Capítulo 27
Aria
Habían pasado dos horas desde que salimos de la ciudad. El paisaje exterior era una mancha de verdes y grises que se movía a toda velocidad, pero no prestaba atención a la carretera. Estaba demasiado ocupada tratando de procesar el hecho de que mi vida, tal y como la conocía, quedaba atrás.
Nevan no hizo preguntas. Solo condujo, con una determinación que me daba escalofríos. Me llevó a mi apartamento para que hiciera una maleta y cogimos la carretera sin mirar atrás.
Mi teléfono seguía ardiendo en el asiento central.
Veinticuatro llamadas perdidas de « Mamá » y un solo mensaje de « Papá » .
Lo abrí, sintiendo el pinchazo habitual de culpa.
Mi padre era el único de mi familia que de verdad me miraba, aunque casi siempre lo hiciera a través de una pantalla de ordenador o desde el otro lado del mundo en sus viajes de negocios.
Espero que estés tomando la decisión correcta, Aria. Solo quiero que seas feliz. Llámame cuando puedas.
Suspiré, sintiendo un nudo en la garganta. Respondí rápido:
Estoy bien. Necesito tiempo, papá. Te quiero .
Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo, ocultando la pantalla. No quería ver ni una llamada más.
Giré la cabeza para observar a Nevan. Conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada en la ventanilla.
Sus nudillos estaban marcados, su mandíbula tensa, y ese perfil, joder, era imposible no mirarlo.
Había algo tan magnético en su forma de moverse, en esa mezcla de caos y seguridad, que me sentía como una imán que por fin había encontrado su polo opuesto.
De repente, Nevan soltó una risa baja, sin apartar la vista del asfalto.
—Si sigues mirándome así vas a hacerme creer que te convencí de que soy un caballero.
Sentí un calor repentino subir por mis mejillas.
—Estoy comprobando el criterio de mi secuestrador —dije, tratando de sonar despreocupada—. Sería una lástima cruzar el mundo con alguien sin sentido de la moda.
Nevan me miró de reojo, con esa media sonrisa arrogante que siempre me desarmaba.
—¿Secuestrador? Bombón, esto es una fuga consentida. Y, por si no te has fijado, mi estilo es bastante impecable teniendo en cuenta que acabamos de salir de una academia elitista en medio de una tormenta de verano.
Solté una carcajada, una de verdad, sin rastro de la etiqueta social que me había ahogado durante toda la vida.
La tensión en mi pecho empezó a disiparse, reemplazada por una ligereza que me mareaba.
Estar allí, en ese coche viejo, huyendo de todo lo que se suponía que debía ser lo correcto, era la cosa más aterradora y, a la vez, más liberadora que había hecho en mi vida.
—Gracias —murmuré, más seria.
Él levantó una ceja, confundido por el cambio de tono.
—¿Por qué?
—Por verme. Por no intentar cambiarme, por estar aquí, aunque haya intentado apartarte.
Nevan no dijo nada de inmediato. Solo me miró. Y en sus ojos había algo tan real. Tan transparente.
—No sabría cómo cambiarte —murmuró por fin, su voz baja, casi ronca—. Eres la persona más intensa, complicada y fascinante que he conocido. Y aun si pudiera, no querría. Me gustas así, tal y como eres.
Sus palabras golpearon mi pecho con la precisión de un disparo.
Me quedé sin aire por la sinceridad cruda que acababa de decir.
Por primera vez, alguien no quería pulirme o convertir mi personalidad en una versión más vendible o adecuada.
Nevan me quería con mis grietas, con mis miedos y con mi desastre.
Me giré hacia la ventana para ocultar la emoción que me empañaba la vista, pero no pude evitar sonreír. El coche seguía avanzando hacia un destino desconocido pero no me importaba lo más mínimo no saber a dónde íbamos.
Una hora más tarde, el silencio se estaba volviendo demasiado pesado.
Nevan conducía con una destreza que me hipnotizaba; sus manos, fuertes, apenas hacían esfuerzo sobre el volante, como si el coche fuera una extensión de su propio cuerpo.
La música de la radio era un murmullo lejano de una estación local que perdíamos y recuperábamos cada pocos kilómetros.
Necesitaba romper esa calma, que dejáramos de pensar en el « antes » y empezáramos a existir en el « ahora » .
—Esto es aburrido —anuncié, rompiendo el mutismo.
Nevan me miró de reojo, con una ceja arqueada.
—¿Te aburre la libertad, Morgan? Es un concepto nuevo para ti, supongo.
—Cállate. No hablo de eso, si no de que llevamos una hora sin decir una palabra. Juguemos a algo.
—¿A qué quieres jugar?
—Juguemos a « Yo nunca » . Es el único juego que se me ocurre al que se puede jugar sin quitar las manos del volante —dije, estirándome en el asiento—. Empiezo yo.
Nevan resopló, pero vi una pequeña curva aparecer en la comisura de sus labios.
—Adelante, bombón. Sorpréndeme.
—Yo nunca... —me quedé pensativa un momento, buscando algo que pudiera ponerle en un aprieto—...he sido expulsado de un sitio por mi comportamiento.
Nevan soltó una carcajada que resonó en el habitáculo del coche.
—¿En serio? ¿Esa es tu mejor baza? Me han expulsado de media docena de bares, del campo de fútbol del instituto y de la oficina de un director de banco. Punto para mí.
—¡Eso no cuenta si lo haces a propósito! —protesté, riendo.
—Las reglas son las reglas. Te toca, y admite tu derrota.
—Vale, vale. Yo nunca... he hecho algo ilegal.
Nevan apretó los labios, fingiendo estar pensativo, aunque sus ojos brillaban con picardía.
—Bueno, técnicamente, ir a ciento cuarenta en una zona de cien cuenta como ilegal, ¿no? Y no me hagas hablar de mis años de adolescencia. Punto para mí también. ¡Esto es una masacre, Aria!
—¡Estás haciendo trampas! —le di un toque en el brazo, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la manga —. Vale, te toca a ti.
Nevan se puso serio por un segundo, sus ojos clavados en la carretera, pero sentí cómo bajaba la guardia.
—Vale, mi turno —dijo con voz grave—. Yo nunca he tenido una fantasía tan guarra que me diera vergüenza admitir.
Me quedé en silencio, con la mirada fija en el asfalto. El aire dentro del coche se volvió espeso de golpe. « Joder, qué pregunta » . De todas las cosas que podría haber dicho, tenía que elegir este camino.
—Eso es una chorrada —contesté, tratando de sonar casual, aunque sentí cómo el calor me subía por el cuello como si me estuvieran quemando—. Todo el mundo fantasea, Nevan. No es para tanto.
Nevan soltó una risa corta, sin apartar la vista de la carretera, pero vi cómo apretaba el volante con más fuerza.
—¿Ah, sí? —me miró de reojo, con una sonrisa socarrona—. Pues venga, ilumíname. ¿O es que la bailarina no tiene pensamientos sucios? ¿Te da vergüenza admitir que a veces te apetece algo que no sea tan… protocolario?
Sentí un pinchazo en el estómago. « Si supieras » , pensé.
Si supiera que me paso las noches leyendo libros que me dejan temblando, imaginando escenas que ni por asomo se parecen a la mierda que viví a los dieciocho años.
Aquella primera vez había sido tan desastrosa, tan torpe y tan carente de todo, que desde entonces me había cerrado en banda.
Me había convencido de que aquello era « el sexo » , una decepción incómoda, y por eso me había refugiado en mis libros y en mi carrera, donde al menos tenía el control.
Pero Nevan me estaba mirando como si pudiera leer toda esa frustración acumulada.
—No tengo nada que decir, Grayson —me crucé de brazos.
Nevan soltó un bufido, esta vez sin pizca de burla.
—¿Te avergüenza? —preguntó, sin rodeos—. Aria, se nota a la legua. A ver, dime: ¿es que eres tan inexperta que te da miedo cagarla o es que en realidad eres una viciosa que no sabe por dónde empezar?
Sus palabras fueron como un jarro de agua fría, pero a la vez, me hicieron sentir un calor inmenso. Me sentí expuesta, vulnerable y, extrañamente, excitada.
—¿Qué te importa? —logré decir, aunque la voz me temblaba un poco—. No todo el mundo tiene tu « currículum » .
—No me importa tu currículum, me importa lo que tienes en la cabeza —respondió, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro ronco—. Sé muy bien que debajo de esa fachada hay alguien que se muere de ganas de experimentar. ¿Me equivoco?
Me mordí el labio, incapaz de mirarlo a los ojos. Tenía razón. Y lo peor es que, por primera vez, no quería que dejara de hurgar. Necesitaba que se diera cuenta que, de una maldita vez, alguien me tratara como si fuera algo más que una muñeca de porcelana que se rompe al primer toque.
—Tal vez —susurré, con el corazón martillando en el pecho—. Pero a lo mejor tampoco sabes cómo tratar a alguien que jamás ha estado en esta situación.
Nevan soltó una carcajada ronca, una que sonaba a pura complicidad.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo el resto de mis dudas se desvanecían. Él no me estaba juzgando; estaba retándome. Y, por primera vez, estaba deseando perder.