Capítulo 21 #3
La verdad era que también me acordaba de muchísimas cosas de él.
Me acordaba que siempre empezaba sus dibujos trazando primero el ojo izquierdo, que detestaba el olor a hospital, que ponía cara de asco insufrible cada vez que veía un champiñón en el plato y de cómo arrugaba la frente cuando se concentraba demasiado.
Me acordaba de todo. Pero no se lo dije.
Ni de coña. Decírselo en ese momento habría sido como abrir una puerta blindada de mi interior, confesarle lo mucho que su ausencia me había pesado durante estos doce años y mostrarle una vulnerabilidad que ahora mismo no podía permitirme.
Así que tragué saliva, forcé una sonrisa gamberra y puse los ojos en blanco, usando el sarcasmo como mi mejor escudo protector para aliviar la repentina tensión.
—Vaya... Joder, Nevan. Ahora resulta que estabas obsesionado conmigo —le solté con tono burlón, dándole un empujón suave con el pie—. Debería empezar a preocuparme por si tienes un santuario con mis fotos viejas y velas encendidas en tu habitación.
Nevan captó la indirecta al vuelo y soltó una carcajada profunda y ronca, rompiendo al instante la burbuja de intimidad que casi nos ahoga.
—Claro, Morgan —bromeó, dándole un trago largo a su lata de refresco—. Hecho con chicles usados y mechones de pelo.
Terminamos las pizzas casi sin darnos cuenta, dejando las cajas vacías sobre la mesa mientras el tiempo se estiraba de forma cómoda.
Nos quedamos allí sentados, hablando de mil cosas diferentes: de música, de lo mucho que odiábamos madrugar, de anécdotas absurdas de estos doce años de separación y de cómo todo parecía haber cambiado y permanecido igual al mismo tiempo.
Con él, la conversación fluía sin esfuerzo, como si no tuviéramos que ensayar las palabras ni fingir ser alguien que no éramos.
Hasta que la aguja del reloj avanzó demasiado, marcando la madrugada.
Nevan miró la pantalla de su móvil, soltó un silbido suave y se levantó del suelo, estirando su cuerpo con pereza.
Se puso la cazadora, me dedicó una última mirada y se despidió con una broma sobre esperar que Eiden y Elara ya hubieran despejado el salón del apartamento.
Cuando la puerta principal se cerró con un leve chasquido, el silencio de mi apartamento regresó de golpe, pero esta vez no se sentía frío.
Me quedé un rato sentada en el sofá, con las rodillas pegadas al pecho, mirando al vacío.
Me descubrí sonriendo sola al recordar la tarde en los recreativos.
Hacía años que no me lo pasaba tan bien.
Al recordar los gritos jugando al air hockey , los piques con el Pac-Man, sentí un calorcito nostálgico en el pecho.
Con Nevan me sentía libre. Como si hubiera dejado atrás, aunque fuera por unas horas, el peso muerto de las expectativas y las posturas perfectas, volviendo a ser esa niña pequeña que corría descalza por el campamento.
Había estado tan tranquila con él en casa, hablando de todo y de nada, como cuando éramos pequeños.
Y al admitirlo para mis adentros, una punzada de dolor me atravesó el estómago: lo había echado de menos.
Muchísimo. Más de lo que jamás me atrevería a confesar en voz alta.
Su ausencia había dejado un vacío en mi vida que ninguna disciplina de baile había logrado llenar.
Miré hacia la ventana, viendo el reflejo difuso de las luces de la calle, y dejé que la cruda realidad cayera sobre mí.
Sabía que entre los dos había algo más. Lo sabía, lo sentía en el aire cada vez que se acercaba demasiado, en la forma en que me miraba y en cómo mi corazón se desbocaba sin mi permiso.
Había una electricidad innegable flotando entre nosotros, pero era algo que no quería explorar.
Nuestras vidas eran opuestas, dos líneas paralelas que jamás debieron volver a cruzarse.
Yo tenía una rutina estructurada, un camino trazado hacia el éxito en el ballet que requería cada gramo de mi atención y de mi energía.
Nevan era un torbellino, impredecible, descarado y libre de ataduras.
Además, estaba mi madre. Dios, mi madre jamás lo aceptaría; para ella, alguien como Nevan representaba todo lo que estaba mal, una distracción peligrosa que arruinaría mi futuro.
No funcionaría. Éramos demasiado diferentes para que algo así saliera bien.
Me daba pánico salir de mi burbuja de control.
Llevaba toda la vida viviendo dentro de unos límites seguros, sabiendo qué paso dar después para no caerme.
Dejar entrar a Nevan significaba romper ese cristal, arriesgarme a que todo mi mundo se pusiera del revés, y tenía demasiado miedo de dar ese salto solo para ver si existía la posibilidad de ser feliz a su lado.
Ese miedo, denso y paralizante, fue el que me obligó a empujar los sentimientos hacia el fondo de mi mente.
Comencé a cerrar, una a una, las puertas que se estaban abriendo poco a poco en mi corazón.
Bloqueé los recuerdos que me venían a la cabeza de nosotros en el lago, de las promesas de niños y de las risas bajo el roble.
Tenía que protegerme. Tenía que mantener el control.
Apagué la luz del salón y caminé hacia mi habitación a oscuras, repitiéndome a mí misma una última orden mental, una advertencia sagrada que no podía romper bajo ninguna circunstancia: no me podía permitir, por nada del mundo, enamorarme de Nevan Grayson.