo 30
Nevan
Fue un día increíble. De esos que se te quedan grabados por la estupidez de las risas y la forma en que el aire te llena los pulmones. Aria estaba radiante; esa energía, esa chispa de vida que le vi, era como ver una luz que llevaba años eclipsada.
El sol ya se había escondido cuando volvimos a la cabaña.
El cielo se apagaba despacio, tiñéndose de un azul profundo mientras las últimas franjas de luz se colaban entre los árboles como suspiros de fuego.
Cenamos algo sencillo, improvisado en la diminuta cocina con más risas que ingredientes, y acabamos agotados.
Ahora, con la noche entrando por la ventana abierta, me encontraba tirado en una de las sillas del porche, jugando con la costura rota de mi sudadera mientras el murmullo del lago llegaba de fondo.
Entonces, la puerta chirrió detrás de mí. Y ahí estaba ella.
Aria Morgan, recién salida de la ducha, con el pelo aún húmedo y algunos mechones pegados por el cuello.
Llevaba un pijama muy sencillo: unos shorts diminutos de tela fina que dejaban a la vista esas piernas de infarto y una camiseta de tirantes blanca que apenas cubría el sujetador deportivo.
Todo en ella gritaba una inocencia provocadora, sin que ni siquiera se diera cuenta.
Tragué saliva, sintiendo cómo se me secaba la garganta.
No era solo deseo; era una mezcla enloquecedora de ternura y una necesidad física que me invadía cada vez que la veía así: desarmada, relajada.
Como si el universo se divirtiera poniéndola frente a mí para ver cuánto aguantaba sin hacer algo al respecto.
Se acercó en silencio, con una taza entre las manos y los pies descalzos se dejó caer en la silla de al lado con un suspiro largo. Su olor, esa mezcla de jabón neutro, vainilla y algo a lo que ya me había hecho adicto, flotaba en el aire entre nosotros.
—¿Ya estás mejor? —pregunté, intentando que mi voz sonara natural, aunque noté ese punto áspero que siempre me sale cuando la tenía cerca.
—Mucho —respondió, cerrando los ojos un segundo—. Me había olvidado de lo que era ducharse sin pensar en nada. Solo… sentir el agua y ya.
Asentí. Me pasaba lo mismo. Me había olvidado de lo que era verla sin ese escudo. Sin los focos, sin el peso del mundo sobre los hombros. Solo ella, con las piernas cruzadas y una taza humeante entre los dedos.
—¿Qué? —preguntó al notar mi mirada.
Negué con la cabeza, sonriendo un poco.
—Nada. Solo… te ves bien.
Ella se rió, bajando la mirada y mordiéndose el labio.
Joder. Ese gesto fue un golpe directo al pecho.
Nos quedamos en silencio; uno denso, lleno de palabras que se quedaban en la punta de la lengua.
Yo sabía lo que sentía, pero ponerle nombre era peligroso.
Si lo etiquetaba, podría romperse. Y ella era lo único real que tenía últimamente.
—Coge el bañador —dije sin pensármelo dos veces.
Ella parpadeó, girando el rostro hacia mí, confundida.
—¿Qué?
—Vamos al lago —repetí con una sonrisa torcida—. Ahora mismo.
—¿Nevan… en serio? ¿Ahora?
—Sí. Recuerdo que siempre querías bañarte de noche cuando éramos niños. Bueno, bombón, ahora no hay monitores vigilando ni reglas que romper. Ahora hacemos lo que nos dé la gana.
Me miró como si no supiera si besarme o mandarme a paseo, pero luego sonrió.
—Estás loco.
—Solo por ti. Anda, ve a por el bañador. Te prometo que esta vez no hay ranas. Creo.
La vi levantarse y caminar adentro. Mientras se alejaba, pensé que no sabía cuánto tiempo iba a durar esto, pero joder, iba a pelear por cada segundo. Porque ella era lo más parecido a un hogar que había tenido en toda mi vida.
Poco después, la puerta se abrió de par en par, y tuve que contenerme para no caerme de la silla.
Aria salió envuelta en penumbra. Llevaba un bikini rosa claro, diminuto, que parecía diseñado con la única intención de provocarme un infarto.
El top apenas cubría lo justo, dejando al aire esa clavícula que me volvía loco.
Los lazos del bikini estaban atados flojos; su piel, luminosa y salpicada de pecas, brillaba bajo la luz de la luna, y sus piernas… joder, no podía dejar de mirarla.
No intenté disimular. La recorrí de arriba abajo, con el deseo y la ternura luchando dentro de mí como dos lobos hambrientos.
—Joder, bombón —murmuré, sin filtro alguno.
Ella se puso roja al instante, cruzándose de brazos sobre el pecho con una expresión entre la vergüenza y el instinto asesino.
—Eres un pervertido.
—Puede —admití encogiéndome de hombros—. Pero… el que llegue el último al lago hace la cena mañana.
Sin darle tiempo a responder, salí disparado por el sendero, descalzo, riéndome como un crío.
—¡Eh! ¡Eso es trampa, Grayson! ¡No estaba preparada! —gritó detrás de mí, entre risas.
—¡Excusas! —le grité por encima del hombro.
Escuchar su risa mezclada con el viento nocturno y sentir el latido acelerado de mi corazón fue la confirmación de que estaba metido hasta el fondo. Y no pensaba salir de ahí.