Caminos Opuestos Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Nevan se dio cuenta al instante. Se giró hacia mí, clavando esos ojos azules en los míos con una suficiencia que me hizo querer desaparecer.

Sabía a la perfección lo que me pasaba, el efecto que tenía en mí, y lejos de disimular, se regodeó en ello, dedicándome una sonrisa lenta, llena de intención.

—¿Te gusta lo que ves, Aria? —preguntó con voz baja, divertida.

—Solo me estaba asegurando de que no llevaras manchas de café en la camiseta —mentí, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas.

—Claro, bombón. Lo que tú digas.

Salimos de la cabaña, el impacto del sol y el aire libre fue instantáneo.

Caminar por el campamento fue como viajar en el tiempo.

Todo estaba, en esencia, igual. Pequeñas diferencias aquí y allá —una valla nueva, unos árboles más grandes—, pero la atmósfera seguía siendo la misma.

Se escuchaban los pájaros, el murmullo del viento entre los pinos y, sobre todo, las risas de los niños que corrían de un lado a otro.

Era una banda sonora que me resultaba muy familiar, una que creía olvidada.

Nevan caminaba a mi lado, dejando que rozáramos los hombros de vez en cuando.

—¿Te acuerdas de esto? —pregunté, señalando un viejo columpio que seguía ahí, oxidado.

—Cómo olvidarlo. Ahí es donde te caíste intentando hacer una pirueta que no sabías hacer.

—¡No me caí! Fue un aterrizaje forzoso —protesté, riendo.

Caminamos un poco más hasta que llegamos al edificio principal.

Era la estructura más grande, el corazón de toda la actividad del campamento.

Al entrar, el olor a madera vieja y a resina nos golpeó de lleno.

Aquí era donde pasábamos las mañanas. Y ahí estaba la sala de baile, con su puerta entreabierta, esperando como si el tiempo no hubiera pasado por ella.

Hacía años que no la pisaba, pero mis pies parecieron recordar el camino. Las paredes estaban cubiertas por esos espejos manchados que tantas veces habíamos limpiado con la camiseta cuando sudabamos bailando.

Me quedé en el centro de la sala, sintiendo una corriente de nostalgia que me dejó sin aliento. De repente, ya no tenía veintitrés años.

—¿Te acuerdas? —susurré, mirando hacia la esquina del fondo—. Tenía siete años, iba con tul rosa por todas partes y tantos lazos en el pelo que parecía una tienda de regalos.

Nevan se acercó a mí, caminando despacio por el suelo de madera que crujía bajo sus botas. Se detuvo justo detrás de mí, lo suficientemente cerca para que notara el calor que desprendía su cuerpo.

—Me acuerdo muy bien—dijo bajando la voz—. Yo tenía ocho. Estaba deambulando por el pasillo, buscando algo que romper o con lo que meterme en líos, cuando oí la música. Me asomé a esta misma puerta.

—Te quedaste ahí, tieso como un poste, mirándome mientras intentaba hacer un giro —reí, girándome para mirarlo—. Me diste un susto de muerte.

—No me quedé tieso, Aria. Me quedé embobado —me corrigió con una sonrisa ladina—. Eras un desastre bailando, te caías cada dos por tres, pero joder... fue ver esa maraña de lazos rosas y saber, con ocho años, que me ibas a traer de cabeza.

Sentí un escalofrío. Era raro pensar que alguien había guardado ese recuerdo durante más de doce años, igual que yo guardaba el suyo.

—Pues vaya fijación más rara tuviste —bromeé, aunque mi voz sonó un poco más quebrada de lo que pretendía—. Podías haberte hecho amigo de alguien que supiera bailar en condiciones.

—Ya, pero yo quería de amiga a la de los lazos rosas. Y míranos... —antes de que pudiera responder, una voz potente y ronca retumbó desde la puerta.

—¡Por el amor de Dios! ¡Si son los dos terremotos que casi queman el comedor en el 2014!

Dimos un salto separándonos un poco y nos giramos hacia la puerta. Allí estaba el profesor Miller, el antiguo instructor de actividades y alma del campamento, con su silbato colgado al cuello, su gorra desgastada y esa sonrisa de oreja a oreja que no había cambiado ni un ápice.

—¿Profesor Miller? —pregunté, abriendo mucho los ojos.

—¡El mismo, chavalina! —se acercó a nosotros con paso firme y nos dio un abrazo grupal que nos dejó sin aire—. ¡Aria y Nevan! ¡Menuda pareja de pájaros! Hacía años que no os veía el pelo.

Nevan soltó una carcajada y le devolvió el abrazo, dándole un par de palmaditas en la espalda al viejo.

—¿Cómo estás, profe? Ya ve, hemos vuelto a visitar el escenario de nuestros crímenes.

El viejo se apartó y nos miró de arriba abajo con ojos traviesos, deteniéndose en la mano de Nevan, que por un instante había rozado la mía.

—Ya me extrañaba que tardabais mucho en volver —dijo Miller, soltando una carcajada—. Aunque me alegra ver que la cosa cuajó. Me imaginaba que acabaríais juntos desde que os vi aquí, en esta sala, cuando aún no levantabais dos palmos del suelo. ¡Si es que desde críos ya teníais esa conexión!

La cara se me puso del color de un tomate, y no del tipo « sonrojo ligero » , sino del tipo « emergencia médica » . Nevan, en cambio, se rió a carcajadas, disfrutando de mi sufrimiento.