Caminos Opuestos Capítulo 26
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Capítulo 26

Nevan

Siete putos días de arrastrarme por una ciudad que no era la mía, fingiendo que el aire que respiraba no tenía el sabor de la derrota.

Esa semana fue una borrosa sucesión de intentos fallidos por sentirme vivo.

Fui a una feria con Elara y Eiden, rodeado de luces de neón y risas que me sonaban a ruido blanco.

Ellos, en su burbuja de felicidad, intentaban incluirme, pero yo solo era una sombra.

También volví al estudio de Leo. Tatuar era lo único que me devolvía algo de control; el zumbido de la máquina, el olor a desinfectante y la concentración necesaria para no estropear la piel sintética me permitían apagar el cerebro durante unas horas.

Estaba mejorando, Leo lo notaba, pero, todo esto, era como ponerle una tirita a una herida de bala.

Una mañana encontré una revista de sociedad en la mesa del salón.

Ahí estaba. Aria, sonriendo junto a Ryan Lancaster en una gala de caridad.

El titular era un insulto: La pareja ideal: Aria Morgan y Ryan Lancaster, los futuros pilares de la élite .

Los miré tanto tiempo que la imagen se me quedó grabada en la retina.

Ella lucía tan perfecta, tan inalcanzable, tan… triste.

Mi teléfono no dejaba de vibrar. Mi madre, John...

llamadas perdidas que se acumulaban como deudas.

No tenía fuerzas para sus preguntas, ni para sus decepciones.

Estaba harto. Harto de ser el invitado de pega en la vida de Eiden y Elara, harto de ver cómo la vida de Aria seguía su curso mientras yo me quedaba estancado en este limbo.

—Me largo —dije una mañana, soltando la llave del apartamento sobre la mesa.

Eiden y Elara me miraron, no muy sorprendidos. Sabían que mi tiempo aquí se estaba agotando. La despedida fue corta, como me gustaban. Un abrazo fuerte de Elara que intentó decirme que todo iría mejor, un apretón de manos con Eiden que decía que siempre tendría un sitio allí. No necesitaba más.

Metí mis pocas cosas en el coche. Windale me esperaba. Mi rutina, mi caravana, mi vida de mierda. Era un desastre, sí, pero era mi desastre. Y al menos allí no tenía que ver fotos de Aria en cada quiosco de prensa.

Encendí el motor y el viejo coche rugió, quejándose como siempre.

Me puse en marcha, sintiendo que el peso en el pecho se aligeraba un poco al enfilar la salida de la ciudad.

Pero, a medida que las calles de la capital empezaban a quedar atrás, el motor no era el único que se quejaba. Algo dentro de mí empezó a gritar.

« ¿De verdad te vas a ir así? ¿Sin despedirte? »

—Joder —mascullé, golpeando el volante.

Traté de convencerme de que era mejor así.

Sin despedidas, sin dolor, sin volver a ver esa mirada triste que me rompió hace una semana.

Pero cuanto más avanzaba, más me daba cuenta de que huir era una cobardía.

Necesitaba verla. Aunque fuera desde lejos, aunque significara arrancarme el corazón del pecho.

Tenía que escuchar su voz, ver esos ojos verdes una última vez antes de desaparecer de su órbita para siempre.

El coche se detuvo en un semáforo. Miré el reloj. Ella debería estar en la academia a esta hora, terminando los ensayos.

Sin pensarlo más, giré el volante con una brusquedad que hizo chirriar las ruedas. Cambié de ruta. Aceleré, ignorando el sentido común. Iba a verla. Y, por Dios, que me perdone el destino, pero sería una despedida que ninguno de los dos olvidaría jamás.

La lluvia golpeaba contra las cristaleras de la academia como si quisiera romperlas, pero dentro, el silencio era absoluto. O, al menos, eso parecía hasta que escuché una melodía de piano, lenta y melancólica, filtrándose por el pasillo.

Mis botas dejaban pequeñas manchas de agua en el suelo de madera pulida, un rastro evidente de que no debería estar aquí.

Estaba empapado, el agua fría se me metía por el cuello de la sudadera, pero ni siquiera temblaba.

Mis pies se movían solos, guiados por el sonido hasta la última sala. La puerta estaba entornada.

Me asomé.

Aria estaba allí. Llevaba un conjunto de danza en tonos rosa pálido que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, el pelo dorado medio recogido con un delicado lazo rosa.

No bailaba para un público, ni para su madre, ni para los fotógrafos.

Lo hacía para sí misma, o quizás, para exorcizar los demonios que la estaban consumiendo.

Sus movimientos eran una poesía desolada: cada salto era una súplica, cada giro una caída al vacío.

Se movía con una tristeza tan profunda que me costó tragar saliva.

Me quedé allí, apoyado en el marco, olvidado que estaba mojando el suelo, olvidado que era un intruso.

La admiraba con una intensidad que me quemaba las entrañas.

Era preciosa, sí, pero no era su belleza lo que me tenía clavado en el sitio; era su esencia.

Estaba ahí, desnudándose a través de la danza, y yo me sentía como un privilegiado por ser testigo de aquello.

La quería de una forma que no sabía ni cómo procesar.

La necesitaba libre, feliz, y me dolía en el alma ver que, en su propio santuario, seguía pareciendo un pájaro atrapado en una jaula de oro.

La música se desvaneció en un acorde final y se quedó inmóvil, con la cabeza gacha, respirando agitada.

—Es un baile precioso —dije, incapaz de mantenerme en silencio un segundo más.

Aria dio un respingo, girándose sobre sus talones. Sus ojos verdes, grandes y brillantes, se abrieron de par en par al verme. Al ver mi ropa chorreando, mi pelo pegado a la frente y la marca de agua que dejaba a mis pies.

—¿Nevan? —su voz salió ahogada, como si no pudiera creer que fuera real.

—No quería asustarte. Solo… pasaba cerca y quería despedirme. Me voy, Aria. Vuelvo a Windale.

El silencio que siguió fue más pesado que la lluvia. Vi cómo sus hombros, que habían estado tensos desde que me vio, se hundían de repente. Sus ojos se empañaron en cuestión de segundos.

—¿Te vas? —susurró; la voz rota.

—Aquí no tengo nada que hacer —dije, tratando de sonar casual, aunque mi corazón gritaba lo contrario—. Pero no quería irme sin...

No pude terminar. Aria soltó un sollozo, un sonido roto, pequeño, que me destrozó más que cualquier grito. De repente, su compostura se resquebrajó como un espejo. Empezó a llorar, sollozos profundos, violentos.

Se llevó las manos a la cara y se hundió sobre sí misma.

Di dos pasos rápidos y la alcancé antes de que sus rodillas tocaran el suelo.

La sostuve, la estreché contra mi pecho, protegiéndola de todo lo que había fuera de esas paredes.

Ella se agarró a mi sudadera mojada con desesperación, escondiendo la cara en mi cuello mientras su cuerpo temblaba por los espasmos.

—No puedo más, Nevan —balbuceó, sus palabras manchadas de angustia—. No puedo. Lo he intentado, te lo juro que lo he intentado, pero no es suficiente. Nunca es suficiente para ella. Siento que me ahogo, que no tengo aire.

La apreté más fuerte, apoyando mi barbilla sobre su cabeza, cerrando los ojos con fuerza.

—Shhh, tranquila—murmuré, con impotencia.

Acuné su rostro entre las manos. Estaba fría, húmeda por las lágrimas.

La obligué a mirarme. Sus ojos verdes, tan preciosos y ahora tan cargados de desolación, me miraron con una vulnerabilidad que no pude soportar.

Esos ojos no estaban hechos para llorar por exigencias absurdas; estaban hechos para brillar.

—Mírame, Aria —dije con la voz más firme que pude reunir—. En la gala te dije, y te lo voy a repetir una última vez, no tienes que pedir permiso para respirar. Solo tienes que decir que sí.

Ella jadeó, sus labios temblaban.

—¿Qué…

—Dilo —le pedí, acariciando sus mejillas, borrando el rastro de las lágrimas—. Pídelo y nos vamos ahora mismo. No me importa dónde. Solo tienes que pedirlo.

Su respiración era errática, sus ojos recorrían los míos, buscando una salida, buscando la verdad. Había miedo en ella, un  terror a lo desconocido, a perderlo todo. Pero también había algo más: la desesperación de alguien que sabe que, si se queda un segundo más, se romperá por completo.

Sus ojos se cerraron un instante. Cuando los abrió, no había vuelta atrás. Una lágrima resbaló por su mejilla mientras me miraba con una mezcla de pavor y esperanza.

—Si… —su voz fue apenas un susurro—. Por favor, Nevan. Sácame de aquí.

No esperé ni un segundo más. La apreté contra mí sabiendo que, en ese momento, nuestras vidas acababan de cambiar para siempre.