Caminos Opuestos Capítulo 24
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Capítulo 24

Nevan

La luz blanca que salía del salón era cegadora, tan fría que me hizo entrecerrar los ojos. Me quedé donde estaba, con las manos hechas puños a los costados, mojado, con la ropa pegada al cuerpo y el sabor del beso de Aria aún ardiendo en los labios.

Ella temblaba, no por el frío de la lluvia, sino por el miedo puro que emanaba de ella al ver a su madre.

—¿Aria? —la voz de la mujer era como un látigo—. Dime que esto es una pesadilla. Dime que no te he visto arrastrada en el barro con… con esta escoria.

« Escoria » . La palabra flotó en el aire, cargada de todo el desdén que solo el dinero puede comprar. Di un paso al frente, instintivo, queriendo ponerme entre ellas.

—No le hable así —mi voz sonó ronca, peligrosa.

—Nevan, no —Aria me cortó, agarrándome del antebrazo. Su mano estaba helada. Me miró con una desesperación que me partió el alma. No la estaba defendiendo a ella; estaba intentando protegerme a mí—. Por favor, vete.

—¿Que me vaya? Me está insultando, Aria —repliqué, sintiendo cómo la sangre me hervía.

Fue entonces cuando Ryan dio un paso hacia delante. Se plantó al lado de la madre de Aria, mirándome con una superioridad tan insultante que me dieron ganas de partirle la cara.

—Déjalo, Aria —dijo él, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. No vale la pena. Mira al chico. Está empapado, está fuera de lugar y, seamos sinceros, no tiene ni idea de dónde está parado. ¿De verdad crees que alguien como él puede ofrecerte algo que no sean problemas?

—Cierra la puta boca —le espeté, dando un paso hacia él.

—¿Qué vas a hacer? —se burló Ryan, sin inmutarse—.

¿Pegarme? Eso solo confirmaría lo que todos sabemos: eres lo que pareces.

Un chico de barrio con un complejo de inferioridad que intenta jugar en ligas que le quedan demasiado grandes.

Aria es una mujer de alto rango, con un futuro brillante. Tú eres un don nadie.

Sentí el impacto de sus palabras más que si me hubiera dado un puñetazo.

Miré a Aria, esperando que dijera algo, que me defendiera, que me diera una razón para seguir peleando.

Pero ella no podía. Sus ojos, antes llenos de fuego, ahora estaban vidriosos.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, mezclándose con la lluvia y, en ese momento, supe que la había perdido.

No porque ella quisiera, sino porque no tenía fuerzas para luchar contra el peso de todo lo que la rodeaba.

—¿Lo ves, Nevan? —la voz de Aria era un hilo, apenas un susurro roto—. Ya has visto lo que pasa cuando te acercas demasiado.

—Aria, podemos irnos. Ahora mismo —dije, ignorando a los demás, suplicándole con la mirada—. Solo tienes que decirme que te saque de aquí.

Ella negó con la cabeza, despacio, mientras más lágrimas caían sin control.

Su llanto era silencioso, contenido, el llanto de alguien que ya se había rendido.

Verla así, rota, sustituida por una sumisión que me destrozaba el corazón, me dejó sin aliento.

Aria no estaba llorando porque me quisiera o no; lloraba porque sabía que, para sobrevivir en su mundo, tenía que dejarme atrás.

—No puedo —susurró ella.

La madre de Aria dio un paso adelante y le tomó la mano, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. La arrastró camino a la puerta de cristal, hacia la luz, al interior de la gala.

—Vámonos, Aria —dijo su madre, lanzándome una última mirada cargada de asco—. Deja que este chico vuelva al lugar del que nunca debió salir.

Aria no se giró. Caminó como un autómata, dejándose guiar de vuelta al interior del salón, a la vitrina de cristal. La vi entrar, cómo el calor y la luz del salón se la tragaban, y observé cómo su postura se enderezaba de nuevo, cómo su cara recuperaba esa expresión inerte, vacía, educada.

La puerta de cristal se cerró con un clic seco, sellandola del mundo exterior.

Me quedé allí, solo bajo la lluvia, con el agua corriendo por mi cara y el eco de su silencio golpeándome más fuerte que cualquier insulto. Ryan, antes de entrar, me dedicó una última mirada de triunfo absoluto.

No era solo el dinero, ni era el estatus, era que, al final, me habían ganado.

Consiguieron lo que querían: volver a convertirla en la muñeca perfecta que nadie puede tocar.

Y yo, Nevan Grayson, me había quedado fuera, en el frío de la noche, sin nada más que el recuerdo de un beso que sabía a despedida.