Caminos Opuestos Capítulo 22
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Capítulo 22

Nevan

—Joder, Elara, me estás estrangulando —gruñí, tirando un poco del cuello de la camisa mientras ella me ajustaba la maldita corbata.

—No seas exagerado —replicó, dándome un tirón más fuerte que casi me deja sin aire—. Si puedes sobrevivir a tatuarte un escorpión en el codo, puedes sobrevivir a una corbata.

—No compares, al menos la aguja no intentaba ahorcarme.

Me fulminó con la mirada, impecable con ese vestido azul cielo que parecía sacado de una alfombra roja.

Elara tenía esa facilidad para moverse entre la elegancia y lo cotidiano como si nada.

Claro, su familia también venía del mismo club de los que tenían demasiado dinero para saber qué hacer con él.

Aunque desde que se había mudado a Windale con Eiden, todo ese rollo de cenas con cubiertos de plata había quedado aparcado.

—Qué guapo estás, tío —dijo Eiden desde el sofá, estirándose con calma, trajeado. Como si hubiera nacido con la habilidad de parecer un modelo del maldito catálogo de Hugo Boss.

—¿Guapo? Parezco un camarero en prácticas —bufé, tirando otra vez de la corbata—. Este traje es como una cárcel de tela.

Elara sonrió con malicia mientras alisaba mi chaqueta.

—Pues acostúmbrate. Vas a un evento de recaudación de fondos de la familia Morgan, no a un concierto en un garaje.

—El concepto es el mismo: todos intentan encajar, nadie escucha y alguien acaba borracho.

Eiden soltó una carcajada.

—No le des cuerda, Elara. Si le sigues el juego, va a entrar a ese salón creyendo que puede improvisar un discurso sobre la decadencia del ballet.

—Sería mejor que lo que digan alguno de esos dinosaurios millonarios —me acomodé la chaqueta—. Y que quede claro: no pienso fingir que encajo con esa panda de ricachones.

Elara me miró con un gesto entre paciencia y resignación.

—No tienes que fingir nada, Nevan. Solo intenta no provocar un infarto a nadie.

—¿Yo? Si soy pura simpatía.

—Sí, claro.

—Pareces un tigre enjaulado —rió Eiden, sacudiendo la cabeza—. Pero tranquilo, hermano. No es tan grave. Solo es un evento más.

No para mí, pensé. Ese tipo de lugares nunca eran « solo un evento » .

Eran vitrinas. Escaparates. Y yo no estaba hecho para ser expuesto en uno.

Pero aun así, ahí estaba. Con la corbata demasiado apretada, el pecho incómodo y la sensación de que la noche prometía ser cualquier cosa menos tranquila.

El coche de Elara se detuvo frente al edificio iluminado como si fuera la jodida Casa Blanca en Navidad. Columnas de mármol, alfombra roja, camareros con guantes blancos. Bajé ajustándome la chaqueta, sintiéndome como un grafiti en medio de una galería de arte.

Dentro, la cosa era aún más absurda. Todo brillaba, todo gritaba dinero. Y entonces la vi.

El tiempo se ralentizó. Apareció en la entrada con un vestido largo amarillo, con un escote elegante y la espalda abierta que me dejó sin aire. El moño, algunos mechones sueltos que parecían colocados a propósito para volverme loco. Parecía un ángel.

Estaba radiante, pero también ausente. Su sonrisa era técnica, precisa, la de alguien que sabe exactamente cómo debe comportarse.

No era la Aria que se reía hasta que le dolía el estómago de la otra noche si no una versión pulida, filtrada y expuesta.

Me quedé clavado en el sitio, observándola.

Me dolía ver cómo se dejaba manejar por el protocolo, por la gente, por la situación.

—¿Quién es el tío con el que habla la madre de Aria? —pregunté, señalando con la barbilla a un hombre que acababa de aparecer al lado de la señora Morgan.

Era un hombre alto, joven, vestido impecable, con ese aire de seguridad arrogante que solo tienen los que nunca han tenido que pelearse por nada. Se inclinó para besar la mano de Aria y, aunque ella mantuvo la compostura, vi cómo se tensaba antes de recuperar la sonrisa.

Elara se acercó y miró en la misma dirección, soltando un suspiro.

—Es Ryan Lancaster.

—¿Lancaster? ¿Un apellido de esos que salen en las revistas de Forbes?

—Exacto. Ryan es el heredero de Lancaster Industries . Controlan gran parte de la infraestructura energética y tecnológica del país. Básicamente, son la realeza moderna. Dinero antiguo, poder absoluto y una reputación de ser el soltero de oro del estado.

Sentí un pinchazo frío en el pecho. Lancaster Industries . Yo tenía tinta en las manos; él tenía medio país en las suyas.

Miré a Aria, asentía a lo que decía Lancaster, pero sus ojos vagaban por la sala, buscando algo. Cuando su mirada chocó con la mía, se quedó quieta. Su postura se relajó un segundo antes de que volviera a centrarse en Ryan.

Apreté los puños dentro de mis bolsillos.

Esa inseguridad que siempre intentaba esconder me subió por la garganta.

¿Qué podía ofrecerle yo? ¿Un coche viejo y un futuro incierto?

Estaba viendo cómo ese mundo, el de los Lancaster y los Morgan, la engullía, y ella se dejaba llevar porque, supongo, pensaba que no tenía otra opción.

Aria se despegó de ellos un momento y caminó sola hacia la mesa de bebidas. Era mi oportunidad. Atravesé la sala esquivando miradas, sintiéndome como un intruso.

—¿Huyendo del príncipe heredero? —pregunté, acercándome lo suficiente para que pudiera escucharme.

Aria se tensó. Giró la cabeza despacio y, al verme, sus labios se apretaron en esa línea fina que conocía demasiado bien.

—Nevan… —su voz salió baja, contenida, como si decir mi nombre en ese lugar fuera un riesgo.

Me apoyé en la mesa con una sonrisa ladeada, fingiendo calma aunque por dentro me estaba quemando vivo.

—No parecía que te estuvieras divirtiendo mucho con el señor Industrias.

Ella cogió una copa con gesto elegante, pero sus dedos temblaron.

—Estoy cumpliendo con mi papel —dijo al fin, sin mirarme—. Es lo que se espera de mí.

—No, Morgan. Estás donde quieren que estés. Es muy distinto.

Su cuerpo se tensó.

—Baila conmigo. Una canción.

Aria parpadeó, sorprendida. Y luego, para mi desgracia, se rió bajito, una risa triste.

—¿Tú? ¿Bailar en una gala de la alta sociedad?

—No tengo ni idea. Lo más probable es que te pise veinte veces, pero quiero bailar contigo. Por favor.

La sonrisa en sus labios titubeó. Sus dedos acariciaron el borde de la copa.

Aria abrió la boca para responder cuando sentí cómo el aire se cortaba de golpe. Una presencia se colocó a nuestro lado. Ryan Lancaster.

—Aria —la voz de Ryan sonó suave, educada, pero con ese filo apenas contenido—. Te estaba buscando. El comité quiere presentarte a unos inversores.

Ella se tensó bajo su mirada, tan sutil que cualquiera lo habría pasado por alto, pero yo no.

Me obligué a mirar a Lancaster con calma, aunque por dentro me ardía el pecho.

El cabrón sonreía, esa sonrisa perfecta que se usaba en fotos de prensa.

Pero sus ojos, clavados en mí, decían otra cosa: « ella pertenece a este mundo, no al tuyo » .

Aria tragó saliva y giró la cabeza hacia él, como si quisiera esconder lo que acababa de pasar entre nosotros.

—Si, ahora voy, estaba tomando algo.

—El deber llama —dijo Ryan con condescendencia, mirándome de arriba abajo con una cortesía fría—. Disculpa, amigo. Aria tiene una agenda bastante apretada esta noche.

La guió con suavidad hacia atrás, como si no existiera. Como si hubiera que recordarle a todos, y sobre todo a mí, que ella era una pieza más en su tablero.

Me quedé ahí, con las manos vacías y la rabia mordiéndome por dentro.

Aria se fue con él, y, por un momento, la vi mirar hacia mi, solo un segundo, antes de perderse entre la multitud.

Entonces me di cuenta de que no era solo a Ryan a quien tenía que evitar.

Era a todo ese mundo que le exigía ser perfecta.

Y yo… yo solo era el tío que la hacía sentirse real. Pero en esta sala, la realidad no valía nada.