Capítulo 21 #2
Nevan se me quedó mirando un par de segundos en silencio. Luego, soltó una bufada suave y se acomodó mejor en el respaldo del sofá, estirando las piernas.
—Tu madre no está aquí, Aria —dijo con una calma aplastante—.
Y, con todo el respeto del mundo, creo que no deberías hacerle caso en todo.
Ya no tienes diez años. Tienes todo el derecho a decidir lo que te da la puta gana comer, cuándo comerlo y cómo vivir tu vida.
Si hoy te apetece cenar pizza, te la cenas.
Y si mañana te quieres comer dos pizzas familiares tú sola, adelante. El mundo no se va a acabar por eso.
Sabía que tenía toda la razón del mundo, pero cuando llevas media vida arrastrando el miedo a decepcionar a alguien, apagar esa voz en tu cabeza no es tan fácil.
—Ya lo sé —respondí, apoyando la mejilla en mis rodillas—. Pero es difícil quitarse esa culpa de encima. Siento que si fallo en algo tan tonto como la comida, estoy haciendolo en todo lo demás. No quiero que piense que no me tomo el ballet en serio.
Nevan suavizó la mirada. Se acercó un poco y me dio un toque amistoso en la rodilla con los dedos, como hacía cuando éramos críos en el lago para hacerme reaccionar.
—A ver, bombón, escúchame —dijo en tono tranquilo—.
Llevas machacándote en una barra de baile desde que eras una cría.
Nadie en su sano juicio, ni siquiera tu madre, puede decir que no te tomas esto en serio.
Eres la persona más disciplinada que conozco.
Así que relaja los hombros. Una cena normal con un amigo no va a destruir tus años de carrera. Te lo prometo.
Sus palabras, tan llanas y directas, funcionaron como un bálsamo. Sentí cómo la tensión acumulada en el cuello se disipaba poco a poco. Le dediqué una sonrisa pequeña, sintiéndome mucho más tranquila y agradecida por tenerlo allí, haciendo que todo pareciera menos grave.
En ese momento, el timbre del portal rompió el silencio de la estancia.
—Salvados por la campana —bromeó Nevan, levantándose del sofá de un salto para ir a abrir.
A los pocos minutos volvió al salón cargando las dos cajas de cartón caliente que inundaron el apartamento con un olor espectacular a queso, bacon y especias. Dejamos las cajas en la mesa de centro, nos sentamos en el suelo alfombrado para estar más cómodos y abrimos las tapas.
Ya mucho más relajada y sin la sombra de la culpa persiguiéndome, alargué la mano para coger la primera porción de mi pizza carbonara.
El queso se estiró en hilos perfectos. Le di el primer bocado y, joder, cerré los ojos del placer.
Sabía a gloria bendita. Miré a Nevan, que ya iba por su mitad de la de pepperoni, y me eché a reír sola, disfrutando de verdad de la noche.
Le di un segundo bocado a mi porción, saboreando el bacon crujiente, y lo miré por encima del borde de la caja de cartón. La duda me estaba carcomiendo por dentro y no pude evitar soltarla.
—¿Cómo narices te acordabas de cómo me gustaba la pizza? —pregunté, intentando que sonara como una curiosidad cualquiera.
Nevan detuvo la mano a mitad de camino hacia su boca.
Masticó despacio la porción de pepperoni que tenía, se limpió los dedos con una servilleta de papel y se quedó un momento en absoluto silencio.
Me miró fijamente con esa intensidad azul de sus ojos, una mirada que parecía registrar cada línea de mi rostro.
Luego, se encogió de hombros con pasmosa naturalidad, aunque su tono de voz bajó un par de octavas, volviéndose más suave.
—Me acuerdo de muchas cosas de ti, Aria —dijo, mirándome de reojo—.
Sé que te encanta el helado de dulce de leche con trozos de chocolate y que odias el de menta.
Sé que eres incapaz de dormir si la ventana de la habitación no está un poco abierta, aunque estemos en pleno invierno y haga un frío de mil demonios fuera.
Sé que te vuelven loca los gatos, bueno, en verdad cualquier animal que tenga pelo te parece adorable y quieres adoptarlo.
También me acuerdo de que estornudas siempre tres veces seguidas cuando te da el sol de golpe en la cara por las mañanas, que te sabes de memoria los diálogos de las películas de Barbie que veíamos en el campamento y que, cuando te pones muy nerviosa o estás pensando mucho en algo, te da por morderte el labio inferior hasta que casi te haces sangre. Como estás haciendo justo ahora.
Me quedé congelada. Solté el labio de golpe y la porción de pizza se quedó suspendida a mitad de camino de mi boca. El corazón me dio un vuelco tan violento contra las costillas que por un segundo temí que el eco resonara en todo el salón.
No era solo el hecho de que se acordara de la pizza; era que Nevan guardaba en su cabeza un mapa exacto y detallado de todas mis manías absurdas, de esos pequeños detalles cotidianos que yo misma a veces olvidaba que tenía. Un nudo cálido y apretado se me formó en la garganta.