Caminos Opuestos Capítulo 20
23%

Capítulo 20

Nevan

Salimos de la pequeña habitación con ese olor a tinta y desinfectante todavía pegado en la piel. El tatuaje me ardía bajo el film transparente, pero de una forma rara, casi agradable, como si el dolor fuera un recordatorio de que algo nuevo acababa de marcarme.

Eiden seguía narrando el momento como si hubiera presenciado la final del mundial.

—No tienes ni idea, Leo —dijo entre risas—, este cabrón va a estar insoportable toda la semana.

—Sospecho que ya era insoportable antes —respondió Leo desde la puerta, cruzado de brazos, con esa calma suya.

—Gracias por todo, tío —contesté, estrechándole la mano. Fue firme, sincero. De esos apretones que no te dan ganas de lavarte la mano después.

—Cuando quieras volver, aquí estoy —afirmó.

Asentí, guardándome las palabras que quería decir y nunca solía decir. « Gracias por hacerme sentir bien. Gracias por ver algo en mí » . Esas frases se quedaron donde siempre: atascadas.

El aire de la calle nos golpeó en cuanto salimos: tarde de verano, calor pegajoso, olor a asfalto.

Y allí estaban ellas. Tres figuras esperando junto al coche de Elara.

Sienna agitaba la mano con energía, Elara con su habitual calma y Aria…

bueno. Aria estaba de pie, impecable como siempre, con los brazos cruzados y ese vestido rosa que parecía gritar que no pertenecía a este barrio. Y, aun así, lo llenaba.

—Ya era hora —dijo Sienna, con esa chispa que nunca se apagaba—. ¿Qué hacéis tanto rato ahí dentro, tatuándoos algo hortera?

—Algo mejor —respondió Eiden, orgulloso, dándome una palmada en el hombro—. Nevan debutó como aprendiz.

—Oh, por favor —soltó Sienna, llevándose una mano al pecho—. Ahora todos vamos a morir con garabatos de penes.

—Es mi especialidad —contesté, encendiendo un cigarro, sin poder evitar la sonrisa.

Elara intervino, divertida:

—Bueno, antes de que empiece el arte abstracto genital, ¿os apuntáis a venir con nosotras? Vamos a un local de recreativos.

Sienna se inclinó hacia delante como si revelara un secreto de estado.

—Traducción: cerveza barata, bolos y yo destrozando a cualquiera en el air hockey .

—Obvio —contestamos Eiden y yo a la vez, como si fuera un coro ensayado.

Sienna dio una palmada, satisfecha, y Aria rodó los ojos, pero se le escapó una sonrisa que intentó esconder. Y así, sin mucho más que discutir, la decisión estaba tomada.

El local de recreativos era un caos de luces de neón y sonidos electrónicos, un choque entre nostalgia y ruido moderno.

Máquinas parpadeando, risas, olor a pizza barata mezclada con el de cerveza derramada en la alfombra.

Me encantaba. Mucho más que cualquier restaurante elegante con copas de vino que costaban lo mismo que un mes de alquiler.

Sienna y Elara desaparecieron casi al instante hacia la mesa de air hockey , como si llevaran toda la vida entrenando para ese momento.

Elara, elegante incluso sujetando el maldito mazo, y Sienna, desatada, gritando como si estuviera en la final del mundial.

Eiden, por supuesto, se plantó al lado de Elara con esa cara de « sí, estoy aquí para animarte, pero en realidad estoy embobado mirando cómo respiras » .

Eso nos dejó solos. Otra vez.

Aria caminaba despacio, observando las luces de las máquinas, y por primera vez en muchos días vi algo parecido a curiosidad en sus ojos. Como si ese lugar la sacara de su burbuja de etiqueta.

Me acerqué lo suficiente para que el ruido me diera una excusa para hablarle cerca.

—Vamos a hacer esto interesante —dije, señalando con la barbilla hacia una de esas máquinas de Pump It Up , con la pantalla gigante y las flechas brillando en el suelo.

Ella me miró como si me hubiera vuelto loco.

—¿En serio?

—¿Qué pasa, Morgan? ¿Te da miedo perder?

Sus labios se curvaron apenas. No en una sonrisa completa, pero sí en ese gesto que decía « me estás provocando, y lo sabes » .

—No tienes ni media oportunidad.

—Eso suena como un desafío.

—Lo es.

Nos miramos, y ahí estaba otra vez. Esa conexión que me descolocaba.

Porque por primera vez en toda la noche, no la vi fría, ni tensa, ni encerrada en esa máscara perfecta que siempre llevaba para complacer a su madre.

Vi a la Aria que recordaba, la que no retrocedía ante un reto, a la que se le encendía la vena competitiva.

Me coloqué en la máquina, señalando el segundo panel para ella.

—Ven, Morgan. Promete no llorar mucho cuando pierdas.

Ella resopló, pero se subió junto a mí, los ojos brillantes. Y justo ahí lo supe: acababa de sacar a la verdadera Aria de su escondite.

La música arrancó con un golpe de bajo que hizo temblar el suelo bajo nuestros pies. Las flechas empezaron a iluminarse en la pantalla como si nos lanzaran un hechizo fluorescente, y de pronto estábamos los dos en sincronía con una máquina que parecía querer matarnos a cardio.

—¡Vamos, Grayson, mueve esos pies! —me gritó Aria, ya metida en el papel, con una sonrisa enorme. Una real. Brillante. Pura.

—¿Esto es un juego o un entrenamiento militar? —respondí entre risas, saltando torpemente a tiempo.

Las flechas iban más rápido, y Aria volaba sobre el panel. Precisión, gracia, como si hasta el videojuego reconociera que estaba ante una bailarina de verdad. Yo, en cambio, parecía un cabrón intentando escapar de un enjambre de abejas.

Sienna chilló desde el otro lado del local:

—¡Vamos, Aria, destrózalo!

Eiden, sin despegar los ojos de Elara, gritó algo como « dale duro, tío » , pero estaba bastante seguro de que ni sabía a quién se lo estaba diciendo.

Aria se inclinó hacia mí sin dejar de mover los pies, el sudor brillando en su frente bajo las luces de neón.

—¿Seguro que no quieres rendirte ya?

—Jamás —dije, jadeando y riéndome a la vez—. Mi honor está en juego.

El marcador de la pantalla mostraba la diferencia humillante entre sus perfectos « Combo x10 » y mis miserables fallos consecutivos, pero a quién coño le importaba.

Yo no podía dejar de mirarla. Riéndose. Dejándose llevar.

Viva. Esa era mi Aria. La que la vida parecía haber enterrado bajo capas de presión y perfección.

En la última canción, subieron el nivel.

Flechas por todas partes. Ella estaba a su aire, y yo…

bueno, me las arreglé para no morir en el intento.

Cada movimiento suyo era fluido, preciso, hasta sexy de lo natural que le salía.

Yo, en cambio, era puro caos con patas pero, el público improvisado —Sienna y Elara ya nos grababan con sus móviles— me aplaudía igual.

La canción terminó con un redoble frenético, y Aria dio el último paso clavado, mientras yo tropezaba en el borde y casi me estampaba contra la máquina. El marcador fue claro: Victoria aplastante para Aria Morgan.

Levantó los brazos como si hubiera ganado el campeonato mundial, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada, los ojos verdes brillando de pura adrenalina.

—Te lo advertí —dijo, con una sonrisa de esas que te quitan el aire—. Nunca podrías ganarme en esto.

Me pasé una mano por el pelo, riéndome entre jadeos.

—Sí, bueno… —me encogí de hombros—. No suelo bailar siguiendo flechitas, bombón. Yo improviso.

—Excusas baratas —replicó, dándome un empujón juguetón en el hombro.

La cercanía era peligrosa. El calor de su cuerpo, la chispa en sus ojos, ese brillo que solo había visto en ella cuando éramos críos. Por un segundo, todo el ruido del local desapareció. Éramos solo nosotros, de nuevo, como si el resto del mundo no importara.

—Vale, lo admito —dije, bajando un poco la voz mientras nuestras miradas se encontraban—. No he ganado. Pero te he hecho reír. Y eso es una victoria.

Su sonrisa se suavizó, menos desafiante y más vulnerable. Como si se hubiera olvidado de ponerse la máscara de « chica perfecta » durante un instante.

—Idiota —murmuró, apartando la mirada.

El rato después fue una locura deliciosa. Pasamos del air hockey al basket de recreativa, del pinball a esas cabinas ridículas de disparos con pistolas de plástico que parecían más juguetes que armas.

A veces ganaba yo, a veces ganaba ella. Cuando metí una canasta imposible en el último segundo, levanté los brazos como si fuera campeón de la NBA y ella me tiró una ficha a la cabeza entre risas.

Cuando ella me destrozó en el juego de motos, se inclinó hacia delante, con el pelo cayéndole sobre los hombros, y me lanzó una mirada triunfal que me dejó más sin aire que la propia carrera.

No importaba el marcador, si no la forma en que nos empujabamos, en que nos picábamos, en que nos reíamos hasta que nos dolía el estómago.

Todo parecía fácil. Como si nos hubiéramos quitado un peso de encima.

Como si no existiera nada más allá de esas luces de neón y el ruido de las máquinas.

Cuando salimos del local, las calles estaban ya más tranquilas, bañadas por el resplandor anaranjado de las farolas. Elara y Eiden iban delante, ella riendo de algo que él había susurrado en su oído, pegados como si el mundo se acabara mañana. Sienna, en cambio, revisaba su móvil con rapidez.

—Bueno, chicos, yo me voy a otro plan —anunció con una sonrisa traviesa, guardándose el teléfono en el bolso.

—¿Otro plan? —preguntó Aria, arqueando una ceja.

—Sí, uno que incluye cócteles gratis y decisiones cuestionables. —Sienna le guiñó un ojo—. No me esperéis despiertos.

Elara rodó los ojos, Eiden sonrió resignado, y Aria suspiró con cariño.

—Está bien, pediré un taxi entonces.

—¿Taxi? —negué con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos—. Ni de coña. Yo te llevo.

Aria se giró hacia mí, con esa resistencia que ya conocía.

—No hace falta, Nevan. De verdad.

—Claro que hace falta. —sonreí—. ¿Vas a dejar que un desconocido te lleve a casa pudiendo tener al mejor chófer no oficial de Los Ángeles?

—¿Un chófer en chándal? —me pinchó, con una sonrisa leve.

—Exacto. —guiñé un ojo—. Soy edición limitada.

Dudó. Lo noté. Esa guerra interna que siempre parecía librar cuando se trataba de mí, de romper su propia disciplina. Pero al final, suspiró.

—Está bien. Pero solo porque no quiero esperar veinte minutos al taxi.

—Lo que tú digas, Morgan. —Levanté las manos, como si yo no hubiera ganado la batalla.

Cuando nos dirigimos hacia el coche, con Sienna ya desapareciendo en la esquina y Elara y Eiden despidiéndose entre risas, solo pensé en una cosa: esa noche aún no había terminado.