Capítulo 23
Aria
La gala era un teatro y, mi madre, era la directora encargada de que cada una de mis sonrisas fuera perfecta.
Llevaba horas atrapada en un vestido que, aunque bonito, se sentía como un disfraz.
A mi lado, Ryan Lancaster no dejaba de hablar sobre la fluctuación de los mercados energéticos.
Era innegable que era un hombre atractivo; tenía esa mandíbula cuadrada, el cabello castaño impecable, ojos verdes y una postura que delataba años de educación privada y disciplina.
Pero era un Adonis de plástico. Estaba hueco.
Cada vez que abría la boca para soltar una cifra sobre sus inversiones o los beneficios de Lancaster Industries , mi mente se evadía.
Miraba de reojo hacia el grupo de mis amigos, buscando con desesperación el rostro de Nevan.
Quería estar allí, riéndome de cualquier tontería con ellos, lejos de este salón donde el aire olía a ambición y perfume caro.
—Aria, ¿me estás escuchando? —preguntó Ryan—. El mercado europeo está en un punto clave. Es una oportunidad que no podemos dejar pasar.
—Sí, claro, fascinante —mentí, forzando una sonrisa.
Entonces, la música cambió a un ritmo más lento, más formal. Ryan me tendió la mano con una elegancia calculada.
—¿Me concedes este baile?
No era una petición; era un paso más en la coreografía que mi madre y su familia habían diseñado para nosotros.
Acepté, dejando que me guiara hacia el centro de la pista.
A nuestro alrededor, los fotógrafos se movían como buitres, buscando la « pareja ideal » para las portadas de las revistas de sociedad.
Ryan me sujetó con una firmeza que, aunque educada, me hizo sentir como una posesión.
Empezamos a movernos. Era un baile medido, sin alma, coreografiado para transmitir una imagen de éxito y sofisticación. Ryan seguía hablando de sus proyectos mientras guiaba mis pasos con precisión quirúrgica. Yo solo asentía, sintiéndome asfixiada.
En uno de los giros, levanté la vista y ahí estaba Nevan.
Se veía tan fuera de lugar en aquel salón como un incendio en una biblioteca, y aun así, estaba guapísimo.
El traje le quedaba bien, demasiado bien; aunque se notaba a leguas que no estaba acostumbrado a llevarlo.
Tenía el primer botón de la camisa desabrochado, la corbata un poco torcida, y esa actitud de animal enjaulado que me provocaba un vuelco en el corazón.
Sus ojos azules estaban clavados en mí, intensos, como si estuviera viendo a través de todo este disfraz que llevaba puesto.
Por un segundo, la música de la orquesta, el murmullo de los invitados y la voz monótona de Ryan desaparecieron.
Solo existíamos Nevan y yo. Él no estaba bailando, solo estaba ahí, observándome con una mezcla de desafío y algo que prefería no identificar para no perder la cordura.
Me dio un vuelco el corazón. Él sabía que odiaba estar allí, que preferiría estar rompiendo las reglas con él antes que bailando esta farsa de perfección.
—...y por eso creo que la diversificación es la clave —decía Ryan, ignorando por completo que no le prestaba la más mínima atención.
Seguí mirando a Nevan. Él no apartaba la vista.
Sus manos estaban metidas en los bolsillos del pantalón, y por un momento, me pareció ver cómo su mandíbula se tensaba.
Se veía tan crudo, tan real, comparado con el mundo de cristal que me rodeaba.
Me sentí desnudada por su mirada, como si pudiera ver lo que se escondía bajo mi vestido amarillo y mi máscara de « chica perfecta » .
Cuando la canción finalizó, Ryan me soltó, esperando el aplauso de los invitados.
Yo, en cambio, busqué a Nevan de inmediato.
Ya no estaba donde lo había visto. Mis ojos recorrieron la sala con urgencia, hasta que lo vi al fondo.
Se movía con una rapidez, sin mirar atrás, esquivando a los camareros hasta alcanzar una de las salidas de emergencia que daban al jardín exterior.
La puerta se cerró tras él con un sonido seco, dejando una estela de oscuridad. Se había ido.
—¿Aria? ¿Todo bien? —preguntó Ryan, mirándome con extrañeza—. Te has quedado pálida.
—Necesito aire, hace calor —murmuré, soltándome de su brazo antes de que pudiera protestar—. Ahora vuelvo.
El aire fresco del jardín me golpeó en la cara como una bofetada.
Dejé atrás la música de cuerda y las voces, buscándolo.
Y lo encontré. Nevan estaba al fondo, apoyado contra una balaustrada de piedra, lejos de la iluminación artificial.
Se había quitado la chaqueta del traje y la tenía tirada en el suelo, sobre el césped húmedo.
Llevaba la camisa blanca, ahora medio desabotonada y con las mangas arremangadas, revelando los tatuajes que en el salón había escondido.
Estaba fumando, con la mirada perdida en la oscuridad.
—Nevan —dije, en voz baja.
Él se giró de golpe. Sus ojos estaban oscuros, cargados de algo que no lograba descifrar. Se llevó el cigarrillo a los labios, dio una calada larga y lo aplastó contra la piedra con una fuerza innecesaria.
—¿Te has perdido, Morgan? —espetó, mirándome de arriba abajo—. El príncipe Lancaster te estará esperando. No deberías dejar que el heredero de la fortuna se aburra.
—Deja de llamarme así. Y no me busques las cosquillas, no estoy de humor.
—¿No estás de humor? —Nevan soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de diversión, y dio un paso hacia mí—. ¿Qué pasa, la conversación sobre inversiones te ha dejado agotada? ¿O es que te molesta que te haya visto ahí dentro, fingiendo que esa vida vacía es la que quieres?
—Tú no entiendes nada —respondí, sintiendo cómo el calor de la rabia empezaba a subirme por el cuello—. Esta es mi vida, Nevan. Mi madre, mi apellido… son cosas que no puedes cambiar solo porque a ti te parezca una mierda.
—¡Es una mierda! —exclamó, acortando la distancia entre nosotros.
Se veía tan crudo, tan real, que me sentí pequeña a su lado—.
Estás ahí dentro, atrapada en esa jaula de cristal, sonriendo a gente que te ve como un trofeo.
Y lo peor de todo es que pareces no darte ni cuenta.
¿Es eso lo que quieres, Aria? ¿Convertirte en una estatua de oro al lado de ese hombre?
—¿Y qué esperas que haga? —grité, dándome cuenta de que mi voz empezaba a temblar—. ¿Que me vaya contigo en tu coche destartalado? ¿Que lo deje todo por lo que he trabajado? No todo el mundo tiene el lujo de vivir como tú, sin responsabilidades, sin planes, sin nadie que espere nada de ti.
—¡No es cuestión de planes, es cuestión de dignidad!
—Nevan se pasó una mano por el pelo, visiblemente dolido—.
Me duele verte ahí, desperdiciando tu vida.
Me duele ver cómo te apagas cada vez que ese gilipollas te toca.
Y me duele, joder, que prefieras esa mentira antes que estar conmigo, aunque sepas que conmigo no tendrías que fingir.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer. Frías, pesadas. No nos importó.
—¡No eres nadie para decirme qué me conviene o qué no! —ataqué, sintiendo un nudo en la garganta—. No tienes ni idea de la presión que cargo. Tú solo juzgas desde fuera, pero no tienes que vivirlo. ¡No tienes que ser perfecto cada segundo de tu jodida existencia!
Nevan se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron. La lluvia arreciaba, empapándonos el pelo y la ropa, pero la intensidad de su mirada era lo único que sentía.
—Quizás si dejaras de intentar ser perfecta, verías que ya eres suficiente —susurró él, con una voz rota—. Pero tienes tanto miedo de ser tú misma que prefieres que te encierren en esa vitrina.
—¡Cállate! —grité apartándome, aunque lo único que quería era que me tocara.
—No me voy a callar. Estoy harto de esta distancia, harto de verte con esa gente, harto de sentir que para ti soy solo un secreto sucio que tienes que esconder en un callejón.
Estaba furiosa. Estaba desesperada. Estaba harta de todo.
—Pues vete —dije, desafiante—. Si tanto te molesta verme así, vete y déjame en paz.
Nevan soltó un gruñido gutural. Sin avisar, me agarró de la nuca con una mano y me estampó contra su cuerpo. Fue un movimiento brusco, lleno de rabia contenida.
—¡A la mierda! —rugió.
Sus labios chocaron contra los míos. No fue un beso romántico; fue una embestida. Tenía sabor a tabaco, a lluvia y a una desesperación que me cortó la respiración. Sus dientes rozaron mi labio inferior en un mordisco brusco, reclamando espacio, exigiendo que dejara de fingir.
Yo no me resistí. Al contrario, me hundí en él.
Mis manos volaron a su pelo empapado, tirando de él, apretándolo contra mí como si fuera el único punto de apoyo en medio de un naufragio.
Mis manos bajaron con rapidez, clavando las uñas en sus hombros, sintiendo la tela de la camisa empapada pegada a su piel, la tensión de sus músculos bajo mis dedos.
Él no se conformó con mis labios. Su otra mano bajó con rapidez hasta mi cintura, rodeándola y tirando de mí hacia él con una violencia posesiva, hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nuestros cuerpos.
Podía sentir el calor de su piel ardiendo a pesar de la lluvia helada que nos calaba hasta los huesos.
Sus besos eran un caos, una sucesión de impulsos salvajes.
Enun segundo me devoraba la boca con una urgencia que me hacía tambalear, al siguiente me besaba la mandíbula, el cuello, buscando con desesperación el pulso acelerado que delataba cuánto lo necesitaba.
Cada roce era una descarga. La fricción de su cuerpo contra el mío, el sonido de nuestra respiración entrecortada mezclados con el repiqueteo de la lluvia sobre las hojas, la forma en que me sujetaba, como si intentara absorberme o fundirse conmigo para escapar de todo.
Era un beso que sabía a reproche, a «¿ por qué no puedes ser mía? » , a « mira lo que me haces sentir » .