Caminos Opuestos Capítulo 29
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Capítulo 29

Aria

Cocinamos algo sencillo entre los dos. Bueno, sencillo para mí, que solo tenía que cortar verduras y reírme cuando Nevan hacía comentarios ridículos mientras removía la sartén como si estuviera presentando un programa de cocina.

Él lo tenía todo planeado, por supuesto; como si supiera todo lo qué íbamos a necesitar.

Pasta, calabacines, tomates cherry, aceite de oliva...

y una botella de vino blanco frío, que había mantenido por arte de magia intacta en una pequeña nevera.

—¿También vas a poner velas aromáticas? —bromeé, arqueando una ceja mientras colocaba la tabla de cortar sobre la encimera.

—Solo si prometes que no vas a prender fuego a nada —respondió con esa sonrisa suya que siempre rozaba lo insolente, pero que me empezaba a parecer adorable.

Cocinar con él fue fácil, cómodo, fluido… como si nuestros cuerpos ya se conocieran. Entre empujones suaves, cucharadas robadas de la sartén y risas tontas, ni siquiera sentimos cómo pasaba el tiempo. Me sentía ligera, como si la gravedad fuera menor en su presencia.

Cenamos en el porche, sentados con las piernas recogidas y los platos sobre nuestras rodillas, viendo el reflejo de la luna besar la superficie del lago.

El aire era fresco, pero no frío; tenía ese tipo de temperatura que te invita a quedarte, a alargar los silencios, a no querer moverse nunca de allí.

Con Nevan, las palabras siempre fluían; no se agotaban.

Pasábamos de debates absurdos sobre qué superpoder era más útil, a confesiones silenciosas entre sorbo y sorbo de vino.

Y lo más curioso era que, incluso en los silencios, me sentía en paz.

No había presión por parecer más interesante, ni más encantadora. Solo era yo. Sin filtros. Sin guiones.

Y cuando el sueño nos alcanzó, el miedo también volvió, como un eco. Una sola cama. Me repetía que no pasaba nada, que era solo dormir, pero la idea de tenerlo tan cerca, tan tangible, tan... Nevan, me hacía sentir como una adolescente frente a su primer amor de verano.

Me metí en el baño a cambiarme. No tanto por pudor, sino porque necesitaba aire; tenía que recomponerme antes de enfrentar esa situación.

Respiré hondo, apoyé las manos en el lavamanos y me miré en el espejo.

Tenía las mejillas encendidas y los ojos demasiado brillantes.

Y el corazón... joder, parecía un tambor descontrolado.

Cuando salí, sentí que el mundo se me paraba. El aire, el tiempo, todo.

Nevan estaba descalzo y sin camiseta. Era mucho.

Demasiado. Su piel bronceada, los tatuajes que parecían constelaciones sin sentido pero que de algún modo contaban una historia; esa que aún no me había contado, pero que empezaba a intuir.

Las cicatrices pequeñas, los músculos marcados... Solo él, sin pretensiones.

Me quedé paralizada, como si mi cuerpo no supiera si retroceder o avanzar. Y él, claro, tuvo que moverse. Llevó las manos al elástico de sus pantalones.

—¿Nevan? —mi voz salió aguda, rota por el sobresalto y la ansiedad repentina—. ¿Qué estás haciendo?

Se giró, divertido, con esa ceja levantada de siempre.

—Preparándome para dormir —respondió con calma—. ¿Qué parece que estoy haciendo?

—¿Y siempre duermes… así? —pregunté, sin poder evitar que la mirada me traicionara.

—¿Semidesnudo? —encogió los hombros, casual, como si fuera lo más normal del mundo—. Sí, bombón. Me gusta dormir cómodo.

Cómodo. Claro. Yo no iba a dormir en toda la maldita noche. Me tapé los ojos con una mano, intentando bloquear la imagen.

—¿Nevan, podrías, al menos, dejarte los pantalones puestos?

—¿Por qué? ¿Es que no puedes resistirte? —preguntó con esa voz suave y esa sonrisa que parecía hecha para tentar ángeles.

Aparté la mano, lo justo para fulminarlo con la mirada. Mala decisión. Muy mala. Porque ahí estaba, relajado, con ese cuerpo esculpido por dioses descarados y esa expresión de chico malo con fondo tierno que me tenía desarmada.

—No es eso —mentí, descaradamente—. Es por respeto. Por convivencia básica. Y porque no quiero que tus calzoncillos me saluden a mitad de la noche.

—Mis calzoncillos son bastante educados, te lo aseguro —replicó con sorna—. No saludan a menos que se les hable primero.

Me tapé la cara otra vez, ahora riéndome. No pude evitarlo. El comentario, su tono, su cara de niño satisfecho con la broma, todo era tan ridículo que me rompió la seriedad. Me reí de verdad, una carcajada larga de esas que te doblan el cuerpo y te dejan sin aliento.

—Eres imposible —dije entre risas, intentando recuperar el aliento.

—Y tú encantadora cuando te ríes así —añadió él, más suave.

Esa honestidad, sí que era peligrosa. Me hizo tragar saliva. Porque Nevan sabía muy bien cómo desarmarme, y aun así lo hacía con ternura. Sin apretar. Sin exigir.

—Pero tranquila —continuó, sentándose en el borde de la cama—. No va a pasar nada. A menos que tú quieras, por supuesto.

Esa frase flotó en el aire, con una ligereza engañosa. No era presión; era libertad. Una puerta entreabierta. Y el gesto más tierno que alguien me había ofrecido en mucho tiempo.

—Buenas noches, Grayson —dije al fin, envolviéndome en la sábana como si fuera una armadura de lino.

Él se rió, se tumbó a mi lado —respetando la distancia, gracias a todos los santos— y apagó la luz. El silencio nos abrazó. No era incómodo, pero sí eléctrico, lleno de todo lo que ninguno de los dos quería decir. Dormir, claro; como si eso fuera posible.

***

Me desperté acurrucada contra él. Sentía su pecho firme bajo mi mejilla y su brazo rodeando mi cintura. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura, tanto que que me asustó.

Me incorporé de golpe, con el corazón galopando. Y él, medio dormido, gruñó algo incomprensible.

—¿En serio? —murmuró con voz rasposa—. Estaba cómodo, bombón.

Me cubrí la cara con ambas manos, sintiendo el ardor subir desde mi pecho hasta mis mejillas.

Mi mirada bajó, inevitablemente, y se topó con la visión de su torso desnudo: perfecto, marcado, tatuado en desorden pero estético.

Y luego, seguí bajando. Error. Error fatal.

Mi cara ardió como si alguien me hubiera lanzado a una hoguera.

Nevan alzó una ceja al notar mi parálisis visual, siguió mi línea de visión y luego… sonrió.

—¿Vas a seguir mirándola o prefieres saludarla? —preguntó con descaro, riéndose por lo bajo.

—¡Nevan! —protesté, llevándome las manos a la cara—. ¡Joder, no tienes vergüenza!

—¿Qué? Solo digo que… bueno, es natural —se defendió encogiéndose de hombros—. No es personal. Aunque si quieres tomártelo como un halago…

—¡Eres un imbécil!

—Pero uno muy sincero—dijo girándose con calma y poniéndose las manos tras la nuca, como si no acabara de despertar con una erección monumental en mitad de una cama compartida—. Venga, no pongas esa cara. Te juro que si me hubieras dejado cinco minutos más, habría soñado contigo.

—¡Nevan! —exclamé, roja como un tomate.

—¿Qué? ¿Acaso no quieres saber qué hacías en ese sueño?

—¡Voy a hacerte tragar la almohada!

Él rió, pagado de sí mismo, mientras yo me levantaba de la cama en modo emergencia nacional, rezando por una ducha fría o por una ventana por la que lanzarme.

Y aun así, aunque mi cara siguiera ardiendo, no podía dejar de sonreír.

Porque a pesar de su humor idiota y su total falta de filtro, Nevan Grayson tenía esa jodida habilidad de hacerme sentir más viva que nadie.

Desayunamos tostadas crujientes y un café que estaba buenísimo.

¿Cómo era posible que Nevan Grayson, el rebelde tatuado con pinta de chico malo, hiciera el mejor café que había probado en mi vida?

No era normal. Tenía un punto perfecto de amargor, ese aroma profundo y casi adictivo, y estaba tan bien hecho que me dieron ganas de aplaudir.

—Vale, ¿qué le haces al café? —le pregunté, saboreando el último sorbo—. Porque esto no es legal.

Nevan sonrió con aire triunfante mientras mordía su tostada con mantequilla y mermelada.

—Secretos del oficio, bombón —respondió guiñandome un ojo—. Si te lo dijera tendría que matarte.

Rodé los ojos, pero sonreí. Era imposible no hacerlo.

—¿Y qué vamos a hacer hoy, Grayson? —pregunté, mientras terminaba de recoger los platos. Tenía tantas ganas de salir y ver si el lugar seguía siendo tan mágico como recordaba, que apenas podía estar quieta.

Nevan se apoyó contra la encimera, cruzándose de brazos. Esa postura, tan relajada, siempre me ponía nerviosa de la mejor manera posible.

—Lo que tú prefieras. Tú marcas el ritmo —dijo con una sonrisa ladeada—.

Podemos dar una vuelta y ver el campamento, saludar a algunos de los profesores veteranos, si es que alguno sigue vivo después de los veranos que les dimos.

También ir a la sala de baile o, si tienes mucha energía, podemos hacer una ruta por la montaña. Tú decides.

Me lo pensé un segundo. La montaña sonaba bien, pero la curiosidad por ver el sitio donde pasábamos horas ensayando me ganaba.

—Empecemos por el campamento —decidí, con una sonrisa—. Quiero ver si la sala de baile sigue en pie o si la han convertido en un almacén.

—Hecho. Dame diez minutos para cambiarme.

Me fui a la habitación y me cambié rápido. Hacía un calor infernal, así que elegí una falda corta blanca y un top de tirantes con estampado de flores. Me recogí el pelo en una coleta alta, dejando que mi cuello respirara. Cuando salí, Nevan ya estaba listo.

Se había puesto unos pantalones de chándal cortos en color gris y una camiseta de tirantes blanca.

Tan sencilla, pero tan efectiva. Aquella prenda dejaba al descubierto sus brazos, cada uno de sus tatuajes marcados, cada músculo tensándose con el movimiento.

Me quedé mirándolo un segundo más de la cuenta, incapaz de apartar la vista de cómo le quedaba todo.