Caminos Opuestos Capítulo 21
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Capítulo 21

Aria

El coche vibraba como si llevara siglos pidiendo la jubilación, pero Nevan lo conducía con una calma insultante, como si estuviera al volante de un Ferrari.

Tenía una mano en el volante, la otra apoyada de forma descuidada sobre la ventanilla, y esa maldita sonrisa de suficiencia que parecía tatuada en su cara.

—¿De verdad confías tu vida a esta chatarra? —pregunté, cruzando los brazos mientras me acomodaba en el asiento, intentando que no se notara lo mucho que me gustaba la sensación de estar ahí junto a él.

—Un poco de respeto, bombón. —dio una palmada cariñosa al salpicadero, como si el coche pudiera escuchar—. Este viejo ha sobrevivido más que tú y yo juntos.

—Eso me da miedo —dije arqueando una ceja—. ¿Qué quieres decir? ¿Que ha pasado por guerras o que lo compraste en un desguace?

—Ambas —Se encogió de hombros, con total naturalidad.

Solté una carcajada que intenté disimular mirando por la ventana. Las luces de la ciudad se reflejaban en el cristal, difusas, como si todo el mundo estuviera borroso salvo este coche y el idiota que lo conducía.

—¿Y qué pasa si de repente se le sueltan los frenos? —seguí pinchándolo, disfrutando de la dinámica entre nosotros.

—Fácil —me miró de reojo, con esa chispa azul que siempre parecía estar a punto de provocarme un incendio—. Te agarro fuerte, damos un par de volteretas y al final lo contamos como la cita más memorable de nuestra vida.

—¿Cita? —lancé una mirada incrédula, mi corazón dio un vuelco.

—Claro. No has visto las reviews en Yelp: « Chófer informal, conversación entretenida, riesgo de muerte incluido. Cinco estrellas » .

Rodé los ojos, pero una sonrisa me traicionó. Siempre pasaba lo mismo con él: cuanto más quería mantener la compostura, más la desmontaba a base de bromas y esa actitud descarada.

Nevan tamborileó los dedos en el volante, siguiendo el ritmo de la canción que sonaba en la radio.

—Admite que te lo has pasado bien en los recreativos —dijo, echándome una mirada rápida de esas que buscan pillarte con la guardia baja.

—No pienso hacerlo —contesté, cruzándome de brazos con falsa altivez.

—Entonces lo admito yo por ti —respondió él, encogiéndose de hombros—. Aria Morgan, la gran promesa del ballet, se divirtió jugando al air hockey , al Pac-Man y perdiendo contra mí en carreras de coches.

—¡No perdí! —Me giré indignada hacia él—. Ese volante no giraba bien.

Nevan soltó una carcajada que hizo que se le formaran arrugas en los ojos, obligándome a sonreír a pesar de mis intentos por parecer ofendida.

—Claro, claro. Y la próxima vez dirás que el suelo estaba desnivelado.

—No sabes lo competitiva que puedo llegar a ser —aseguré, apretando los labios.

—¿Ah, no? —Me miró de reojo—. Hoy he visto a una Aria muy dispuesta a ganar. Te delató esa carita roja cuando casi pierdes en la máquina de baile.

Sentí el calor trepar por mis mejillas, pero mantuve el tipo.

—Yo no me pongo roja. Es el reflejo de las luces.

—Sí, claro. Y yo soy un santo —dijo con ironía.

—Definitivamente no —solté  una risa suave antes de volver a mirar por la ventana.

Un silencio cómodo se instaló por un momento, roto solo por el motor y la música de fondo. Me descubrí relajando los hombros sin darme cuenta. Como si estar en ese coche, con él, fuera menos peligroso de lo que mi cabeza me gritaba a cada segundo.

—Oye, Morgan —su tono cambió apenas, volviéndose más ligero, casi cómplice—. Tengo que reconocer algo.

—Dios, ¿qué has hecho ahora? —pregunté, arqueando una ceja.

—Nada grave, solo que… hice trampas en el juego de coches.

Me giré hacia él de golpe, con los ojos muy abiertos.

—¡Lo sabía!

Nevan se echó a reír, una risa profunda que me desarmaba.

—Tenía que hacerlo. No podía dejar que me ganaras tan fácil. Mi reputación estaba en juego.

—Eres un tramposo —repliqué, riendo.

—Prefiero llamarlo estrategia —guiñó un ojo—. Suena más profesional.

Seguimos riendo un rato más hasta que el coche se detuvo frente a mi edificio.

El silencio que se coló después fue distinto, más suave.

Bajé primero, y él no tardó en salir para acompañarme hasta la puerta del portal.

Se detuvo justo frente a mí, lo bastante cerca como para que mi respiración se desacompasara sin que pudiera evitarlo.

—Buenas noches, Morgan —murmuró, y entonces, con una delicadeza inesperada, me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

Me quedé helada. Por un instante, olvidé cómo respirar.

—Buenas noches, Grayson —susurré, apenas.

Él sonrió suave y, solo entonces, dio un paso atrás dejándome entrar al edificio.

Dio media vuelta, dispuesto a regresar a su tartana de coche, cuando un impulso repentino y descontrolado me golpeó en el pecho. No quería que la noche terminara ahí. No quería cerrar la puerta y quedarme a solas con el eco de su risa en mi cabeza.

—Nevan, espera —solté antes de que diera tres pasos por la acera.

Se detuvo y se giró despacio, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora y las cejas un poco alzadas, esperando.

Tragué saliva, intentando que la voz no temblara.

—Oye... ¿te apetece subir un rato? —propuse, señalando con el pulgar hacia el interior del portal—. Podemos pedir unas pizzas y, no sé, charlar.

Nevan guardó silencio un segundo, y entonces esa maldita sonrisa torcida volvió a dibujarse en sus labios, lenta y vacilante. Dio un paso hacia mí, invadiendo de nuevo mi espacio personal.

—¿Me estás intentando conquistar, bombón? —preguntó en un susurro divertido, clavando sus ojos azules en los míos.

Sentí que el calor me trepaba por el cuello hasta encenderme las mejillas. Abrí la boca, indignada, intentando buscar una excusa rápida para negarlo.

—¡Claro que no! Idiota, yo solo... es por educación, porque me has traído y...

—Que es coña, Aria, relájate —interrumpió con una carcajada suave, tocándome el brazo con delicadeza para tranquilizarme—.

Por mí, genial. La verdad es que no me apetecía nada volver con Eiden y Elara tan pronto.

A estas horas, seguro que están follando en el sofá del salón y paso de volver a traumatizarme.

Solté una carcajada, incapaz de contenerme ante la imagen mental, y los nervios se aligeraron un poco.

Saqué las llaves del bolso, abrí la puerta de cristal del portal y pasamos juntos al interior.

El eco de nuestros pasos resonó en el vestíbulo silencioso mientras caminábamos hacia el ascensor.

Nos subimos y el aparato empezó a subir de forma perezosa, dejándonos en la planta de mi apartamento.

Abrí la puerta, encendí la luz del recibidor y me hice a un lado para dejarle pasar.

—Ponte cómodo en el sofá —le dije, dejando el bolso en la mesa de la entrada.

Mientras él caminaba hacia el salón, me di cuenta de que mis manos temblaban un poco de forma ridícula.

Estaba nerviosa. Mucho, y ni siquiera sabía por qué.

O sea, vamos a ver, era solo Nevan. El chico con el que había compartido veranos enteros, que me había visto caerme de culo intentando bailar y que me conocía mejor que nadie.

Mis nervios eran del todo irracionales, pero ahí estaban, revoloteando en mi estómago como un enjambre de avispas.

Me froté las manos contra las piernas para disimular y saqué el móvil del bolsillo mientras me acercaba al salón. Nevan ya se había quitado la cazadora y se había repantigado en el sofá con una comodidad insultante, como si viviera allí.

—A ver, voy a llamar para pedir la comida —dije, desbloqueando la pantalla—. ¿De qué quieres la pizza?

—De pepperoni, sin duda —respondió de inmediato, apoyando la cabeza en el respaldo.

—Vale, una de pepperoni y para mí...

—Una carbonara —me interrumpió él, mirándome de reojo con una chispa de suficiencia.

Me quedé quieta, con el dedo suspendido sobre la pantalla del móvil, mirándolo con los ojos muy abiertos.

—Era tu favorita de pequeña —añadió en voz baja, encogiéndose de hombros con total naturalidad, como si no acabara de descolocarme el corazón—. Con extra de queso y los bordes un poco quemados. ¿Sigue siéndolo?

—Sí... —alcancé a decir, tragando saliva. Me pareció increíble, y muy tierno, que se acordara de un detalle tan tonto después de doce años.

Desvié la mirada hacia el teléfono para que no notara lo mucho que me había conmovido, marqué el número de la pizzería y realicé el pedido.

Cuando colgué, caminé a paso lento hacia el sofá.

El espacio a su lado me pareció de repente el lugar más cálido y peligroso del mundo, pero me senté de todos modos, doblando las piernas sobre el cojín, dispuesta a esperar a que llegara la cena mientras el silencio volvía a volverse espeso entre los dos.

Me quedé mirando la pantalla apagada del móvil mientras un peso conocido y molesto empezaba a instalarse en mi estómago.

Pizza, masa, carbohidratos, queso fundido, grasa.

Dios, si mi madre se enterara de lo que había pedido, le daría un síncope allí mismo.

Para ella, que cenara algo así era lo más parecido a cometer un delito federal; toda mi vida había estado controlada por básculas, ensaladas insípidas y una disciplina feroz que no dejaba espacio para los caprichos.

—Oye, ¿qué pasa? —la voz de Nevan me sacó de mis pensamientos. Estaba un poco inclinado hacia delante, observándome con el ceño fruncido—. Parece que has visto un fantasma. ¿Es que van a tardar dos horas en traerlas o qué?

Solté un suspiro largo, dejando caer el teléfono sobre la mesa de centro, y me abracé las rodillas con un deje de frustración.

—No, no es eso. Es que... creo que me estoy arrepintiendo, Nevan —admití, decidiendo ser sincera con él.

Total, ya me conocía—. Si mi madre viera que he pedido una pizza para cenar, me desheredaría.

Todavía puedo escuchar sus charlas sobre mantener la línea, el peso ideal para las audiciones y cómo la comida basura arruina la elasticidad.

Es estúpido, lo sé, pero siento que estoy haciendo algo mal.