Capítulo 23 #2
Se separó apenas un centímetro, respirando con dificultad, con la frente apoyada contra la mía.
Sus ojos, brillantes, buscaban los míos, cargados de una frustración que quemaba.
Me acarició la mejilla con el pulgar, un gesto suave y dulce, antes de volver a reclamar mis labios, esta vez con más profundidad, como si estuviera intentando marcarme, borrar cualquier rastro del perfume de Ryan que pudiera quedar en mí.
Yo me perdí. Solté todo el aire que había contenido durante horas, durante semanas.
Me olvidé de los Lancaster, de mi madre, de la imagen, de las inversiones…
Solo existía Nevan, su piel mojada bajo mis manos, la electricidad estática de nuestra rabia convirtiéndose en deseo crudo, en la necesidad de sobrevivir el uno al otro.
El instinto me gritó que me separara, que corriera a esconderme en las sombras del jardín antes de que alguien nos descubriera.
La luz de los focos del porche se había encendido, rompiendo nuestra burbuja de oscuridad y dejándonos expuestos bajo el aguacero.
Pero Nevan no se movió. No mostró ni un ápice de pánico.
Sus manos siguieron firmes en mi cintura y sus ojos azules se clavaron en los míos con una fijeza desafiante.
La lluvia seguía golpeándonos, resbalando por su mandíbula y empapando mi pelo por completo, pero él pareció ignorarlo. Una chispa salvaje, gamberra y desesperada parpadeó en su mirada.
—Baila conmigo, Morgan —susurró, y su voz apenas logró abrirse paso entre el rugido del agua.
¿Bailar? ¿Ahora? Estábamos en medio de una tormenta, a la vista de cualquiera que mirara por los ventanales de la mansión.
Era una locura. Una imprudencia que podría costarme todo el orden que tanto me había costado construir.
Pero miré su sonrisa torcida, sentí el calor de sus manos quemándome a través de la ropa mojada y supe que ya estaba perdida.
Deslicé mis manos por sus hombros empapados y dejé que me guiara.
Bailar con Nevan era un caos. Sus movimientos eran torpes, carecían de técnica, de pasos estructurados o de compases tradicionales; pero no le hacía falta nada de eso.
Nos movíamos pegados, tan juntos que sentía el latido desbocado de su corazón golpeando con fuerza contra mi propio pecho.
No había frialdad en él, solo una fascinación ciega y devota.
Me miraba como si fuera lo más valioso del universo, adorando cada imperfección del momento, hechizado por el vaivén de nuestros cuerpos bajo el agua.
Me sujetó la mano con firmeza y, con un movimiento fluido pero rústico, me hizo dar una vuelta sobre mí misma bajo la lluvia helada.
Mi vestido de gala, pesado y empapado, se expandió en el aire antes de que Nevan volviera a tirar de mí, atrapandome de golpe contra su cuerpo con una fuerza que me cortó la respiración.
Se inclinó hacia mi oído, y su aliento cálido fue un bálsamo contra el frío de la noche.
—Hace tiempo te prometí que no dejaría que esta vida te engullera —murmuró, y sentí la urgencia vibrando en su voz—. Podemos irnos, Aria. Lejos. Solo un tiempo. El suficiente para que veas que hay vida más allá de las audiciones y de todo lo que te impone tu madre. Déjame recordarte eso.
Por un segundo milagroso, me permití soñar con ello.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho, aspirando su aroma a lluvia y a él, escuchando el refugio que era su corazón.
Me acordé de aquella vez de niños, cuando nos prometíamos cosas demasiado grandes sin saber que la vida era más complicada de lo que parecía.
Pero la fantasía se desvaneció tan rápido como había llegado.
La realidad era un monstruo demasiado grande.
—No es posible, Nevan —susurré con la voz rota, apretando los puños contra su camisa mojada—. No puedo escapar de esto. Ya no somos esos niños. El mundo real no funciona así.
Nevan se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para obligarme a mirarlo. Me tomó de la mejilla con una delicadeza que me dolió en el alma y me besó. Fue un beso suave, lento, desprovisto de la rabia anterior; un beso corto que se sintió como una promesa silenciosa.
—Solo hará falta que lo digas, Morgan —susurró contra mis labios, rozándolos con ternura—. Dilo, y te llevaré a cualquier otro lugar. Donde tú quieras.
Me quede suspendida en sus palabras, con el corazón en un puño, queriendo creerle más que a nada en el mundo. Pero el hechizo se rompió de forma definitiva.
El chirrido metálico de la puerta de cristal al abrirse de par en par rasgó la noche.
Los pasos firmes y taconeados resonaron sobre el suelo del porche, deteniéndose en seco.
Giré la cabeza con lentitud, sintiendo cómo el frío de la lluvia se filtraba en mis venas al ver la silueta rígida de mi madre recortada contra la luz, mirándonos desde el umbral del jardín.
—¿Aria?
Su voz cortó el aire como un cuchillo. Me separé de Nevan como si me hubieran quemado, tropezando hacia atrás, con el pecho subiendo y bajando tan rápido que me dolía. Mis pulmones ardían y mi corazón martilleaba contra mis costillas con un ritmo frenético.
Me giré despacio, temblando no solo por el frío.
Allí estaba mi madre, bajo el porche, impecable, con el rostro desencajado por una mezcla de horror y furia contenida.
Y justo detrás, en la penumbra del salón, estaba Ryan Lancaster.
No decía nada, pero su mandíbula estaba tensa y sus ojos, al verme deshecha, despeinada y empapada contra Nevan, se estrecharon con un desdén que me heló la sangre.
El silencio que siguió fue absoluto. Habíamos cruzado la línea, y no había forma de volver atrás.