Caminos Opuestos Capítulo 25
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Capítulo 25

Aria

Recuerdo

Caminar de puntillas por el suelo de madera del pasillo era súper difícil; sobre todo porque me entraba la risa cada dos segundos y tenía que taparme la boca con las dos manos para no armar jaleo.

Nevan iba un paso por delante de mí, moviéndose agachado como si fuera un espía de verdad en una de sus películas favoritas.

Tenía diez años y se creía el jefe de la misión por ser un año mayor que yo, me hacía señas con la mano para que me pegara a la pared.

Estábamos colándonos en el almacén viejo del campamento, el lugar sagrado donde los monitores guardaban las cajas grandes de comida y, lo más importante de todo: las chucherías.

—Venga, Aria, más rápido, que la ventana está abierta —susurró Nevan, dándome la mano para ayudarme a trepar por el marco de madera descolorida.

Entramos en el almacén, que olía a polvo, a cajas de cartón y a azúcar.

Había hileras de estanterías gigantes llenas de botes de plástico.

Nevan se estiró todo lo que pudo y metió la mano en una de las cajas abiertas, sacando un puñado enorme de nubes de azúcar, regalices rojos y ositos de goma.

Los metió todos en su bolsa y me pasó unos cuantos.

—¡Misión cumplida! —celebré en un susurro, dando un pequeño saltito de alegría.

Pero la alegría nos duró muy poco. Justo en ese momento, el crujido pesado de unos zapatos resonó al otro lado de la puerta principal del almacén, acompañado por el tintineo de un manojo de llaves.

—¡Corre! —exclamó Nevan con los ojos como platos.

No nos lo pensamos dos veces. Nevan me agarró de la mano con fuerza y saltamos por la ventana al césped.

Empezamos a correr a toda velocidad por el campo de fútbol, con el corazón dándonos vueltas en el pecho, medio asustados por si nos caía una bronca gigante, pero riéndonos a carcajadas mientras el viento nos daba en la cara. No solté su mano ni un solo segundo.

Llegamos sin aire a nuestro escondite habitual: el hueco oculto detrás de las canoas viejas, justo al lado del embarcadero del lago. Nos dejamos caer en el suelo, camuflados por los árboles altos, intentando controlar la respiración mientras nos partíamos de risa por lo que acababamos de hacer.

—¡Ha sido espectacular! —dijo Nevan, sacando el botín de la bolsa y dejándolo sobre una lona limpia—. El monitor no ha tenido ninguna oportunidad contra nosotros. Somos los mejores.

—¡Hemos sido súper listos! —respondí, cogiendo un regaliz rojo y dándole un mordisco que me supo a victoria—. Casi nos pilla por tu culpa, que te has quedado empanao mirando la caja de las gominolas con azúcar.

—¡Eso no es verdad! —se defendió, empujándome con el hombro, con las mejillas coloradas por la carrera.

Mientras lo miraba colocarse el pelo rubio que se le había alborotado por el viento, sentí un calorcito muy tierno en la tripa.

A mis nueve años, no sabía qué era el amor, pero tenía muy claro que quería a Nevan más que a nadie en el mundo.

Me gustaba que siempre me incluyera en sus planes, que me diera la mano para correr y que hiciera que los días en el campamento fueran una aventura constante.

Sabía que, pasara lo que pasara, nunca me aburriría si estaba cerca.

—Oye, Nevan —dije, apoyando la espalda contra la madera de una canoa y mirando el agua brillante del lago—. Cuando seamos mayores de verdad, ¿seguiremos haciendo estas cosas?

—Claro que sí —respondió él sin dudarlo, metiéndose dos ositos de goma en la boca a la vez—. Cuando seamos grandes, compraremos una cabaña gigante y viviremos juntos. Así nadie nos dirá a qué hora tenemos que acostarnos ni cuántas chuches podemos comer.

Se me iluminaron los ojos con la idea. Miré hacia el otro lado del lago, donde estaban las cabañas de los monitores, las que tenían las mejores vistas.

—Ojalá podamos vivir en una de las que están justo delante del lago —deseé en voz alta, abrazándome las piernas—. Para poder ver el agua desde la ventana todos los días.

Nevan dejó de masticar, se me quedó mirando con sus ojos azules muy serios, con esa seguridad tan grande que siempre tenía, y extendió su mano hacia mí, con la palma llena de gominolas de colores.

—Te lo prometo, Aria. Algún día viviremos en una cabaña frente al lago, tú y yo. Y comeremos chucherías a todas horas, ya lo verás. Ningún monitor nos va a prohibir nada.

Sonreí de oreja a oreja y choqué mi mano con la suya para cerrar el trato.

Nos quedamos allí escondidos hasta que empezó a atardecer, compartiendo el azúcar robado y construyendo un futuro perfecto en nuestras cabezas inocentes; un mañana donde el mundo era sencillo, las promesas eran eternas y los sueños no sabían de distancias ni de miedos.