Capítulo 28
Nevan
La tensión seguía instalada en el coche, vibrando entre nosotros como un cable a punto de romperse.
La conversación sobre sexo me la había puesto tan dura que me dolía y tenía la cabeza dándome mil vueltas.
Joder, era fascinante. Saber que esa chica tan reservada, la que siempre cumplía con el protocolo, tenía tanta curiosidad escondida tras esa fachada, me encendía como nada lo había hecho antes.
No quería « enseñarle » en plan profesor prepotente; quería que ella misma descubriera lo que era sentirse viva, que se soltara la melena y que, por primera vez, no tuviera miedo de que nadie la juzgara.
Me moría de ganas por ser el que la hiciera temblar y le sacara esos gemidos que todavía ni sabía que escucharía.
Pero ahora tenía que concentrarme en la carretera. Estábamos entrando en un camino secundario que apenas se veía entre la maleza. Los árboles eran enormes, cerrándose sobre nosotros como si quisieran ocultar el mundo exterior.
Miré de reojo a Aria. Estaba mirando por la ventana con esa expresión de tranquilidad que había adoptado desde que salimos de la ciudad. No tenía ni idea de a dónde la llevaba, y eso era lo mejor.
Giré el volante a la derecha, metiéndome por un sendero de tierra que conocía mejor que la palma de mi mano.
Empecé a notar cómo ella se tensaba a mi lado.
Primero, un pequeño fruncimiento en el entrecejo.
Luego, su mirada se volvió más rápida, escaneando los árboles, la disposición de las rocas.
Entonces, el lago apareció a la derecha, brillando bajo el sol de la tarde.
Vi cómo se enderezaba de golpe. Su respiración se cortó. Miraba a su alrededor con frenesí, conectando todos los puntos y, entonces, sus ojos se encontraron con la vieja entrada de madera, medio devorada por la hiedra.
—No puede ser… —susurró, y antes de que terminara la frase, soltó un chillido de pura emoción que casi me deja sordo—. ¡Nevan! ¡Joder, Nevan, es el campamento! —gritó, volviéndose hacia mí con los ojos iluminados y una sonrisa radiante que no le cabía en la cara.
Su pelo rubio, que llevaba en un moño enmarañado y algo despeinado por el viaje, le daba un aire salvaje que me volvía loco. Tenía las mejillas encendidas no por el frío, sino por la alegría pura, lo que me golpeó el pecho.
Era el campamento. El lugar donde nos conocimos.
Doce putos años desde la última vez que pisamos este lugar, el único sitio donde de verdad fuimos nosotros mismos, lejos de las expectativas de nuestras familias, lejos de los « Morgan » y los « Grayson » .
Aquellos veranos fueron nuestro refugio y, verlo ahora a través de sus ojos, me hizo sentir que, después de todo, habíamos tomado la decisión correcta.
Frené el coche y el motor se apagó, dejando solo el sonido de los pájaros y el viento entre los pinos. Aria me miraba como si le hubiera regalado el mundo entero.
—No me puedo creer que me hayas traído aquí —dijo todavía alucinada, sin atreverse a bajar del coche, como si tuviera miedo de que fuera un espejismo—. Nevan, han pasado siglos. ¿Cómo...? ¿Por qué has venido aquí?
La miré, dejando que la sonrisa se me escapara, esa que solo reservaba para ella.
—Porque es el único sitio donde no necesitas fingir, Aria —respondí, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía—. Y porque necesitaba traerte a algún lugar donde pudiéramos empezar de cero.
La tensión sexual del viaje seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con algo más profundo, algo de nuestra infancia que nos unía.
Aria seguía mirándome con adoración, y yo, bueno, solo quería bajar del coche, rodearlo, abrirle la puerta y ver qué hacíamos ahora que estábamos solos en medio de la nada.
Salí del coche y el aire del bosque me llenó los pulmones.
Pero no estaba mirando los pinos, estaba mirandola a ella.
Parecía que le habían quitado diez años de encima; estaba radiante dando saltitos como una niña pequeña, con una sonrisa tan genuina y brillante que me hacía daño a la vista.
Se movía de un lado a otro, señalando el lago, las viejas barcas, los senderos, absorbiendo cada rincón con una intensidad que me removía algo muy profundo en el pecho.
—¡Nevan, mira eso! ¡Sigue estando el mismo muelle! —exclamó, acercándose a mí y dándome un empujón juguetón en el hombro.
La llevé de la mano hacia recepción. La mujer de la oficina, una señora mayor que apenas levantó la vista de sus papeles, me dedicó una sonrisa cómplice al entregarme las llaves.
—Cinco días —dije, recibiendo el llavero metálico—. Gracias.
Caminamos por el sendero principal, el crujido de las hojas secas bajo nuestras botas era el único sonido.
Y ahí estaba: la Cabaña 7. La misma que cuando éramos críos señalábamos con el dedo, soñando con vivir allí para siempre, lejos de los deberes y las cenas aburridas.
Era de madera oscura, con un porche pequeño que daba justo a la orilla del lago, donde el agua reflejaba la luz del atardecer como si fuera oro líquido.
Aria se quedó parada delante de la puerta, con las manos juntas sobre el pecho, emocionada.
—No puede ser… Es la cabaña —susurró, girándose hacia mí con los ojos brillando—. Nevan, te has pasado. Es… es perfecta.
—Adelante, entra. Es toda tuya durante cinco días.
Aria empujó la puerta con impaciencia, casi tropezando por las ganas de ver el interior.
Yo la seguí, con las manos en los bolsillos, disfrutando de cómo sus ojos escaneaban el salón, la pequeña chimenea y el ventanal.
Pero cuando llegamos a la única habitación, su entusiasmo se topó con un muro de realidad.
Se quedó clavada en el centro de la estancia. No había dos habitaciones. Solo había una, dominada por una cama enorme, de madera maciza, que ocupaba casi todo el espacio.
Aria se giró hacia mí, con los ojos como platos y la cara cambiando de color a una velocidad alarmante, pasando del rosa pálido a un rojo intenso.
—¿Nevan? —preguntó, señalando la cama con un dedo tembloroso—. ¿Qué es esto?
Me hice el sorprendido, aunque por dentro me estaba partiendo de risa. Me acerqué a la cama y comprobé el colchón con aire profesional, soltando una risita que, a todas luces, delataba que no me creía ni yo el error.
—Joder —dije, reprimiendo una carcajada—. Ha tenido que ser un error administrativo. Pedí dos habitaciones, te lo juro. Habrán cambiado la asignación a última hora.
Aria seguía inmóvil, con las mejillas ardiendo. Verla tan fuera de juego, tan avergonzada y consciente de la única cama que teníamos delante, era el mejor espectáculo del mundo.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con la voz un poco más aguda—. ¿Duermo yo en el suelo o…?
—No seas dramática, Morgan —solté, soltando una carcajada al ver su cara—. Es una cama enorme. Los dos cabemos perfectamente sin tocarnos, a menos que tú decidas lo contrario.
Me acerqué a ella, bajando el tono.
—No te preocupes —dije, guiñándole un ojo—. Si te da corte, te prometo que no miraré cuando te cambies. A no ser, claro, que quieras que mire. Si no quieres, me quedaré en el porche mirando el lago, aunque me esté perdiendo la mejor vista de todo el campamento.
Aria se puso todavía más roja, si es que eso era posible, y desvió la mirada hacia el suelo, mordiéndose el labio inferior para no sonreír.
Podía ver cómo luchaba por mantener la compostura, pero el brillo en sus ojos delataba que, en el fondo, esa situación le parecía mucho más emocionante de lo que quería admitir.
Adoraba verla así. Me moría de ganas por ver cómo gestionaba la noche, sabiendo que en esa habitación, sin nadie que nos juzgara, las reglas del juego las poníamos nosotros.